ERA UN DÍA AGOTADOR en el hospital, como tantos otros. Los pasillos olían a desinfectante, y el ajetreo de pacientes y monitores no dejaba un segundo de respiro. Entonces, Laura me interceptó cerca de la sala de descanso. Era una enfermera de mi turno, con esa belleza que no pasa desapercibida: unos treinta y cinco años, curvas que el uniforme azul apenas contenía, pechos llenos que tensaban la tela y un culo que hacía girar cabezas. Sus ojos verdes brillaban con algo más que cansancio, y su sonrisa nerviosa me descolocó.
"Oye, ¿podrías ayudarme con un problema en mi ordenador en casa? Se ha colgado y estoy perdida", dijo, mordiéndose el labio inferior. Yo, que siempre termino arreglando cualquier trasto en el hospital, asentí sin dudar. "Claro, Laura. Mándame tu dirección y paso esta tarde después del turno". No sospechaba que el ordenador era lo último que le importaba.
Llegué a su apartamento a las siete, con el sol derritiéndose en el horizonte y el aire pesado de verano. Laura abrió la puerta con un vestido ligero de flores, tan corto que dejaba ver la curva de sus muslos y tan escotado que sus pechos parecían a punto de escapar. Me invitó a pasar con una mirada que prometía problemas, pero del tipo que acelera el pulso. En el salón, en una cama médica contra la pared, estaba Miguel, su esposo. Un hombre de mi edad, postrado por un accidente que lo dejó paralizado de cintura para abajo. Me saludó con un gesto tranquilo, sus ojos curiosos pero cálidos. "Gracias por venir, tío. Laura no para de hablar de ti".
Me senté frente al ordenador, pero no había tocado el teclado cuando Laura se acercó por detrás, rozando sus pechos contra mi espalda. "El problema no es exactamente el ordenador", susurró, su aliento caliente en mi nuca. Me giré, y ella dejó caer el vestido al suelo, quedándose desnuda. Su piel morena brillaba bajo la luz suave, sus pezones duros como guijarros, su coño depilado reluciendo de humedad. "Miguel y yo tenemos un acuerdo. Él no puede satisfacerme desde el accidente, pero le gusta mirar. Me deja follar con otros hombres, siempre que sea delante de él. Y tú... tú me pones mucho".
Mi polla se endureció al instante, palpitando contra la tela de mis pantalones. Miré a Miguel, que asintió con una sonrisa torcida. "Hazla disfrutar, colega. Quiero verla gozar". El deseo me nubló la cabeza. La besé con urgencia, mi lengua enredándose con la suya, mis manos recorriendo sus curvas. La empujé al sofá, y ella abrió las piernas, mostrando su coño hinchado y húmedo, una invitación imposible de ignorar.
Me arrodillé entre sus muslos y lamí su clítoris, succionándolo con hambre, saboreando su dulzura salada. Laura gemía sin control, sus dedos tirando de mi pelo. "Chúpame el clítoris así... joder, me vuelves loca". Metí dos dedos en su coño, masturbándola con movimientos profundos, sintiendo cómo se apretaba a mi alrededor. Ella arqueaba la espalda, mirando a Miguel, que observaba con los ojos encendidos, su mano moviéndose bajo las sábanas como si se estuviera tocando.
"No pares... me estoy corriendo", jadeó, y su cuerpo se sacudió mientras un chorro caliente me empapaba la boca. "¡Me corro, me corro en tu lengua!". Temblaba, gritando, y yo ya no podía contenerme. Me quité los pantalones, liberando mi polla dura y venosa. Laura se lanzó a chuparla, succionando la punta con avidez, su mano masturbándome con firmeza. "Quiero tragarme tu leche después", murmuró, su saliva goteando por mi eje.
Quería más. La puse a cuatro patas en el sofá, de cara a Miguel, y refregué mi polla en su coño, rozando sus pliegues húmedos con la punta hasta que suplicó que la follara. La penetré de un empujón, llenándola por completo. "¡Fóllame delante de él, sí!", gritó, y embestí con fuerza, mis caderas chocando contra su culo redondo. Succione sus pezones mientras la follaba, mordisqueándolos hasta que se pusieron rojos e hinchados. Miguel gemía desde la cama, animándonos: "Duro, dale más duro".
Ella se montó encima de mí, cabalgándome con furia, su coño apretando mi polla como un guante. "Refriega tu polla en mi coño otra vez... sí, rózamelo antes de metérmela". La masturbé con los dedos, frotando su clítoris hinchado mientras ella subía y bajaba. "Ya me viene... me estoy corriendo otra vez... ¡me corro en tu polla!". Su orgasmo fue brutal, apretándome tan fuerte que casi me arranca el mío.
No aguanté más. La puse de rodillas y me masturbé frente a su boca abierta. "Córrete en mi boca, quiero tragarme tu leche", suplicó, lamiendo la punta. Exploté en chorros calientes, llenándole la boca mientras ella tragaba con gemidos de placer. "Sí, dame tu leche... qué rica".
Jadeantes y sudorosos, pensé que la noche había terminado, pero Laura se levantó, tambaleante, y se acercó a la cama de Miguel. Se inclinó sobre él, sus pechos colgando frente a su rostro. Él, con una mezcla de ternura y deseo, empezó a lamerle las tetas, mordiendo sus pezones con suavidad, haciéndola gemir de nuevo. Con una mano, Miguel alcanzó su coño empapado, todavía goteando de sus orgasmos. La masturbó con dedos expertos, frotando sus pliegues y su clítoris mientras ella temblaba.
"Perdóname, amor, por follar con otros hombres", susurró entre jadeos, aunque su voz era más súplica que arrepentimiento. "Me corro otra vez... lo siento, me estoy corriendo". Miguel, con una sonrisa cómplice, siguió tocándola hasta que ella se derrumbó sobre él, convulsionando en un último orgasmo, sus gemidos llenando la habitación. Desde la cama, Miguel me guiñó un ojo, como si supiera que esto no sería la última vez.
por: © Mary Love

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