MI NOMBRE ES LENA, UNA ESCORT de veintidós años, y mi vida es un torbellino de deseo y placer. No voy a mentir: me dedico a dar placer a hombres y parejas a cambio de dinero, pero no es solo por el pago. Me gusta el sexo, lo amo con una intensidad que quema. Tengo una necesidad insaciable de satisfacer mis ganas, de sentir mi cuerpo vibrar bajo caricias, lenguas y embestidas. Necesito hacerlo varias veces al día, perderme en el éxtasis, y si encima gano dinero por ello, mejor aún. Soy jovencita, independiente, exuberante, con curvas que despiertan miradas y una generosidad que no conoce límites. Cumplo fantasías: masajes eróticos que derriten, disfraces que encienden la imaginación, juguetes que zumban con promesas, intercambios de parejas que rompen todas las barreras. Mi apartamento, un rincón discreto y limpio en la ciudad, es el escenario perfecto para que el mundo se desvanezca y solo quede el placer.
Aquella noche, el timbre sonó con esa urgencia que siempre me acelera el pulso. Era un cliente nuevo, un hombre de unos cuarenta, elegante, con ojos que destilaban hambre. Lo recibí con un disfraz de colegiala traviesa: falda corta a cuadros, blusa blanca anudada bajo mis pechos generosos y coletas que daban un toque juguetón. "Pasa, cariño", le dije con una sonrisa cómplice, guiándolo al salón donde las velas proyectaban sombras danzantes en las paredes. El aire olía a jazmín y a promesas.
Lo senté en el sofá y comencé con un masaje, mis manos aceitadas deslizándose por su cuello y hombros. Sentía su tensión disolverse bajo mis dedos, pero también su excitación creciendo. "Me encanta, cómo disfruto de esto", susurré, mi aliento rozando su oreja. Era cierto: cada gemido suyo avivaba el fuego entre mis piernas. No era solo trabajo; mi cuerpo respondía, hambriento, ansioso por más. Deslicé mis manos por su pecho, bajando hasta rozar su erección a través del pantalón. "Quítatelo todo", le pedí, mi voz cargada de deseo genuino. Él obedeció, revelando una polla dura que me hizo morderme el labio.
Me arrodillé frente a él, mis coletas balanceándose mientras lo miraba con picardía. "Lame mi clítoris", le dije, aunque primero quería jugar. Tomé un vibrador pequeño, su zumbido suave llenando el aire, y lo pasé por su muslo, acercándome lentamente a su entrepierna. Su respiración se volvió pesada, y yo sonreí, lamiendo la punta de su polla con deliberada lentitud. "Mete tu polla en mi boca", murmuré, pero fui yo quien lo engulló, succionando con avidez, saboreando su calor mientras el vibrador rozaba sus testículos. Me encanta esta sensación, el control, el placer compartido, saber que estoy ganando dinero mientras mi cuerpo arde.
No pude esperar más. Me quité la blusa, dejando que mis pechos rebotaran libres, los pezones rosados y erectos. "Muérdelos", le ordené, guiando su boca hacia ellos. Sus dientes apretaron con la presión justa, enviando descargas de placer directo a mi sexo. Gemí, arqueándome contra él. "Me encanta, cómo disfruto de tu lengua". Lo llevé a la cama, el santuario de mi apartamento donde todo se vuelve posible. Me deslicé de la falda, quedándome solo con las medias y un tanga negro que aparté con un movimiento rápido. "Fóllame", le dije, abriendo las piernas, mi coño húmedo y listo para él.
Entró en mí con una embestida lenta, llenándome por completo. Sentí cada centímetro, cada pulso, y mi cuerpo se amoldó a él como si estuviera hecho para mí. "Sigue, me corro", gemí mientras él aceleraba, sus manos aferrando mis caderas. Mi clítoris palpitaba, y cuando él lo rozó con los dedos, el placer me atravesó como una corriente eléctrica. Pero yo quería más, siempre más. Lo empujé para cambiar de posición, montándolo con furia, mis pechos rebotando mientras lo cabalgaba. "Córrete conmigo", le supliqué, sintiendo mi orgasmo acercarse como una ola imparable. "Quiero sentir tu leche", jadeé, y él gruñó, derramándose dentro de mí con un calor que me llevó al clímax, mis paredes apretándolo mientras el éxtasis me hacía temblar.
Quedamos exhaustos, sudorosos, enredados en las sábanas. Él pagaría bien, lo sabía, pero el dinero era solo la guinda del pastel. Esto es lo que me mueve: la necesidad de sentir, de correrme una y otra vez, de saciar este fuego que no se apaga. Mañana vendrán otros, hombres, parejas, fantasías nuevas, y yo estaré lista, en mi apartamento discreto, para dar y recibir placer, porque es lo que soy, lo que necesito, y lo que me hace vibrar.

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