AQUELLA NOCHE DE VERANO, el calor en Alicante era insoportable, un bochorno pegajoso que se colaba por las ventanas abiertas de la casa. Mis padres habían invitado a unos viejos amigos suyos a pasar una semana de vacaciones con nosotros, y ellos se alojaban en casa. Con ellos vino Trini, su hija de dieciocho años, una chica que me había dejado sin aliento desde el momento en que la vi bajar del coche. Era morena, con un cuerpo que parecía esculpido para el pecado: curvas suaves, pechos firmes que se insinuaban bajo su top ligero, y una mirada descarada que me recorría sin disimulo. Yo, con veintidós años, sentía una corriente eléctrica cada vez que nuestras miradas se cruzaban durante el día.
Esa noche, nuestros padres decidieron salir al teatro, dejándonos a Trini y a mí solos en casa. "Portaos bien", dijo mi madre con una risa despreocupada antes de cerrar la puerta. El silencio que siguió fue denso, cargado de una tensión que me hacía hervir la sangre. Trini estaba en el salón, descalza, con un vestido corto que se pegaba a sus muslos por el calor. Se ventilaba con una revista, y cada movimiento dejaba entrever un poco más de su piel bronceada. "Voy a darme una ducha para refrescarme", dije, con la voz un poco ronca, mientras me levantaba del sofá. La miré de reojo, y ella me devolvió una sonrisa traviesa que me puso la polla dura al instante.
Caminé hacia el baño del pasillo, dejando la puerta entreabierta a propósito. Sabía que Trini no era de las que se quedan quietas, y la idea de que me viera desnudo me excitaba. Me quité la ropa lentamente, dejando que la camiseta y los pantalones cayeran al suelo, y entré en la ducha. El agua caliente resbalaba por mi cuerpo, y mientras me enjabonaba, imaginaba a Trini espiándome. Mi polla se endurecía con cada pensamiento, pero me contuve, dejando que el deseo creciera como una tormenta.
No tardé en escuchar un leve crujido fuera del baño. Giré la cabeza y ahí estaba ella, asomada por la puerta entreabierta, con los ojos fijos en mi cuerpo, en mi polla que ya estaba dura bajo el chorro de agua. "Trini...", dije, fingiendo sorpresa, pero sin cubrirme. Ella no se inmutó; entró y cerró la puerta con un movimiento lento, casi teatral. "No pude resistirlo", susurró, con una voz cargada de lujuria que me hizo estremecer.
Salí de la ducha, empapado, y la atraje hacia mí. La besé con una urgencia que no podía controlar, sus labios suaves y cálidos respondiendo con la misma hambre. Mi lengua exploró su boca mientras mis manos bajaban por su espalda, apretando su culo firme bajo el vestido. "Quítatelo", le dije, casi gruñendo. Ella se desprendió del vestido con un movimiento rápido, revelando un conjunto de encaje negro que apenas contenía sus pechos y se adhería a su coño, ya húmedo. La desnudé por completo, admirando sus pezones rosados y erectos, su piel suave brillando bajo la luz tenue del baño.
La llevé bajo la ducha, dejando que el agua tibia nos envolviera. Nos enjabonamos mutuamente, mis manos resbalando por sus curvas, deteniéndose en sus pechos. Succione sus pezones con avidez, chupándolos mientras ella gemía y arqueaba la espalda. "Joder, succiona mis pezones más fuerte", suplicó, y obedecí, mordisqueándolos ligeramente mientras mi mano bajaba entre sus piernas. Rocé mis dedos por sus pliegues, sintiendo su coño empapado, y ella jadeó: "Mastúrbame con los dedos... tócame el clítoris".
Deslicé dos dedos dentro de su coño apretado, moviéndolos con ritmo mientras mi lengua encontraba su clítoris. Lo lamí despacio, saboreando su dulzura, luego más rápido, succionando su clítoris entre mis labios hasta que sus piernas temblaron. "¡Sigue, lámeme el clítoris así!", gritó, enredando sus dedos en mi pelo. Su coño se contrajo alrededor de mis dedos, y ella gimió: "Me estoy corriendo... ya me viene". Su orgasmo fue intenso, sus caderas convulsionando mientras sus jugos me empapaban la mano.
No le di tregua. Me puse de pie, mi polla palpitando, dura como nunca. "Refriega tu polla en mi coño", me pidió, con los ojos brillando de deseo. Froté la cabeza de mi polla contra sus pliegues resbaladizos, rozando su clítoris hinchado, y ella gemía con cada movimiento. Finalmente, la penetré de un empujón, enterrándome en su coño caliente y apretado. "¡Qué polla tan gorda!", exclamó, clavándome las uñas en los hombros. La follé contra la pared de la ducha, embistiendo profundo, el agua cayendo sobre nosotros como una cortina erótica.
Sus pechos rebotaban con cada embestida, y yo los chupaba, succionando sus pezones mientras la follaba sin piedad. "Más fuerte... fóllame el coño", rogó, y yo aceleré, sintiendo su calor envolviéndome. Cambiamos de posición; la puse de espaldas, inclinada, y la tomé por detrás, mis manos en sus caderas. Mis dedos volvieron a su clítoris, masturbándola mientras la penetraba. "Me corro otra vez... me estoy corriendo en tu polla", gimió, su coño apretándome con fuerza mientras se corría de nuevo, temblando entera.
No podía más. La saqué y la arrodillé frente a mí. "Córrete en mi boca... quiero tragarme tu leche", dijo, mirándome con una mezcla de inocencia y lujuria mientras abría la boca. Chupó mi polla como si la hubiera deseado toda su vida, lamiendo cada centímetro, succionando la cabeza mientras sus manos me masturbaban. "Ya me viene... me corro", gruñí, y exploté en su boca, chorros calientes de semen que ella tragó con avidez, lamiéndose los labios después. "Qué rica tu leche", susurró, con una sonrisa traviesa.
Salimos de la ducha, envueltos en toallas, y nos desplomamos en mi cama. El calor de Alicante seguía siendo insoportable, pero ahora era el calor de nuestros cuerpos el que dominaba. Trini se acurrucó contra mí, su mano deslizándose de nuevo hacia mi polla, que ya empezaba a endurecerse otra vez. "Tenemos toda la semana", murmuró, y supe que esos días de vacaciones serían inolvidables.
por: © Mary Love

Comentarios
Publicar un comentario