QUERIDA MARY LOVE, déjame contarte cómo la noche de Fin de Año en la Puerta del Sol, bajo el cielo vibrante de Madrid, se convirtió en una odisea de deseo que aún quema mi piel al recordarla. Susy y yo, con más de 50 años, nunca imaginamos que las campanadas que marcaban la entrada del nuevo año nos llevarían a una suite de hotel, enredados con Amanda y Daniel, una pareja de Salamanca, apenas en sus treinta años, que nos arrastró a un torbellino de lujuria que desafió el tiempo y las convenciones.
La Puerta del Sol estaba en ebullición, un mar de cuerpos, luces y risas, con el reloj de la Casa de Correos marcando el pulso de la noche. Susy, envuelta en un vestido negro de seda que abrazaba sus curvas maduras, tenía un brillo en los ojos que me hacía arder. Sus pechos, llenos y tentadores, se insinuaban bajo la tela, y su risa era un canto que prometía aventuras. Yo, con mi traje oscuro, me sentía rejuvenecido, como si la energía de la multitud nos hubiera devuelto la juventud. Delante de nosotros, Amanda y Daniel, una pareja de Salamanca que había viajado a Madrid para celebrar el Fin de Año, se movían al ritmo de la fiesta. Amanda era una visión: su cabello negro azabache caía en ondas sedosas, sus labios carnosos pintados de rojo brillaban bajo las luces, y su cuerpo, esculpido para el pecado, se balanceaba con una gracia felina. Daniel, con un torso atlético y una mirada descarada, no podía apartar los ojos de Susy. Habíamos intercambiado sonrisas y comentarios mientras comíamos las uvas, y la química entre nosotros era un relámpago que crepitaba en el aire frío de la noche.
La Puerta del Sol estaba en ebullición, un mar de cuerpos, luces y risas, con el reloj de la Casa de Correos marcando el pulso de la noche. Susy, envuelta en un vestido negro de seda que abrazaba sus curvas maduras, tenía un brillo en los ojos que me hacía arder. Sus pechos, llenos y tentadores, se insinuaban bajo la tela, y su risa era un canto que prometía aventuras. Yo, con mi traje oscuro, me sentía rejuvenecido, como si la energía de la multitud nos hubiera devuelto la juventud. Delante de nosotros, Amanda y Daniel, una pareja de Salamanca que había viajado a Madrid para celebrar el Fin de Año, se movían al ritmo de la fiesta. Amanda era una visión: su cabello negro azabache caía en ondas sedosas, sus labios carnosos pintados de rojo brillaban bajo las luces, y su cuerpo, esculpido para el pecado, se balanceaba con una gracia felina. Daniel, con un torso atlético y una mirada descarada, no podía apartar los ojos de Susy. Habíamos intercambiado sonrisas y comentarios mientras comíamos las uvas, y la química entre nosotros era un relámpago que crepitaba en el aire frío de la noche.
Cuando sonó la última campanada, la plaza estalló en vítores. Nos fundimos en un abrazo colectivo, los cuatro riendo, el champán burbujeando en nuestras venas. Entonces, Amanda, con una audacia que me dejó sin aliento, se giró y me besó en la boca, sus labios cálidos y exigentes, su lengua rozando la mía con una promesa de fuego. “¡Feliz Año Nuevo!”, susurró, sus ojos brillando con picardía. A mi lado, Daniel hizo lo mismo con Susy, sus manos en su cintura mientras la besaba con una intensidad que hizo que sus mejillas se ruborizaran. “Me encanta cómo sabe tu boca”, le murmuró él, y vi a Susy sonreír, sus ojos encendidos de deseo. Ese beso, ese roce fugaz, encendió algo en nosotros. La excitación nos envolvió como una corriente eléctrica, y fue Susy quien, con una voz cargada de intención, dijo: “¿Por qué no seguimos la fiesta en nuestra casa?” Amanda y Daniel intercambiaron una mirada, sonrieron, y asintieron.
En un abrir y cerrar de ojos, estábamos en nuestra casa, a pocos pasos de la Puerta del Sol, en una suite alquilada para la ocasión, con ventanales que reflejaban las luces de la ciudad como un espejo de nuestras pasiones. La habitación olía a sábanas de satén y a promesas prohibidas, el aire denso con la anticipación. Nos sentamos en la cama king-size, las risas aún nerviosas pero cargadas de anhelo. Amanda se acercó a mí, su perfume de jazmín y almizcle envolviéndome como una caricia oscura. Me besó de nuevo, esta vez con una ferocidad que me robó el aliento, sus labios de terciopelo cálido, su lengua danzando con la mía como si quisiera devorarme. “Fóllame”, susurró contra mi boca, y mi polla respondió al instante, dura como el mármol, ansiosa por complacerla. La desvestí con manos temblorosas, arrancando su vestido para revelar unos pechos perfectos, llenos, con pezones rosados que se erguían como joyas bajo la luz tenue. “Muérdelos”, suplicó, su voz rota por el deseo, y me lancé sobre ellos, chupando y mordiendo con una mezcla de ternura y voracidad, saboreando la sal de su piel mientras ella arqueaba la espalda, gimiendo, “Sigue, me corro”. Mis manos encontraron su sexo, un coño empapado, caliente como un incendio, apretado pero acogedor, una cueva de placer que parecía hecha para mí. “Mete tu polla, ahora”, exigió, y me hundí en ella, su calor envolviéndome como un guante de seda líquida. Su coño era maravilloso, abrazando cada centímetro de mi polla, palpitando con cada embestida mientras ella se retorcía, sus uñas arañando mis hombros. “Lame mi clítoris, córrete conmigo”, jadeó, y me arrodillé ante ella, mi lengua trazando círculos en su botón hinchado, su sabor dulce y salado inundándome mientras sus caderas se alzaban, sus gemidos un canto salvaje. Se corrió con un grito, su cuerpo convulsionando, y cuando volví a penetrarla, montándome con una furia que hacía temblar la cama, sus caderas giraban en un ritmo hipnótico, su clítoris rozando contra mí. “Quiero sentir tu leche”, suplicó, sus uñas clavándose en mi pecho, y exploté dentro de ella, mi orgasmo un rugido que sacudió mi alma, mi semen llenándola mientras ella temblaba, su placer tan intenso que parecía infinito.
A mi lado, Susy era un huracán de éxtasis. Daniel la tenía contra la pared, sus manos fuertes levantándola como si fuera una pluma, su polla embistiéndola con una energía que desafiaba el tiempo. “Me encanta, cómo disfruto”, gemía ella, sus piernas enroscadas en su cintura, sus pechos rebotando con cada embestida, sus pezones duros como perlas bajo sus mordiscos. “Sigue, me corro”, gritaba, su voz rota por el placer, mientras él lamía y mordía sus pezones, arrancándole jadeos que resonaban como música. Susy se arqueaba, su cuerpo temblando en orgasmos que parecían no tener fin, su rostro iluminado por una lujuria pura mientras pedía, “Fóllame más fuerte”. Daniel la complacía, su polla entrando hasta el fondo, su ritmo implacable, y ella se deshacía, sus gemidos un eco de su rendición.
La noche se convirtió en un frenesí de cuerpos entrelazados. Amanda, insaciable, me arrastró al suelo, sus manos recorriendo mi piel como si quisiera grabarme en su memoria. “Lame mi clítoris otra vez”, suplicó, y me sumergí entre sus muslos, mi lengua danzando sobre su sexo empapado, su sabor una droga que me embriagaba. Ella se retorcía, sus manos enredadas en mi cabello, gritando, “Me encanta, cómo disfruto”, mientras su cuerpo se convulsionaba en un clímax tras otro, sus jugos cubriendo mis labios como un néctar prohibido. Luego, se puso a cuatro patas, su culo redondo y perfecto elevado como una ofrenda pagana. “Fóllame así”, ordenó, su voz temblando de deseo, y la penetré desde atrás, mis manos aferrando sus caderas mientras embestía con una fuerza que hacía temblar su cuerpo. Sus gemidos eran una sinfonía, su coño apretándome con una intensidad que me volvía loco, y cuando se corrió, gritando, “Córrete conmigo”, me derramé en ella, mi semen caliente llenándola mientras su cuerpo temblaba en éxtasis.
Susy, mientras tanto, exploraba nuevas cumbres de placer. Daniel la había tumbado boca arriba en el borde de la cama, sus piernas sobre sus hombros, sus pechos balanceándose con cada embestida profunda. “Muérdelos, lame mis pezones”, pedía ella, y él obedecía, chupando sus pechos con una devoción que la hacía gemir, “Sigue, me corro”. Sus orgasmos eran un torrente, su cuerpo arqueándose mientras sus manos apretaban las sábanas, su piel brillantes de sudor. Luego, Daniel la giró de lado, una pierna levantada mientras la penetraba desde un ángulo que la hacía gritar aún más fuerte, su coño palpitando alrededor de él. “Quiero sentir tu leche”, suplicó, y cuando él se derramó en ella, Susy alcanzó un clímax final, su cuerpo estremeciéndose en una danza de placer, sus gemidos un eco que llenaba la habitación.
Amanda, aún hambrienta, me llevó al sillón de terciopelo que está en la habitación, sentándose a horcajadas sobre mí, sus pechos rozando mi rostro, su piel cálida y satinada contra la mía. “Chúpamelos otra vez”, murmuró, sus pezones duros bajo mi lengua, y obedecí, mordiéndolos suavemente mientras ella se movía sobre mi polla, su coño apretándome con una precisión que me hacía jadear. “Me encanta, cómo disfruto”, gemía, sus movimientos lentos y deliberados al principio, luego frenéticos, sus caderas girando como si quisiera exprimir cada gota de placer. Se corrió con un grito, su cuerpo temblando, y yo la seguí, mi orgasmo arrancándome un gruñido mientras ella susurraba, “Quiero sentir tu leche otra vez”. Sus dedos se deslizaron entre sus muslos, tocándose mientras me miraba, su placer una obra de arte que no podía dejar de admirar.
Susy, en un arranque de audacia, se unió a nosotros en el sillón. Se arrodilló, invitando a Daniel a tomarla por detrás mientras ella lamía los pechos de Amanda, sus lenguas encontrándose en un baile erótico que me endureció de nuevo. “Fóllame, Daniel”, pedía Susy, su voz temblando de deseo, y él la embestía con una fuerza que hacía que sus pechos se balancearan, sus gemidos mezclándose con los de Amanda, que se tocaba frenéticamente, gritando, “Me corro, sigue”. Las dos mujeres, radiantes en su placer, se miraban con una complicidad que encendía el aire, sus cuerpos sincronizados en un frenesí de éxtasis. Amanda se giró, sentándose sobre el rostro de Susy, quien lamía su clítoris con una devoción que arrancaba gemidos guturales. “Lame mi clítoris, me encanta”, jadeaba Amanda, mientras Daniel seguía embistiendo a Susy, sus cuerpos un torbellino de carne y deseo.
La habitación era un santuario de lujuria, impregnada del aroma del sexo, el sudor y el champán. Cuando colapsamos, exhaustos, las sábanas revueltas y nuestros cuerpos aún palpitando, nos miramos con sonrisas cómplices. Amanda, con el cabello desordenado y los labios hinchados, susurró, “Me encanta cómo me haces sentir”. Susy, acurrucada contra mí, rió suavemente, sus ojos brillando con una satisfacción profunda, su piel aún tibia por el fuego de la noche. La ciudad de Madrid, con la Puerta del Sol como testigo, seguía parpadeando allá afuera, pero en esa suite, el tiempo se había detenido en un sueño de placer.
Mary Love, esta noche, nacida en el corazón festivo de la Puerta del Sol, fue un incendio que aún arde en mi memoria. Los gemidos de Susy y Amanda, la maestría de sus cuerpos, la intensidad de cada postura, cada roce, cada clímax, están grabados en mi alma. ¿Quieres que te cuente más de esas horas donde el deseo fue nuestro único idioma?
por: © Mary Love
Mary Love (@tequierodori) / X

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