Elena, con su presencia magnética, había transformado la cafetería 'California' en el escenario de su juego de seducción. Cada mañana, al llegar con su café, sus ojos buscaban a Mario, el chico joven y apuesto, guapo, carismático cuya sonrisa tímida y cuerpo firme la habían encendido desde el primer día. Fantaseaba con él en su intimidad, explorando su colección de juguetes eróticos, y la idea la consumía. Con un vestido blanco y un gran escote que abrazaba sus curvas y un plan trazado con precisión, Elena tejió su seducción: roces sutiles, miradas cargadas, palabras que dejaban a Mario con el pulso acelerado. Una tarde, lo invitó a su casa con la promesa de un “café especial”, y esa noche, el juego alcanzó su punto de ebullición.
En su habitación, bañada por la luz tenue de las velas y el aroma a vainilla, Elena abrió su cajón de juguetes, revelando un mundo de placer que dejó a Mario sin aliento. “Te enseñaré cómo hacer que una mujer se vuelva loca,” susurró, sosteniendo el Satisfyer. Se recostó, subiendo su camisón de seda, y guió a Mario para que colocara el succionador en su clítoris. El zumbido desató un gemido gutural. “¡Sigue, joder, no pares!” gritó Elena, sus caderas danzando contra el dispositivo. Mario, con manos temblorosas, aumentó la intensidad, y los gritos de ella llenaron la habitación. “¡Me estoy corriendo, sí, sí!” aulló, su cuerpo arqueándose en un orgasmo que la dejó jadeando, los ojos brillando de lujuria.
“Quiero más,” gruñó Elena, tomando un plug anal y un dildo vibrador. Con lubricante, guió a Mario para que introdujera el plug. “¡Mételo, despacio, joder!” gimió, estremeciéndose mientras vibraba dentro de ella. Luego, Mario deslizó el dildo en su coño, moviéndolo al ritmo de sus caderas. “¡Fóllame bien, no te detengas!” suplicó, sus uñas clavándose en las sábanas. Los juguetes vibraban en sincronía, y Elena perdió el control. “¡Me corro otra vez, sigue, joder!” chilló, su cuerpo convulsionándose en un orgasmo explosivo, sudoroso y salvaje. “¡Mierda, qué bueno!” jadeó, riendo entre gemidos.
“Tu turno,” dijo, con una mirada feroz. Se arrodilló, lamiendo su polla con una lentitud que arrancó gemidos graves de Mario. “¡Joder, Elena, no pares!” gruñó él. Ella tomó un masturbador vibrador, envolviéndolo en un calor apretado. “¡Dios, qué es esto!” gimió Mario mientras ella jugaba con las vibraciones. “¡Me estoy corriendo!” rugió, pero Elena retiró el juguete y lo tomó en su boca, chupando con hambre hasta que él explotó. “¡Me corro, joder!” bramó, y ella tragó cada gota, lamiéndose los labios con una sonrisa diabólica.
Pero el fuego no se apagó. Elena, con los ojos encendidos, siguió lamiendo la polla de Mario, que permanecía dura como acero, sensible tras el clímax. Cada roce de su lengua lo hacía temblar, y el deseo volvió a rugir en él. “Elena,” gruñó, su voz cargada de urgencia, “quiero penetrarte. Quiero sentir tu coño húmedo.” La miró con una intensidad que la hizo estremecerse. “Súbete encima y cabálgame. Quiero llenarte y que nos corramos juntos.”
Elena sonrió, salvaje y hambrienta. Se levantó, dejando caer el camisón al suelo, su cuerpo desnudo brillando bajo la luz. Se subió a horcajadas sobre él, sus muslos fuertes enmarcándolo. Tomó su polla, aún húmeda por su boca, y la guió lentamente hacia su entrada, gimiendo mientras se deslizaba dentro. “¡Joder, qué dura estás!” gimió, sus caderas comenzando a moverse. Mario la agarró por las caderas, sintiendo su calor apretado y húmedo envolviéndolo. “¡Cabalga, Elena, fóllame!” rugió, empujando hacia arriba para encontrarse con ella.
El ritmo se volvió frenético. Elena rebotaba sobre él, sus pechos balanceándose, sus gemidos convirtiéndose en gritos. “¡Sí, Mario, lléname, joder!” chilló, sus uñas clavándose en su pecho. El sonido de sus cuerpos chocando llenaba la habitación, mezclado con el zumbido del plug anal que aún vibraba en ella, intensificando cada sensación. “¡No pares, me estoy corriendo!” gritó, su coño apretándose alrededor de él. Mario, al borde, gruñó: “¡Me corro contigo, joder!” Con un último empujón, explotaron juntos, sus cuerpos temblando en un clímax que los dejó jadeando, sudados, entrelazados.
Se miraron, el aire vibrando con su deseo insaciable. “Esto,” susurró Elena, su voz ronca mientras acariciaba su rostro, “es solo el principio.” Mario, perdido en ella, supo que nunca tendría suficiente.
por: © Mary Love
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