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Triangulo amoroso


SOY SONIA, Y VIVO EN el apartamento de al lado del de Laura y Miguel. No soy lesbiana, nunca lo he sido; el sexo es mi vicio, y siempre he preferido una polla dura que me llene hasta el fondo. Pero desde que conocí a Laura, algo en mí se encendió de una forma que no esperaba. Ella es enfermera en el hospital local, una mujer de curvas perfectas, con pechos firmes que se insinúan bajo su uniforme y un culo que parece pedir a gritos ser tocado. Su marido, Miguel, quedó postrado tras un accidente de coche hace un año. Una lesión en la médula espinal le robó el movimiento de las piernas y la parte inferior del cuerpo. No puede mover las caderas ni usar su cuerpo para follar como antes, pero, por una extraña bendición, los nervios que controlan sus erecciones siguen intactos. Su polla se pone dura, palpitante, cuando la excitación lo invade, aunque él no pueda impulsarse ni moverse para actuar sobre ella. Sus manos, su boca y su torso, sin embargo, funcionan perfectamente, y son su manera de seguir conectado al deseo.

Laura y Miguel se aman con una intensidad que trasciende cualquier adversidad. Su amor es de esos que resisten tormentas, y el accidente no hizo más que fortalecer su vínculo. Una tarde, mientras compartíamos un café en la cafetería de abajo de nuestro edificio, Laura me abrió su corazón. "Miguel y yo hemos hablado mucho", me dijo, sus ojos brillando con una mezcla de amor y deseo reprimido. "Sabemos que no puede darme lo que antes, pero nuestro amor está por encima de eso. Hemos acordado, con plena conciencia, que puedo tener sexo con terceros, siempre que sea delante de él. Le excita verme disfrutar, y es la única forma en que puede recibir placer ahora, participando con lo que su cuerpo le permite". La idea me encendió al instante; mi coño palpitó solo de imaginarlo. "Si quieres, puedo ayudarte", le dije, rozando su mano con la mía. Ella sonrió, mordiéndose el labio. "Solo una condición: tiene que ser frente a Miguel. Al final, él podrá tocar y lamer... es su manera de sentirse parte de mí, de nosotros".


La primera vez fue como un incendio. Llamé a su puerta una noche de verano, con el calor pegándose a mi piel y el deseo ardiéndome entre las piernas. Laura abrió, con una bata fina que dejaba ver sus pezones duros y erectos. "Ven", susurró, llevándome al dormitorio. Miguel estaba en la cama, recostado, sus ojos llenos de amor y anticipación mientras nos miraba. Su polla ya se marcaba bajo la sábana, semierecta, respondiendo al deseo que lo consumía, aunque su cuerpo inmóvil no pudiera seguirle el paso.

Nos pusimos al pie de la cama, frente a él, como en un escenario sagrado. Laura me besó con una mezcla de suavidad y hambre, sus labios carnosos devorando los míos mientras sus manos bajaban por mi espalda, apretando mi culo con fuerza. "Quítate la ropa", me ordenó, y dejé caer mi vestido al suelo. Mis tetas quedaron libres, y ella las tomó, succionando mis pezones con una intensidad que me hizo gemir. "Laura... succiona mis pezones más fuerte", le pedí, mi coño ya empapado. Ella mordisqueó uno mientras pellizcaba el otro, enviando descargas de placer por todo mi cuerpo.

Me arrodillé frente a ella, abriendo sus piernas. Su coño estaba depilado, rosado, brillante de excitación. Rozé mis pliegues contra los suyos, frotando mi clítoris contra el suyo en un movimiento lento y tortuoso. "Joder, Sonia, tu clítoris está tan hinchado", jadeó ella. Metí dos dedos en su coño, masturbándola con los dedos mientras lamía su clítoris, chupándolo como si fuera una polla pequeña y dura. Ella se arqueó, agarrándome el pelo. "Lame mi clítoris, Sonia... chúpalo más... me estoy corriendo... ¡ya me viene!" Su orgasmo explotó en mi boca, su jugo dulce inundándome la lengua.
Miguel nos miraba, su polla ahora completamente dura, goteando precum bajo la sábana, erecta pero inmóvil por la parálisis. Sus ojos brillaban de amor y lujuria, sabiendo que este espectáculo era tanto para él como para nosotras. Laura me empujó a la cama auxiliar junto a la suya, colocándose entre mis piernas. "Tu coño sabe tan bien", gimió, succionando mi clítoris mientras metía tres dedos dentro de mí, masturbándome con fuerza. Yo me retorcía, mirando a Miguel, que se acariciaba lentamente con la mano, deslizando sus dedos por su polla dura pero estática. "Refriega tu lengua en mis pliegues, Laura... sí, así... me corro... ¡me estoy corriendo!"

Exhaustas y temblando, Laura me miró con una sonrisa traviesa. "Ahora, le damos su placer a Miguel". Nos acercamos a él. Yo me senté a horcajadas sobre su cara, dejando que lamiera mi coño aún palpitante. Su lengua era precisa, chupando mis pliegues, succionando mi clítoris hasta que volví a correrme, gritando. Laura, mientras tanto, tomó su polla en la mano, masturbándola con los dedos. "Refriega tu polla en mi coño, Miguel", le dijo, guiando su erección contra sus pliegues húmedos, moviéndolo ella misma porque él no podía. Yo me uní, lamiendo sus bolas mientras Laura chupaba la punta.

Miguel gemía, sus manos tocándonos con avidez: pellizcando mis pezones, metiendo dedos en el coño de Laura. "Córrete en mi boca, Miguel... quiero tragarme tu leche", le supliqué. Laura aceleró el ritmo, masturbándolo con fuerza. Él explotó, su semen caliente llenándome la boca mientras lo tragaba todo, lamiendo cada gota. Laura lamió lo que sobró, besándome después para compartir el sabor, mientras Miguel nos miraba con una sonrisa de satisfacción y amor profundo.

Esto se convirtió en nuestro ritual, un pacto de deseo y amor. Cuando el ansia me quema, la llamo: "Laura, mi coño necesita atención". O ella me escribe: "Ven, Sonia, Miguel quiere verte correrte". Siempre delante de él, siempre terminando con sus caricias y lamidas, aprovechando lo que su cuerpo aún le permite. Ayer, por ejemplo, la llamé al atardecer. Entré, y ya estaban listos. Nos desnudamos rápido, y esta vez Laura usó un dildo realista atado a su cadera. "Refriega tu polla en mi coño", le dije, hablando del juguete, y ella lo hizo, rozando mis pliegues hasta que estuve empapada. Me folló con fuerza, mientras yo chupaba la polla de Miguel, succionando su cabeza hinchada, dura pero quieta.

Laura se corrió primero, gritando "me corro" mientras embestía. Yo la seguí, "ya me viene... ¡me estoy corriendo!" Al final, Miguel nos lamió a las dos, su lengua explorando nuestros coños exhaustos, tocando nuestros clítoris hasta que temblamos de nuevo. Su amor por Laura, y la forma en que ambos han convertido esta adversidad en un espacio de placer compartido, me conmueve y me excita. No soy lesbiana, pero con Laura, y con Miguel participando con su mirada, sus manos y su boca, es el sexo más intenso que he conocido. Sé que mañana, cuando el deseo me queme otra vez, la llamaré, y allí estaremos, los tres, enredados en su amor y nuestra lujuria.

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