EL MONTE IGUELDO ME ENVOLVIÓ envolvió con su brisa salada mientras maniobraba mi viejo Fiat por las curvas sinuosas, el cielo incendiado por un atardecer que pintaba el Cantábrico de tonos carmesí. El camping, escondido entre pinos y con vistas al mar, sería mi refugio esa noche. Aparqué en un claro, saqué mi tienda de campaña y la monté con la rapidez de quien lleva meses viviendo sin rumbo, solo con un saco de dormir y la libertad como equipaje. A pocos metros, una caravana plateada relucía bajo la luz menguante. Sus dueños, una pareja madura, me observaban desde una mesa plegable. Él, con el pelo canoso y una camisa de lino abierta que dejaba ver un pecho bronceado, levantó una cerveza en mi dirección. Ella, de melena plateada suelta y curvas que desafiaban la edad, me dedicó una sonrisa que me erizó la piel.
—¿Una cerveza, chico? —preguntó él, su español con un acento belga que sonaba como una invitación a algo más.
Acepté, y pronto estaba sentado con Marc y Elise, una pareja de sesentones que desprendían vitalidad y un magnetismo que me atrapó desde el primer sorbo. La cena fue un ritual sencillo pero cálido: quesos fundentes, embutidos, pan crujiente y un rioja que me calentó la sangre. Hablamos de viajes, de mis días en las playas salvajes de Cádiz, de sus aventuras en los canales de Ámsterdam. Pero sus miradas, las de Elise especialmente, se deslizaban por mi cuerpo como una caricia. Su blusa, desabrochada lo justo, dejaba entrever unos pechos generosos, la piel salpicada de pecas y un sujetador negro que apenas contenía su carne.
Marc llenó mi copa de nuevo, su mano rozando la mía con una intención que no pasó desapercibida.
—Somos libres —dijo, su voz grave, los ojos brillando bajo la linterna—. Practicamos el poliamor. Nos gusta compartir, explorar... sin límites.
Elise deslizó una mano por mi muslo, sus uñas rojas arañando la tela de mis vaqueros. Mi polla respondió al instante, endureciéndose, y un cosquilleo eléctrico me recorrió la espalda.
—¿Y tú? —susurró ella, su aliento cálido contra mi oreja—. ¿Te dejas llevar por el deseo?
No respondí con palabras. Mi respiración agitada y la erección que tensaba mis pantalones hablaron por mí. Elise lo notó, su sonrisa felina prometiendo cosas que mi cuerpo ya anhelaba. Marc me puso una mano en el hombro, firme, cálida.
—Ven a la caravana —dijo, y su tono era una orden disfrazada de invitación.
El interior de la caravana era un nido de luces tenues, paredes de madera y un aroma a lavanda mezclado con algo más carnal, como si el espacio estuviera impregnado de deseo contenido. Elise se sentó en el borde de la cama doble, sus muslos abiertos apenas lo suficiente para que su falda se subiera, dejando entrever el encaje negro de sus bragas. Marc cerró la puerta, y el clic resonó como el preludio de algo inevitable.
Ella se acercó primero, sus labios rozando mi cuello, dejando un rastro húmedo que me hizo gemir. Sus manos desabrocharon mi camisa con una lentitud deliberada, sus dedos explorando mi pecho, pellizcando mis pezones hasta que un escalofrío me atravesó.
—Qué piel tan suave —murmuró, su voz un ronroneo que me encendió aún más.
Marc, detrás de ella, le quitó la blusa con un movimiento lento, dejando al descubierto sus pechos pesados, con pezones oscuros y erectos que pedían ser tocados.
—Chúpamelos —ordenó Elise, guiando mi cabeza hacia su pecho.
Mi boca se cerró sobre un pezón, succionándolo con avidez, mi lengua girando alrededor mientras mi mano amasaba el otro, sintiendo cómo se endurecía bajo mis dedos. Ella gimió, un sonido profundo, gutural, que reverberó en mi polla. Marc, aún vestido, le desabrochó la falda, dejándola caer al suelo. Entonces la vi: Elise se quitó las bragas, exponiendo su coño totalmente depilado, salvo por un triángulo perfecto de vello en el monte de Venus. Dos pequeños piercings plateados brillaban en sus labios vaginales, reluciendo con la humedad que ya los empapaba. Era un coño curtido, con la marca de haber sido follado muchas veces, palpitante, brillante, invitándome a perderme en él.
—Tócame —susurró Elise, su voz rota por el deseo.
Mis dedos encontraron su coño, resbalando entre los pliegues húmedos, rozando los piercings que parecían amplificar cada caricia. Ella se estremeció, empujando sus caderas contra mi mano mientras yo masturbaba su clítoris, hinchado y sensible. Marc se arrodilló frente a ella, su lengua lamiendo los piercings, succionando su clítoris con una precisión que la hizo gritar.
—Sigue, Marc, no pares —jadeó ella, sus manos enredadas en mi pelo mientras yo seguía chupando sus pezones, mordiéndolos suavemente.
—Quítate los pantalones —me ordenó, sus ojos nublados por la lujuria.
Me deshice de los vaqueros y los bóxers, dejando mi polla libre, dura, palpitante, con una gota de líquido preseminal brillando en la punta. Elise la miró con hambre, se lamió los labios y se inclinó hacia mí. Su lengua recorrió mi glande, lenta, saboreando cada centímetro, antes de metérsela entera en la boca. La chupó con una intensidad que me hizo cerrar los ojos, sus labios apretados alrededor de mi eje, su saliva resbalando hasta mis bolas.
—Joder, qué bien la chupas —gruñí, mis manos guiándola mientras ella succionaba, gimiendo contra mi polla.
Marc, aún entre sus piernas, le masturbaba el coño con los dedos, entrando y saliendo de ella, sus piercings tintineando ligeramente con cada movimiento.
—Estás empapada, amor —dijo, levantando la vista, su barbilla brillante de sus jugos—. Quiere que la folles.
—Refriega tu polla en mi coño primero —ordenó Elise, soltándome con un pop húmedo.
Me coloqué entre sus piernas, guiado por Marc, que me miraba con una mezcla de complicidad y deseo. Mi polla rozó sus pliegues, resbaladiza por su humedad, los piercings fríos contra mi piel caliente. Sentí el latido de su clítoris, el calor de su coño curtido, y ella movió las caderas, buscando más fricción, gimiendo con cada roce.
—Métemela ya —suplicó, su voz temblando de necesidad.
La penetré despacio, sintiendo cómo su coño me envolvía, caliente, apretado, los piercings rozando mi polla con cada embestida. Empecé a moverme, primero lento, dejando que cada centímetro de mi polla explorara su interior, luego más rápido, más profundo, el sonido húmedo de nuestros cuerpos chocando llenando la caravana. Marc se puso detrás de ella, lamiendo su cuello, sus manos masajeando sus pechos mientras yo la follaba.
—Succiona mis pezones, Marc —pidió ella, y él obedeció, chupándolos con fuerza, mordiéndolos hasta que ella gritó de placer.
—¡Me corro, joder, me corro! — exclamó Elise, su coño apretándome con espasmos mientras un orgasmo la atravesaba, sus jugos resbalando por mis muslos, los piercings vibrando con cada contracción.
No pude contenerme más. —Ya me viene —gruñí, mi polla palpitando dentro de ella.
—Córrete en mi boca —dijo Elise, empujándome para sacarme de su coño. Se arrodilló, su lengua lamiendo mi glande, todavía húmedo de sus jugos, y Marc se unió, chupando mis bolas con una avidez que me volvió loco.
—¡Me estoy corriendo! —jadeé, y exploté, mi leche llenando la boca de Elise mientras ella tragaba, gimiendo, sus ojos fijos en los míos. —Quiero tragarme toda tu leche —murmuró, lamiendo cada gota que escapaba, mientras Marc besaba su barbilla, compartiendo mi sabor en un beso húmedo, profundo, sucio.
Caímos en la cama, sudorosos, jadeando, nuestros cuerpos enredados en un lío de piel y deseo. Elise me acarició el pecho, Marc pasó una mano por mi muslo, y la caravana se convirtió en un refugio de placer crudo, visceral. Esa noche en el monte Igueldo no fue solo una parada en mi viaje; fue una inmersión en un abismo de lujuria que aún siento latir en mi piel.
por: © Mary Love

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