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Un encuentro ardiente en Santiago de Compostela

La noche en Santiago de Compostela envuelve las calles empedradas con un aire fresco y místico, mientras el eco lejano de las campanas de la catedral se desvanece en la brisa. Soy Lucía, una abogada de 34 años, independiente, con una vida profesional impecable y una vida privada que arde en pasión. Mi cuerpo, robusto y curvilíneo, se mueve con confianza; mi piel morena, herencia de mi sangre hispana, y mi melena rubia ondulada caen sobre mis hombros. Con 1,70 metros de altura, sé que mi presencia no pasa desapercibida. Mi novio, Marcos, y yo compartimos una pasión por el placer, y esta noche estamos listos para una nueva aventura.

Tras publicar un anuncio en una página de contactos —"Mujer apasionada, sexy y cariñosa, busca hombres, mujeres o parejas para noches inolvidables. Podemos vernos en mi piso, en un club swinger o al aire libre. No te arrepentirás"—, conocimos a Elena. Ella, de 28 años, menuda, con ojos verdes y cabello castaño, respondió con un mensaje directo: "Quiero conoceros. Me excita la idea de un trío en un lugar íntimo".

Quedamos en el Parque de la Alameda, un punto discreto para encontrarnos bajo la luz plateada de la luna. Marcos y yo llegamos primero. Llevo un vestido negro ajustado que abraza mis curvas, sin ropa interior, dejando que la tela roce mis pezones, que se marcan con cada paso. El cosquilleo en mi piel me enciende, y Marcos, con su mirada traviesa, me susurra: "Estás tan sexy que me estás matando".

Elena aparece minutos después, con vaqueros ajustados y una blusa blanca semitransparente que deja entrever un sujetador de encaje. Nos saludamos con sonrisas cómplices, y la chispa entre nosotros es inmediata. Intercambiamos unas palabras, pero el deseo pesa más que la conversación. "Mi apartamento está a dos calles de aquí", digo, mi voz cargada de intención. "Lo tengo todo preparado". Elena asiente, sus ojos brillan, y Marcos aprieta mi mano, excitado.

Caminamos rápido, el aire fresco rozando nuestras pieles mientras la anticipación crece. Mi apartamento, en el corazón del casco histórico, es un refugio de placer. Al entrar, la luz tenue de las velas ilumina el salón, donde he preparado una cama grande cubierta de sábanas de satén negro, una botella de vino tinto y un espejo estratégicamente colocado frente a la cama. La cámara, ya montada en un trípode, está lista para grabar cada momento de esta noche.

Elena se acerca a mí, sus manos rozan mis caderas, y el calor sube desde mi coño. "Eres aún más guapa en persona", murmura, antes de besarme. Sus labios son suaves, pero pronto el beso se vuelve voraz, nuestras lenguas se enredan con hambre. Mis manos recorren su espalda, apretando su culo firme bajo los vaqueros. Marcos nos observa, su respiración pesada, su polla ya dura bajo los pantalones.

Elena desliza una mano bajo mi vestido, y cuando sus dedos rozan mis pliegues, gimo. "Estás empapada", susurra, y comienza a masturbarme con los dedos, trazando círculos lentos alrededor de mi clítoris. Me apoyo en el borde de la cama, mis piernas tiemblan. Marcos se acerca, y le digo a Elena con una sonrisa: "Chúpala". Ella se arrodilla, baja la cremallera y libera su polla, lamiéndola desde la base hasta la punta con una lentitud que me enloquece. Yo me acaricio los pezones, duros como piedras, mientras observo.

No resisto más y me uno a Elena. Juntas compartimos la polla de Marcos, nuestras lenguas se rozan mientras la chupamos, turnándonos para lamer y succionar. Él gime, sus manos enredadas en nuestros cabellos. "Lucía, ven aquí", gruñe Marcos. Me levanta el vestido, y siento cómo refriega su polla en mi coño, lubricándola con mi humedad antes de entrar en mí de una estocada profunda. Grito de placer, mi cuerpo se arquea.

Elena se coloca detrás de mí, sus manos recorren mi piel, y comienza a succionar mis pezones, mordisqueándolos suavemente mientras Marcos me folla con un ritmo implacable. "Sigue, no pares", le suplico, mi coño apretándose alrededor de su polla. Elena, ahora arrodillada, lame mi clítoris mientras Marcos sigue dentro de mí. La sensación es abrumadora: su lengua cálida y sus embestidas me llevan al límite. "Me vengo", gimo, y un orgasmo me sacude, mi coño palpitando mientras me corro con fuerza.

Marcos no aguanta más. "Se está corriendo", dice Elena, que ahora masturba a Marcos con una mano mientras me besa, lamiendo mis labios con deseo. Él gruñe, y su semen caliente salpica mi vientre, algunas gotas caen en el rostro de Elena, que las lame con una sonrisa traviesa. Pero no hemos terminado. Llevo a Elena a la cama, abro sus piernas y me sumerjo en su coño, lamiendo su dulzura. Mis dedos la penetran mientras mi lengua juega con su clítoris, y ella se retuerce, gimiendo. "Sigue, Lucía, me viene el orgasmo", jadea, y en minutos se corre, su cuerpo temblando bajo mi boca.

Marcos, recuperado, se une de nuevo, su polla lista otra vez. Elena lo cabalga, sus caderas moviéndose con frenesí, mientras yo me siento sobre su rostro, dejando que su lengua explore mi coño. Nos movemos en sincronía, los tres perdidos en el placer, hasta que alcanzamos el clímax casi al unísono, un coro de gemidos que resuena en el apartamento.

Exhaustos, nos recostamos en la cama, sudorosos, riendo entre jadeos. La cámara, en silencio, ha capturado nuestras sonrisas satisfechas. "Esto hay que repetirlo", dice Elena, y Marcos y yo asentimos. La noche en mi apartamento se ha convertido en un recuerdo imborrable.

por: © Mary Love

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