SOY TATIANA, TENGO 22 AÑOS, y siempre he sido esa chica que combina la dulzura con una travesura que te deja sin aliento. Soy cariñosa y tierna, pero cuando juego, me vuelvo juguetona e implicada de una forma que te sorprenderá. Todo empezó en París, en un café encantador en la 'Place Saint-Germain-des-Prés', esa plaza famosa por su atmósfera bohemia, rodeada de librerías antiguas y el bullicio de artistas y turistas. Era un día soleado de primavera, con el aroma a croissants frescos flotando en el aire y la iglesia medieval vigilando desde el fondo. Yo estaba allí solo por ese día, en un viaje relámpago antes de volver a Barcelona, sentada en una mesa al aire libre, sorbiendo un café au lait mientras observaba a la gente pasar.
Entonces lo vi a él. Era un chico guapísimo, de unos 28 años, alto y atlético, con cabello oscuro y ondulado que le caía despreocupadamente sobre la frente, ojos verdes penetrantes que brillaban con una chispa de curiosidad, y una sonrisa encantadora que revelaba dientes perfectos. Vestía una camisa ajustada que marcaba sus hombros anchos y músculos definidos, como si acabara de salir de un gimnasio o de una sesión de fotos. Se acercó con confianza, pidiendo permiso para sentarse, y pronto charlamos como si nos conociéramos de toda la vida. Su voz era profunda y cálida, con un acento francés sutil que me erizaba la piel. Me contó que era un fotógrafo freelance, explorando la ciudad en busca de inspiración, y yo, con mi dulzura habitual, le respondí con risas traviesas, tocando su brazo de vez en cuando para enfatizar mis palabras.
La química fue inmediata, electrizante. Sabía que solo estaría en París ese día, así que no perdí tiempo. "Ven conmigo al hotel", le susurré después de un beso robado en la plaza, mi mano rozando su muslo bajo la mesa. Él aceptó sin dudar, y caminamos de la mano hasta mi habitación en un hotel boutique cerca de la plaza, con vistas a las calles empedradas. Apenas cerramos la puerta, nos lanzamos el uno al otro. Lo besé con pasión, mis labios juguetones explorando los suyos mientras mis manos desabotonaban su camisa, revelando su pecho tonificado y abdominales marcados. "Eres tan sexy", murmuré, lamiendo su cuello mientras sentía su polla endureciéndose contra mi vientre.
Nos desnudamos con urgencia. Él me levantó en brazos, fuerte y decidido, y me llevó a la cama. Succino mis pezones con avidez, chupándolos hasta que se pusieron duros como piedras, mientras sus dedos rozaban mis pliegues, masturbándome con los dedos en círculos lentos alrededor de mi clítoris. "Estás tan mojada", gruñó, y yo gemí, arqueando la espalda. "Chupa mi clítoris, por favor", pedí con voz temblorosa, y él bajó, lamiendo mi coño con la lengua experta, succionando mi clítoris mientras introducía dos dedos dentro de mí, masturbándome con los dedos hasta que el placer me hizo retorcer. No aguanté mucho; "Me corro... ¡me estoy corriendo!", exclamé, mi cuerpo convulsionando en un orgasmo rápido e intenso, empapando sus labios con mis jugos.
Pero queríamos más. Refregó su polla en mi coño, cubriéndola con mi humedad antes de penetrarme de un empujón, su polla gruesa llenándome por completo. Follamos con frenesí en esa habitación parisina, él embistiendo fuerte mientras yo lo montaba, mis pechos rebotando con cada movimiento. "Se está corriendo... ¡le viene el orgasmo!", grité al sentir cómo palpitaba dentro de mí, y él se vino con un gemido ronco, llenándome de semen caliente. "Me vengo contigo", susurré, alcanzando otro clímax. Fue rápido, apasionado, un polvo de despedida que nos dejó jadeando y sonrientes. Antes de irme, le di mi dirección en Barcelona. "Ven a visitarme cuando vuelva", le dije con una guiñada traviesa. "Seré tu compañía perfecta para un día de relax".
Días después, de regreso en Barcelona, sonó el timbre de mi apartamento en el Barrio Gótico, con sus calles estrechas y balcones floridos. Era él, el fotógrafo guapo de París, con esa misma sonrisa encantadora y una botella de vino en la mano. "No pude resistirme", dijo, y yo lo invité a entrar, mi corazón latiendo con anticipación. Le mostré la ciudad un poco, pero pronto volvimos a mi piso, donde la luz del atardecer filtraba a través de las cortinas, creando un ambiente sensual y acogedor. "Relájate conmigo, amor", le susurré, acercándome con esa dulzura que me define, pero con un brillo juguetón en los ojos.
Empecé quitándole la camisa lentamente, rozando mis dedos por su pecho musculoso, recordando lo que habíamos hecho en París. Él me besó con ternura al principio, pero la travesura tomó el control. Me subí a horcajadas sobre él en el sofá, sintiendo su polla endureciéndose bajo mis caderas. "Siente lo mojada que estoy por ti otra vez", dije, mordiéndome el labio. Sus manos subieron por mis muslos, y yo me quité el vestido veraniego, dejando al descubierto mis pechos firmes y pezones erectos. Succino mis pezones con la misma avidez que en el hotel, lamiéndolos en círculos mientras yo gemía, mi coño palpitando de deseo.
Bajé mis manos a su pantalón, liberando su polla dura y venosa, masturbándola con movimientos lentos y firmes. "Qué polla tan deliciosa", murmuré, inclinándome para lamerla desde la base hasta la punta, chupando el glande con glotonería mientras lo miraba con ojos inocentes pero traviesos. No pude esperar más; me quité las bragas, exponiendo mi coño depilado y húmedo. "Roza mis pliegues con tus dedos", le supliqué, guiando su mano. Sus dedos obedecieron, rozando mis pliegues con delicadeza, separándolos para encontrar mi clítoris hinchado, masturbándome con los dedos en círculos que me hicieron jadear. "Sí, en mi clítoris... me estás volviendo loca", gemí.
Me posicioné sobre él, refregando su polla en mi coño antes de bajarme lentamente, empalándome en ella. "Mira cómo entra toda tu polla en mi coño apretado", dije, montándolo con un ritmo juguetón, subiendo y bajando mientras mis caderas ondulaban. Sus manos agarraron mis nalgas, guiándome más profundo, y yo aceleré, sintiendo cómo su polla rozaba mis paredes internas. Para alargar el placer, cambiamos posiciones; me puse de espaldas en la cama, y él se arrodilló entre mis piernas, lamiendo mi clítoris de nuevo mientras masturbaba su polla con una mano. "Chupa más fuerte, amor", pedí, y él succionó mi clítoris como si fuera un caramelo, sus dedos entrando y saliendo de mi coño.
El deseo nos consumió por completo. Me volteó a cuatro patas, entrando en mí desde atrás con embestidas potentes, su polla golpeando profundo mientras una mano bajaba para masturbarme con los dedos en mi clítoris. "Fóllame más duro", rogué, y él obedeció, refregando su polla en mi coño con cada salida y entrada. El placer se acumulaba, mis gemidos llenando la habitación. "Me corro, amor... ¡me estoy corriendo!", grité, mi coño contrayéndose alrededor de su polla en un orgasmo explosivo, empapándolo todo. Él no tardó; "Se está corriendo... ¡le viene el orgasmo!", exclamé al sentir sus espasmos, y se vino dentro de mí con un rugido, su semen caliente inundándome. "Me vengo otra vez... ¡me corro contigo!", gemí, colapsando en sus brazos.
Nos quedamos entrelazados horas después, mi cuerpo cariñoso y tierno envolviéndolo en abrazos suaves, charlando sobre París y futuros encuentros. Fue el momento perfecto, sensual y agradable, como te prometí en esa plaza famosa. Desde entonces, cada visita suya es una aventura de relax y pasión, y sé que mi encanto lo tiene atrapado para siempre.


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