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Pasión, deseo y encuentro erótico

MI NOMBRE ES ISABEL, tengo 54 años, soy española, y mi vida es un torbellino de deseo y pasión desatada. Desde que me quedé viuda hace dos años, di un giro a mi vida, he convertido mi cuerpo en mi herramienta de trabajo y mi liberación. Mi coño, siempre húmedo y ansioso, es el centro de mi universo. Cobro por dar placer, sí, porque soy una profesional que ofrece momentos inolvidables a señores discretos mayores de 50 años que buscan una relación esporádica cargada de fuego, o a alguna mujer curiosa que quiera probar algo diferente. Pero no es solo por el dinero: soy fogosa, insaciable, y necesito orgasmos diarios para sentirme viva. Mi clítoris palpita con solo pensarlo, mi cuerpo arde, y cada encuentro es una forma de saciar esa hambre que me consume. Atractiva, con curvas maduras que enloquecen, y sexy hasta la médula, mi mirada promete éxtasis. Cariñosa, entregada, cuando estoy a gusto me dejo llevar, disfrutando cada caricia, cada gemido. Si quieres vivir esto, contáctame por WhatsApp. Déjame contarte una noche reciente, donde mi deseo y mi trabajo se fundieron en puro placer...

Era una tarde de verano en Madrid, el calor pegajoso envolvía la ciudad. Había quedado con Javier, un empresario de 58 años, elegante, con esa seguridad que da la experiencia. Estaba en la capital por una feria internacional en IFEMA, y buscaba un encuentro especial para desconectar. Quedamos en la cafetería Café Comercial, un lugar icónico en el centro, con sus azulejos antiguos, mesas de madera y el aroma a café recién molido llenando el aire. Llegué con un vestido rojo ajustado, sin sujetador, mis pezones marcados bajo la tela, y unas bragas de encaje negro ya húmedas por la anticipación. Mi cuerpo pedía a gritos un orgasmo, como cada día. Javier me miró desde una mesa junto a la ventana, sus ojos grises devorándome. Me acerqué, mi melena suelta rozando mis hombros, y le di un beso ligero en la mejilla. "Javier, estás aún mejor de lo que imaginé", dije con una sonrisa pícara, sintiendo mi coño palpitar.

Charlamos un rato, el bullicio suave de la cafetería envolviéndonos, pero la tensión sexual era evidente. Mientras tomábamos café, él me miró fijamente y dijo: "Isabel, ¿te puedo hacer una pregunta?". "Por supuesto", respondí, inclinándome hacia él, dejando que mi escote captara su atención. "¿Por qué trabajas dando placer?". Sonreí, acostumbrada a la curiosidad. "Te cuento", dije, mi voz suave pero firme. "Estuve casada muchos años, fui muy feliz con mi marido. Teníamos una vida liberal, practicábamos sexo con otras personas, hombres y mujeres. Siempre he sido muy fogosa, Javier, mi cuerpo lo pide a diario. Cuando él falleció, decidí seguir viviendo esa libertad. Follo con hombres o mujeres para dar placer, porque me encanta verlos temblar, pero también para recibirlo yo. Uso mi coño para tener ingresos, sí, pero sobre todo porque necesito correrme todos los días, sentir esa explosión que me hace sentir viva". Él me miró, fascinado, su mano rozando la mía sobre la mesa. "Eres increíble", murmuró, y supe que estaba listo.

"Vamos a tu hotel", le dije, y él asintió. Estaba alojado en el Hotel Riu Plaza España, un lugar elegante cerca de Gran Vía, con vistas que quitan el aliento. Subimos en el ascensor, y la cercanía de nuestros cuerpos ya me hacía temblar de deseo. Al entrar en su habitación, con su decoración moderna y una cama king size que prometía horas de placer, la atmósfera se cargó de lujuria. Me acerqué, besándolo con hambre, mi lengua explorando su boca mientras desabrochaba su camisa. "Necesito esto, Javier", susurré, y era verdad: mi coño estaba empapado, mis bragas apenas contenían mis jugos. Sus manos subieron por mis muslos, rozando mis pliegues con sus dedos, y gemí alto. "Tócame más, haz que me corra", le pedí, mi voz temblando de urgencia.

Me quité el vestido, quedando en tacones y bragas. Mis pechos, grandes y firmes, se liberaron, y Javier se lanzó a succionar mis pezones, mordisqueándolos con una mezcla de suavidad y rudeza que me hizo arquear la espalda. Cada chupada era un rayo directo a mi clítoris, que palpitaba desesperado.

"Succiona mis pezones más fuerte, por favor", gemí, mientras metía mi mano en mis bragas, masturbándome con los dedos para calmar esa necesidad que me quemaba. Pero no bastaba; necesitaba más. Me arrodillé, desabroché su pantalón y liberé su polla, gruesa, dura, perfecta. La lamí lentamente, saboreando el pre-semen, chupando con avidez mientras él gemía, enredando sus dedos en mi pelo. "Chupa así, Isabel, me vuelves loco", gruñó, pero yo lo hacía también por mí: chupar su polla me ponía más cachonda, alimentaba mi propia hambre.

Me levanté, tiré mis bragas al suelo y me tumbé en la cama, abriendo las piernas. "Mira lo mojada que estoy, Javier. Fóllame ya". Él se acercó, refregando su polla en mi coño, rozando mis pliegues, torturando mi clítoris con la punta. "¡Me corro si sigues así!", grité, y el orgasmo me golpeó, mi coño contrayéndose, mis jugos chorreando por mis muslos. "¡Me vengo toda!", gemí, temblando, pero mi cuerpo pedía más. Me puse a cuatro patas, ofreciéndole mi culo. "Fóllame duro, hazme correrme otra vez". Él embistió, su polla llenándome, estirando mi coño caliente. Cada empujón era un estallido de placer, sus bolas golpeando mi clítoris. Yo empujaba hacia atrás, desesperada. "Se está corriendo otra vez, ¿verdad?", dijo, sintiendo mi coño apretarlo. "Sí, me vengo, no pares", supliqué, y otro orgasmo me sacudió, mi cuerpo convulsionando. Javier no aguantó más; con un rugido, se corrió dentro de mi coño, llenándome de semen caliente, chorro tras chorro, mientras yo temblaba bajo él, mi coño aún palpitando.

Pero lo que me hace correrme una y otra vez, la postura que me lleva al éxtasis sin fin, es cabalgando encima, tomando la iniciativa, penetrando mi coño con su polla y controlando cada movimiento como una diosa del deseo. Así que, después de ese segundo orgasmo, noté que su polla seguía dura, como si no hubiera acabado. Lo empujé suavemente para que se tumbara en la cama, las sábanas ya arrugadas por nuestro sudor. "Ahora déjame a mí", le dije con una sonrisa lasciva, mis ojos brillando de excitación. Me subí encima de él, a horcajadas, de cara a su rostro para mirarlo directamente a los ojos mientras lo montaba. Agarré su polla, aún lubricada por su semen y mis jugos, y la guié hacia mi entrada, penetrando mi coño lentamente, sintiendo cómo me llenaba por completo, estirando mis paredes internas con esa fricción deliciosa que me hace gemir.

Empecé a moverme arriba y abajo, llevando la iniciativa, mis caderas ondulando con un ritmo que yo dictaba, lento y profundo para saborear cada embestida. Mis pechos rebotaban frente a su cara, y él los agarraba con avidez, succionando mis pezones endurecidos mientras yo aceleraba, molía mi coño contra su base, rozando mi clítoris hinchado contra su pubis peludo. "¡Sí, así, Javier, siente cómo te monto!", gemí, mi voz ronca de placer. El orgasmo empezó a construirse de nuevo, esa ola familiar que me invade cuando controlo todo. "Me corro otra vez, me vengo encima de ti", susurré, y aceleré, cabalgándolo con furia, mi coño chorreando jugos que empapaban sus bolas.

Giré mi cuerpo sin sacarme su polla, dándole la espalda ahora, montándolo de reversa para que él pudiera admirar mi culo redondo subiendo y bajando sobre su miembro. Me incliné levemente hacia adelante, apoyando mis manos en sus muslos, lo que hacía que su polla rozara mi punto G con cada penetración, enviando descargas eléctricas a mi clítoris. "Mira cómo entro y salgo de mi coño, Javier", le dije, mirando por encima del hombro, mi melena cayendo en cascada por mi espalda sudorosa. Roté las caderas en círculos, refriegando su polla dentro de mí, sintiendo cada vena, cada pulso. Mi clítoris palpitaba contra su piel, y el placer se intensificaba. Incliné mi torso un poco más, arqueando la espalda para que la penetración fuera aún más profunda, mi coño apretándolo como un puño caliente y húmedo. "¡Se está corriendo de nuevo, Isabel!", gruñó él, sus manos agarrando mis caderas. Y tenía razón; le venía el orgasmo con fuerza, mi cuerpo temblando mientras me corría, gritando "¡Me vengo toda, me corro montándote así!", mis jugos chorreando por su polla y sus muslos, mi coño contrayéndose en espasmos.

Quise más, así que volví a girarme de cara, inclinándome hacia atrás esta vez, apoyando mis manos en la cama detrás de mí, exponiendo mi clítoris completamente para que él lo frotara con sus dedos mientras yo lo cabalgaba. "Mastúrbame el clítoris mientras te monto", le ordené, y él obedeció, sus pulgares rozando mis pliegues y mi botón hinchado, haciendo que otro orgasmo me golpeara casi al instante. "¡Me corro, Javier, me vengo otra vez!", chillé, mi cuerpo convulsionando encima de él, mis pechos agitándose salvajemente. Pero entonces noté que él estaba al borde otra vez, su polla hinchándose dentro de mí. "Quiero correrme en tus tetas", jadeó. Me deslicé fuera de él, su polla aún dura y brillante, y me senté frente a él, ofreciendo mis pechos. Agarré su miembro, masturbándolo con ambas manos mientras él gemía, y pronto se corrió por segunda vez, disparando chorros de semen caliente sobre mis tetas, cubriendo mis pezones con su leche espesa. Me relamí, frotando su semen en mi piel, mi coño aún palpitando de deseo.

"¿Más?", le pregunté con una sonrisa traviesa, notando que, increíblemente, su polla no se bajaba. "Isabel, nunca me había pasado esto", confesó, su voz entrecortada. "Nunca me he corrido más de una vez con ninguna mujer. Haces algo... no sé qué es, pero mi polla no se baja contigo". Reí, encantada, y me arrodillé frente a él. "Entonces déjame darte una última", dije, y volví a chupar su polla, lamiendo cada centímetro, succionando con fuerza mientras mis manos masajeaban sus bolas. Lo llevé al límite otra vez, y cuando sentí que se venía, mantuve mi boca alrededor de su polla, dejando que se corriera por tercera vez. Su leche llenó mi boca, caliente y salada, y me tragué toda su leche, relamiéndome mientras él temblaba, agotado pero extasiado.

Nos quedamos jadeando, sudorosos, mi cuerpo saciado, pero solo por esa noche. Cobro por estas noches, pero las vivo porque las necesito. Mi vida liberal con mi marido me enseñó a amar el placer, y ahora, con mi coño como herramienta, doy y recibo éxtasis. Si eres un señor mayor de 50 o una mujer curiosa, y quieres compartir este fuego, contáctame por WhatsApp. Te prometo una experiencia en la que ambos saciaremos nuestras llamas.

por: © Mary Love


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