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La entrega absoluta de una mujer sumisa

EL AIRE ESÁ CARGADO de electricidad cuando entro en la habitación. La penumbra apenas deja ver los contornos de los muebles, pero tu presencia lo llena todo. Estás ahí, sentado en ese sillón de cuero, con una copa de vino en la mano, mirándome como si ya me poseyeras. Mi cuerpo tiembla de anticipación, no de miedo, sino de un deseo tan profundo que me consume. Me detengo en el centro de la habitación, con la cabeza gacha, esperando tu orden. Soy tu perra sumisa, tu servidora, tu esclava sexual, y cada fibra de mi ser está lista para complacerte.

—Quítate la ropa —dices, con esa voz grave que me hace estremecer. No hay dulzura, solo autoridad. Y eso me excita aún más.

Obedezco al instante, dejando caer el vestido que apenas cubría mi piel. No llevo nada debajo, como me ordenaste. Mi coño ya está húmedo, palpitando, y siento cómo mis pezones se endurecen bajo tu mirada. Me observas con un brillo cruel en los ojos, y sé que esta noche no habrá piedad.

—Arrodíllate —ordenas, y caigo de rodillas sin dudar, con la mirada fija en el suelo. El frío del suelo contra mis piernas desnudas me hace estremecer, pero no me muevo. Soy tuya, completamente.

Te levantas y caminas hacia mí, lento, deliberado. Siento el calor de tu cuerpo antes de que siquiera me toques. De repente, tus dedos se enredan en mi pelo, tirando con fuerza hacia atrás, exponiendo mi cuello. Gimo, y el sonido parece complacerte.

—Eres una perrita obediente, ¿verdad? —susurras, y tu aliento caliente roza mi piel. Asiento, incapaz de hablar, mi coño palpitando con cada palabra tuya.

Sin soltar mi pelo, me das una bofetada suave pero firme en la mejilla. El calor se extiende por mi rostro, y un gemido escapa de mis labios. Me encanta. Quiero más.

—Pídeme que te castigue —dices, y tu voz es un látigo que me atraviesa.
—Por favor, amo… castígame. Haz con mi cuerpo lo que quieras —suplico, mi voz temblorosa pero cargada de deseo.

Sonríes, y ese gesto me hace arder. Me sueltas el pelo y caminas hacia una mesa donde hay una vela encendida. La cera gotea lentamente, y mi piel se eriza al imaginar lo que viene. Te acercas de nuevo, y sin previo aviso, inclinas la vela sobre mi tetas. La cera caliente cae sobre mi piel, justo encima de mis pezones, y grito, un grito que mezcla dolor y placer. Mi clítoris palpita, y siento cómo mi coño se moja aún más.

—¿Te gusta, perra? —preguntas, y yo asiento, jadeando.—Si sí, amo… me encanta… —respondo, mi voz entrecortada.

Tomas unas pinzas de punta fina y las acercas a mis pezones, ya sensibles por la cera. Las cierras con precisión, y el dolor agudo me hace arquear la espalda. Gimo fuerte, y siento cómo mi coño se contrae, desesperado por atención. Me estás torturando, y lo estoy disfrutando como nunca.

—Qué buena esclava eres —dices, mientras pellizcas la piel sensible de mis muslos, dejando marcas rojas que arden deliciosamente. Luego, tus manos bajan, y con un movimiento rápido, das un azote firme en mi coño. El impacto me hace jadear, y siento cómo mi clítoris se hincha, rogando por más.

—Ábrete para mí —ordenas, y separo las piernas al instante, exponiendo mi coño completamente. Tus dedos rozan mis pliegues, y un escalofrío recorre mi cuerpo. Estás jugando conmigo, explorando mi humedad, y cuando tus dedos encuentran mi clítoris, lo acaricias con una lentitud que me vuelve loca.

—Oh, amo… me estoy corriendo… —gimo, incapaz de contenerme. Mi cuerpo tiembla, y el orgasmo me atraviesa como una ola, pero tú no te detienes. Sigues masturbándome con los dedos, frotando mi clítoris con una presión perfecta, mientras mi coño se contrae una y otra vez.

—Todavía no he terminado contigo —dices, y tu tono me hace estremecer de nuevo. Te desabrochas el cinturón, y cuando tu polla queda libre, mi boca se hace agua. Es gruesa, dura, y sé que pronto estará dentro de mí coño, reclamándome.

—Chúpala —ordenas, y me lanzo hacia ti, ansiosa. Mis labios rodean tu polla, y la succiono con devoción, lamiendo cada centímetro, saboreando tu sabor. Gimo mientras te chupo, y tus manos vuelven a mi pelo, guiándome, follándome la boca con un ritmo implacable. Siento cómo te endureces aún más, y eso me excita tanto que mi coño gotea.

De repente, me apartas y me pones de pie, solo para empujarme contra la pared. Mis manos se apoyan en el muro, y siento cómo te colocas detrás de mí. Tu polla roza mis pliegues, refregándose contra mi coño, y gimo tan fuerte que apenas reconozco mi voz.

—Pídeme que te folle —dices, y tu voz es puro fuego.

—Fóllame, amo… por favor, méteme tu polla… —suplico, desesperada.

Sin más preámbulos, me penetras de un solo empujón, llenándome por completo. Grito de placer, mi coño se ajusta a ti, y cada embestida me lleva al borde. Tus manos encuentran mis pechos, y mientras me follas, succionas mis pezones con fuerza, mordiéndolos hasta que el dolor se mezcla con el éxtasis.

—Se está corriendo otra vez, ¿verdad, perra? —dices, y yo solo puedo asentir, perdida en la sensación de tu polla dentro de mí coño y tus manos castigando mi cuerpo.

Entonces, me giras y me haces acostarme en el suelo. Levantas mis piernas, exponiendo mi coño por completo, y das palmadas en mi clítoris. El dolor placentero me hace gritar, no de dolor sino de placer, pues me empuja a otro orgasmo.

—Voy a hacerte mía de todas las formas —dices, y siento cómo tus dedos se adentran en mi coño, primero dos, luego tres, hasta que estás haciendo fisting, mi coño dilata, se estira para que entre tu puño, llenándome de una manera que me hace perder la razón. Me vengo otra vez, gritando tu nombre, mi cuerpo temblando bajo tu dominio.

Finalmente, me pones de rodillas otra vez. Te masturbas frente a mi cara, y cuando te viene el orgasmo, apuntas a mi boca. La lluvia caliente cae en mi lengua, y trago cada gota, mirándote con adoración. Soy tu perrita, tu esclava, y cada parte de mí te pertenece.

—Buena chica —dices, acariciando mi mejilla, y yo sonrío, exhausta pero satisfecha, lista para servirte de nuevo cuando lo desees. Nos abrazamos y nos besamos con mucho amor.


por: © Mary Love

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