MADRID, VERANO DEL 1936. El aire era un torbellino de pólvora y jazmín, un contraste que se enredaba en las calles y en los cuerpos que se resistían al caos del alzamiento nacional. Pura, con su melena negra cayendo en cascadas rebeldes y sus ojos de carbón ardiente, era una mujer de fuego y delicadeza, una contradicción que atraía como un imán. En la taberna cerca de la Plaza Mayor, donde servía vino con una sonrisa afilada, los hombres la miraban como si fuera el último refugio en un mundo al borde del abismo.
Pura tenía un vicio secreto: los señoritos. Esos hombres de camisas almidonadas, con manos finas que parecían no conocer el trabajo duro y una insolencia envuelta en modales que la hacían arder. Pero fue Juan Pablo quien la atrapó, como un depredador que sabe exactamente dónde clavar su garra. Estudiante de ingeniería, alto, con el cabello castaño desordenado y una sonrisa que destilaba veneno dulce, no había en Madrid un golfo como él. Sus ojos verdes, turbios como un río en tormenta, la desnudaban con cada mirada.
La primera vez que entró en la taberna, con su chaqueta de lino impecable y un cigarrillo colgando con descaro, Pura sintió un chispazo en la piel. Se inclinó sobre la barra para servirle, y el escote de su blusa, suelto y provocador, dejó entrever uno de sus pechos, la aureola ennegrecida y el pezón rugoso, duro como una avellana. Los ojos de Juan Pablo se clavaron en ella, y en ese instante, el aire entre ellos se cargó de promesas peligrosas.
—Vino tinto, guapa —dijo, apoyándose en la barra con esa mezcla de arrogancia y finura—. Y ponle un poco de ese fuego que llevas dentro.
Ella sonrió, sosteniendo su mirada, sabiendo que el juego ya había comenzado. Las noches siguientes fueron un torbellino de tensiones. Él llegaba tarde, con excusas ingeniosas y esa sonrisa que prometía problemas. Pura, que no era de las que caían rendidas, se sorprendía riendo con sus historias, dejando que sus manos de dedos largos rozaran las suyas al pasar una copa. Madrid se desangraba fuera, con barricadas y ecos de fusiles, pero dentro de la taberna, el mundo se reducía a sus miradas cruzadas, al calor que crecía como una tormenta.
Una noche, cuando la taberna quedó desierta y el aire olía a cera quemada, Juan Pablo no se marchó. Se quedó, apoyado en la barra, mirándola mientras ella fregaba las copas con una calma fingida.
—Pura, ¿sabes lo que me gusta de ti? —dijo, con una voz que era como un licor fuerte—. Que eres puro incendio, pero te mueves como si nadie pudiera tocarte.
Ella alzó una ceja, secándose las manos en el delantal. Su corazón latía como un tambor, pero no iba a darle el gusto de notarlo.
—¿Y tú, señorito? ¿Qué eres, además de un charlatán con ropa bonita?
Juan Pablo rió, una risa baja que le erizó la piel. Se acercó, lento, hasta que el espacio entre ellos fue apenas un suspiro. Olía a tabaco y a colonia cara, a promesas que no se cumplirían. Sin pedir permiso, tomó su mano, girándola para besar la cara interna de su muñeca. El roce de sus labios fue un relámpago.
—Soy el hombre que va a hacer que olvides este Madrid que se quema —susurró.
Pura no respondió. No hacía falta. Lo siguió al almacén trasero, donde las botellas de vino dormían en la penumbra y el aire era espeso como el deseo. Allí, entre sombras, Juan Pablo la besó con una urgencia que cortaba el aliento, sus labios devorando los suyos como si quisiera beberse su alma. Sus manos, esas manos de señorito que la enloquecían, desataron el lazo de su delantal y se deslizaron por su blusa, encontrando el escote que dejaba ver ese pecho que lo había atrapado desde el primer día, la aureola ennegrecida y el pezón duro como una avellana. Pura dejó escapar un gemido cuando él lo rozó, y el fuego en su interior se desató.
Se enredaron en caricias frenéticas, como si el mundo fuera a acabarse esa misma noche. Pura, audaz y hambrienta, se arrodilló frente a él, desabrochando sus pantalones con dedos temblorosos de deseo. Su boca encontró su polla, dura y palpitante, y la lamió con una mezcla de devoción y desafío, saboreando cada centímetro, disfrutando de la excitación que le producía verlo estremecerse. Sus labios y su lengua exploraron más allá, chupando y acariciando sus partes íntimas, deleitándose en los gemidos roncos que escapaban de la garganta de Juan Pablo. Él, con los ojos entrecerrados, enredó los dedos en su melena, guiándola, pero Pura no necesitaba guía: ella era el fuego que marcaba el ritmo.
Juan Pablo, incapaz de contenerse, la levantó con un movimiento brusco y la apoyó contra una pila de cajas. Sus manos encontraron el coño de Pura, cálido y húmedo, y sus dedos se deslizaron con maestría, acariciando su clítoris en círculos precisos que la hicieron jadear. Con un dedo, rozó su ano, apenas un toque que envió un relámpago por su cuerpo, y Pura se sintió deshacerse, tan mojada que apenas podía contenerse. Él lo sabía, lo veía en sus ojos, en la forma en que su cuerpo se arqueaba hacia él, suplicando sin palabras.
La penetró con una urgencia que era casi violencia, pero Pura lo recibió con la misma intensidad, sus uñas clavándose en la espalda de él, sus piernas enredándose en su cintura. Cada embestida era un incendio, y cuando él se corrió dentro de ella, llenándola con su calor, Pura estalló como un volcán. Su orgasmo la encendió toda, un grito ahogado que resonó en el almacén, su cuerpo temblando mientras el placer la atravesaba como una corriente imparable.
Cuando terminaron, jadeantes y deshechos, Pura se apartó, recogiendo su blusa con una dignidad que no admitía reproches. El escote, aún desordenado, dejaba entrever ese pecho que había sido su perdición. Juan Pablo la miró, encendiendo un cigarrillo con esa sonrisa de golfo que nunca se apagaba.
—No te encariñes, Pura —dijo, exhalando una nube de humo—. Esto es solo un paréntesis en la guerra.
Ella lo miró, con los ojos brillando como brasas.
—No me encariño, señorito. Pero la próxima vez, tráeme algo más que palabras bonitas.
Se marchó sin mirar atrás, dejando a Juan Pablo con su cigarrillo y su arrogancia, sabiendo que, aunque Madrid cayera, ella seguiría siendo puro fuego. Y él, maldita sea, volvería a buscarla.
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