VALENTINA LLEGÓ A ALICANTE con el sol abrasador del verano mediterráneo reflejándose en su piel bronceada. Había alquilado un pequeño apartamento con vistas al mar en el barrio de Santa Cruz, donde las calles estrechas y empedradas exudaban un encanto que la hacía sentir viva. A sus 28 años, Valentina era una mujer segura de sí misma, con curvas que atraían miradas y una sonrisa pícara que prometía aventuras. Su cabello oscuro caía en ondas sobre sus hombros, y sus ojos color avellana brillaban con una mezcla de curiosidad y deseo. Había venido a la ciudad buscando relajarse, pero también anhelaba algo más: un encuentro que encendiera sus sentidos y la dejara temblando de placer.
El primer día, mientras paseaba por el paseo marítimo, sintió el calor del sol y la brisa salada acariciando su piel. Llevaba un vestido ibicenco con toques transparentes que se adhería a su cuerpo, marcando cada curva. Decidió publicar un mensaje en una aplicación local para viajeros, un guiño juguetón pero directo: "Hola, soy Valentina, una chica que estará unos días en la ciudad de Alicante de vacaciones. Me describo como una mujer fogosa, divertida, simpática y cariñosa. Me entusiasma la idea de conocer algún hombre interesante y alegre para compartir momentos de sexo y placer emocionantes y atractivos. Puedes llamarme o mandarme un mensaje, tengo WhatsApp." No esperaba una respuesta inmediata, pero su teléfono vibró apenas unas horas después.
El mensaje era de Marcos, un alicantino de 32 años, arquitecto de profesión, con un aire desenfadado y un cuerpo atlético que había cuidado con años de surf en la playa de San Juan. Su foto mostraba una sonrisa confiada y unos ojos oscuros que parecían prometer una noche inolvidable. "Valentina, me encanta tu energía. ¿Te apetece tomar algo esta noche y ver a dónde nos lleva la velada?" Ella sonrió al leerlo, sintiendo un cosquilleo en el estómago. Respondió con un mensaje breve y coqueto: "Marcos, me gusta tu estilo. Nos vemos a las 9 en el puerto, en el bar La Marina. Sorpréndeme."
La noche llegó, y Valentina se preparó con esmero. Eligió un conjunto de lencería negra de encaje que resaltaba su figura, cubierto por un vestido negro ajustado que dejaba poco a la imaginación. Cuando llegó al bar, Marcos ya estaba allí, con una camisa blanca remangada que dejaba ver sus antebrazos bronceados y un par de botones desabrochados que insinuaban un pecho firme. La química fue instantánea. Sus miradas se encontraron, y una corriente eléctrica pareció recorrer el aire entre ellos.
Tras un par de copas de vino blanco y una conversación llena de risas y roces sutiles, Marcos se acercó más a ella en la mesa, su rodilla rozando la de Valentina bajo la mesa. "¿Sabes? Creo que Alicante es aún más hermosa contigo aquí", dijo con una voz baja y seductora. Valentina rió, inclinándose hacia él, dejando que su mano descansara en su muslo. "Y yo creo que esta noche podría ser aún más interesante si nos vamos a un lugar más... privado."
No hicieron falta más palabras. Marcos pagó la cuenta, y caminaron juntos hacia el apartamento de Valentina, sus manos entrelazadas, el calor de sus cuerpos acercándose con cada paso. Cuando cruzaron la puerta, la tensión acumulada explotó. Marcos la atrajo hacia él, sus labios encontrándose en un beso hambriento, sus lenguas danzando con urgencia. Las manos de Valentina recorrieron su espalda, sintiendo la fuerza de sus músculos, mientras él deslizaba las suyas por su cintura, levantando el vestido para acariciar la piel suave de sus caderas.
"Valentina, eres puro fuego", murmuró Marcos contra su cuello, sus labios dejando un rastro de besos húmedos que la hicieron estremecer. Ella respondió tirando de su camisa, arrancándola con un movimiento rápido, sus uñas rozando su pecho mientras lo empujaba hacia el sofá. Se sentó a horcajadas sobre él, sintiendo la creciente dureza bajo sus jeans. Sus movimientos eran deliberados, frotándose contra él mientras sus manos exploraban su cuerpo, desabrochando su cinturón con una lentitud que lo volvía loco.
Marcos no se quedó atrás. Deslizó el vestido de Valentina por encima de su cabeza, revelando la lencería que había elegido con tanto cuidado. Sus ojos se oscurecieron de deseo al verla. "Eres un sueño", dijo, antes de inclinarla hacia atrás y recorrer su cuerpo con besos, desde su clavícula hasta el borde de su sujetador. Con un movimiento experto, desabrochó el encaje y liberó sus tetas, tomando uno en su boca, lamia sus pezón con su lengua dando circulos, mientras con la otra mano acariciaba el otro, provocando gemidos suaves de Valentina. Ella arqueó la espalda, entregándose al placer, sus manos enredadas en el cabello de Marcos.
La ropa restante desapareció rápidamente, y pronto estaban piel contra piel, sus cuerpos moviéndose en un ritmo instintivo. Marcos la levantó con facilidad, llevándola a la cama, donde la tumbó con suavidad antes de recorrer su cuerpo besándolo y acariciándolo, deteniéndose entre sus muslos. Su lengua exploró su sexo con maestría, succionaba los pliegues de su coño lamiendo su clitoris, sus dedos explorando su coño introduciéndolos dentro rozando su punto G arrancándole jadeos y suspiros que resonaban en la habitación. Valentina se retorcía de placer contra él, sus manos aferrándose a las sábanas, el placer creciendo hasta que un primer orgasmo que la hizo temblar.
Valentina jadeaba con cada caricia experta de Marcos, su cuerpo temblando de anticipación mientras él la exploraba con dedicación. Desde el principio, Marcos se enfocó en su placer, sabiendo instintivamente cómo llevarla al borde. Comenzaron una sinfonía de movimientos, ella tumbada en la cama, sus piernas abiertas con su coño expuesto invitando a su toque. Él se arrodilló entre sus muslos, sus manos firmes sujetando sus caderas mientras su lengua se deslizaba lentamente por su clítoris, lamiendo con movimientos circulares suaves al principio, para luego aumentar la presión y la velocidad.
Valentina gozaba intensamente, sus gemidos resonando en la habitación; sentía oleadas de calor subiendo desde su vientre, su espalda arqueándose involuntariamente mientras sus manos se enredaban en el cabello de Marcos, guiándolo más profundo. "Sí, así... no pares", susurraba ella, su voz entrecortada por el placer que la hacía retorcerse.
Marcos la trabajaba con maestría, alternando entre succiones suaves en su clítoris y penetraciones con la lengua en su coño húmedo, saboreando cada gota de su excitación. Usaba sus dedos para complementar, introduciendo uno, luego dos, curvándolos hacia arriba para estimular su punto G con un ritmo constante, mientras su lengua no dejaba de bailar sobre ella. Valentina sentía el orgasmo construyéndose como una tormenta: sus músculos se tensaban, su respiración se aceleraba en jadeos cortos y agudos, y finalmente explotó en un orgasmo intenso, gritando su nombre mientras su cuerpo convulsionaba, oleadas de placer recorriéndola desde el centro hasta las puntas de los dedos. Él no se detuvo inmediatamente, prolongando su éxtasis con lamidas certeras hasta que ella lo apartó, sensible y temblorosa.
Cambiarían de posturas para mantener la intensidad. Primero, en misionero: Marcos encima de ella, penetrándola profundamente con embestidas lentas y controladas, sus caderas girando para rozar su clítoris con cada movimiento. Aquí, sus lenguas se entrelazaban en besos apasionados, ella lamiendo su cuello y mordisqueando su oreja, mientras él descendía para chupar sus pezones erectos, succionando con fuerza que la hacía gemir de nuevo. Valentina usaba su lengua para explorar su boca, imitando los movimientos de su pene dentro de ella, creando una conexión total.
Luego, pasaron a la postura de vaquera: ella montada sobre él, controlando el ritmo. Valentina se movía arriba y abajo, metiendo y sacando su polla rozando sus paredes, y girando las caderas en círculos para sentirlo en cada ángulo, su placer creciendo con cada roce. Marcos, desde abajo, usaba sus manos para acariciar sus pechos y pellizcar sus pezones, mientras su lengua lamía el sudor de su piel cuando ella se inclinaba hacia adelante. Ella, a su vez, se agachaba para lamer su pecho, trazando líneas con la lengua desde su clavícula hasta su abdomen, intensificando su excitación mutua.
Finalmente, en doggy style (estilo perrito), con Valentina a cuatro patas y Marcos detrás, él la penetraba con fuerza, una mano en su cadera y la otra alcanzando su clítoris para frotarlo en círculos rápidos. Aquí, el placer de Valentina era abrumador; gozaba con cada embestida que la llenaba por completo, su cuerpo temblando mientras llegaba a otro orgasmo, esta vez más salvaje, sus paredes internas contrayéndose alrededor de él en espasmos que lo llevaron al límite. Marcos usaba su lengua para besar su espalda y lamer su nuca, mientras ella giraba la cabeza para encontrar su boca en besos desordenados. Sus lenguas se usaban no solo para besar, sino para explorar: ella lamía sus dedos cuando él los llevaba a su boca, y él devoraba su cuello con succiones que dejaban marcas de pasión.
Cada postura era un escalón hacia más placer, con sus lenguas como armas secretas: lamiendo, succionando, probando el uno al otro en un baile erótico que culminaba en orgasmos compartidos, dejando sus cuerpos exhaustos y satisfechos en la calidez de la noche alicantina.
La noche se convirtió en un torbellino de pasión. Finalmente colapsaron, exhaustos y satisfechos, el amanecer comenzaba a teñir el cielo de Alicante con tonos rosados. Valentina, acurrucada contra el pecho de Marcos, sonrió. "Creo que mis vacaciones acaban de empezar con el pie derecho", susurró. Él rió, besando su frente. "Y yo creo que Alicante nunca volverá a ser lo mismo después de ti.", le dijo.
La ciudad, con su calor y su magia, había sido testigo de un encuentro que ninguno de los dos olvidaría.
por: © Mary Love




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