El masajista entró con pasos silenciosos, su presencia una promesa de maestría. Sus manos, cálidas y untadas en aceite tibio, se posaron en mi espalda, trazando círculos lentos que disipaban la tensión acumulada en mis músculos. "Relájate", murmuró su voz grave, como un ronroneo que vibraba en mi interior. "Deja que tu cuerpo despierte". Cerré los ojos, entregándome al flujo de sus caricias. El aceite se deslizaba como seda líquida, calentando mi piel, despertando un hormigueo que se extendía desde la nuca hasta la base de mi espina dorsal. Me encanta cómo sus dedos exploraban cada curva, cada valle, como si conocieran secretos que yo misma ignoraba. Al principio, mi mente divagaba entre el nerviosismo y la excitación, recordándome que esto era nuevo para mí, pero pronto el tacto experto borró cualquier duda, dejando solo el pulso creciente del deseo.
Sus manos descendieron a mis hombros, luego a mis caderas, amasando con una presión deliberada que me hacía suspirar. Se acercaron a mis muslos, rozando la piel sensible del interior, pero sin apresurarse, prolongando la tortura dulce de la espera. La anticipación crecía como una llama, haciendo que mi sexo palpitara con necesidad. "Toca mi clítoris", supliqué en un susurro, mi voz ronca por el deseo. Él sonrió, y finalmente sus dedos, resbaladizos por el aceite, rozaron mis pliegues hinchados, deslizándose con lentitud sobre mi clítoris. Un gemido escapó de mis labios mientras mis caderas se arqueaban instintivamente, buscando más.
"Me encanta, como disfruto", jadeé, sintiendo cómo cada roce enviaba ondas de placer a través de mi cuerpo. Sus dedos trabajaban con precisión experta, frotando en círculos suaves que se intensificaban gradualmente, llevándome al borde. "Lame mi clítoris", le ordené, mi voz temblorosa. Él obedeció, bajando su cabeza entre mis piernas abiertas. Su lengua, cálida y hábil, trazó patrones deliciosos sobre mi botón sensible, lamiendo con una lentitud que me volvía loca. Cada lamida era un fuego que se extendía, haciendo que mis muslos temblaran alrededor de su rostro. Recordé brevemente mis dudas iniciales, pero ahora, sumergida en esta oleada de sensaciones, solo podía pensar en lo acertado de mi decisión, en cómo el deseo había vencido al temor.
"Sigue, me corro", grité, aferrándome a las sábanas mientras el éxtasis se acumulaba en mi vientre. Introdujo un dedo en mi interior húmedo, luego dos, bombeando en ritmo con su lengua, explorando mis paredes internas con una maestría que me hacía ver estrellas. El placer era abrumador, una marea que me arrastraba. "Muerde mis pezones", exigí, y él subió su boca a mis senos, capturando un pezón endurecido entre sus dientes, mordisqueando con delicadeza que rozaba el dolor placentero, mientras sus dedos seguían su danza abajo.
No podía más. "Mete tu polla", supliqué, necesitando sentirlo llenándome por completo. Se despojó de su ropa con fluidez, revelando su miembro erecto y pulsante. Lo frotó contra mis pliegues empapados, untándose con mis jugos, cada deslizamiento una promesa de unión. "Fóllame", ordené, mis uñas clavándose en su espalda mientras él se hundía en mí con una embestida lenta y profunda. Cada movimiento era una sinfonía de sensaciones: el roce de su piel aceitada contra la mía, el calor de su cuerpo envolviéndome, el ritmo creciente que nos unía en un baile primal.
"Me encanta, como disfruto", gemí, mis caderas elevándose para encontrar cada rincón. Él aceleró, sus manos en mis caderas guiándome, mientras su boca devoraba mis pezones de nuevo, mordiendo y succionando. El sudor nos cubría, mezclándose con el aceite, haciendo que nuestros cuerpos se deslizaran en una fricción exquisita. "Córrete conmigo", le rogué, sintiendo el clímax aproximarse como una tormenta. "Quiero sentir tu leche", agregué, mi voz entrecortada por los jadeos.
Sus embestidas se volvieron frenéticas, profundas, hasta que gritó mi nombre y se derramó dentro de mí, su calor inundándome en olas pulsantes. Mi propio orgasmo me sacudió entonces, un éxtasis que me recorrió como electricidad, dejando mi cuerpo tembloroso y saciado. Nos quedamos entrelazados, respiraciones entrecortadas calmándose en la quietud de la habitación. Las velas seguían ardiendo, testigos de este arte del placer que me había llevado más allá de lo imaginable, a un lugar de paz profunda y deseo eterno. En ese momento de reposo, reflexioné sobre cómo mi curiosidad inicial había florecido en una experiencia transformadora, borrando cualquier rastro de duda.
por: © Mary Love
Mary Love (@tequierodori) / X

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