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Mi vecino y el ascensor

HE SUDIDO CON EL VECINO nuevo en el ascensor, así comienza la historia. Era un tipo alto, moreno, con esa sonrisa pícara que me hizo mirarlo dos veces mientras pulsaba el botón de mi piso. El ascensor era estrecho, uno de esos viejos que crujen como si estuvieran a punto de romperse, y el aire estaba cargado de su colonia fresca, mezclada con el calor del verano que se filtraba por las rendijas. Yo llevaba un vestido negro ligero, de tirantes y un escote pronunciado, de esos que se pegan a la piel cuando sudas un poco, y noté cómo sus ojos bajaban por mi escote, deteniéndose en el valle entre mis pechos. "Hola, soy Alex", dijo con voz grave, extendiendo la mano. La tomé, y el roce de su piel áspera contra la mía me envió un cosquilleo directo al vientre. "Yo soy Laura", respondí, sintiendo cómo mi pulso se aceleraba.

El ascensor subió lento, piso tras piso, y el silencio se hizo espeso, cargado de esa tensión que sabes que va a explotar. De repente, un apagón. Las luces parpadearon y se apagaron, dejando solo la emergencia roja que teñía todo de un tono pecaminoso. "Mierda", murmuró él, pero no sonaba enfadado, sino excitado. Nos miramos en la penumbra, y antes de que pudiera pensar, su cuerpo se acercó al mío. Sentí el calor de su pecho contra mis pechos, y mi respiración se entrecortó. "Parece que estamos atrapados", dije, pero mi voz salió ronca, invitadora. 


Sus manos subieron por mis brazos, rozando la piel erizada, y me empujó suavemente contra la pared del ascensor. "Mejor así", susurró, y su boca se estrelló contra la mía en un beso voraz, su lengua invadiendo, explorando. Sabía a menta y a deseo reprimido. Mis manos volaron a su camisa, desabotonándola con urgencia, revelando un torso musculoso, cubierto de un vello suave que me hizo querer lamerlo entero. Bajé la cabeza y lo hice: lamí su cuello, bajando por su pecho, chupando sus pezones endurecidos hasta que lo oí gemir.

Él no se quedó atrás. Sus dedos subieron por mis muslos, levantando el vestido, y encontraron mis bragas empapadas. "Estás mojada ya", gruñó, y yo asentí, mordiéndome el labio. Me bajó las bragas de un tirón, exponiendo mi coño al aire fresco, y sus dedos rozaron mis pliegues, separándolos con delicadeza al principio, luego con más insistencia. "Dios, qué rico", murmuré, mientras él comenzaba a masturbarme con los dedos, metiendo uno, luego dos, dentro de mí, curvándolos para rozar ese punto que me hace arquear la espalda. Su pulgar encontró mi clítoris, hinchado y sensible, y lo frotó en círculos, haciendo que mis caderas se movieran solas contra su mano.

No pude resistirme más. Me arrodillé en el suelo del ascensor, desabrochando su pantalón con manos temblorosas. Su polla saltó libre, dura como una roca, venosa y gruesa, apuntando directamente a mi boca. La tomé en la mano, sintiendo su calor pulsante, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando el pre-semen salado. "Chúpala", ordenó él, enredando los dedos en mi pelo, y yo obedecí, envolviéndola con mis labios, succionando fuerte mientras mi lengua giraba alrededor de la cabeza. Él empujaba las caderas, follándome la boca con ritmo creciente, y yo gemía alrededor de su polla, sintiendo cómo mi coño se contraía de puro deseo.

De repente, me levantó, me dio la vuelta y me apoyó contra la pared. "Quiero follarte ahora", dijo, y sentí su polla rozando mis pliegues desde atrás, refregándola en mi coño empapado, cubriéndola de mis jugos. Empujó despacio al principio, estirándome, llenándome por completo. "Sí, así", jadeé, sintiendo cada centímetro entrar. Empezó a bombear, fuerte y profundo, sus manos en mis caderas, tirando de mí hacia atrás. Bajó una mano para succionar mis pezones, primero uno, luego el otro, mordisqueándolos hasta que dolían de placer. "Succiona mis pezones más fuerte", le pedí, y él lo hizo, mientras su otra mano volvía a mi clítoris, frotándolo sin piedad.

El ascensor se sacudió, como si estuviera a punto de reanudar, pero no me importaba. "Me estoy corriendo", gemí, sintiendo el orgasmo construir en mi vientre, extendiéndose como fuego. "Ya me viene", repetí, y exploté alrededor de su polla, mi coño apretándolo en espasmos, mojándolo todo. Él no paró, siguió embistiendo, prolongando mi clímax hasta que grité.

Luego me giró de nuevo, me arrodilló. "Córrete en mi boca", le supliqué, abriendo los labios. Él se masturbó furiosamente frente a mí, su polla hinchada y roja. "Quiero tragarme tu leche", dije, lamiendo la punta. Gruñó, y con un "Me corro", eyaculó en chorros calientes, llenándome la boca de su semen espeso. Lo tragué todo, saboreándolo, mientras él jadeaba, apoyado en la pared.

Las luces volvieron, el ascensor se movió. Nos vestimos rápido, con sonrisas cómplices. "Esto no termina aquí", dijo él al salir en mi piso. Y no, no terminó. Pero esa es otra historia.

por: © Mary Love


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