SOY SONIA, Y CON RUDI, mi compañero de vida, hemos hecho del poliamor el latido de nuestra pasión. A mis 31 años, mi cuerpo curvilíneo se envuelve en vestidos que insinúan más de lo que ocultan, mi cabello castaño cayendo en ondas que invitan al roce. Rudi, a sus 32, es pura seducción: alto, de ojos oscuros que prometen travesuras, con una sonrisa que acelera mi pulso. Juntos, no ponemos límites al deseo; lo compartimos, lo celebramos, siempre con complicidad.
Aquella tarde de septiembre, el Oktoberfest en Múnich nos envolvió en su vorágine de risas, cerveza y música. Mi dirndl abrazaba mis caderas, el escote dejando entrever la curva de mis pechos, mientras Rudi, con sus lederhosen, atraía miradas con cada paso. Nos acomodamos en una mesa larga en una carpa abarrotada, el aire cargado de aromas a malta y pan recién horneado.
Frente a nosotros, una pareja alemana nos robó la atención. Klaus, de 35 años, era un hombre imponente: rubio, de mandíbula definida y una mirada que desarmaba. Lena, de 33, era una visión: ojos azules como lagos bávaros, melena dorada cayendo sobre sus hombros, y un cuerpo que su blusa ajustada delineaba con descaro. Hablaban español con un acento alemán que nos hacía reír, gutural y encantador.
"¡Prost!", exclamó Klaus, alzando su jarra. Respondimos con entusiasmo, y la charla fluyó sin esfuerzo. Hablamos del Oktoberfest: su origen en 1810 como una boda real, las carpas míticas como la Löwenbräu, y las tradiciones que llenan de vida a Múnich. Lena nos contó cómo una vez cantó con desconocidos hasta el amanecer, y Rudi compartió nuestras aventuras en fiestas españolas. Sus ojos nos recorrían, y los nuestros a ellos; había un fuego creciendo, sutil pero innegable.
Al anochecer, con las mejillas encendidas por la cerveza y el calor humano, Lena nos invitó: "Venid a nuestro ático en el centro. Una copa, buena música, y nos contáis eso del... ¿poliamor?". Su sonrisa era una promesa. Rudi me miró, sus ojos brillando con esa chispa que conocemos tan bien. Aceptamos, mi cuerpo ya vibrando de anticipación.
El ático era un refugio de lujo: ventanales que daban a las luces titilantes de Múnich, sofás de terciopelo, y una barra de bar que destellaba bajo luces cálidas. Nos sirvieron vino tinto, y la conversación se volvió íntima. Explicamos el poliamor: cómo es un acuerdo de amor y deseo sin jaulas, donde el placer se multiplica al compartirse. "Es como danzar con el deseo", dije, rozando la mano de Rudi. Lena se inclinó hacia mí, sus labios curvados en una sonrisa curiosa. "¿Y cómo lo vivís? ¿Con otras parejas?", preguntó, su voz baja, casi un susurro. Klaus añadió: "Aquí somos abiertos, pero esto... suena excitante".
El aire se espesó con deseo. Lena se acercó más, su rodilla rozando la mía. "Muéstrame cómo se siente", murmuró, y sus labios encontraron los míos. Me encanta cómo disfruto de estas conexiones; su beso era suave al principio, luego hambriento, su lengua danzando con la mía, saboreando el vino y algo más profundo, un sabor a miel y sal que me hacía arder. Mis manos encontraron sus caderas, tirando de ella hacia mí, sintiendo la calidez de su piel bajo la tela fina de su blusa. Ella gimió contra mi boca, un sonido bajo y ronco que vibró en mi pecho, y yo respondí deslizando mis dedos por su espalda, desabrochando botones con lentitud deliberada.
Lena deslizó mi dirndl hacia abajo, liberando mis pechos al aire fresco del ático. Sus ojos se oscurecieron de deseo mientras admiraba mi piel, y luego se inclinó para rozar mis pezones con los labios. "Muérde mis pezones", le pedí, mi voz temblando de anticipación, y ella obedeció, sus dientes capturando uno con gentileza al principio, luego con más presión, mordisqueando y chupando hasta que el placer me recorrió como un rayo, haciendo que mis caderas se arquearan involuntariamente. Yo no me quedé atrás; desabroché su blusa por completo, revelando sus pechos redondos y firmes, los pezones rosados endurecidos por la excitación. Me incliné para lamerlos, trazando círculos lentos con la lengua alrededor de uno, mientras mi mano masajeaba el otro, pellizcando suavemente. Lena jadeó, "Sigue, me corro solo con esto", su voz entrecortada, y yo intensifiqué el ritmo, chupando con más fuerza, sintiendo cómo su cuerpo se tensaba bajo mis caricias.
Nos movimos al sofá, Lena empujándome con suavidad hasta que quedé tumbada, su cuerpo cubriendo el mío como una manta de seda. Sus manos exploraron mi vientre, bajando hasta el borde de mi falda, que levantó con deliberación, exponiendo mi lencería empapada. "Lame mi clítoris", le supliqué, abriendo las piernas para ella, y Lena sonrió con picardía antes de arrodillarse entre mis muslos. Su aliento cálido rozó mi piel sensible primero, provocándome un escalofrío, y luego su lengua se posó en mí, lamiendo con trazos largos y lentos, saboreándome como si fuera un manjar. Me encanta cómo disfruto de esto; cada lamida enviaba ondas de placer por mi espina dorsal, su lengua girando alrededor de mi clítoris, chupando con succión perfecta, mientras sus dedos se deslizaban dentro de mí, curvándose para encontrar ese punto que me hacía gemir sin control. "Fóllame", gemí, y ella añadió un dedo más, moviéndolos en un ritmo constante, follándome con ellos mientras su boca no dejaba de trabajar, lamiendo y succionando hasta que sentí el orgasmo construyéndose, un nudo apretado en mi vientre.
Pero no quería que terminara ahí; me incorporé y la tiré hacia mí, invirtiendo posiciones. Ahora era yo quien exploraba su cuerpo, besando su cuello, bajando por su pecho hasta su vientre plano, y más abajo. Aparté su falda y su ropa interior, revelando su sexo húmedo y rosado. "Lame mi clítoris", me pidió ella con voz ronca, y yo obedecí gustosa, mi lengua sumergiéndose en ella, lamiendo con avidez, saboreando su esencia dulce y salada. Mis dedos la penetraron, follándola despacio al principio, luego más rápido, mientras yo chupaba su clítoris con devoción, mordisqueándolo ligeramente para hacerla gritar. Lena se retorcía bajo mí, sus manos enredadas en mi cabello, tirando con fuerza. "Sigue, me corro", jadeaba, y yo no paré, intensificando cada movimiento, sintiendo cómo su cuerpo se tensaba, sus muslos temblando alrededor de mi cabeza.
Mientras Lena y yo nos perdíamos en este torbellino de caricias mutuas, Rudi y Klaus nos observaban desde cerca, sus ojos ardiendo de deseo. Se habían despojado de sus ropas, y ahora se masturbaban delante de nosotras, sus manos envolviendo sus pollas duras y gruesas, moviéndose con ritmos lentos y deliberados. Verlos así, expuestos y excitados por nosotras, me ponía aún más cachonda; el sonido de sus gemidos bajos, el brillo de la pre-seminal en sus glándulas, hacía que mi pulso se acelerara, que mi humedad aumentara mientras Lena me lamía con más urgencia. "Me encanta cómo disfruto viéndolos", murmuré entre gemidos, y Lena levantó la vista, sonriendo al ver a los chicos, lo que la excitaba tanto como a mí, sus dedos follándome con más fuerza.
El ambiente estaba cargado de una excitación palpable, y los chicos, llevados por ese fuego compartido, se acercaron el uno al otro. Sin palabras, Rudi se arrodilló frente a Klaus, su boca envolviendo la polla de él con una succión profunda y ansiosa. Klaus gimió, su mano en la cabeza de Rudi, guiándolo, mientras luego intercambiaban, Klaus chupando la de Rudi con la misma pasión, sus lenguas lamiendo y succionando en un acto de deseo crudo y liberado. Verlos así, chupándose mutuamente las pollas con esa intensidad, nos excitaba a Lena y a mí de una manera indescriptible; era como si su placer reflejara el nuestro, amplificándolo, haciendo que nuestros cuerpos respondieran con más humedad, más gemidos. "Sigue, me corro viéndolos", jadeé, y Lena asintió, su lengua en mi clítoris moviéndose con furia renovada.
En ese clímax de observación mutua, Lena y yo alcanzamos el orgasmo juntas, nuestros cuerpos convulsionando en un sesenta y nueve frenético, gritando al unísono mientras olas de placer nos barrían. "Córrete conmigo", le supliqué, y lo hicimos, temblando y jadeando, nuestros jugos mezclándose en un éxtasis compartido.
Aún jadeantes por el orgasmo, pero con el deseo ardiendo más fuerte que nunca, invitamos a los chicos a unirse de lleno. Rudi y Klaus, con sus pollas aún erectas y palpitantes por la excitación mutua, se implicaron más profundamente, sus manos recorriendo nuestros cuerpos sudorosos mientras nos besaban con urgencia. Primero, Rudi se tumbó en el sofá, atrayéndome a mí sobre él en una posición de vaquera invertida; yo me senté sobre su polla, sintiéndola deslizarse dentro de mi coño con facilidad, húmedo y ansioso. "Mete tu polla más profundo", gemí, cabalgándolo con movimientos lentos y circulares, mis caderas girando para sentir cada centímetro. Al mismo tiempo, Klaus se posicionó detrás de mí, lubricando su miembro con saliva y mis jugos, y entró por mi culo con cuidado al principio, luego con más fuerza. La doble penetración me llenó por completo, un placer abrumador que me hacía gritar: "Fóllame, los dos, no paréis". Rudi embestía desde abajo, sus manos en mis pechos, mordisqueando mis pezones mientras Klaus me follaba por detrás, sus caderas chocando contra mis nalgas en un ritmo sincronizado. Lena observaba, masturbándose, pero pronto se unió, besándome mientras los chicos me poseían.
Intercambiamos posiciones en un flujo natural y excitante. Ahora era el turno de Lena: Klaus la colocó a cuatro patas sobre el sofá, penetrándola por el coño con embestidas profundas y rítmicas, mientras Rudi se arrodillaba detrás y entraba por su culo, estirándola con gentileza hasta que ella gemía de placer puro. "Sigue, me corro con vuestras pollas dentro", jadeaba Lena, su cuerpo temblando entre ellos. Yo me acerqué, lamiendo su clítoris mientras los chicos la follaban, añadiendo capas de sensación que la llevaban al borde. Cambiamos de nuevo: en una posición de pie, Rudi me levantó contra la pared, follándome por el coño con fuerza mientras Klaus me penetraba por detrás, nuestros cuerpos presionados en un sándwich de deseo. Lena, no queriendo quedarse fuera, se arrodilló y lamió donde podía, chupando las bolas de Rudi o lamiendo mi clítoris expuesto.
Los intercambios continuaron: primero follé a Rudi en misionero, con Klaus uniéndose para una doble en mi coño y culo, luego Lena montó a Klaus en vaquera, y Rudi la penetró por detrás, sus pollas frotándose a través de la delgada pared que las separaba, haciendo que ella gritara "Me encanta, como disfruto de esto". En otra ronda, nos pusimos las dos a cuatro patas una al lado de la otra, y los chicos alternaban: Rudi follándome por el culo mientras Klaus me penetraba por el coño, luego intercambiaban con Lena, sus manos explorando nuestros cuerpos, pellizcando pezones y clítoris para mantener el fuego alto.
El clímax final nos encontró en un enredo total: yo tumbada con Rudi follándome por el coño y Klaus por el culo, mientras Lena se sentaba sobre mi rostro para que la lamiera, y ella chupaba las pollas de los chicos alternadamente. "Quiero sentir tu leche", gemí, sintiendo el orgasmo aproximarse de nuevo. "Córrete conmigo", supliqué, y todos explotamos en un coro de gemidos: los chicos corriéndose dentro de nosotras, caliente y abundante, mientras Lena y yo nos deshacíamos en espasmos compartidos.
Caímos enredados todos, risas suaves rompiendo el silencio, nuestros cuerpos sudorosos y saciados. El poliamor nos había unido en una noche de deseo sin fronteras, donde cada toque, cada posición, cada intercambio había sido puro fuego.
por: © Mary Love
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