SOY MARISA, TENGO 24 AÑOS, y el vestido de novia de encaje blanco aún se aferra a mi cuerpo, aunque ya no con la perfección de hace unas horas. El convite de nuestra boda fue un torbellino de risas, brindis y miradas cómplices entre nosotros, pero ahora, en la intimidad de esta suite de hotel, el mundo se reduce a ti, mi esposo de 31 años, y al deseo que me consume. Soy una mujer apasionada, y esta noche, nuestra noche de bodas, solo pienso en ser follada por ti, en entregarme al placer que me prometes con esos ojos que brillan de deseo.
Nos conocimos en la Iglesia Cristiana a la que ambos pertenecemos, un lugar donde las reglas estrictas marcan cada aspecto de nuestras vidas. Durante mucho tiempo, la iglesia prohibió el sexo oral entre parejas casadas, considerándolo pecaminoso, bajo la amenaza de excomunión. Aquella doctrina rígida dejó a muchos matrimonios insatisfechos, atrapados en una frustración que alimentaba la infidelidad en los rincones más oscuros de la comunidad. Las tensiones eran palpables, los susurros de traición se deslizaban entre las bancas. Hace poco, la iglesia suavizó su postura, dejando a las parejas la libertad de decidir si practicar o no el sexo oral. Cuando lo hablamos, tú y yo no dudamos. Queríamos explorar cada rincón del placer, lamer y saborear nuestros cuerpos, descubrir orgasmos que nos hicieran temblar. La idea de tus labios en mi coño y mi lengua en tu polla nos encendía como nunca.
No soy virgen. A los 16 años, antes de unirme a esa organización Cristiana, tuve una experiencia fugaz con un compañero de instituto. Fue algo torpe, pasajero, pero intenso para esa edad. Nos juramos confidencialidad en todo lo que hiciéramos en nuestras relaciones íntimas sexuales, consensuando que haríamos todo lo que a los dos nos gustara sin restricciones. Aquellos encuentros, aunque breves, me enseñaron a escuchar mi cuerpo, pero nada se compara con lo que siento por ti ahora, mi esposo, en esta noche que marca el inicio de nuestra vida juntos.
La puerta de la suite se cierra tras nosotros, y el aire se carga de una electricidad que me eriza la piel. Te miro, alto, con ese traje que resalta tus hombros anchos, y siento mi coño palpitar de anticipación.
—Quítate el vestido, amor —dices, tu voz ronca, cargada de deseo, y yo sonrío, mordiéndome el labio.
Lo hago lentamente, dejando que el encaje resbale por mis hombros, mis pechos, mis caderas, hasta que cae al suelo como una nube blanca. Quedo frente a ti con un conjunto de lencería de encaje negro, un tanga que apenas cubre mi coño y un sujetador que realza mis pezones, ya duros bajo la tela. Tus ojos me recorren, y siento mi piel arder bajo tu mirada.
—Marisa, eres tan hermosa —murmuras, acercándote. Tus manos encuentran mi cintura, y el roce de tus dedos es como un fósforo que enciende mi deseo. Me besas, profundo, tu lengua explorando mi boca mientras tus manos suben, desabrochando mi sujetador con un movimiento experto. Mis pechos quedan libres, y tú no pierdes tiempo: inclinas la cabeza y succionas mis pezones, primero uno, luego el otro, lamiéndolos con una intensidad que me hace gemir. Mi clítoris late, ansioso, y mis caderas se mueven instintivamente hacia ti.
—Quiero saborearte —dices, y tus palabras me estremecen. Me guías hacia la cama, y me siento en el borde, mis piernas temblando de anticipación. Te arrodillas frente a mí, y cuando tus manos separan mis muslos, siento mi coño expuesto, vulnerable, pero deseoso de ti. Deslizas mi tanga hacia un lado, y tu aliento cálido roza mis pliegues antes de que tu lengua encuentre mi clítoris. Lo lames con suavidad al principio, explorando, y luego con más firmeza, succionando mi clítoris mientras tus manos aferran mis caderas. El placer es inmediato, abrumador, y gimo, mis manos enredándose en tu cabello.
—¡Mi amor, no pares! —suplico, y él obedece, su lengua danzando sobre mi coño, lamiendo mis pliegues, chupando mi clítoris con una dedicación que me lleva al borde. Siento el primer orgasmo acercarse, y cuando succionas con más fuerza, me corro, mi cuerpo temblando mientras grito, mi coño palpitando contra tu boca. Pero no te detienes. Sigues lamiendo, más lento ahora, prolongando las réplicas del placer, y antes de que pueda recuperarme, otro orgasmo me atraviesa, más intenso, haciéndome jadear mientras me vengo de nuevo, mi cuerpo arqueándose hacia ti.
—Quiero probarte yo también —susurro, mi voz aún temblorosa. Te levantas, y yo me arrodillo frente a ti, desabrochando tu cinturón con manos ansiosas. Cuando tu polla queda libre, dura, gruesa, siento una oleada de deseo. La tomo con una mano, acariciándola, y luego acerco mi boca, lamiendo la punta lentamente, saboreándote. Tu gruñido me enciende, y empiezo a chuparte, mi lengua recorriendo cada centímetro, mientras mis labios se cierran alrededor de tu polla. Te miro a los ojos mientras lo hago, viendo cómo te pierdes en el placer.
—Marisa, amor, me vas a matar —dices, y tus manos se enredan en mi cabello, guiándome suavemente. Pero quiero más. Me levanto y te empujo hacia la cama, haciéndote acostar. Me coloco encima de ti, mis piernas abiertas, mi coño expuesto mientras me posiciono sobre tu polla. La refriego contra mis pliegues, rozando mi clítoris con la punta, y ambos gemimos ante la sensación. Luego, lentamente, me hundo en ti, sintiendo cómo me llenas por completo. Mi coño se ajusta a ti, apretándote, y empiezo a moverme, cabalgándote con un ritmo que se vuelve más rápido, más desesperado.
—Fóllame, amor —gimo, y tú agarras mis caderas, embistiéndome desde abajo mientras yo me muevo. Tus dedos encuentran mi clítoris, frotándolo mientras me follas, y el placer es cegador. Siento otro orgasmo creciendo, y cuando me corro de nuevo, mi coño apretándote, grito tu nombre, mi cuerpo temblando encima de ti. Pero no me detengo. Sigo cabalgándote, mis movimientos frenéticos, mi coño resbaladizo apretándote con cada embestida.
Tú no te detienes, sigues embistiendo, y de pronto te tensas, un gruñido gutural escapando de tu garganta. —Se está corriendo —jadeo, sintiendo cómo te derramas dentro de mí, tu polla palpitando mientras te viene el orgasmo, caliente, interminable. Me derrumbo sobre tu pecho, nuestros cuerpos sudorosos, entrelazados, mientras el eco de nuestro placer llena la habitación.
Nos quedamos así, respirando entrecortadamente, mi mano acariciando tu cabello mientras el calor de nuestros cuerpos se mezcla con el aroma de la noche. Somos marido y mujer, libres al fin para explorar nuestro deseo sin las cadenas de la Iglesia Cristiana. Las historias de infidelidad que una vez susurraban en los pasillos de la iglesia, las traiciones que rompieron corazones y hogares, no son nuestro destino. Nosotros hemos elegido la libertad, el placer, la confianza mutua. Esta noche, nuestra primera noche, es solo el comienzo de todo lo que quiero compartir contigo, sin restricciones, como siempre soñamos.
por: © Mary Love
Nos conocimos en la Iglesia Cristiana a la que ambos pertenecemos, un lugar donde las reglas estrictas marcan cada aspecto de nuestras vidas. Durante mucho tiempo, la iglesia prohibió el sexo oral entre parejas casadas, considerándolo pecaminoso, bajo la amenaza de excomunión. Aquella doctrina rígida dejó a muchos matrimonios insatisfechos, atrapados en una frustración que alimentaba la infidelidad en los rincones más oscuros de la comunidad. Las tensiones eran palpables, los susurros de traición se deslizaban entre las bancas. Hace poco, la iglesia suavizó su postura, dejando a las parejas la libertad de decidir si practicar o no el sexo oral. Cuando lo hablamos, tú y yo no dudamos. Queríamos explorar cada rincón del placer, lamer y saborear nuestros cuerpos, descubrir orgasmos que nos hicieran temblar. La idea de tus labios en mi coño y mi lengua en tu polla nos encendía como nunca.
No soy virgen. A los 16 años, antes de unirme a esa organización Cristiana, tuve una experiencia fugaz con un compañero de instituto. Fue algo torpe, pasajero, pero intenso para esa edad. Nos juramos confidencialidad en todo lo que hiciéramos en nuestras relaciones íntimas sexuales, consensuando que haríamos todo lo que a los dos nos gustara sin restricciones. Aquellos encuentros, aunque breves, me enseñaron a escuchar mi cuerpo, pero nada se compara con lo que siento por ti ahora, mi esposo, en esta noche que marca el inicio de nuestra vida juntos.
La puerta de la suite se cierra tras nosotros, y el aire se carga de una electricidad que me eriza la piel. Te miro, alto, con ese traje que resalta tus hombros anchos, y siento mi coño palpitar de anticipación.
—Quítate el vestido, amor —dices, tu voz ronca, cargada de deseo, y yo sonrío, mordiéndome el labio.
Lo hago lentamente, dejando que el encaje resbale por mis hombros, mis pechos, mis caderas, hasta que cae al suelo como una nube blanca. Quedo frente a ti con un conjunto de lencería de encaje negro, un tanga que apenas cubre mi coño y un sujetador que realza mis pezones, ya duros bajo la tela. Tus ojos me recorren, y siento mi piel arder bajo tu mirada.
—Marisa, eres tan hermosa —murmuras, acercándote. Tus manos encuentran mi cintura, y el roce de tus dedos es como un fósforo que enciende mi deseo. Me besas, profundo, tu lengua explorando mi boca mientras tus manos suben, desabrochando mi sujetador con un movimiento experto. Mis pechos quedan libres, y tú no pierdes tiempo: inclinas la cabeza y succionas mis pezones, primero uno, luego el otro, lamiéndolos con una intensidad que me hace gemir. Mi clítoris late, ansioso, y mis caderas se mueven instintivamente hacia ti.
—Quiero saborearte —dices, y tus palabras me estremecen. Me guías hacia la cama, y me siento en el borde, mis piernas temblando de anticipación. Te arrodillas frente a mí, y cuando tus manos separan mis muslos, siento mi coño expuesto, vulnerable, pero deseoso de ti. Deslizas mi tanga hacia un lado, y tu aliento cálido roza mis pliegues antes de que tu lengua encuentre mi clítoris. Lo lames con suavidad al principio, explorando, y luego con más firmeza, succionando mi clítoris mientras tus manos aferran mis caderas. El placer es inmediato, abrumador, y gimo, mis manos enredándose en tu cabello.
—¡Mi amor, no pares! —suplico, y él obedece, su lengua danzando sobre mi coño, lamiendo mis pliegues, chupando mi clítoris con una dedicación que me lleva al borde. Siento el primer orgasmo acercarse, y cuando succionas con más fuerza, me corro, mi cuerpo temblando mientras grito, mi coño palpitando contra tu boca. Pero no te detienes. Sigues lamiendo, más lento ahora, prolongando las réplicas del placer, y antes de que pueda recuperarme, otro orgasmo me atraviesa, más intenso, haciéndome jadear mientras me vengo de nuevo, mi cuerpo arqueándose hacia ti.
—Quiero probarte yo también —susurro, mi voz aún temblorosa. Te levantas, y yo me arrodillo frente a ti, desabrochando tu cinturón con manos ansiosas. Cuando tu polla queda libre, dura, gruesa, siento una oleada de deseo. La tomo con una mano, acariciándola, y luego acerco mi boca, lamiendo la punta lentamente, saboreándote. Tu gruñido me enciende, y empiezo a chuparte, mi lengua recorriendo cada centímetro, mientras mis labios se cierran alrededor de tu polla. Te miro a los ojos mientras lo hago, viendo cómo te pierdes en el placer.
—Marisa, amor, me vas a matar —dices, y tus manos se enredan en mi cabello, guiándome suavemente. Pero quiero más. Me levanto y te empujo hacia la cama, haciéndote acostar. Me coloco encima de ti, mis piernas abiertas, mi coño expuesto mientras me posiciono sobre tu polla. La refriego contra mis pliegues, rozando mi clítoris con la punta, y ambos gemimos ante la sensación. Luego, lentamente, me hundo en ti, sintiendo cómo me llenas por completo. Mi coño se ajusta a ti, apretándote, y empiezo a moverme, cabalgándote con un ritmo que se vuelve más rápido, más desesperado.
—Fóllame, amor —gimo, y tú agarras mis caderas, embistiéndome desde abajo mientras yo me muevo. Tus dedos encuentran mi clítoris, frotándolo mientras me follas, y el placer es cegador. Siento otro orgasmo creciendo, y cuando me corro de nuevo, mi coño apretándote, grito tu nombre, mi cuerpo temblando encima de ti. Pero no me detengo. Sigo cabalgándote, mis movimientos frenéticos, mi coño resbaladizo apretándote con cada embestida.
Tú no te detienes, sigues embistiendo, y de pronto te tensas, un gruñido gutural escapando de tu garganta. —Se está corriendo —jadeo, sintiendo cómo te derramas dentro de mí, tu polla palpitando mientras te viene el orgasmo, caliente, interminable. Me derrumbo sobre tu pecho, nuestros cuerpos sudorosos, entrelazados, mientras el eco de nuestro placer llena la habitación.
Nos quedamos así, respirando entrecortadamente, mi mano acariciando tu cabello mientras el calor de nuestros cuerpos se mezcla con el aroma de la noche. Somos marido y mujer, libres al fin para explorar nuestro deseo sin las cadenas de la Iglesia Cristiana. Las historias de infidelidad que una vez susurraban en los pasillos de la iglesia, las traiciones que rompieron corazones y hogares, no son nuestro destino. Nosotros hemos elegido la libertad, el placer, la confianza mutua. Esta noche, nuestra primera noche, es solo el comienzo de todo lo que quiero compartir contigo, sin restricciones, como siempre soñamos.
por: © Mary Love

Comentarios
Publicar un comentario