Durante días, el teléfono no paraba de vibrar con mensajes de Diego. Todo empezó con un mensaje en la plataforma de contactos, respondiendo a mi anuncio: “Sara colombiana pelirroja, muy ardiente, repetirás. Soy guapa, joven, con un cuerpo de infarto. Si me gustas, te haré pasar un rato inolvidable. Trátame como reina y seré tu reina en la cama. Llámame.” Yo, Sara, 37 años, pelirroja natural, viviendo en Cádiz, con un cuerpo que despiertan deseos y una pasión que no conoce límites, supe desde su primer mensaje que Diego prometía.
Sus textos comenzaron suaves, coqueteos que pronto escalaron a un tono subido. “Sara, no dejo de imaginarte con ese vestido que describes, pero me muero por verte sin él”, escribió un día, acompañando el mensaje con una foto de su torso desnudo, sus músculos definidos brillando bajo la luz. Respondí con una foto mía en ropa interior de encaje negro, mis pechos apenas contenidos, mi melena rubia cayendo sobre los hombros. “Si me tratas como reina, te dejaré ver más”, le contesté, sintiendo cómo mi coño se humedecía solo de pensarlo. Sus siguientes mensajes, detallando cómo quería lamerme el clítoris y follarme contra la pared, me encendían tanto que más de una noche terminé masturbándome con los dedos, imaginando su polla dentro de mí.
Después de días de mensajes que me dejaban temblando, decidimos vernos. “Hotel Atlántico, este viernes a las nueve. Reserva una suite. Quiero espacio para tratarte como mereces”, le escribí. Él respondió con un simple: “Hecho, reina. Prepárate para mí.”
El viernes, me preparé con esmero. Me puse un vestido rojo ceñido que marcaba cada curva de mi cuerpo, sin sujetador, dejando que mis pezones se insinuaran bajo la tela. Mi tanga de encaje negro apenas cubría mi coño, ya húmedo de anticipación. Llegué al hotel y subí a la suite. Diego me esperaba en la puerta, vestido con una camisa oscura y unos vaqueros que no disimulaban la erección que ya tensaba la tela. Sus ojos me devoraron, y una sonrisa traviesa se dibujó en su rostro.
—Sara, joder, eres puro fuego —dijo, su voz grave enviando un escalofrío por mi columna.
Entramos, y sin mediar palabra, me atrajo hacia él. Sus labios encontraron los míos en un beso feroz, su lengua explorando mi boca mientras sus manos recorrían mi cintura, bajando hasta apretar mi culo. Lo empujé hacia la cama king-size, quitándole la camisa con urgencia, mis uñas rozando su pecho firme. Me subí a horcajadas sobre él, sintiendo su polla dura presionando contra mi coño a través de la ropa. Me moví lentamente, rozándome contra él, mientras sus manos subían mi vestido, descubriendo mi tanga.
—Quiero verte entera —gruñó, arrancándome el vestido por encima de la cabeza.
Quedé expuesta, mis pechos firmes y mi tanga empapado. Diego no perdió tiempo: sus labios atraparon un pezón, succionándolo con fuerza mientras su mano libre deslizaba mi tanga a un lado. Sus dedos rozaron mis pliegues, resbaladizos por mi excitación, y gemí cuando encontró mi clítoris, trazando círculos que me hicieron arquear la espalda.
—Mastúrbame con esos dedos, Diego —jadeé, moviendo mis caderas contra su mano.
Obedeció, deslizando dos dedos dentro de mi coño, bombeándolos con un ritmo que me hacía ver estrellas. Mientras, desabroché sus vaqueros, liberando su polla, gruesa y palpitante. La acaricié, sintiendo su calor en mi palma, antes de inclinarme y lamer la punta, saboreando su sabor salado. Diego gruñó, sus manos enredándose en mi melena mientras lo chupaba, mi lengua jugando con su glande antes de tomarlo entero en mi boca. Sus gemidos me encendían aún más, mi coño palpitando con cada sonido.
—Para, Sara, o me corro ahora mismo —dijo, jadeando, tirando de mí para ponerme de pie.
Me giró, apoyándome contra el escritorio de la suite. Sus manos recorrieron mi espalda, bajando hasta mi culo, donde dio una nalgada que me arrancó un gritito. Sentí su polla rozarse contra mis pliegues, lubricados y ansiosos, mientras susurraba en mi oído:
—¿Quieres que te folle ya, reina?
—Refriégame tu polla en el coño y métemela ya —respondí, mi voz temblando de deseo.
Diego se alineó y me penetró de un empujón, llenándome por completo. Grité de placer, mis uñas arañando el borde del escritorio mientras él comenzaba a moverse, primero lento, dejando que sintiera cada centímetro, luego más rápido, embistiéndome con una fuerza que hacía temblar mis piernas. Mis pechos rebotaban con cada empujón, y él los agarró, pellizcando mis pezones mientras me follaba sin piedad.
—Joder, Sara, qué coño tan perfecto —gruñó, acelerando.
Froté mi clítoris con los dedos, el calor creciendo en mi interior hasta que no pude más.
—¡Me vengo! —grité, mi cuerpo convulsionando mientras me corría, mi coño apretándose alrededor de su polla.
Diego siguió, sus embestidas prolongando mi orgasmo hasta que, con un gemido ronco, salió de mí y se corrió, su semen caliente cayendo sobre mi culo. Jadeamos juntos, mi cuerpo aún temblando. Me giré, sonriéndole, y él me besó, lento y profundo.
—Repetirás, ¿verdad? —pregunté, guiñándole un ojo mientras me limpiaba con una sonrisa traviesa.
—Cada maldita noche, Sara —respondió, aún sin aliento.
Sin promesas, solo placer, supe que esa noche en el hotel era solo el comienzo. Porque yo, Sara, la colombiana ardiente de Cádiz, siempre consigo lo que quiero: sexo, pasión y un rey que me trate como la reina que soy.
por: © Mary Love
Sus textos comenzaron suaves, coqueteos que pronto escalaron a un tono subido. “Sara, no dejo de imaginarte con ese vestido que describes, pero me muero por verte sin él”, escribió un día, acompañando el mensaje con una foto de su torso desnudo, sus músculos definidos brillando bajo la luz. Respondí con una foto mía en ropa interior de encaje negro, mis pechos apenas contenidos, mi melena rubia cayendo sobre los hombros. “Si me tratas como reina, te dejaré ver más”, le contesté, sintiendo cómo mi coño se humedecía solo de pensarlo. Sus siguientes mensajes, detallando cómo quería lamerme el clítoris y follarme contra la pared, me encendían tanto que más de una noche terminé masturbándome con los dedos, imaginando su polla dentro de mí.
Después de días de mensajes que me dejaban temblando, decidimos vernos. “Hotel Atlántico, este viernes a las nueve. Reserva una suite. Quiero espacio para tratarte como mereces”, le escribí. Él respondió con un simple: “Hecho, reina. Prepárate para mí.”
El viernes, me preparé con esmero. Me puse un vestido rojo ceñido que marcaba cada curva de mi cuerpo, sin sujetador, dejando que mis pezones se insinuaran bajo la tela. Mi tanga de encaje negro apenas cubría mi coño, ya húmedo de anticipación. Llegué al hotel y subí a la suite. Diego me esperaba en la puerta, vestido con una camisa oscura y unos vaqueros que no disimulaban la erección que ya tensaba la tela. Sus ojos me devoraron, y una sonrisa traviesa se dibujó en su rostro.
—Sara, joder, eres puro fuego —dijo, su voz grave enviando un escalofrío por mi columna.
Entramos, y sin mediar palabra, me atrajo hacia él. Sus labios encontraron los míos en un beso feroz, su lengua explorando mi boca mientras sus manos recorrían mi cintura, bajando hasta apretar mi culo. Lo empujé hacia la cama king-size, quitándole la camisa con urgencia, mis uñas rozando su pecho firme. Me subí a horcajadas sobre él, sintiendo su polla dura presionando contra mi coño a través de la ropa. Me moví lentamente, rozándome contra él, mientras sus manos subían mi vestido, descubriendo mi tanga.
—Quiero verte entera —gruñó, arrancándome el vestido por encima de la cabeza.
Quedé expuesta, mis pechos firmes y mi tanga empapado. Diego no perdió tiempo: sus labios atraparon un pezón, succionándolo con fuerza mientras su mano libre deslizaba mi tanga a un lado. Sus dedos rozaron mis pliegues, resbaladizos por mi excitación, y gemí cuando encontró mi clítoris, trazando círculos que me hicieron arquear la espalda.
—Mastúrbame con esos dedos, Diego —jadeé, moviendo mis caderas contra su mano.
Obedeció, deslizando dos dedos dentro de mi coño, bombeándolos con un ritmo que me hacía ver estrellas. Mientras, desabroché sus vaqueros, liberando su polla, gruesa y palpitante. La acaricié, sintiendo su calor en mi palma, antes de inclinarme y lamer la punta, saboreando su sabor salado. Diego gruñó, sus manos enredándose en mi melena mientras lo chupaba, mi lengua jugando con su glande antes de tomarlo entero en mi boca. Sus gemidos me encendían aún más, mi coño palpitando con cada sonido.
—Para, Sara, o me corro ahora mismo —dijo, jadeando, tirando de mí para ponerme de pie.
Me giró, apoyándome contra el escritorio de la suite. Sus manos recorrieron mi espalda, bajando hasta mi culo, donde dio una nalgada que me arrancó un gritito. Sentí su polla rozarse contra mis pliegues, lubricados y ansiosos, mientras susurraba en mi oído:
—¿Quieres que te folle ya, reina?
—Refriégame tu polla en el coño y métemela ya —respondí, mi voz temblando de deseo.
Diego se alineó y me penetró de un empujón, llenándome por completo. Grité de placer, mis uñas arañando el borde del escritorio mientras él comenzaba a moverse, primero lento, dejando que sintiera cada centímetro, luego más rápido, embistiéndome con una fuerza que hacía temblar mis piernas. Mis pechos rebotaban con cada empujón, y él los agarró, pellizcando mis pezones mientras me follaba sin piedad.
—Joder, Sara, qué coño tan perfecto —gruñó, acelerando.
Froté mi clítoris con los dedos, el calor creciendo en mi interior hasta que no pude más.
—¡Me vengo! —grité, mi cuerpo convulsionando mientras me corría, mi coño apretándose alrededor de su polla.
Diego siguió, sus embestidas prolongando mi orgasmo hasta que, con un gemido ronco, salió de mí y se corrió, su semen caliente cayendo sobre mi culo. Jadeamos juntos, mi cuerpo aún temblando. Me giré, sonriéndole, y él me besó, lento y profundo.
—Repetirás, ¿verdad? —pregunté, guiñándole un ojo mientras me limpiaba con una sonrisa traviesa.
—Cada maldita noche, Sara —respondió, aún sin aliento.
Sin promesas, solo placer, supe que esa noche en el hotel era solo el comienzo. Porque yo, Sara, la colombiana ardiente de Cádiz, siempre consigo lo que quiero: sexo, pasión y un rey que me trate como la reina que soy.
por: © Mary Love

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