ENTRÉ EN LA HABITACION envuelta en una penumbra cálida, iluminada solo por el parpadeo sutil de velas dispersas por el suelo y las mesas. El aire estaba cargado de aromas sensuales: jazmín y sándalo flotaban como una niebla invisible, invitándome a inhalar profundamente y dejar que mi cuerpo se rindiera. Tú estabas allí, recostado en la cama cubierta de sábanas perfumadas y suaves, desnudo excepto por una toalla fina que apenas cubría tu entrepierna. Tus ojos se encontraron con los míos, cargados de anticipación, y sonreíste con esa picardía que siempre me hace temblar.
"Relájate", susurré, acercándome con una botella de aceite cálido en las manos. Me quité la bata de seda, dejando que cayera al suelo, revelando mi cuerpo desnudo. Mis pechos se erguían firmes, los pezones ya endurecidos por la excitación del momento. Me arrodillé a tu lado, vertiendo el aceite en mis palmas y frotándolas para calentarlo más. El sonido suave de mis manos rozándose era el único que rompía el silencio, aparte de tu respiración que empezaba a acelerarse.
Comencé por tus pies, masajeando con movimientos lentos y circulares, presionando los puntos que sabía que te harían gemir. Mis dedos se deslizaban por tu piel, untados en aceite, subiendo por tus pantorrillas, rodillas y muslos. Sentía cómo tu cuerpo se relajaba bajo mis toques, entregándose al placer de cada caricia. "Siente el roce de mi piel contra la tuya", murmuré, inclinándome para que mis pechos rozaran ligeramente tus piernas mientras subía. El aroma del aceite se mezclaba con el de nuestras pieles, creando una atmósfera embriagadora.
Llegué a tu abdomen, trazando líneas suaves con las yemas de mis dedos, rodeando tu ombligo y bajando peligrosamente cerca de tu polla, que ya se endurecía bajo la toalla. La aparté con delicadeza, exponiéndote por completo. Tu polla se erguía, venosa y palpitante, rogando por atención. Pero no aún. Primero, masajeé tu pecho, succionando tus pezones con mi boca mientras mis manos exploraban tus costados. Lamí uno, chupándolo con fuerza, sintiendo cómo se endurecía entre mis labios, y luego pasé al otro, mordisqueándolo suavemente. Tus gemidos llenaron la habitación, y sentí mi coño humedecerse, mis pliegues hinchados por el deseo.
Me posicioné entre tus piernas, vertiendo más aceite directamente sobre tu polla y bolas. Mis manos la envolvieron con ternura, deslizándose desde la base hasta la punta en movimientos relajantes, como si estuviera moldeando arcilla caliente. "Esto es el lingam", te expliqué en un susurro ronco, "el masaje que te mantiene al borde, prolongando la excitación hasta que no puedas más". Apreté ligeramente la base, deteniendo cualquier urgencia prematura, mientras con la otra mano masajeaba tus bolas, rodándolas entre mis dedos untados en aceite.
Tú no te quedaste quieto. Tus manos buscaron mi cuerpo, rozando mis pliegues con tus dedos mientras yo seguía masturbándote. "Roza mis pliegues con tus dedos", jadeé, guiándote. Sentí cómo separabas mis labios vaginales con tus dedos, explorando mi coño empapado, frotando mi clítoris con el pulgar en círculos lentos que me hacían arquear la espalda. "Sí, así... mastúrbame con los dedos mientras yo te acaricio". Introdujiste dos dedos en mí vagina, curvándolos para rozar ese punto sensible dentro, sentía tu roce, una conexión que nos unía, y yo respondí refregando tu polla en mi coño, deslizándola entre mis pliegues sin penetrarme aún, solo para sentir el calor y la fricción con tu miembro.
El masaje se intensificó. Incliné la cabeza y lamí la punta de tu polla, chupándola como si fuera un dulce prohibido, mientras mis manos seguían el ritmo: arriba y abajo, torciendo ligeramente en la cabeza para maximizar las sensaciones. Tú gemiste más fuerte, tus caderas elevándose instintivamente. "No te vengas aún", te ordené, succionando mis pezones yo misma para excitarte más, dejando que vieras cómo mi saliva brillaba en ellos bajo la luz de las velas.
Pero el placer era mutuo. Te incorporaste un poco, y tu boca encontró mi clítoris. Lo lamiste con avidez, chupándolo entre tus labios, succionándolo hasta que sentí que me iba a correr. "Lame mi clítoris... chúpalo más fuerte", supliqué, mis manos acelerando en tu polla, masturbándote con firmeza mientras el aceite facilitaba cada desliz. Sentí cómo tu lengua exploraba mi coño, lamiendo mis jugos, y yo refregué mi coño contra tu cara, ahogándote en mi aroma.
No pudimos aguantar más. "Me estoy corriendo", gemí, mi cuerpo convulsionándose mientras el orgasmo me invadía, mis paredes vaginales apretando tus dedos que seguían masturbándome. Tú, al sentirme temblar, perdiste el control. "Me vengo... se me está viniendo el orgasmo", gruñiste, y tu polla palpitó en mis manos, eyaculando chorros calientes de semen que cayeron sobre mi pecho y abdomen. Mantuve el masaje lingam incluso durante tu clímax, prolongándolo, haciendo que cada espasmo fuera brutal, interminable.
Nos quedamos allí, jadeantes, envueltos en el aroma de sexo y aceites, las velas parpadeando como testigos silenciosos. Tu cuerpo relajado, entregado por completo al placer que habíamos compartido.
por: © Mary Love

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