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Un encuentro en First Dates

EL PLATÓ DE FIRST DATE en Madrid vibraba con una energía que me tenía al borde del asiento. Las luces cálidas, el murmullo de las conversaciones y el tintineo de las copas creaban un ambiente íntimo, pero mi corazón latía desbocado. Soy Patricia, tengo 34 años, y había viajado desde Ourense para encontrar a mi media naranja en este programa. Después de una traición que me dejó el corazón en pedazos, seguía creyendo en el amor, en esa chispa que te hace sentir viva. Quería una chica humilde, apasionada, alguien que me mirara y me hiciera olvidar el mundo. Y, sobre todo, alguien más joven, porque las de mi edad me parecían demasiado serias, demasiado apagadas para mi espíritu juvenil.

Cuando vi entrar a Paula, el aire se me escapó de los pulmones. Era alta, con una melena castaña que caía en ondas perfectas sobre sus hombros, unos ojos verdes que parecían atravesarme y una sonrisa que me hizo temblar. Llevaba un vestido negro ceñido que abrazaba cada curva de su cuerpo, dejando poco a la imaginación. “Es una princesa”, pensé, “la chica de mis sueños”. Sus pasos seguros hacia la mesa eran como un imán, y cuando nuestras manos se tocaron al saludarnos, un escalofrío me recorrió desde los dedos hasta la nuca. Su perfume, dulce con un toque cítrico, me envolvió, y supe que estaba en problemas.

—Hola, soy Paula —dijo con una voz suave pero cargada de seguridad, sus ojos clavados en los míos.

—Patricia —respondí, intentando que mi voz no delatara el nudo en mi estómago. Nos sentamos, y la cena comenzó con una mezcla de nervios y risas. Paula, de 23 años, vivía en Madrid y tenía una frescura que me fascinaba. Me contó que solo había tenido una relación, su “descubrimiento lésbico”, como lo llamó con una risita que me hizo querer besarla ahí mismo. Yo le hablé de mis cuatro relaciones, incluida la última, que terminó con una infidelidad que aún me dolía.

Cuando mencioné mi breve aventura con un chico, no pude evitar reírme al contarle lo del “pene gancho”.

—¿Qué? —Paula se inclinó hacia mí, sus ojos brillando con curiosidad y diversión—. ¿Eso qué es?
Me reí, un poco ruborizada, pero la química entre nosotras me dio valentía.

—Hay chicos que… bueno, la tienen torcida, como un gancho, y a veces necesitan cirugía —expliqué, mientras ella soltaba una carcajada que resonó en mi pecho.

La conversación pronto se volvió más íntima. Le pregunté cómo era en la cama, y sus ojos se oscurecieron con una chispa traviesa.

—Soy muy activa y pasional —dijo, mordiéndose el labio inferior, un gesto que envió una oleada de calor directo a mi entrepierna—. Me gusta experimentar, probar cosas nuevas. Incluso… he ido a un par de sitios de intercambio de parejas.

Me quedé sin palabras, pero mi cuerpo reaccionó al instante. El calor entre mis piernas era casi insoportable.

—Vaya, Paula, pareces la típica niña buena que no ha roto un plato, pero los has roto todos, ¿no? —bromeé, aunque mi voz salió más ronca de lo que esperaba.

Ella se rió, inclinándose más hacia mí, y el roce de su rodilla contra la mía bajo la mesa me hizo contener un gemido. La tensión sexual entre nosotras era como un cable de alta tensión, vibrando, a punto de estallar. Cuando nos llevaron al reservado para bailar, el ambiente cambió. Las luces se volvieron más tenues, la música más envolvente, una balada lenta que nos invitaba a acercarnos. Nuestros cuerpos comenzaron a moverse en sincronía, sus caderas rozando las mías, sus manos descansando en mi cintura. Cada roce era una descarga eléctrica, y podía sentir el calor de su piel a través de la tela de mi blusa.

—Paula… —susurré, mi aliento rozando su mejilla mientras bailábamos—. Me gustas mucho.

Ella sonrió, y su mano se deslizó hasta mi nuca, enviándome un escalofrío por la columna.

—Tú también me gustas, Patricia —respondió, y antes de que pudiera reaccionar, se inclinó y me dio un beso en la mejilla. Fue suave, cálido, pero me supo a poco. Quería sus labios en los míos, quería saborearla, perderme en ella.

En la decisión final, ambas dijimos “sí” sin dudarlo. Queríamos seguir conociéndonos, salir de las cámaras, explorar lo que había entre nosotras. Pero mientras salíamos del restaurante, con el aire fresco de Madrid acariciando mi piel, sentí que no podía esperar más. El hotel donde el programa me había alojado estaba cerca, pero no quería ir allí. Quería algo más íntimo, más real. La miré, con el corazón latiendo desbocado, y le pregunté:—¿Te puedo besar?

Paula se detuvo bajo una farola, sus ojos brillando con una mezcla de deseo y nervios.
—Ven a mi casa —susurró, su voz cargada de promesas—. Vivo aquí en Madrid, a diez minutos.

No lo pensé dos veces. En el taxi, la tensión era insoportable. Sus dedos rozaban mi muslo, subiendo lentamente, mientras yo deslizaba mi mano por su espalda, sintiendo la curva de su cuerpo bajo el vestido. Cuando llegamos a su apartamento en un edificio moderno del centro, la puerta apenas se cerró antes de que nos lanzáramos la una sobre la otra.

La empujé contra la pared, mis labios encontrando los suyos en un beso hambriento. Su lengua rozó la mía, y gemí contra su boca, saboreando su dulzura. Mis manos exploraron su cuerpo, deslizándose por sus caderas, subiendo el vestido hasta dejar al descubierto sus muslos.

—Patricia… —jadeó, mientras mis dedos rozaban sus pliegues a través de la tela de su ropa interior. Estaba empapada, y eso me volvió loca.

—Tócame —suplicó, y no necesité más. Aparté su ropa interior y mis dedos encontraron su clítoris, acariciándolo en círculos lentos que la hicieron arquearse contra la pared. Su coño estaba caliente, húmedo, y cada movimiento de mis dedos arrancaba un gemido de su garganta.

—Joder, me estás volviendo loca —gimió, mientras yo aceleraba el ritmo, masturbándola con los dedos, sintiendo cómo su cuerpo temblaba. Bajé lentamente, besando su cuello, lamiendo la piel sensible de sus clavículas, hasta llegar a sus pechos. Desabroché el vestido con urgencia, liberando sus pechos, y succioné sus pezones, alternando entre lamidas suaves y pequeños mordiscos. Ella se retorcía, sus manos enredadas en mi pelo, jadeando.

—Sigue… no pares —suplicó, y yo obedecí, bajando más hasta arrodillarme frente a ella. Aparté su ropa interior por completo y lamí su coño, saboreando su humedad, mi lengua jugando con su clítoris en movimientos rápidos y precisos. Sus gemidos se volvieron gritos, sus caderas empujando contra mi boca.

—Patricia… me corro… —gritó, y sentí cómo su cuerpo se tensaba, cómo le venía el orgasmo en oleadas que la hacían temblar. La sostuve mientras se recuperaba, sus piernas temblando, su respiración entrecortada.

Pero Paula no estaba dispuesta a dejarme tomar el control por mucho tiempo. Me levantó con una fuerza sorprendente y me llevó al sofá, empujándome para que me sentara. Sus manos desabrocharon mi pantalón con una urgencia que me hizo jadear, y en segundos estaba desnuda de cintura para abajo.

—Ahora te toca a ti —dijo, con esa sonrisa traviesa que me deshacía. Se arrodilló entre mis piernas, sus dedos rozando mis pliegues, y gemí cuando los deslizó dentro de mí, masturbándome con una precisión que me llevó al borde en segundos.

—Paula… —jadeé, mientras su lengua encontraba mi clítoris, lamiéndolo con movimientos rápidos, succionándolo hasta que mi cuerpo se arqueó. Sus dedos se movían dentro de mí, entrando y saliendo, mientras su boca trabajaba mi clítoris con una intensidad que me hacía perder la cabeza.

—Joder, me vengo… —grité, y el orgasmo me atravesó como un relámpago, dejándome temblando, mi coño palpitando bajo su toque. Ella no se detuvo, lamiendo suavemente hasta que las últimas oleadas de placer me dejaron sin aliento.

Nos quedamos allí, abrazadas en el sofá, nuestras respiraciones mezclándose, nuestros cuerpos aún vibrando. Podía sentir el calor de su piel contra la mía, el latido de su corazón bajo mi mano.

—Esto es solo el principio, ¿verdad? —susurró Paula, besándome suavemente en el cuello.

Sonreí, sabiendo que había encontrado algo más que una cita. Había encontrado una chispa, una pasión, una conexión que prometía incendiarlo todo.

—Definitivamente —respondí, y volví a besarla, mis manos ya buscando de nuevo su cuerpo, lista para perderme en ella una y otra vez en esa noche madrileña que no olvidaría jamás.


por: © Mary Love

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