EL CUARTO DE LOS ARCHIVOS era un refugio de sombras y silencio, un laberinto de estanterías repletas de carpetas que olían a papel viejo y tiempo olvidado. Era mi primera semana en la oficina, y aunque intentaba mantener la cabeza en mi tarea de ordenar documentos, mi mente seguía desviándose hacia Clara. Ella era un destello de fuego en la monotonía del lugar: su cabello castaño cayendo en ondas suaves, su cuerpo envuelto en una blusa que marcaba la curva de sus pechos, y esa mirada suya, cargada de intenciones, que se cruzaba con la mía cada vez que pasaba por mi escritorio. El anillo en su dedo brillaba como un recordatorio de lo prohibido, pero sus ojos, oscuros y profundos, parecían susurrarme que las reglas podían romperse.
Esa mañana, mientras apilaba carpetas en una estantería, el clic de la puerta al abrirse apenas me distrajo. Pero el sonido del cerrojo al cerrarse hizo que mi corazón diera un vuelco. Me giré y allí estaba Clara, apoyada contra la puerta, con una sonrisa que era puro desafío. Su falda lápiz abrazaba sus caderas, y su blusa dejaba entrever el contorno de su sujetador, un detalle que encendió un calor instantáneo en mi pecho.
—¿Te ayudo con algo? —preguntó, su voz un murmullo aterciopelado que parecía acariciar el aire.
No esperó mi respuesta. Cruzó el espacio entre nosotros con pasos lentos, casi felinos, y antes de que pudiera procesarlo, sus labios estaban sobre los míos, cálidos y urgentes, con un sabor a deseo que me desarmó. Sus manos, pequeñas pero audaces, desabrocharon los botones de mi camisa, rozando mi piel con una electricidad que me hizo contener el aliento. Bajaron más, trazando la forma de mi excitación por encima del pantalón, y un gemido se me escapó, traicionando mi intento de control.
—Clara… —intenté decir, pero ella me silenció con otro beso, su lengua explorando la mía con una intensidad que me nubló la razón.
Se arrodilló frente a mí, sus ojos fijos en los míos, brillando con una mezcla de lujuria y complicidad. Sus dedos, hábiles y seguros, liberaron mi erección, y cuando su boca me envolvió, cálida y húmeda, el mundo se redujo a esa sensación abrumadora. Mis manos se enredaron en su cabello, guiándola suavemente mientras oleadas de placer me recorrían. Pero no podía quedarme solo como testigo de su audacia. Mis manos buscaron sus pechos, sintiendo su firmeza bajo la tela, sus pezones endureciéndose bajo mis dedos. Ella suspiró, un sonido que vibró contra mi piel, avivando el fuego que ya ardía en mí.
Entonces, Clara se puso de pie, su respiración agitada, sus mejillas encendidas. Con un movimiento deliberado, se subió la falda, revelando la curva de sus muslos y el borde de unas bragas negras de encaje que apenas contenían el calor que emanaba de ella. Apoyó una pierna en una de las estanterías, abriéndose ante mí con una confianza que me dejó sin aliento. Su sexo, apenas cubierto por la tela, era una invitación imposible de ignorar.
—Tócame… —susurró, su voz temblando de deseo—. Por encima de mis bragas… rózame el clítoris hasta que me corra.
Sus palabras fueron como un relámpago, y obedecí sin pensarlo. Mi mano se deslizó entre sus piernas, rozando la tela húmeda que se adhería a su piel. Encontré el punto exacto, ese pequeño nudo de placer, y comencé a acariciarlo con movimientos lentos, circulares, sintiendo cómo su cuerpo respondía, tensándose bajo mi toque. Clara jadeó, sus manos aferrándose a mis hombros, sus uñas clavándose en mi piel mientras su cadera se movía al ritmo de mis caricias. La tela de sus bragas se volvió más húmeda, y sus gemidos, bajos y desesperados, llenaron el aire polvoriento del cuarto.
—Sigue… así… —susurró, su voz rota por el placer.
Aumenté la presión, rozando con más firmeza, y su cuerpo comenzó a temblar. Sus muslos se tensaron, su pierna en la estantería tembló, y de pronto, un gemido ahogado escapó de su garganta. Se vino con una intensidad que la hizo arquearse contra mí, su cuerpo estremeciéndose en oleadas de placer mientras sus manos se aferraban a mí como si fuera su ancla. La sostuve, sintiendo el calor de su clímax a través de la tela, mi propia excitación a punto de estallar.
Pero Clara no estaba dispuesta a detenerse. Con un brillo salvaje en los ojos, me empujó contra la estantería, las carpetas crujiendo bajo mi peso. Se acercó, su cuerpo pegado al mío, y deslizó sus bragas hacia abajo, dejándolas caer al suelo. Me guio hacia ella, y cuando la penetré, el calor y la humedad de su cuerpo me envolvieron por completo. Nos movimos juntos, un ritmo frenético, desesperado, como si el mundo fuera a desmoronarse si nos deteníamos. Sus piernas se enredaron en mis caderas, sus pechos presionados contra mi pecho, y cada embestida era una danza de deseo y urgencia.
El clímax nos alcanzó casi al unísono, un estallido que nos dejó jadeantes, temblando, aferrados el uno al otro en el silencio del archivo. Clara se alisó la falda, su respiración aún entrecortada, y me dedicó una sonrisa fugaz, cargada de secretos, antes de abrir la puerta y desaparecer.
Me quedé allí, con el corazón latiendo desbocado, el eco de su placer aún vibrando en mis manos. Aquel cuarto de archivos, con su olor a papel y polvo, se había convertido en el escenario de un incendio que nunca olvidaría.

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