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Encuentro apasionado en la discoteca



ESTABA EN LA DISCOTECA con mis amigas, rodeada de un torbellino de luces estroboscópicas que parpadeaban como estrellas fugaces en la oscuridad. El bajo de la música retumbaba en mi pecho, un pulso primitivo que hacía vibrar cada célula de mi cuerpo. Habíamos venido a liberarnos, a bailar hasta que el sudor perlase nuestra piel y el mundo exterior se desvaneciera en un eco lejano. Reía con ellas, girando sobre mis tacones altos, mi vestido negro ajustado ceñido a mis curvas como una segunda piel, pero entonces lo vi.

Él estaba al otro lado de la barra, alto y misterioso, con una camisa oscura que se adhería a su torso musculoso. Sus ojos, intensos y oscuros, se clavaron en los míos a través de la multitud. Fue como si el tiempo se detuviera; el ruido se amortiguó, y solo quedó esa mirada ardiente, cargada de promesas silenciosas. Me hizo señas con un gesto sutil, un gesto de cabeza y una sonrisa ladeada que envió un escalofrío por mi espina dorsal. Mi corazón latió con fuerza, un ritmo que competía con la música. Miré a mis amigas, pero ellas estaban perdidas en su propio baile. Sin pensarlo dos veces, me separé del grupo y crucé la pista, mis caderas balanceándose al compás de la melodía, atraída por esa fuerza magnética.


Cuando llegué a su lado, no dijo nada al principio. Solo extendió la mano y rozó mis dedos, un toque eléctrico que hizo que mi piel se erizara. "Ven", murmuró al fin, su voz ronca y profunda, como un secreto susurrado en la noche. Asentí, y me guio a través de la muchedumbre hacia un rincón apartado, donde las sombras se enredaban como amantes en la penumbra. La pared a nuestra espalda era fría contra mi espalda cuando me acorraló gentilmente, pero su cuerpo era un horno que me envolvía.

Sus labios encontraron los míos en un beso urgente, hambriento, como si hubiéramos estado esperando este momento toda la vida. Sabía a whisky y a deseo puro, su lengua explorando la mía con una danza lenta y provocadora que me dejó sin aliento. Mis manos se deslizaron por su pecho, sintiendo los músculos tensos bajo la tela, mientras las suyas bajaban por mi cintura, atrayéndome más cerca hasta que nuestros cuerpos se fundieron en uno solo. "Eres irresistible", jadeó contra mi boca, y yo respondí con un gemido suave, arqueándome hacia él.

Sus dedos trazaron el contorno de mis senos sobre el vestido, rozando los pezones que se endurecían al instante bajo su toque experto. Un calor líquido se extendió por mi vientre, descendiendo hasta el centro de mi ser, donde un pulso insistente clamaba por más. Lo besé con más fervor, mordisqueando su labio inferior, y él gruñó de placer, presionando su cadera contra la mía. Podía sentir su excitación, dura y palpitante, rozándose contra mi muslo, enviando ondas de anticipación que me hacían temblar. Mis manos descendieron, explorando la curva de su espalda, bajando hasta sus nalgas firmes, atrayéndolo aún más.

En ese rincón oculto, el mundo se redujo a nosotros: el roce de su barba incipiente contra mi cuello mientras besaba mi piel sensible, dejando un rastro de fuego a su paso; sus manos subiendo por mis muslos, levantando ligeramente el dobladillo de mi vestido para acariciar la suavidad de mi carne expuesta. Jadeé cuando sus dedos encontraron el encaje de mis bragas, rozando apenas el punto donde mi deseo ardía con más intensidad. "Quiero sentirte", susurré, mi voz entrecortada, y él obedeció, deslizando un dedo bajo la tela para explorar mi humedad, circulando con una lentitud tortuosa que me hacía arquear la espalda contra la pared.

El placer se acumulaba como una tormenta inminente, cada caricia un relámpago que iluminaba mis sentidos. Lo toqué a mi vez, mi mano descendiendo hasta su entrepierna, sintiendo su longitud endurecida bajo los pantalones. Lo acaricié con firmeza, deleitándome en su gemido ahogado, en cómo su cuerpo se tensaba contra el mío. Nuestros besos se volvieron más salvajes, más desesperados, mientras el ritmo de la música afuera parecía sincronizarse con el de nuestros cuerpos entrelazados. En ese momento, nada más importaba: solo el fuego que nos consumía, el éxtasis que prometía estallar en cualquier instante, dejando nuestras almas marcadas por esa pasión efímera y devoradora.

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