TENGO 51 AÑOS CUANDO decidí que ya era hora de avivar las brasas que ardían en mi interior, en lugar de dejarlas consumirse en la soledad de mi casa vacía. Mis dos hijos, ya independientes y con vidas propias, me habían dejado un nido silencioso, pero mi cuerpo no entendía de ausencias. Fui una mujer feliz con mi marido durante tantos años; él sabía cómo encender mi fuego con una sola mirada, un roce casual que prometía noches interminables de pasión. Pero él ya no estaba, y yo... yo seguía siendo esa mujer fogosa, con deseos que palpitaban como un corazón acelerado en la oscuridad. Necesitaba apagar ese fuego, o mejor dicho, alimentarlo hasta que me consumiera por completo. Me gustaban los hombres, sus manos firmes, su aroma terroso, pero en mis fantasías más secretas, no me importaría explorar el tacto suave de una mujer, su curva delicada y su susurro cómplice.
Aquella noche, me vestí con intención. Un vestido negro que se adhería a mis curvas maduras, acentuando los senos que aún se erguían con orgullo y las caderas que habían dado vida. Mi cabello suelto caía en ondas plateadas sobre mis hombros, y un toque de perfume en el hueco de mi cuello, ese aroma a jazmín que siempre me hacía sentir viva. Salí a la ciudad, a un bar discreto donde la luz tenue prometía anonimato y posibilidades. No buscaba amor; buscaba alivio, un cuerpo que respondiera al mío con la misma urgencia.
Allí lo vi: un hombre más joven, quizás en sus treinta, con ojos oscuros que se posaron en mí como si yo fuera un secreto por descubrir. Se llamaba Mateo, o eso dijo cuando se acercó con una copa en la mano.
Conversamos con esa facilidad que surge del deseo mutuo. Le conté de mi vida sin detalles dolorosos, solo lo suficiente para que supiera que era libre, que mi fuego ardía sin ataduras. Él sonrió, su mano rozando la mía sobre la barra, un gesto eléctrico que me hizo apretar los muslos bajo la mesa.
No tardamos en irnos. Su apartamento era un refugio moderno, con vistas a la ciudad que parpadeaba como estrellas caídas. Apenas cerramos la puerta, sus labios encontraron los míos. Besaba con hambre, pero con una delicadeza que me sorprendió. Sus manos subieron por mi espalda, desabrochando el vestido con dedos hábiles, mientras yo exploraba el contorno de su pecho bajo la camisa. "Eres hermosa", murmuró contra mi piel, y yo creí en sus palabras porque en ese momento, me sentía como una diosa renacida.
Me llevó a la cama, donde la luz de la luna se filtraba a través de las cortinas, pintando sombras en nuestros cuerpos. Me despojó de la ropa interior con lentitud, admirando cada centímetro de mi piel. Mis pechos, pesados y sensibles, respondieron a su toque; sus pulgares rodearon los pezones endurecidos, enviando ondas de placer directo a mi centro. Gemí, arqueando la espalda, y él descendió, besando un camino desde mi cuello hasta mi vientre. Su aliento cálido sobre mi monte de Venus me hizo temblar. "Déjame apagarte", susurró, y yo abrí las piernas en invitación silenciosa.
Su lengua fue un bálsamo y un tormento. Exploró mis pliegues con maestría, lamiendo el néctar que ya fluía abundantemente, circundando mi clítoris hinchado con movimientos precisos que me llevaban al borde. Mis manos se enredaron en su cabello, guiándolo más profundo, mientras mis caderas se mecían contra su boca. El placer crecía como una ola, intensa y arrolladora, hasta que estallé en un orgasmo que me dejó jadeante, mi cuerpo convulsionando en éxtasis puro.
Pero no era suficiente. Quería más, quería sentirlo dentro de mí. Lo atraje hacia arriba, besándolo con sabor a mí misma en sus labios, y lo desvestí con urgencia. Su miembro erecto, grueso y venoso, palpitaba contra mi palma cuando lo acaricié, sintiendo su calor y su rigidez. "Tómame", le pedí, y él obedeció. Se posicionó entre mis muslos, la punta rozando mi entrada húmeda, y empujó con lentitud, llenándome centímetro a centímetro. Era exquisito, esa plenitud que había extrañado tanto. Empezó a moverse, primero suave, luego con un ritmo creciente que hacía chocar nuestros cuerpos en un baile primitivo.
Mis uñas se clavaron en su espalda mientras cabalgaba las olas de placer. Cada embestida rozaba ese punto sensible en mi interior, enviando chispas por todo mi ser. Susurré palabras incoherentes, animándolo, y él respondió acelerando, su sudor mezclándose con el mío. El clímax se acercó de nuevo, esta vez compartido; sentí cómo se tensaba dentro de mí, y cuando exploté en un segundo orgasmo, él me siguió, derramándose en pulsos calientes que me llenaron por completo.
Nos quedamos entrelazados, respiraciones entrecortadas, hasta que la realidad se filtró de nuevo. Pero en mi mente, mientras yacía allí, surgió una curiosidad nueva. Mateo había sido maravilloso, pero imaginaba cómo sería con una mujer: manos suaves explorando mis curvas, labios delicados en mis senos, un cuerpo esbelto presionado contra el mío. Quizás la próxima vez, en lugar de un bar, buscaría un lugar donde las miradas femeninas se cruzaran con la mía. Porque mi fuego no se apagaba fácilmente; solo se avivaba, listo para nuevas llamas.
Al amanecer, me vestí con una sonrisa secreta. Había encontrado alivio, pero también un mundo de posibilidades. A los 51, mi vida apenas comenzaba a arder de verdad.

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