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Un encuentro abrasador con Vanesa

La noche madrileña envolvía el barrio de Salamanca con un calor pegajoso, mezclado con el aroma a jazmín que flotaba en el aire. Diego, un ejecutivo de 35 años, sentía su corazón martillear mientras avanzaba hacia el edificio que Vanessa le había indicado. En su móvil, aún resonaban las palabras de la joven colombiana de 19 años que había encontrado en una plataforma de contactos: “No follare contigo fingiendo, mis orgasmos son reales”. Esa promesa, cruda y cargada de fuego, lo tenía atrapado, cada paso hacia su apartamento un latido más de deseo que ya endurecía su polla bajo el pantalón.

El ascensor lo llevó al tercer piso, apartamento 3B, y el cosquilleo en su estómago se intensificó, una mezcla de nervios y una anticipación que lo consumía. Cuando la puerta se abrió, Vanessa apareció como una visión incandescente. Su piel morena brillaba bajo la luz tenue, y su cuerpo, envuelto en un vestido negro ajustado, era una provocación viviente. Sus pechos, llenos y firmes, se marcaban bajo la tela, y sus caderas, anchas y redondeadas, parecían suplicar ser tocadas. Sus ojos oscuros, grandes y llenos de picardía, lo recorrieron con una intensidad que lo hizo tragar saliva. “¡Diego, mi amor! Pasa, qué bueno que estás aquí”, dijo con ese acento colombiano, suave y cadencioso, que era como un roce lento en la piel.

El apartamento olía a vainilla y a su perfume, una fragancia dulce y embriagadora que parecía emanar de su esencia. Vanessa lo guio al salón, donde una botella de vino tinto y dos copas descansaban sobre una mesita. “Primero, relajémonos, ¿sí?”, propuso, sentándose en un sofá de cuero negro. Cruzó las piernas con una elegancia deliberada, dejando que el vestido subiera lo suficiente para mostrar la curva suave de sus muslos. Charlaron un rato, y ella tenía un don para hacer que todo fluyera. Habló de su vida en Colombia, del ritmo del reggaetón que aún le corría por las venas, de su amor por el baile que hacía que sus caderas se movieran como un imán. Cada palabra era un anzuelo, y Diego se sentía atrapado, no solo por su belleza, sino por la energía cruda y sensual que desprendía.

Se acercó más, rozando su brazo con las yemas de los dedos, sus uñas pintadas de rojo dejando un rastro de escalofríos. “Dime, Diego, ¿qué te gusta? ¿Qué te hace perder la cabeza?”, preguntó con una voz baja, casi un ronroneo, mientras sus labios carnosos se curvaban en una sonrisa traviesa. Él sintió el calor subir por su pecho, su polla ya dura bajo el pantalón. “Quiero sentirte… quiero que sea real”, respondió, recordando su promesa. Vanessa rió, un sonido suave como el terciopelo. “Eso me encanta, mi amor. Yo no finjo. Todo lo que sientas conmigo será puro fuego”.

Lo tomó de la mano y lo llevó a una habitación donde una cama amplia, cubierta con sábanas de satén rojo, dominaba el espacio. La luz de las velas proyectaba sombras danzantes en las paredes, creando un ambiente que era puro deseo. Vanessa se giró hacia él y, sin decir nada, dejó caer el vestido al suelo. Su cuerpo desnudo era una obra maestra: pechos llenos con pezones oscuros y erectos, una cintura estrecha que desembocaba en caderas generosas, y una tanga de encaje negro que apenas cubría su coño. Diego pudo ver el contorno de sus labios vaginales bajo la tela, carnosos y ligeramente oscuros, con un brillo que sugería su humedad. La sola idea de lo que escondía lo hizo jadear.

“Ven aquí, mi amor”, susurró ella, acercándose con pasos lentos, felinos. Lo empujó suavemente hacia la cama, donde él se sentó, todavía vestido. Vanessa se colocó a horcajadas sobre sus piernas, y el roce de su piel cálida contra la tela de su pantalón era una tortura exquisita. Inclinó la cabeza y lo besó, un beso profundo, húmedo, con un sabor a menta y algo más dulce que encendía cada nervio de su cuerpo. Sus manos desabotonaron su camisa con una lentitud deliberada, sus uñas rozando su pecho, dejando un rastro de fuego en su piel.

“Relájate, déjame cuidarte”, murmuró contra su oído, su aliento caliente haciéndolo estremecer. Vanessa se deslizó hacia abajo, arrodillándose entre sus piernas. Con dedos hábiles, desabrochó su cinturón y liberó su polla, dura y palpitante, con una gota de líquido preseminal brillando en la punta. Lo miró a los ojos mientras acercaba sus labios, y Diego sintió que el mundo se detenía cuando ella comenzó a chuparlo. Primero lamió la punta, saboreando su esencia con una lentitud que lo volvía loco, luego lo tomó entero en su boca, succionando con una intensidad que era puro instinto. Sus gemidos suaves vibraban contra él, y la forma en que movía la lengua, lamiendo cada vena, chupando con fuerza, lo hacía jadear. “Joder, Vanessa…”, gruñó, y ella sonrió sin soltarlo, claramente disfrutando del poder que tenía sobre él.

Pero Vanessa quería más. Se puso de pie, quitándose la tanga con un movimiento lento, dejando a la vista su coño. Era perfecto: los labios externos, carnosos y oscuros, estaban hinchados de deseo, relucientes de humedad. Su clítoris, pequeño pero prominente, sobresalía entre los pliegues como una perla rosada, hinchada y sensible, palpitando ligeramente con su excitación. El vello púbico, recortado en una línea fina, enmarcaba su sexo como una invitación. “Tócame, Diego”, pidió, guiando su mano hacia ella. Él rozó sus pliegues con los dedos, sintiendo la suavidad de su piel, la humedad caliente que se deslizaba entre sus dedos. “Así… mastúrbame con los dedos”, susurró ella, moviendo las caderas contra su mano. Diego deslizó un dedo dentro de su coño, caliente, apretado y empapado, luego dos, sintiendo cómo sus paredes internas se contraían alrededor de él. Su pulgar encontró su clítoris, hinchado y resbaladizo, y comenzó a frotarlo en círculos lentos, sintiendo cómo se endurecía aún más bajo su toque. Vanessa arqueó la espalda, gimiendo más fuerte, su coño empapándose, su clítoris palpitando con cada roce, como si cada nervio de su cuerpo estuviera concentrado en ese pequeño punto.

“Chúpame, mi amor… lame mi clítoris”, suplicó, y Diego no necesitó que se lo pidiera dos veces. La tumbó en la cama, abriendo sus piernas para admirar su sexo de cerca. Los labios de su coño estaban hinchados, relucientes, con gotas de su excitación deslizándose por sus muslos. Su clítoris, ahora más prominente, parecía latir, rosado y brillante, rodeado por los pliegues húmedos de su coño. El aroma de su deseo, dulce y almizclado, lo mareó. Acercó la boca y comenzó a lamer, primero los pliegues externos, saboreando su dulzura salada, luego su clítoris, succionándolo suavemente mientras ella gemía y se retorcía. Con la punta de la lengua, trazó círculos alrededor de su clítoris, sintiendo cómo se hinchaba aún más, cómo respondía a cada roce con pequeños espasmos. “¡Sí, así… no pares!”, exclamó Vanessa, sus manos agarrando las sábanas. Diego alternaba entre lamer y chupar, presionando su lengua contra su clítoris, luego succionándolo con más fuerza, mientras deslizaba dos dedos dentro de su coño, sintiendo cómo sus paredes internas se contraían. De pronto, el cuerpo de Vanessa se tensó, su clítoris palpitó intensamente bajo su lengua, y un gemido gutural escapó de sus labios mientras le venía el primer orgasmo. Su coño se contrajo con fuerza alrededor de sus dedos, su clítoris latiendo como un corazón acelerado, y un chorro cálido y húmedo salió de ella, empapando la barbilla de Diego mientras ella gritaba, su cuerpo arqueado en un espasmo de placer puro.

“No aguanto más… quiero tu polla”, jadeó Vanessa, todavía temblando por el orgasmo, su clítoris aún sensible y palpitante. Lo empujó para que se tumbara y se colocó sobre él, pero antes de tomarlo, dijo: “Refriégala primero… frota tu polla en mi coño”. Diego obedeció, deslizando su polla dura entre sus pliegues húmedos, sintiendo cómo su clítoris, aún hinchado y ultrasensible, se rozaba contra él. Cada roce hacía que Vanessa jadeara, sus caderas moviéndose para presionar su clítoris contra la punta de su polla, buscando más fricción. Finalmente, Vanessa se hundió sobre él, guiando su polla dentro de su coño, que lo envolvió como un guante caliente, apretado y resbaladizo. Diego gruñó, agarrándola por las caderas mientras ella comenzaba a cabalgarlo, primero lento, dejando que cada movimiento los llevara al borde, luego más rápido, con una intensidad salvaje que hacía que la cama crujiera.

“Succiona mis pezones, Diego”, pidió, inclinándose hacia él. Sus pechos, llenos y firmes, estaban justo frente a su rostro, los pezones duros y oscuros. Él los tomó en la boca, lamiéndolos con avidez, succionándolos con fuerza mientras ella gemía más fuerte, su coño apretándose alrededor de su polla con cada movimiento. “Tócame el clítoris… ¡fóllame más duro!”, suplicó, y Diego deslizó una mano entre sus cuerpos, encontrando su clítoris, aún hinchado y resbaladizo por el orgasmo anterior. Lo frotó con el pulgar, primero en círculos suaves, luego con más presión, sintiendo cómo se endurecía aún más, cómo palpitaba bajo su toque. Vanessa comenzó a jadear más rápido, sus gemidos convirtiéndose en gritos. “¡Me estoy corriendo otra vez!”, exclamó, su cuerpo temblando violentamente, su coño palpitando alrededor de su polla mientras le venía el segundo orgasmo. Su clítoris latió con fuerza bajo su pulgar, cada espasmo acompañado por contracciones intensas de su coño, que apretaban su polla como si quisieran atraparla para siempre. Un nuevo chorro de humedad escapó de ella, empapando sus muslos y las sábanas, mientras su cuerpo se convulsionaba, sus gritos resonando en la habitación.

Esa visión, el sonido de sus gritos, el apretón rítmico de su coño, el latido frenético de su clítoris, fue demasiado. “Me vengo…”, gruñó Diego, y se dejó ir dentro de ella, su polla pulsando mientras se corría, llenándola con cada espasmo de su orgasmo. La intensidad lo dejó sin aliento, su cuerpo temblando mientras sentía las contracciones de su coño y los últimos temblores de su clítoris, aún sensible, contra su piel. Vanessa se derrumbó sobre él, jadeando, sus cuerpos pegados por el sudor, su coño aún palpitando suavemente alrededor de su polla, un eco del placer compartido. Ella se acurrucó contra su pecho, trazando círculos perezosos con un dedo. “¿Ves, mi amor? Te dije que sería real”, susurró con una sonrisa satisfecha, sus ojos brillando de satisfacción.

Diego, todavía perdido en la intensidad de su coño, su clítoris, y la memoria de sus orgasmos explosivos, supo que no podría resistirse a volver. Vanessa era un vicio, y él ya estaba desesperado por más.

por: © Mary Love

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