El cielo sangraba en tonos de fuego y púrpura cuando llegué al apartamento de lujo, el aire cargado con un perfume de jazmín que se mezclaba con el latido frenético de mi corazón. Mi polla ya estaba medio dura solo de pensar en Martina, en su mensaje cargado de promesas: una noche para follar hasta perder la razón. Frente a la puerta de caoba, sentía que estaba a punto de cruzar un umbral hacia un mundo de puro vicio.
La puerta se abrió, y allí estaba ella. Martina. Una visión de carne y deseo, su melena negra cayendo como un velo de medianoche sobre sus hombros, sus ojos verdes brillando con una hambre que me hizo tragar saliva. Sus labios, pintados de un rojo putón, se curvaron en una sonrisa que prometía follarme hasta dejarme seco. El vestido negro que llevaba era una burla al decoro, pegado a sus tetas grandes y firmes, marcando su cintura estrecha y unas caderas que suplicaban ser agarradas. El escote dejaba ver el comienzo de sus pezones, apenas contenidos, y cada paso suyo era un desafío para no correrme ahí mismo.
—Pasa, mi amor —ronroneó, su voz como un látigo de terciopelo, mientras sus caderas se balanceaban al invitarme—. Voy a follarte hasta que olvides cómo caminar.
El apartamento era un antro de pecado. Velas aromáticas parpadeaban, bañando la sala en un resplandor dorado que hacía que todo pareciera un sueño húmedo. El jazz suave vibraba en el aire, mezclado con un aroma a sándalo y sexo que me puso la polla como piedra. Martina me llevó a un sillón de terciopelo rojo, sus caderas moviéndose como si ya me estuviera montando. Sirvió dos copas de vino tinto, sus dedos rozando los míos al pasarme la mía, un contacto que hizo que mi polla palpitara contra mi cremallera.
—Dime, guarro —susurró, sentándose frente a mí, abriendo las piernas para que el vestido se subiera, dejando ver la sombra de su coño bajo la tela—. ¿Cómo quieres que te haga gritar? Quiero cada detalle sucio de tu mente.
Mi voz salió entrecortada, confesando mi fantasía más cruda: una noche donde su coño me devorara, donde lamiera cada rincón de su cuerpo, donde me follara hasta que mi polla no pudiera más. Martina se lamió los labios, sus ojos brillando con un deseo que era casi animal.
—Joder, eso me pone —dijo, levantándose como una fiera en celo. Se acercó, su cuerpo tan cerca que sentía el calor de su coño a través de la ropa. Sus manos arrancaron mi camisa, las uñas rastrillando mi pecho hasta dejar marcas rojas. Sus labios se estrellaron contra los míos, su lengua follando mi boca con una urgencia que me hizo gemir. Bajó por mi cuello, chupando y mordiendo, dejando un rastro de fuego en mi piel.
—Quiero chuparte la polla hasta que me suplican que pare —gruñó, desabrochando mi cinturón con un movimiento brusco. Liberó mi polla, dura como el acero, y la miró con hambre antes de arrodillarse. Su lengua lamió mi glande, lenta, tortuosa, saboreando la gota de precum que ya brillaba en la punta. Luego me la chupó entera, su boca caliente y húmeda tragándome hasta la base, su garganta apretándome mientras gemía, el sonido vibrando contra mi polla. Sus manos masajeaban mis bolas, apretándolas justo lo suficiente para hacerme jadear, y cuando lamió la vena pulsante de mi polla, pensé que me correría en su boca.
Pero Martina era una maestra del juego. Se detuvo, dejando mi polla palpitando en el aire, y se levantó con una sonrisa de zorra. Se arrancó el vestido, dejándolo caer como una piel muerta. Quedó en lencería negra, el encaje apenas cubriendo su coño empapado, los labios hinchados y brillantes asomando por los bordes. Sus tetas, liberadas, eran perfectas, con pezones duros que pedían ser chupados. Me empujó a la cama, las sábanas de satén negro frías contra mi piel ardiente.
—Roza mis pliegues con tus dedos, guarro —ordenó, guiando mi mano a su coño. Estaba chorreando, sus jugos cubriendo mis dedos mientras los deslizaba por sus labios, separándolos para encontrar su clítoris, hinchado y duro como un botón. Lo masturbé con los dedos, frotándolo en círculos rápidos, luego lentos, alternando hasta que sus caderas se retorcían. Metí dos dedos en su coño, follándola con ellos, sintiendo cómo se apretaba a mi alrededor mientras gemía—: Joder, sí, mételos más profundo.
La hice gemir más fuerte, bombeando mis dedos dentro de ella, mi pulgar frotando su clítoris hasta que sus jugos chorreaban por mi mano. —Fóllame ya —jadeó, trepando sobre mí. Agarró mi polla, guiándola a su coño empapado, y se hundió en mí con un grito. Su coño era un vicio, apretándome con cada embestida mientras me montaba como una salvaje, sus tetas rebotando frente a mi cara. Las agarré, chupando un pezón con fuerza, mordiéndolo hasta que gritó, su coño palpitando alrededor de mi polla.
—Chúpame el coño, ahora —exigió, levantándose solo para sentarse en mi cara. Su aroma era puro sexo, y lamí sus pliegues, saboreando su dulzura salada. Mi lengua atacó su clítoris, chupándolo con fuerza, alternando con lamidas rápidas que la hacían gritar. Sus manos se enredaron en mi pelo, empujándome contra su coño mientras sus jugos me empapaban la cara. —Me estoy corriendo, joder, me corro —aulló, su cuerpo convulsionándose mientras le venía el orgasmo, su coño palpitando contra mi boca, sus jugos inundándome.
No me dio respiro. Volvió a montarme, mi polla deslizándose en su coño aún tembloroso. Me folló con una furia animal, sus uñas clavándose en mi pecho, dejando marcas rojas. —Fóllame más duro —gruñó, y la volteé, poniéndola a cuatro patas. Agarré sus caderas, embistiendo su coño desde atrás, mis bolas golpeando su clítoris con cada estocada. Sus gritos llenaban la habitación, su coño apretándome mientras le venía otro orgasmo, sus jugos chorreando por mis muslos.
—Quiero correrme en tu boca —jadeé, y ella se giró, arrodillándose frente a mí. Chupó mi polla, aún húmeda de su coño, con una desesperación que me hizo ver estrellas. —Me corro —gruñí, sintiendo mi polla explotar, chorros calientes llenando su boca mientras ella tragaba, lamiendo cada gota con una sonrisa de zorra.
Colapsamos, sudorosos, enredados en las sábanas. Su cuerpo, aún temblando, se pegó al mío, sus dedos trazando círculos en mi pecho. —¿Desconectado, guarro? —susurró, su voz rota por el placer.
Asentí, mi mente en blanco, mi polla aún palpitando. Martina me había follado hasta el borde del abismo, y mientras las velas seguían ardiendo, supe que volvería por más de su coño, su boca, su todo.

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