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Haré que tú día sea delicioso


EL CALOR DE LA CIUDAD se cuela por las rendijas de mi apartamento, pero dentro, el ambiente es puro fuego. Las cortinas de satén rojo filtran la luz, bañando la habitación en un resplandor que parece gritar deseo. Soy Susana, y mi anuncio lo dejaba claro: elegancia, carisma y una picardía que te hará perder la cabeza. “Haré que tu día sea delicioso”, prometí, y cuando abro la puerta y te veo allí, con esa mirada hambrienta, sé que voy a cumplir con creces.

—Pasa, amor —te digo, mi voz un ronroneo cargado de promesas. Llevo un vestido negro tan ceñido que parece pintado sobre mi piel, el escote tan profundo que mis pechos casi se derraman. Mis tacones resuenan mientras te guío al salón, donde una botella de vino y dos copas esperan. Sirvo el vino, mis dedos rozando los tuyos, y el aire entre nosotros ya chispea. Me siento frente a ti, cruzando las piernas para que el vestido se suba, dejando entrever el encaje negro de mis bragas.

—¿Listo para que haga tu día inolvidable? —pregunto, inclinándome para que mis tetas queden a un suspiro de tu cara. Asientes, y tus ojos devoran mi cuerpo. Me levanto, dejo que el vestido caiga al suelo con un movimiento lento, y quedo frente a ti en ropa interior de encaje negro, mis pezones duros asomando bajo la tela transparente. Me desabrocho el sujetador, y mis tetas, llenas y firmes, quedan libres. —Succiona mis pezones, cariño —te ordeno, acercándome. Tu boca atrapa uno, lo chupas con fuerza, tu lengua girando alrededor, y un gemido gutural sale de mi garganta. Mi coño ya está empapado, palpitando bajo las bragas, y me froto contra tu muslo, buscando alivio.

—Quiero tu polla —susurro, arrodillándome entre tus piernas. Desabrocho tu pantalón con dedos rápidos, y cuando libero tu polla, dura como piedra, la acaricio con ambas manos, sintiendo su calor, su grosor. Me inclino y la lamo, mi lengua recorriendo cada vena, chupando la punta hasta que un gemido escapa de ti. —Joder, Susana... —gimes, y yo sonrío antes de metérmela entera en la boca, mi garganta apretándola mientras mi lengua juega con tus huevos. Te chupo con hambre, salivando, dejando que el sonido húmedo llene la habitación.

Pero no quiero que te corras todavía. Me pongo de pie, me quito las bragas lentamente, dejando que veas mi coño, depilado, brillante de lo mojada que estoy. —Roza mis pliegues con tus dedos —te digo, y tus dedos encuentran mi clítoris, frotándolo con una presión que me hace jadear. —Mételos dentro —gimo, y obedeces, deslizando dos dedos en mi coño, moviéndolos dentro y fuera, masturbándome mientras mi clítoris palpita. Estoy tan mojada que tus dedos hacen un sonido obsceno, y mis caderas se mueven solas, follando tu mano. —¡Me estoy corriendo! —grito, el orgasmo golpeándome duro, mi coño apretando tus dedos mientras me vengo, temblando, con jugos corriendo por mis muslos.
Aún jadeando, te empujo contra el sofá y me subo encima, refregando tu polla en mi coño, dejando que mi humedad la cubra. —Mira cómo te mojo —susurro, guiando tu polla a mi entrada. Te siento entrar, grueso, estirándome, y gimo fuerte mientras me bajo hasta que estás completamente dentro. —Joder, qué polla... —jadeo, empezando a montarte, mis tetas rebotando mientras mis caderas golpean contra ti. Mi clítoris roza tu pelvis con cada movimiento, y el placer es tan intenso que siento otro orgasmo creciendo. —Se está corriendo otra vez —dices, tus manos apretando mis nalgas, guiándome más rápido.

—Fóllame más duro —te suplico, y tú empujas desde abajo, embistiéndome, tu polla golpeando profundo en mi coño. —¡Me corro! —grito, el orgasmo explotando, mi coño convulsionando alrededor de tu polla, apretándote mientras me vengo con un grito. Pero no paro, sigo montándote, porque sé que estás al borde. —Córrete, amor, lléname —te ruego, y siento cómo te tensas, cómo te viene el orgasmo. Con un gruñido, te corres dentro de mí, tu semen caliente llenándome, goteando mientras sigo moviéndome, exprimiendo cada gota.

Me derrumbo sobre ti, nuestras pieles pegajosas de sudor, mi coño aún palpitando alrededor de tu polla. Te beso, mi lengua enredándose con la tuya, y susurro contra tu boca: —Esto es solo el comienzo, cariño.

Sonrío, pensando en el vibrador de última generación que espera en mi mesita de noche, listo para hacer que esta noche sea aún más sucia, más deliciosa. Porque conmigo, el placer no tiene límites.

por: © Mary Love


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