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Un encuentro inolvidable con Saray

El aire de la noche en Málaga era cálido, con esa brisa salada del Mediterráneo que acariciaba la piel como un susurro. Saray, una dominicana de 48 años que había hecho de esta ciudad andaluza su hogar durante las últimas dos décadas, caminaba con una seguridad felina por el pasillo de un hotel boutique en el centro. Sus tacones resonaban contra el suelo de mármol, y su vestido negro, ceñido como una segunda piel, marcaba cada curva de su cuerpo: caderas generosas, cintura definida y pechos firmes que se insinuaban bajo un escote provocador. Su piel canela brillaba bajo la luz tenue, y su cabello rizado caía en cascada sobre sus hombros. Era dulce, femenina, sensual, pero también una mujer que sabía exactamente lo que quería. Y esa noche, lo quería todo.

Saray era liberal, y su matrimonio con Javier, su esposo desde hace 25 años, era una danza de complicidad y deseo. Javier, confinado a una silla de ruedas tras un accidente que le causó parálisis suprasacra, no podía participar físicamente como antes, pero su pasión seguía viva. Él la animaba a explorar, a buscar placer, siempre con una condición: que grabara cada encuentro. Esas grabaciones eran su chispa, el fuego que avivaba su deseo cuando Saray regresaba a casa para satisfacerlo, compartiendo cada detalle mientras lo tocaba, lo besaba y lo hacía sentir parte de su placer. Esa noche, la cámara que Saray llevaba en su bolso no solo capturaría su lujuria, sino también el regalo que le llevaría a Javier.

Había conocido a Diego a través de una plataforma de contactos. Él, un malagueño de 35 años, tenía todo lo que ella buscaba: complexión fuerte, sin rastro de barriga, y una foto que dejaba entrever una polla mediana, bonita, bien formada, justo como a ella le gustaba. En sus mensajes, Diego había aceptado todas sus condiciones, incluida la más importante: dejarse grabar. Saray no solo buscaba un encuentro ardiente, sino un espectáculo que encendiera la imaginación de Javier y alimentara sus noches de intimidad.

La puerta de la habitación 412 se abrió, y allí estaba Diego. Alto, con músculos definidos bajo una camiseta ajustada, su piel morena brillaba bajo la luz suave, y una sonrisa pícara prometía problemas del mejor tipo. Sus ojos recorrieron a Saray de arriba abajo, deteniéndose en sus caderas y en el brillo de sus labios carnosos, pintados de rojo. “Eres más impresionante en persona,” dijo con una voz grave que hizo que un escalofrío recorriera la espalda de Saray.

Ella sonrió, entrando con un movimiento sensual que hacía que su vestido se deslizara ligeramente, dejando ver más de su muslo bronceado. “Tú tampoco estás nada mal,” respondió, mientras colocaba una pequeña cámara en una esquina estratégica de la habitación, ajustándola para captar cada ángulo de lo que estaba por venir. Diego la observó con curiosidad, pero también con deseo. “Graba lo que quieras, Saray. Esta noche es tuya… y de él,” añadió con un guiño, mostrando que entendía el juego.

Sin más preámbulos, Saray se acercó, sus manos acariciando el pecho firme de Diego antes de deslizarse hacia abajo, sintiendo la dureza de su abdomen. Él no perdió el tiempo: la tomó por la cintura y, con una fuerza que la hizo jadear, la empujó suavemente contra la pared. Sus labios se encontraron en un beso hambriento, sus lenguas danzando con urgencia. Saray sintió cómo su coño se humedecía al instante bajo la tela de su tanga de encaje, sabiendo que cada gemido, cada roce, sería un regalo para Javier.

Diego deslizó sus manos por sus muslos, levantando el vestido hasta dejar al descubierto la curva de su culo. “Eres puro fuego, Saray,” murmuró contra su cuello, sus dientes rozando la piel sensible. Ella gimió, arqueando la espalda, y sus manos buscaron la cremallera de los pantalones de Diego. Cuando liberó su polla, la sintió dura, cálida, perfecta en su mano: mediana, bien formada, con una cabeza suave que ya brillaba con una gota de líquido preseminal. Saray se lamió los labios, pensando en cómo Javier se excitaría al ver esto.

“Quiero que me folles contra esta pared,” susurró, su voz cargada de deseo, imaginando los ojos de Javier brillando al reproducir la escena. Diego la levantó por las caderas con una fuerza que la hizo estremecerse, sosteniéndola como si no pesara nada. Saray envolvió sus piernas alrededor de su cintura, sintiendo cómo la polla de Diego rozaba sus pliegues húmedos a través de la tela de su tanga. “Quítamela,” ordenó, y él, obediente, deslizó la prenda hacia un lado, dejando su coño expuesto, brillante y ansioso.

Antes de penetrarla, Diego se inclinó y succionó uno de sus pezones a través del vestido, arrancándole un gemido que resonó en la habitación. Luego, guiando su polla con una mano, rozó la entrada de su coño, lentamente, torturándola. “No juegues conmigo,” gruñó Saray, sus uñas clavándose en los hombros de él. Diego rió, pero obedeció, empujando con una estocada profunda que la llenó por completo. Saray dejó escapar un grito ahogado, su cuerpo temblando contra la pared mientras él comenzaba a moverse, cada embestida más fuerte, más intensa.

“Así, así,” jadeaba ella, sus caderas acompasándose al ritmo de Diego. Él era implacable, sus músculos tensándose mientras la sostenía y la follaba con una intensidad que hacía que el mundo de Saray se redujera a esa fricción deliciosa. Sabía que la cámara capturaba cada detalle: el sudor en su piel, la forma en que sus pechos rebotaban con cada embestida, el brillo de su coño mientras Diego la penetraba. Todo para Javier.

Diego inclinó la cabeza y lamió su cuello, sus dientes rozando su clavícula antes de bajar a succionar sus pezones, ahora liberados del vestido que había sido empujado hacia abajo. Saray sentía su clítoris palpitando, rogando por atención. “Tócame,” suplicó, y Diego, sin detener sus embestidas, deslizó una mano entre sus cuerpos, sus dedos encontrando su clítoris con precisión. Lo rozó con círculos firmes, haciendo que Saray se arqueara aún más, su coño apretándose alrededor de su polla. “Me voy a correr,” gimió, su voz quebrándose mientras el placer crecía como una ola imparable, pensando en cómo Javier se excitaría al verla así, perdida en el éxtasis.

Diego intensificó el ritmo, sus dedos masturbándola con urgencia, rozando sus pliegues húmedos mientras su polla la penetraba sin descanso. “Córrete para mí, Saray,” gruñó, y esas palabras, junto con la imagen de Javier en su mente, la llevaron al límite. Saray se vino con un grito, su cuerpo convulsionando mientras el orgasmo la atravesaba, su coño pulsando alrededor de la polla de Diego. Él no se detuvo, prolongando su placer con embestidas profundas hasta que ella apenas podía respirar.

Cuando recuperó el aliento, Diego la bajó suavemente, pero Saray no había terminado. Lo empujó hacia la cama, sus ojos brillando con lujuria y una dulzura que solo ella podía combinar. “Ahora me toca a mí,” dijo, arrodillándose frente a él. Tomó su polla, aún dura y brillante por sus propios jugos, y la lamió lentamente, saboreándose a sí misma. Diego gimió, sus manos enredándose en su cabello rizado mientras ella lo chupaba, su lengua danzando alrededor de la cabeza antes de tomarlo entero en su boca. Sabía que Javier adoraría esta parte: verla entregada, sensual, controlando el placer de otro hombre.

“Joder, Saray,” jadeó Diego, sus caderas moviéndose instintivamente. Ella lo trabajó con maestría, succionando, lamiendo, mientras una de sus manos se deslizaba entre sus propios muslos, masturbándose para la cámara, para Javier. El sonido de sus gemidos llenaba la habitación, y la grabación capturaba cada detalle: la forma en que su lengua recorría la polla de Diego, la manera en que sus dedos se hundían en su coño, buscando otro orgasmo.

Diego no pudo contenerse más. “Me estoy corriendo,” gruñó, y Saray, sin apartarse, lo tomó todo, sus labios sellados alrededor de él mientras sentía los espasmos de su orgasmo. Cuando terminó, se levantó, lamiéndose los labios con una sonrisa traviesa. “Esto,” dijo, señalando la cámara, “va a volver loco a mi esposo.”

Se recostaron juntos, su piel aún ardiente, sus respiraciones entrecortadas. Saray sabía que esa grabación sería más que un recuerdo: sería el fuego que encendería las noches con Javier, un puente entre su deseo y el de ella, una prueba de que su amor, aunque transformado por las circunstancias, seguía siendo tan ardiente como siempre. Porque Saray no era solo una mujer; era una experiencia, una que dejaba huella en el cuerpo, en la mente y, sobre todo, en el corazón de quienes la conocían.

por: © Mary Love

Mary Love (@tequierodori) / X

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