MI NOMBRE ES ELENA, Y AUNQUE el tiempo ha tejido sus hilos plateados en mi cabello, mi espíritu sigue ardiendo con la misma intensidad que a los dieciséis años, cuando conocí a Andrés. Era una época de descubrimientos, mi cuerpo en plena metamorfosis: senos que se hinchaban como frutos maduros, caderas que se curvaban invitando al tacto, y un deseo constante que me mantenía despierta por las noches, anhelando el roce de piel contra piel. Andrés, con sus ojos oscuros y su sonrisa traviesa, fue mi primer y único amor verdadero. Nos encontramos en una fiesta de barrio, y desde entonces, no pudimos separarnos.
En aquellos días, mi hogar era un nido de reglas estrictas, con padres vigilantes que no permitían ni un minuto a solas. Pero tenía una aliada inquebrantable: mi amiga Laura, hija única de una madre divorciada que trabajaba de sol a sol en una oficina del centro. Su casa era nuestro refugio secreto, un apartamento modesto pero acogedor, con cortinas gruesas que amortiguaban los sonidos del mundo exterior. Cada vez que el fuego en mi vientre se avivaba —y sucedía a menudo—, le suplicaba a Andrés que me llevara allí. Laura, con una complicidad nacida de años de confidencias, nos dejaba la llave y desaparecía discretamente, fingiendo una salida al mercado.
Recuerdo aquellas tardes como un torbellino de sensaciones. Andrés me desvestía con manos temblorosas, besando cada centímetro de mi piel expuesta. Mis pezones se endurecían bajo su lengua, enviando ondas de placer que se acumulaban en mi centro. Me penetraba con una urgencia que reflejaba la mía, nuestros cuerpos sudorosos chocando en un ritmo primitivo sobre el sofá deshilachado de Laura. Yo gemía sin contención, arañando su espalda, mientras él susurraba mi nombre como una plegaria. Aquellos encuentros nos unieron de una forma indisoluble; nos casamos a mis veintiuno, y la vida fluyó en una corriente de rutinas compartidas, hijos que crecieron y se fueron, y un amor que, aunque maduro, nunca perdió su chispa.
Ahora, a los cincuenta, miro hacia atrás y sonrío al pensar en cómo el destino nos trajo de vuelta a Laura. Ella se había casado joven, como yo, pero su matrimonio se desmoronó en un mar de insatisfacciones. Su esposo, un hombre frío y distante, la dejaba anhelando lo que Andrés y yo compartíamos: esa pasión devoradora. Un día, durante un café en su cocina —la misma donde habíamos dejado ecos de nuestros jadeos juveniles—, Laura confesó su soledad. "Elena, Andrés siempre ha sido tan... atento. Por nuestra amistad, ¿crees que podría... ayudarme? Solo una vez, para recordarme qué se siente ser deseada."
La idea me golpeó como un rayo de excitación prohibida. No celos, sino un torrente de curiosidad y deseo. Imaginar a mi marido, con su cuerpo aún firme y sus manos expertas, explorando el de otra mujer mientras yo observaba... era un elixir que me humedecía entre las piernas solo de pensarlo. Esa noche, en la cama, se lo propuse a Andrés. Al principio, dudó, sus ojos buscando en los míos cualquier rastro de engaño. Pero cuando le describí mi fantasía —verlo hundirse en ella, oír sus gemidos, unirme quizás al festín de placer—, su miembro se endureció contra mi muslo, traicionando su interés. "Si eso te hace feliz, mi amor", murmuró, besándome con renovado fervor.
Lo organizamos con cuidado, como un ritual sagrado. Invitamos a Laura a casa un viernes por la noche, cuando los niños estaban lejos. La mesa estaba puesta con vino tinto y velas parpadeantes, el aire cargado de anticipación. Laura llegó envuelta en un vestido rojo que abrazaba sus curvas generosas, sus pechos plenos asomando tentadores por el escote. Andrés, siempre caballero, la besó en la mejilla, pero yo noté cómo su mirada se demoraba en su cuello expuesto.
Bebimos, charlamos, reímos de anécdotas pasadas. Pero el deseo flotaba como un perfume embriagador. Finalmente, llevé a Laura de la mano al dormitorio, donde Andrés nos esperaba. Me senté en una silla junto a la cama, mi corazón latiendo con fuerza. Andrés se acercó a ella con lentitud, sus dedos rozando su brazo, subiendo hasta su rostro. La besó, un beso profundo que hizo que Laura se derritiera contra él. Vi cómo sus manos desabrochaban el vestido, revelando su piel pálida, sus senos libres y pesados, coronados por pezones rosados que se erguían bajo su toque.
Laura suspiró cuando Andrés lamió uno de ellos, succionando con delicadeza, mientras su mano descendía por su vientre hasta el triángulo húmedo entre sus thighs. Ella se arqueó, gimiendo, y yo sentí un pulso ardiente en mi propio sexo. Andrés la tendió en la cama, quitándose la camisa para exponer su torso musculoso, surcado por las marcas del tiempo que solo lo hacían más atractivo. Se arrodilló entre sus piernas, separándolas con gentileza, y hundió su rostro en su intimidad. Laura jadeó, sus caderas elevándose al ritmo de su lengua experta, explorando pliegues y botones de placer. "Oh, Andrés... sí...", murmuraba, y yo, incapaz de resistir, deslicé una mano bajo mi falda, tocándome al compás de sus movimientos.
Cuando Andrés se incorporó, su erección orgullosa y venosa apuntando al cielo, Laura lo miró con ojos vidriosos de lujuria. Se posicionó sobre ella, guiando su miembro a su entrada resbaladiza. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola, llenándola. Laura gritó de placer, sus uñas clavándose en su espalda mientras él comenzaba a moverse, un vaivén hipnótico que hacía que sus senos se balancearan. Yo observaba fascinada, mi propia excitación llegando al borde, el sonido de sus cuerpos chocando como una sinfonía erótica. Andrés aceleró, sus embestidas profundas y rítmicas, hasta que Laura se convulsionó en un orgasmo que la dejó temblando, su voz un lamento de éxtasis.
Pero no terminó allí. Andrés se volvió hacia mí, su mirada ardiente. "Ven, Elena", dijo, y me uní a ellos en la cama. Laura, aún jadeante, me besó mientras Andrés me penetraba por detrás, sus manos explorando mis curvas familiares. Nuestros cuerpos se entrelazaron en un tapiz de placer: yo lamiendo los senos de Laura, ella tocándome con dedos curiosos, Andrés alternando entre nosotras en un baile de posesiones compartidas. Culminamos juntos, un clímax que nos dejó exhaustos y unidos en una intimidad nueva, más profunda.
Aquella noche fue el pináculo de lo sensual, un secreto que atesoramos. A mis cincuenta, sé que el deseo no envejece; solo se transforma, invitándonos a explorar horizontes inesperados. Y en los brazos de Andrés, con el eco de Laura en nuestra memoria, sigo sintiéndome viva, eternamente deseada.

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