El aire de Medellín era un abrazo cálido y húmedo, pero dentro del apartamento de Lionela, en El Poblado, el calor era otro, uno que nacía de su piel canela y sus curvas exuberantes. A sus 22 años, Lionela era una colombiana ardiente, con un cuerpo curvy que parecía esculpido para el pecado. Sus pechos llenos, sus caderas anchas y su coño perfectamente depilado eran un imán para quienes veían sus fotos en una página privada: lencería de encaje negro, su cabello largo y ondulado cayendo como una cascada, y esa mirada oscura que prometía noches de fuego. Hombres y mujeres la contactaban, y todos, sin excepción, se rendían a sus encantos.
Esa noche, el teléfono vibró con un mensaje de Daniela, una ejecutiva de 30 años que había sucumbido a las fotos de Lionela. “Quiero verte. Quiero que me hagas tuya”, escribió, su deseo evidente en cada palabra. Lionela sintió un cosquilleo en su coño al leerlo, su cuerpo ya anticipando el placer. “Ven a las 9, mi reina. Trae tus ganas, que yo pongo el resto”, respondió, mordiéndose el labio.
Cuando Daniela llegó, el ambiente se cargó de una tensión deliciosa. Vestía un vestido negro ajustado que marcaba su figura esbelta, pero sus ojos nerviosos delataban su inexperiencia. Lionela la recibió en la puerta con una bata de seda roja que apenas cubría sus muslos, dejando entrever el encaje púrpura que abrazaba sus curvas. Tomó la mano de Daniela y la guió al interior, donde las velas aromáticas proyectaban sombras danzantes.
—¿Nerviosa, mi amor? —preguntó Lionela, su voz melosa mientras deslizaba un dedo por el brazo de Daniela, sintiendo cómo se erizaba su piel.
—Un poco… pero te deseo tanto —susurró Daniela, su respiración ya entrecortada.
Lionela se acercó, sus pechos rozando el cuerpo de Daniela, el aroma de su perfume de vainilla envolviéndola. Sin mediar palabra, la besó, sus labios carnosos explorando los de Daniela con una lentitud tortuosa. Su lengua se deslizó dentro, juguetona, mientras Daniela gemía, sus manos temblorosas buscando las caderas de Lionela. La bata cayó al suelo, revelando la lencería púrpura que apenas contenía sus pechos y dejaba ver la curva tentadora de su coño bajo la tela.
Lionela llevó a Daniela al sofá, sentándola con suavidad antes de arrodillarse frente a ella. —Déjame enseñarte lo que es el placer —susurró, sus manos subiendo por los muslos de Daniela, abriendo sus piernas con una mezcla de firmeza y ternura. El vestido de Daniela se deslizó hacia arriba, exponiendo unas bragas de encaje blanco empapadas. Lionela sonrió, sus dedos rozando los pliegues de Daniela a través de la tela, sintiendo su humedad. —Estás tan mojada, mi reina —murmuró, mientras Daniela jadeaba, sus caderas moviéndose instintivamente.
Con un movimiento lento, Lionela apartó las bragas, exponiendo el coño de Daniela, rosado y brillante. Sus dedos rozaron los pliegues, abriéndolos con suavidad, antes de inclinarse y lamer su clítoris con la punta de la lengua. Daniela dejó escapar un gemido agudo, sus manos enredándose en el cabello de Lionela. —¡Oh, Dios, Lionela! —gimió, mientras la colombiana chupaba su clítoris con una intensidad que la hacía temblar. Lionela alternaba lamidas largas y lentas con succiones rápidas, sus dedos masturbándola al mismo tiempo, entrando y saliendo de su coño con un ritmo experto. Daniela se estaba corriendo, su cuerpo convulsionando mientras le venía el orgasmo, un grito escapando de sus labios.
Pero Lionela no se detuvo. Se levantó, sus labios húmedos brillando, y se sentó a horcajadas sobre Daniela. Sus pechos se rozaban mientras se besaban con furia, las lenguas entrelazadas. Daniela, aún jadeante, deslizó sus manos por el cuerpo de Lionela, deteniéndose en sus pezones duros bajo la lencería. —Quiero hacerte lo mismo —susurró, su voz temblorosa pero cargada de deseo.
Lionela se rió, guiando las manos de Daniela hacia su coño. —Roza mis pliegues con tus dedos, mi amor —pidió, su voz ronca. Daniela obedeció, sus dedos explorando la humedad de Lionela, abriendo sus pliegues con timidez al principio, pero ganando confianza. Lionela gemía, sus caderas moviéndose contra la mano de Daniela, mientras sus dedos se deslizaban dentro, masturbándola con un ritmo que la hacía jadear. —Así, mi reina, no pares —susurró, sus uñas clavándose en los hombros de Daniela mientras se estaba corriendo, su coño apretando los dedos de Daniela en un orgasmo intenso.
Exhaustas, cayeron en el sofá, pero el fuego de Lionela no se apagaba. La llevó a la cama, donde el juego continuó. Daniela, ahora más audaz, lamió los pechos de Lionela, chupando sus pezones hasta hacerla gemir. Lionela, insaciable, se puso a cuatro patas, invitando a Daniela a explorar su coño desde atrás. Daniela obedeció, sus dedos masturbándola mientras lamía su clítoris, arrancándole gemidos que resonaban en la habitación. Lionela se corrió de nuevo, su cuerpo temblando de placer.
Luego, fue el turno de Lionela. La tumbó boca arriba, abriendo sus piernas y lamiendo su coño con una intensidad salvaje, sus dedos entrando y saliendo mientras Daniela gritaba, su cuerpo arqueándose mientras le venía el orgasmo otra vez. Probaron todas las posturas: Lionela montándola, sus caderas moviéndose como si danzaran; Daniela chupándola con una pasión que no sabía que tenía; ambas entrelazadas en un 69, sus lenguas y dedos trabajando hasta que se corrieron juntas, sus gritos mezclándose en la noche.
Cuando finalmente se desplomaron, sudadas y saciadas, Lionela acarició el rostro de Daniela, sonriendo. —¿Ves por qué me llaman, mi amor? —bromeó, su voz aún cargada de picardía.
Daniela, con los ojos brillando, asintió. —Volveré —prometió, y Lionela supo que lo haría. Como todos los que caían en su red de deseo, hombres con pollas duras y mujeres con coños húmedos, todos buscando el fuego que solo ella podía ofrecer.
por: © Mary Love

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