LA HABITACION ESTÁ BAÑADA por una luz tenue, un velo ámbar que se cuela por las cortinas entreabiertas y acaricia los contornos de nuestros cuerpos desnudos. El aire huele a jazmín y a deseo, una mezcla embriagadora que me envuelve mientras observo a Arancha. Está frente a mí, recostada sobre la cama, con una sonrisa pícara que promete un torbellino de sensaciones. Sus ojos, oscuros y profundos, brillan con una chispa de desafío, y su melena negra cae en cascada sobre sus hombros, rozando la curva de sus pechos. Es un cuadro vivo, una diosa que sabe exactamente cómo jugar con el fuego que arde en mi interior.
—Vamos, cariño, ¿estás listo para mí? —susurra, su voz un ronroneo que me eriza la piel.No respondo con palabras. Mi cuerpo ya lo hace por mí: mi erección tensa, mi respiración entrecortada. Arancha toma el vibrador, un objeto elegante de silicona negra que brilla bajo la luz. Lo sostiene con una mano, como si fuera una extensión de su poder, y con la otra se acaricia lentamente el muslo, subiendo hasta el borde de su sexo. Me mira, sin parpadear, mientras enciende el juguete. El zumbido suave llena el silencio, un preludio que acelera mi pulso.
—Quiero que mires —dice, y desliza el vibrador entre sus piernas, rozando apenas su clítoris. Un gemido escapa de sus labios, un sonido que me atraviesa como un relámpago—. Me encanta, como disfruto... —susurra, mientras su cuerpo se arquea ligeramente, respondiendo al placer que ella misma se provoca.
No puedo apartar los ojos. Su sexo, húmedo y brillante, parece llamarme, pero Arancha no me deja acercarme aún. Ella controla el juego, y yo estoy a su merced. El vibrador se desliza con precisión, entrando y saliendo de su interior con una lentitud que es casi cruel. Sus caderas se mueven en un ritmo hipnótico, y sus pezones, erectos, parecen suplicar atención. Me inclino hacia ella, pero me detiene con una mirada.
—Aún no —dice, riendo suavemente—. Primero, quiero verte sufrir un poco.Retira el vibrador de su interior, reluciente por sus jugos, y lo sostiene frente a mí. La visión me quema, me tienta. Se incorpora, gateando hacia mí como una pantera, y me lo ofrece con una orden que no admite discusión.
—Introdúcetelo —me dice, su voz firme pero cargada de promesas—. Quiero que sientas lo que yo siento.
Obedezco, tomando el vibrador con manos temblorosas. Lo coloco entre mis piernas, rozando mi piel sensible, y la sensación me arranca un jadeo. Arancha no me da respiro. Se coloca encima de mí, sus muslos firmes a ambos lados de mis caderas, su sexo rozando apenas la punta de mi polla. El contacto es eléctrico, pero ella no me deja entrar. No todavía.—Sigue, me corro si sigues así —gime, mientras sus manos recorren mi pecho, sus uñas dejando un rastro ardiente sobre mi piel.
Controla cada movimiento, inclinándose para que sus pechos rocen mi rostro. No resisto más y atrapo uno de sus pezones entre mis labios, mordiéndolo suavemente como ella me pidió una vez: “Muérde mis pezones, haz que sienta cada mordisco”. Gime más fuerte, y su cuerpo tiembla sobre mí, pero sigue sin dejarme penetrarla. En cambio, toma mi mano y la guía hacia su clítoris.
—Lame mi clítoris —ordena, y me inclino hacia ella, mi lengua explorando su calor húmedo, saboreando cada rincón de su deseo. Su sabor es adictivo, salado y dulce, y sus gemidos se vuelven más intensos, más desesperados—. ¡Sigue, sigue, me corro!No sé cuánto tiempo pasa, perdido en su placer, pero de pronto me empuja hacia atrás y se posiciona sobre mí. Sus ojos brillan con una intensidad feroz.
—Mete tu polla —dice, su voz quebrada por la urgencia—. Fóllame, ahora.No necesito más. La penetro con un movimiento firme, y el calor de su interior me envuelve, apretándome hasta que siento que voy a perder la razón. Arancha cabalga sobre mí, controlando el ritmo, sus caderas moviéndose con una precisión que me lleva al borde una y otra vez, pero sin dejarme caer. Cada vez que estoy a punto de correrme, se detiene, apretándome con su cuerpo, susurrándome al oído:
—Aún no, cariño. Quiero sentir tu leche, pero cuando yo lo diga.
Es una tortura sensual, un juego que me tiene al límite. Sus manos se clavan en mis hombros, sus uñas marcando mi piel mientras sus gemidos llenan la habitación. El vibrador, olvidado por un momento, vuelve a sus manos, y lo usa contra su clítoris mientras me cabalga, llevándose a sí misma al borde del éxtasis.
—Córrete conmigo —me suplica finalmente, su voz un grito ahogado—. ¡Córrete conmigo, ahora!
El mundo se desvanece. Mi cuerpo se tensa, y siento cómo mi orgasmo estalla al mismo tiempo que el suyo, un torbellino de placer que nos consume a ambos. Sus gritos se mezclan con los míos, y su cuerpo tiembla sobre mí mientras nos perdemos en la liberación final.Cuando todo termina, Arancha se derrumba sobre mi pecho, su respiración entrecortada, su piel cálida contra la mía. Me mira con esa misma sonrisa pícara, y sé que este juego, esta danza de deseo, apenas comienza.
—Disfruté cada segundo —susurra, besándome suavemente—. Y tú, ¿hasta dónde estás dispuesto a llegar la próxima vez?
No respondo. Solo sonrío, porque sé que con Arancha, el límite siempre está un poco más allá.
—Vamos, cariño, ¿estás listo para mí? —susurra, su voz un ronroneo que me eriza la piel.No respondo con palabras. Mi cuerpo ya lo hace por mí: mi erección tensa, mi respiración entrecortada. Arancha toma el vibrador, un objeto elegante de silicona negra que brilla bajo la luz. Lo sostiene con una mano, como si fuera una extensión de su poder, y con la otra se acaricia lentamente el muslo, subiendo hasta el borde de su sexo. Me mira, sin parpadear, mientras enciende el juguete. El zumbido suave llena el silencio, un preludio que acelera mi pulso.
—Quiero que mires —dice, y desliza el vibrador entre sus piernas, rozando apenas su clítoris. Un gemido escapa de sus labios, un sonido que me atraviesa como un relámpago—. Me encanta, como disfruto... —susurra, mientras su cuerpo se arquea ligeramente, respondiendo al placer que ella misma se provoca.
No puedo apartar los ojos. Su sexo, húmedo y brillante, parece llamarme, pero Arancha no me deja acercarme aún. Ella controla el juego, y yo estoy a su merced. El vibrador se desliza con precisión, entrando y saliendo de su interior con una lentitud que es casi cruel. Sus caderas se mueven en un ritmo hipnótico, y sus pezones, erectos, parecen suplicar atención. Me inclino hacia ella, pero me detiene con una mirada.
—Aún no —dice, riendo suavemente—. Primero, quiero verte sufrir un poco.Retira el vibrador de su interior, reluciente por sus jugos, y lo sostiene frente a mí. La visión me quema, me tienta. Se incorpora, gateando hacia mí como una pantera, y me lo ofrece con una orden que no admite discusión.
—Introdúcetelo —me dice, su voz firme pero cargada de promesas—. Quiero que sientas lo que yo siento.
Obedezco, tomando el vibrador con manos temblorosas. Lo coloco entre mis piernas, rozando mi piel sensible, y la sensación me arranca un jadeo. Arancha no me da respiro. Se coloca encima de mí, sus muslos firmes a ambos lados de mis caderas, su sexo rozando apenas la punta de mi polla. El contacto es eléctrico, pero ella no me deja entrar. No todavía.—Sigue, me corro si sigues así —gime, mientras sus manos recorren mi pecho, sus uñas dejando un rastro ardiente sobre mi piel.
Controla cada movimiento, inclinándose para que sus pechos rocen mi rostro. No resisto más y atrapo uno de sus pezones entre mis labios, mordiéndolo suavemente como ella me pidió una vez: “Muérde mis pezones, haz que sienta cada mordisco”. Gime más fuerte, y su cuerpo tiembla sobre mí, pero sigue sin dejarme penetrarla. En cambio, toma mi mano y la guía hacia su clítoris.
—Lame mi clítoris —ordena, y me inclino hacia ella, mi lengua explorando su calor húmedo, saboreando cada rincón de su deseo. Su sabor es adictivo, salado y dulce, y sus gemidos se vuelven más intensos, más desesperados—. ¡Sigue, sigue, me corro!No sé cuánto tiempo pasa, perdido en su placer, pero de pronto me empuja hacia atrás y se posiciona sobre mí. Sus ojos brillan con una intensidad feroz.
—Mete tu polla —dice, su voz quebrada por la urgencia—. Fóllame, ahora.No necesito más. La penetro con un movimiento firme, y el calor de su interior me envuelve, apretándome hasta que siento que voy a perder la razón. Arancha cabalga sobre mí, controlando el ritmo, sus caderas moviéndose con una precisión que me lleva al borde una y otra vez, pero sin dejarme caer. Cada vez que estoy a punto de correrme, se detiene, apretándome con su cuerpo, susurrándome al oído:
—Aún no, cariño. Quiero sentir tu leche, pero cuando yo lo diga.
Es una tortura sensual, un juego que me tiene al límite. Sus manos se clavan en mis hombros, sus uñas marcando mi piel mientras sus gemidos llenan la habitación. El vibrador, olvidado por un momento, vuelve a sus manos, y lo usa contra su clítoris mientras me cabalga, llevándose a sí misma al borde del éxtasis.
—Córrete conmigo —me suplica finalmente, su voz un grito ahogado—. ¡Córrete conmigo, ahora!
El mundo se desvanece. Mi cuerpo se tensa, y siento cómo mi orgasmo estalla al mismo tiempo que el suyo, un torbellino de placer que nos consume a ambos. Sus gritos se mezclan con los míos, y su cuerpo tiembla sobre mí mientras nos perdemos en la liberación final.Cuando todo termina, Arancha se derrumba sobre mi pecho, su respiración entrecortada, su piel cálida contra la mía. Me mira con esa misma sonrisa pícara, y sé que este juego, esta danza de deseo, apenas comienza.
—Disfruté cada segundo —susurra, besándome suavemente—. Y tú, ¿hasta dónde estás dispuesto a llegar la próxima vez?
No respondo. Solo sonrío, porque sé que con Arancha, el límite siempre está un poco más allá.

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