Me encanta el sexo, soy una mujer muy pasional y muy fogosa, siempre estoy dispuesta a satisfacerme. No hay nada que me excite más que dejarme llevar por el deseo, sentir cómo mi cuerpo responde a cada caricia, a cada pensamiento sucio que invade mi mente. Ese día había sido agotador: trabajo como criminóloga y había viajado a otra ciudad, lejos de mi hogar, para investigar el escenario de un crimen brutal. El aire estaba cargado de tensión, de pistas oscuras y misterios sin resolver, pero al final del día, solo quería desconectar. Llegué al hotel exhausta, me di un baño caliente que relajó mis músculos tensos, el agua cayendo sobre mi piel como una caricia prohibida. Me sequé con lentitud, disfrutando del roce de la toalla en mis pechos, en mis caderas. Me puse una camiseta holgada como camisón, que apenas cubría mis muslos, y me recosté en la cama con un libro en las manos, intentando perderme en las páginas para olvidar el estrés.
Al cabo de unos diez minutos, oí a través de las paredes, en la habitación de al lado, gemidos, jadeos y suspiros de placer. Eran sonidos inconfundibles: una mujer gimiendo con abandono, un hombre gruñendo de placer, el ritmo de cuerpos chocando en un frenesí erótico. Imaginaba lo que estaba sucediendo: quizás él la tenía contra la pared, lamiendo su cuello mientras sus manos exploraban su cuerpo. O tal vez ella estaba encima, cabalgándolo con furia, sus caderas moviéndose al ritmo de esos jadeos. Mi mente se llenó de imágenes vívidas, y sentí cómo el calor subía por mi vientre. Me puse cachonda al instante, un cosquilleo eléctrico que se extendió desde mi pecho hasta mi entrepierna. Bajé mi mano lentamente bajo la camiseta, rozando mis pezones endurecidos, y la llevé a mi coño. Lo noté húmedo, empapado de deseo, mi clítoris palpitaba hinchado, rogando por atención.
No pude resistirme. Me quité la camiseta de un tirón, quedándome completamente desnuda sobre las sábanas revueltas, mi piel erizada por la excitación. Los gemidos del otro lado se intensificaron: "¡Sí, así, fóllame más fuerte!", oí que ella gritaba, y eso me volvió loca. Imaginé que era yo la que estaba allí, con un hombre desconocido, su polla dura y gruesa refregándose en mi coño antes de penetrarme. Empecé a masturbarme con los dedos, rozando mis pliegues hinchados, empapados de jugos. Metí un dedo dentro de mí coño, sintiendo cómo mis paredes internas se contraían alrededor de él, pero no era suficiente. Saqué el dedo y lo llevé a mi clítoris, frotándolo en círculos rápidos, presionando justo en ese punto sensible que me hace ver estrellas. "Ahhh...", gemí en voz baja, mordiéndome el labio para no gritar, pero los sonidos de al lado me animaban a ser más ruidosa.
En mi fantasía, el hombre de la habitación contigua irrumpía en la mía, atraído por mis propios jadeos. Me imaginaba su mirada hambrienta recorriendo mi cuerpo desnudo, mis pechos subiendo y bajando con cada respiración agitada. "Ven aquí", le diría yo, abriendo las piernas para él. Él se acercaría, su polla erecta apuntando hacia mí, y se arrodillaría entre mis muslos. Primero, rozaría mis pliegues con sus dedos, separándolos para exponer mi clítoris rosado e hinchado. "Estás tan mojada...", murmuraría, y yo asentiría, gimiendo: "Tócame, por favor". Sus dedos se moverían con maestría, masturbándome con los dedos mientras su boca descendía a mis tetas. Succiona mis pezones, uno tras otro, chupándolos con fuerza, mordisqueándolos hasta que el placer rayara en el dolor. Yo arquearía la espalda, empujando mis caderas contra su mano, sintiendo cómo dos dedos entraban en mi coño, curvándose para tocar ese punto interno que me hace temblar.
Los gemidos de al lado alcanzaron un pico: oí cómo ella se estaba corriendo, sus gritos ahogados en placer, "¡Me vengo, me vengo ahora!". Eso me empujó al borde. En la realidad, sola en mi cama, aceleré el ritmo en mi clítoris, frotándolo con furia mientras metía tres dedos en mi coño, follándome a mí misma con ellos. Imaginé que él sacaba sus dedos y refregaba su polla en mi coño, la cabeza gruesa deslizándose por mis pliegues, lubricada por mis jugos, antes de empujar dentro de mí de un solo golpe. "Fóllame duro", le suplicaría, y él obedecería, embistiéndome con salvajismo, su boca lamiendo mi cuello, chupando mi oreja. Sentiría su polla latiendo dentro de mí, estirándome, llenándome por completo.
No aguanté más. El orgasmo me vino de golpe, un torrente de placer que me recorrió desde el clítoris hasta la punta de los pies. "¡Me corro, oh Dios, me corro!", grité en voz alta, sin importarme si me oían. Mi coño se contrajo alrededor de mis dedos, empapándolos con un chorro de jugos calientes, mi cuerpo convulsionando en espasmos. Al lado, oí cómo él también se estaba corriendo, gruñendo mientras le venía el orgasmo, y eso prolongó el mío, olas de éxtasis que me dejaron jadeante, sudorosa, con las piernas temblando.
Me quedé allí, tumbada, con la mano aún entre mis muslos, sintiendo los últimos pulsos de placer. Los sonidos de al lado se calmaron, pero mi deseo no. Sabía que esa noche no dormiría mucho; mi cuerpo fogoso siempre pedía más. Tal vez mañana investigaría no solo el crimen, sino también quiénes eran mis vecinos de hotel...
por: © Mary Love

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