Ir al contenido principal

las historia de Elena

SOY ELENA, UNA MUJER de cincuenta y tantos años, con un cuerpo que aún despierta miradas y un fuego interior que nunca se apaga. Llevo treinta años casada con Carlos, mi cómplice en la vida y en el deseo. Me cuido como si el tiempo fuera un desafío personal: el gimnasio es mi santuario, donde esculpo mis curvas con sudor y determinación, y los masajes semanales son mi ritual, esas manos expertas que recorren mi piel aceitada avivando chispas que guardo para nuestra noche semanal. Porque sí, follamos una vez por semana, pero no es un polvo cualquiera; es un banquete de hora y media donde el placer se estira como la seda. Me corro cuatro o cinco veces, a veces hasta seis, cada orgasmo un relámpago que me sacude entera. Carlos se corre dos veces, derramando su leche con una abundancia que aún me fascina. Y, muy de vez en cuando, abrimos nuestra cama a otra persona o pareja, un juego consensuado que añade un toque de vértigo a nuestra pasión.

Aquella noche, el aire estaba denso, cargado de promesas tácitas. Habíamos cenado ligero, con un vino tinto que nos calentaba la sangre, y yo me había vestido para provocar: un vestido negro ajustado, sin nada debajo, solo mi piel vibrando de anticipación. Carlos me miró con esos ojos que aún me desarman, su mano rozando mi muslo bajo la mesa. “Estás ardiendo, Elena”, susurró, y yo le respondí con un beso lento, mi lengua explorando la suya, saboreando el preludio. Subimos a nuestra habitación, donde las luces tenues dibujaban sombras en las sábanas de seda. Me deslicé el vestido por los hombros, dejándolo caer, y quedé desnuda ante él, mis pezones ya duros, mi cuerpo listo para ser adorado. Carlos se acercó, sus manos grandes recorriendo mi espalda, apretando mis nalgas con esa mezcla de ternura y hambre que me enloquece. “Me encanta cómo te sientes”, le dije, mi voz ya temblando. “Como disfruto de esto, amor”.


Nos tumbamos en la cama, y como siempre, me puse a inventar para esquivar la rutina del mete y saca. “Esta noche, seré tu fantasía más oscura”, le prometí, guiando su boca a mis pechos. “Muerde mis pezones, Carlos, haz que duelan un poco”. Él obedeció, sus dientes rozando primero, luego apretando con esa intensidad justa que me hace arquear la espalda. Sus dedos encontraron mi humedad, trazando círculos lentos alrededor de mi clítoris. “Lame mi clítoris”, le pedí, abriendo las piernas, invitándolo. Su lengua se deslizó sobre mí, precisa, alternando lamidas suaves con succiones que me arrancaron gemidos. “Sigue, me corro”, jadeé cuando el primer orgasmo me atravesó, mis caderas empujando contra su boca, mi cuerpo temblando mientras él prolongaba la ola.

Quería más, siempre quiero más. Lo empujé sobre la cama y me monté sobre él, sintiendo su polla dura rozando mi entrada. “Mete tu polla”, le ordené, guiándola con mi mano, dejándola deslizarse dentro de mí, llenándome por completo. Empecé a moverme, lento al principio, rotando las caderas para sentirlo en cada rincón. “Fóllame, amor, fóllame profundo”, gemí, acelerando, mis pechos rebotando con cada embestida. Pero entonces, mientras cabalgaba, se me ocurrió una idea para encenderlo aún más. Sabía cuánto lo excitaban mis historias, esas fantasías que tejo para él, y esta vez tenía una buena. “¿Sabes qué, Carlos?”, susurré, inclinándome hacia su oído, mi voz baja y cargada de malicia. “El otro día, en el gimnasio, me follé al entrenador personal”.

Sentí cómo su polla se endurecía más dentro de mí, un pulso de pura excitación. “Cuéntame”, gruñó, sus manos apretando mis caderas con fuerza renovada. Seguí moviéndome, despacio, torturándolo, mientras le pintaba la escena. “Fue después de una sesión intensa, yo sudada, con la ropa pegada al cuerpo. Él me miró mientras levantaba pesas, y cuando me ayudó con un estiramiento, su mano se quedó demasiado tiempo en mi muslo. Me acerqué, Carlos, y le dije que quería más”. Él embistió más fuerte, sus ojos brillando de deseo. “¿Y qué pasó?”, preguntó, su voz ronca.

“Me llevó al vestuario privado”, continué, mi voz entrecortada por el placer de sus empujes. “Me arrancó la ropa, me puso contra la pared y me folló duro, como a ti te gusta. Su polla era grande, pero no como la tuya, amor. Me lamía el cuello, me mordía los pezones mientras me penetraba, y yo gemía como ahora, pidiéndole más”. Carlos estaba fuera de sí, su polla tan dura que parecía a punto de estallar. “Fóllame, Elena, sigue contándome”, dijo, y yo aceleré el ritmo, mis caderas chocando contra las suyas. “Me puso a cuatro patas en el suelo, amor, y me folló por detrás, como tú ahora. Me decía que mi coño era perfecto, que no podía parar. Y yo me corrí, Carlos, me corrí pensando en cómo te contaría esto”.

“Me corro”, gruñó él, y sentí su primera descarga, caliente, abundante, llenándome mientras yo alcanzaba mi segundo orgasmo, mis paredes apretándolo, exprimiendo cada gota. “Quiero sentir tu leche”, susurré, temblando, mis dedos resbalando entre nosotros para tocar donde se mezclaban nuestros fluidos. Nos quedamos jadeando, pero no habíamos terminado. Cambiamos de posición, yo a cuatro patas, él detrás de mí, entrando de nuevo con esa fuerza que me hace perder la cabeza. “Sigue contándome”, me pidió, y yo seguí, inventando detalles que lo volvían loco. “El entrenador me levantó contra la pared, amor, me folló de pie, mis piernas alrededor de su cintura. Me lamía el clítoris antes de metérmela otra vez, y yo le pedía que no parara”.

Carlos embistió más rápido, su respiración entrecortada. “Fóllame, amor, como si fueras él, pero mejor”, le dije, y él lo hizo, cada golpe profundo, mi cuerpo temblando al borde del tercer orgasmo. “Córrete conmigo”, le supliqué, y cuando el clímax me golpeó, él gruñó, su segunda corrida llenándome de nuevo, su leche derramándose por mis muslos. “Como disfruto esto”, murmuré, colapsando en la cama, mi piel brillante de sudor, mi cuerpo saciado pero aún vibrante.

Esa noche, no invitamos a nadie más, aunque a veces lo hacemos. Laura y Miguel, nuestros amigos de juegos ocasionales, habían estado con nosotros antes, sus cuerpos entrelazados con los nuestros en un torbellino de placer. Pero esta vez, éramos solo nosotros, Carlos y yo, alimentados por mis historias y nuestra hambre insaciable. Nos acurrucamos después, nuestras pieles pegajosas, el aire cargado del aroma de nuestro amor. Treinta años, y el fuego sigue ardiendo. Me encanta, como disfruto de esta danza que hemos perfeccionado, donde cada noche es una nueva historia, un nuevo clímax, un nuevo nosotros.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Esperanza mujer de setenta y cinco años se siente aun viva

  "Yon era un hombre de 40 años, soltero, vivía en una habitación alquilada en casa de Esperanza, una señora de 75 años, viuda, hacia ya 10 años. Un tarde vio que la habitación de esperanza estaba abierta y ella se estaba acariciando su cuerpo, parado en la puerta contemplando esa escena entro en la habitación y...." Yon, vivía en casa de esperanza, una viuda de 75 años. le había alquilado una habitación hasta que le entregaran su apartamento. Una tarde Yon vio la puerta del dormitorio de Esperanza entre abierta y lo que veía le sorprendió, Esperanza estaba tocando desnuda en la cama y se masturbaba. Después de estar observando un rato entró en la habitación de Esperanza, sintió una mezcla de curiosidad y morbo. Esperanza, a sus 75 años, no solo era una mujer con una rica historia de vida, sino que también poseía una chispa de vitalidad que desafiaba su edad. Yon se tumbó en la cama al lado de ella y poniendo su brazo alrededor de su cabeza comenzó a lamerle sus tetas, comerl...

Marisa, una chica curvi y sus fantasías cumplidas

"Marisa, una chica curvi, con el pelo largo castaño y unos senos voluminosos, cuenta sus fantasías que cumple a medida que se le presenta la ocasión, es una chica muy ardiente y fácil de llegar al orgasmo." Marisa es una chica de espíritu libre y personalidad vibrante. Su cabello de color castaño y largo cae en suaves ondas sobre sus hombros, lo que resalta su figura curvilínea. A menudo se siente segura de sí misma y disfruta de la atención que recibe. Tiene una sonrisa contagiosa que ilumina cualquier habitación y una risa que hace que todos a su alrededor se sientan cómodos. En cuanto a sus pensamientos, Marisa es bastante abierta sobre sus deseos y fantasías. Le encanta explorar su sensualidad y no teme compartir lo que le excita. Sueña con encuentros apasionados, donde la conexión emocional es tan intensa como la atracción física. A menudo imagina situaciones en las que puede dejarse llevar, como una escapada romántica a la playa bajo la luna o una noche de baile en un c...

Clara y Teresa van al Club Swinger el paraiso

"Nos trasladamos ahora al fin de semana. Las dos mujeres quedan con los dos hombres del cumpleaños en el club Swinger el paraíso Se sentían vivas a pesar de sus 75 y 78 años. Tenían el morbo de que otros dos hombres jóvenes con esposas jóvenes las llevarán al orgasmo en presencia de sus mujeres" Las luces del club Swinger "El Paraíso" brillaban con un resplandor suave y seductor, creando un ambiente cargado de expectativa y deseo. Clara y Teresa, a pesar de sus 75 y 78 años, se sentían más vivas que nunca. La emoción de la noche las envolvía, y la idea de experimentar algo nuevo las llenaba de adrenalina. Al entrar en el club, sus miradas se encontraron con una multitud de parejas disfrutando de la libertad y la sensualidad que ofrecía el lugar. Las risas, susurros y los sonidos de la música envolvían el ambiente, creando una atmósfera electrizante. Clara se sentía rejuvenecida; el morbo de estar rodeada de cuerpos jóvenes y deseosos despertaba algo en su interior q...