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Noche del sábado con una mujer trans polaca

SOY ROSA, UNA MUJER de 38 años casada con Carlos, mi esposo desde hace diez. Nuestra vida sexual siempre ha sido apasionada, pero hace tiempo que una fantasía me ronda la cabeza: hacer el amor juntos con una mujer trans. Imaginar sus curvas femeninas mezcladas con esa sorpresa viril me enciende de una forma que no puedo explicar. Carlos lo sabe, y aunque al principio se sorprendió, terminó excitándose con la idea. Como no conocemos a nadie en ese mundo, decidí entrar en una plataforma de contactos serios sobre sexo. Pasé horas navegando perfiles, hasta que vi un anuncio que me dejó sin aliento: "Hola te invito a descubrir la belleza, la elegancia, la ternura que una mujer trans verdadera tiene para darte. Será más que un gusto conocernos y descubrir nuestro mundo interior. Soy una mujer de Polonia, culta, directiva de una multinacional de alimentación, y voy a estar en Madrid un mes por negocios. Me gustaría conocer a alguna pareja guapa para intimar algún fin de semana. Soy divertida, sensual, llena de cariño. Descubre lo que te apetezca conmigo, todo lo que tú imaginación te pida, no dudes en contactarme por WhatsApp. Me puedo desplazar por Madrid o alrededores, o podéis venir a mi hotel. Tengo 32 años, tetas medianas tirando a grandecitas, pelo largo color castaño, delgada, no estoy operada y aún conservo mi pene, puedo satisfacer tanto a una mujer como a un hombre. Te ofrezco una experiencia única."

El corazón me latió fuerte mientras leía. Esa mezcla de elegancia y crudeza, su origen polaco, su posición profesional... Todo me atraía. Le mostré el anuncio a Carlos esa misma noche, mientras cenábamos. "Mira esto", le dije, pasando mi dedo por la pantalla. Sus ojos se iluminaron, y con una sonrisa pícara, me animó: "Escríbele, Rosa. Hagámoslo realidad". Así que, con las manos temblando de excitación, le mandé un mensaje por WhatsApp: "Hola, soy Rosa, de Madrid. Mi esposo Carlos y yo vimos tu anuncio y nos encantó. Somos una pareja abierta, guapos y discretos. Nos gustaría conocerte este fin de semana en tu hotel. ¿Estás disponible?"

Su respuesta llegó casi de inmediato: "¡Hola Rosa! Me alegra mucho tu mensaje. Soy Sofia. Sí, estoy libre el sábado. Venid a mi hotel en el centro, habitación 512. Traed una botella de vino si queréis, y dejad que la noche fluya. Besos sensuales". Intercambiamos fotos: yo en lencería negra, Carlos con su torso musculoso, y ella nos envió una selfie en la que su pelo castaño caía en ondas sobre sus hombros, sus tetas medianas tirando a grandecitas asomando por un escote sutil, y una sonrisa que prometía todo.

El sábado llegó como un torbellino de nervios y deseo. Carlos y yo nos arreglamos con esmero: yo con un vestido rojo ceñido que realzaba mis curvas, sin sujetador para que mis pezones se marcaran ligeramente, y él con una camisa ajustada que destacaba sus brazos fuertes. Llegamos al hotel, subimos al quinto piso, y toqué la puerta con el corazón en la garganta. Sofia abrió, y allí estaba: alta, delgada, con un negligé de seda que apenas cubría sus tetas voluptuosas. Su pelo castaño olía a vainilla, y sus ojos verdes nos devoraron con una mirada llena de promesas. "Pasad, queridos", dijo con un acento polaco suave y seductor. Nos besó en las mejillas, pero sus labios rozaron los míos un segundo de más, enviando una corriente eléctrica directo a mi coño.

Nos sentamos en el sofá de la suite, con vistas a la Gran Vía iluminada. Charlamos un rato: ella nos contó sobre su vida en Varsovia, sus viajes por trabajo, y cómo le gustaba explorar el placer sin tabúes. Carlos y yo compartimos anécdotas, pero el aire se cargaba de tensión sexual. Sofia se acercó a mí primero, rozando mi muslo con sus dedos largos y manicureados. "Eres preciosa, Rosa. ¿Puedo besarte?". Asentí, y sus labios se fundieron con los míos en un beso lento, profundo. Su lengua bailaba con la mía, y sentí cómo su polla se endurecía contra mi cadera, aún oculta bajo la seda. Carlos nos observaba, excitado, y se unió, besando el cuello de Sofia mientras yo exploraba sus tetas con las manos. Eran suaves, firmes, y succioné uno de sus pezones rosados, chupando con avidez hasta que ella gimió: "Oh, Rosa, eso me pone tanto...".

Nos movimos a la cama king size, quitándonos la ropa con prisa febril. Sofia se tumbó entre nosotros, su cuerpo delgado y elegante expuesto. Tenía la piel suave como la seda, y su polla, semirrecta, era gruesa y venosa, contrastando con su feminidad. Carlos se arrodilló a un lado, yo al otro. Empecé a lamer sus tetas, succionando sus pezones alternadamente, mientras Carlos bajaba la mano hacia su polla y la masturbaba con movimientos lentos. "Qué polla tan hermosa tienes, Sofia", murmuró él, y ella sonrió, arqueando la espalda. Yo descendí, besando su vientre plano hasta llegar a su polla. La tomé en mi boca, chupando la cabeza con lengua juguetona, saboreando su sabor salado. Sofia gemía: "Sí, Rosa, chúpame así...".

Carlos no se quedó atrás. Se colocó entre mis piernas, separándolas con gentileza. "Estás empapada, amor", dijo, y rozó mis pliegues con sus dedos, masturbándome con círculos suaves alrededor de mi clítoris hinchado. Grité de placer, con la polla de Sofia aún en mi boca. Ella se incorporó un poco y me besó mientras Carlos me lamía el coño, su lengua hundiéndose en mis pliegues, chupando mi clítoris con succión experta. "Me estás volviendo loca", jadeé, y Sofia susurró: "Déjame probarte a ti". Cambiamos posiciones: yo me tumbé boca arriba, Sofia entre mis piernas, lamiendo mi coño con delicadeza polaca. Su lengua era mágica, rozando mis pliegues, succionando mi clítoris hasta que sentí el orgasmo acercándose. "Sofia, me vengo... ¡me corro!", grité, y el placer explotó en oleadas, mi coño contrayéndose contra su boca.

Carlos, con la polla dura como una roca, se posicionó detrás de Sofia. "Quiero follarte mientras la comes", le dijo, y ella asintió, empinándose. Él refregó su polla en el coño imaginario de Sofia –no, en su culo, lubricado con saliva y gel–, pero ella lo guió: "Fóllame el culo, Carlos, pero despacio". Entró en ella con gemidos compartidos, mientras Sofia seguía chupando mi coño, ahora masturbándome con los dedos, dos dentro de mí, curvados hacia mi punto G. Yo le devolvía el favor, masturbando su polla con la mano, sintiendo cómo palpitaba.

La escena se volvió un torbellino de cuerpos entrelazados. Sofia se giró hacia mí, refregando su polla en mi coño empapado, rozando mis pliegues con su dureza caliente. "Siente esto, Rosa", dijo, y yo me arqueé, deseando más. Carlos la follaba por detrás, sus embestidas haciendo que su polla se frotara contra mí con más fuerza. "Se está corriendo dentro de ti", le dije a Sofia cuando vi la cara de Carlos contorsionarse. "¡Me corro!", gritó él, eyaculando en su interior con espasmos.

Sofia no tardó. Me montó, su polla deslizándose en mi coño mientras Carlos lamía sus tetas desde atrás. "Fóllame, Rosa, muévete conmigo", jadeó. Yo cabalgaba su polla, sintiendo cómo me llenaba, su feminidad y masculinidad fusionadas en un placer abrumador. Carlos se unió, masturbando mi clítoris con los dedos mientras yo la follaba. "Le viene el orgasmo", susurré al ver sus ojos vidriosos. "¡Se está corriendo!", exclamé, y Sofia explotó, su semen caliente llenándome el coño, gimiendo en polaco palabras que no entendía pero que sonaban a éxtasis puro.

Caímos exhaustos, sudorosos, enredados en sábanas revueltas. Sofia nos besó a ambos: "Ha sido único, como prometí". Carlos y yo nos miramos, sabiendo que esta fantasía había superado todo lo imaginado. Desde entonces, solo pensar en esa noche me hace mojarme de nuevo, lista para más.

por: © Mary Love

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