El calor de agosto en Córdoba envolvía la ciudad como una caricia ardiente, haciendo que el aire vibrara con promesas de noches intensas. En su apartamento en la Judería, Elena, una mujer de 50 años, se preparaba frente al espejo. Su melena castaña, salpicada de hebras plateadas, caía en ondas sobre sus hombros desnudos. Sus ojos verdes destellaban con una mezcla de experiencia y lujuria pura. Su cuerpo, curvilíneo y firme, era un desafío al tiempo: pechos llenos con pezones oscuros que se marcaban bajo la tela fina de su vestido negro, caderas anchas que invitaban al pecado, y un coño perfectamente depilado que palpitaba con anticipación. No llevaba ropa interior; no la necesitaba para lo que tenía planeado.
Elena había colgado su anuncio en una página de contactos con un mensaje directo: “Soy una señora en la calle y una auténtica puta en la cama. Me gustan los chicos de 18 a 20 años, no cobro ni pago, solo sexo. Pídeme lo que quieras, hazme lo que quieras.” Esa noche, tras un intercambio de mensajes subidos de tono, había quedado con Marcos, un universitario de 19 años, alto, con el cuerpo esculpido de quien juega al fútbol los fines de semana, y una mirada que oscilaba entre la timidez y el descaro.
Cuando el timbre sonó, Elena sintió un calor subirle desde el coño hasta el pecho. Abrió la puerta y allí estaba él: vaqueros ajustados, camiseta blanca que dejaba entrever sus pectorales, y una sonrisa nerviosa que no podía ocultar su excitación.
—Hola, Elena —dijo, su voz temblando ligeramente.
—Pasa, pequeño —respondió ella, su tono ronco y seductor, cerrando la puerta tras él. Lo observó mientras entraba, sus ojos recorriendo el bulto evidente en sus vaqueros, la forma en que su camiseta se adhería a sus músculos. El apartamento olía a jazmín, con velas que proyectaban sombras danzantes en las paredes. La luz tenue envolvía la escena en un halo de intimidad.
Elena lo llevó al sofá, sus tacones resonando contra el suelo de madera. Se sentó con las piernas cruzadas, dejando que el vestido subiera lo suficiente para mostrar la piel suave de sus muslos.
—¿Nervioso? —preguntó, inclinándose hacia él, su aliento cálido rozando su cuello.
—Un poco —admitió Marcos, pero sus ojos no podían apartarse de su escote, de la forma en que el vestido abrazaba sus curvas.
—No tienes por qué estarlo —susurró ella, deslizando una mano por su pecho, sintiendo los latidos acelerados de su corazón—. Aquí mando yo, pero tú puedes pedirme cualquier cosa.
Sin darle tiempo a responder, lo besó. Sus labios eran suaves, jóvenes, y el beso empezó lento, explorando, pero pronto se volvió voraz. Sus lenguas se enredaron, y Elena sintió cómo su coño se humedecía solo con el roce de sus manos torpes pero ansiosas en su cintura.
—Quítame el vestido —ordenó, su voz firme, cargada de deseo.
Marcos, con dedos temblorosos, encontró la cremallera en la espalda y la bajó lentamente. El vestido cayó al suelo, dejando a Elena desnuda, su cuerpo expuesto como una ofrenda. Sus pechos se alzaban orgullosos, los pezones duros y oscuros; su cintura se curvaba hacia unas caderas que invitaban a ser agarradas; y su coño, brillante por la excitación, era una promesa de placer. Marcos se quedó sin aliento, su polla endureciéndose visiblemente bajo los vaqueros.
—Joder, eres perfecta —murmuró, casi sin pensar.
Elena sonrió, acercándose para arrancarle la camiseta. Sus manos recorrieron su torso, deteniéndose en los músculos definidos de su abdomen, antes de bajar al cinturón. Lo desabrochó con una lentitud deliberada, disfrutando de la tensión que crecía en el aire. Cuando liberó su polla, dura y gruesa, palpitando con venas marcadas, ella se lamió los labios.
—¿Qué quieres que te haga, Marcos? —preguntó, arrodillándose frente a él, su rostro a centímetros de su erección—. Dímelo.
—Quiero… quiero que me la chupes —dijo él, su voz entrecortada.
Elena no respondió con palabras. Tomó su polla con una mano, acariciándola lentamente, sintiendo su calor, antes de acercar los labios y lamer la punta, saboreando el líquido preseminal que ya brotaba. Luego lo engulló, su boca cálida y húmeda envolviéndolo por completo, moviéndose con una mezcla de suavidad y firmeza. Chupó con fuerza, alternando con lamidas lentas a lo largo de su longitud, mientras sus ojos se clavaban en los de él, disfrutando de cada gemido que escapaba de su boca. Marcos enredó las manos en su cabello, jadeando, su cuerpo temblando cada vez que ella lo llevaba al borde.
—Para, para… o me corro ya —suplicó él, desesperado.
Elena se detuvo, relamiéndose los labios, y se puso de pie. Lo empujó contra el sofá y se sentó a horcajadas sobre él, sus pechos rozando su pecho.
—Roza mis pliegues con tus dedos —le ordenó, guiando su mano hacia su coño.
Marcos obedeció, sus dedos torpes al principio, pero pronto encontraron el ritmo. Rozaron los labios húmedos de Elena, deslizándose por sus pliegues, explorando la suavidad resbaladiza antes de encontrar su clítoris. Ella gimió, echando la cabeza hacia atrás, mientras él comenzaba a masturbarla con los dedos, trazando círculos lentos que la hacían temblar.
—Así, pequeño, justo ahí —jadeó, sus caderas moviéndose contra su mano—. Ahora mételos dentro.
Marcos introdujo dos dedos en su coño, cálido y apretado, y Elena dejó escapar un gemido gutural. Él los movió con más confianza, sintiendo cómo ella se contraía a su alrededor, mientras su otra mano apretaba uno de sus pechos, pellizcando el pezón con la presión justa para hacerla jadear.
Cuando no pudo aguantar más, Elena tomó su polla y la guió hacia su entrada, hundiéndose sobre él con un movimiento lento pero firme. La sensación de ser llenada la hizo gemir, su coño apretándolo mientras comenzaba a moverse, sus caderas dibujando círculos lentos, luego rápidos, cabalgándolo con una intensidad que hacía crujir el sofá. Marcos, cada vez más seguro, la agarró por las caderas y empujó hacia arriba, sus embestidas profundas y desesperadas.
—Fóllame más fuerte —le ordenó ella, sus uñas clavándose en sus hombros—. Haz que me corra.
Él obedeció, sus movimientos volviéndose salvajes, su polla entrando y saliendo de su coño con un ritmo frenético. Elena sintió el orgasmo creciendo, una ola de calor que nacía en su clítoris y se extendía por todo su cuerpo.
—Roza mi clítoris con tus dedos mientras me follas —pidió, su voz entrecortada.
Marcos llevó una mano a su coño, sus dedos encontrando el clítoris hinchado y frotándolo con movimientos rápidos. Elena gritó, su cuerpo temblando mientras se corría, su coño contrayéndose alrededor de la polla de Marcos, que no pudo contenerse más.
—Joder, me estoy corriendo —gimió él, su cuerpo tensándose mientras se vaciaba dentro de ella, su orgasmo caliente llenándola por completo.
Elena, todavía temblando por su propio clímax, se dejó caer sobre él, sus cuerpos sudorosos y entrelazados. Besó su cuello, saboreando la sal de su piel, mientras recuperaban el aliento.
—Buen chico —susurró, acariciando su rostro—. Si quieres más, ya sabes dónde encontrarme.
Se levantó, recogiendo su vestido del suelo, su cuerpo aún vibrando con el eco del placer. Marcos la miró, aturdido, mientras ella desaparecía hacia el dormitorio, dejando tras de sí la promesa de más noches de fuego en la cálida noche cordobesa.
por: © Mary Love

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