Carmen, una amiga de Granada, había llegado a nuestra casa para pasar unos días con nosotros. Era una mujer madura, de unos cuarenta y tantos, soltera por elección, con una sensualidad que desbordaba en cada gesto: su risa profunda, sus curvas generosas, y esa mirada oscura que parecía prometer secretos. Desde el momento en que llegó, el ambiente en la casa se cargó de una energía distinta, como si su presencia trajera consigo un aire de aventura. Esa noche, después de una cena ligera regada con vino tinto, nos instalamos en el salón. Las copas seguían fluyendo, y la conversación, que comenzó con anécdotas intrascendentes, pronto derivó hacia el sexo. Las bromas subidas de tono se volvieron confesiones, las risas se tiñeron de deseo, y el aire se espesó con una tensión que nos envolvía a los tres.
Laura, mi mujer, siempre había tenido una chispa que me volvía loco, pero esa noche sus ojos brillaban con una mezcla de picardía y deseo. Sentada en el sofá junto a Carmen, sus cuerpos se rozaban de vez en cuando, un contacto que parecía casual pero que encendía chispas. Yo, desde el sillón, observaba cómo las palabras de Carmen, cargadas de insinuaciones, hacían que Laura se mordiera el labio, su respiración volviéndose más pesada. La conversación se volvió cargada de sensualidad, y pronto las miradas entre los tres decían más que las palabras.
Laura, con ese brillo travieso en los ojos, se levantó del sofá donde compartía risas con Carmen. Se acercó a mí, sentado en el sillón, y sin mediar palabra se inclinó para besarme. Su boca era cálida, exigente, y mis manos no tardaron en deslizarse bajo su camiseta, levantándola con un movimiento rápido. La prenda cayó al suelo, dejando sus tetas expuestas, sus pezones ya endurecidos bajo mis dedos. Los acaricié, apretándolos suavemente, mientras ella gemía contra mis labios, su cuerpo temblando de deseo.
Carmen, desde el sofá, observaba con una sonrisa cargada de deseo. Sus ojos oscuros brillaban, y su respiración se había acelerado. Sin decir nada, se acercó a nosotros, moviéndose con una seguridad felina. Sus manos encontraron las caderas de Laura, y con un gesto lento pero firme, le bajó el pantalón corto del pijama. Laura dejó escapar un suspiro cuando el aire tocó su piel, y sus piernas se abrieron instintivamente. Carmen, arrodillada detrás de ella, comenzó a tocarla, sus dedos explorando con destreza, masturbándola con movimientos precisos que arrancaron jadeos cada vez más intensos de Laura.
El deseo me consumía. Con un movimiento rápido, tiré hacia atrás el respaldo del sillón, reclinándolo para dejar más espacio. Mis manos fueron a mi cinturón, y en un instante me bajé el pantalón, exponiendo mi polla que ya estaba erecta. Laura, con los ojos nublados por el placer, se inclinó aún más, su boca encontrando mi miembro con una avidez que me hizo gruñir. Comenzó a chupármela, sus labios cálidos y húmedos moviéndose con un ritmo que me volvía loco, mientras Carmen seguía tocándola, sus dedos deslizándose en su coño, llevándola al borde del éxtasis.
La noche había alcanzado un punto de no retorno, el salón impregnado de un calor que nos envolvía a los tres. El aire estaba cargado de jadeos y el aroma dulce del deseo. Laura, mi mujer, seguía inclinada sobre mí, su boca trabajando con una intensidad que me tenía al borde del abismo, mientras Carmen, la amiga de Granada, masturbaba el coño de Laura con dedos expertos, llevándola a un clímax que la hizo temblar. Los gemidos de Laura resonaban en el salón, y cuando su orgasmo la atravesó, su cuerpo se convulsionó, su boca apretándose aún más en torno a mí. La visión de su placer, combinada con el ritmo de sus labios, me empujó al límite. Mi propio clímax explotó, y Laura, sin apartarse, recibió toda la leche en su boca, sus ojos clavados en los míos mientras tragaba, aún estremeciéndose por su corrida.
Exhausta, Laura se dejó caer en el sofá, su cuerpo brillante de sudor, los pechos subiendo y bajando con cada respiración entrecortada. Sus piernas estaban ligeramente abiertas con su coño expuesto, y su mirada, aún nublada por el placer, tenía un brillo de satisfacción. Carmen, aún arrodillada, la observó con una sonrisa traviesa, sus dedos húmedos descansando en su propio regazo. La tensión en el aire no había disminuido; al contrario, parecía que apenas comenzábamos. Carmen se incorporó, su cuerpo curvilíneo moviéndose con una sensualidad natural, y se acercó a mí, sus ojos oscuros fijos en los míos.
Con una voz baja, casi un susurro, Carmen miró a Laura y dijo:
—¿Puedo… follarlo?
Laura, aún recuperándose, esbozó una sonrisa pícara desde el sofá. Su voz, cargada de deseo, respondió:
—Adelante, súbete encima y fóllale la polla. Correrte tú también.
No hizo falta más. Carmen, con una seguridad que me encendió aún más, se acercó al sillón reclinado donde yo seguía, mi pantalón aún bajado, mi cuerpo listo para lo que venía. Se quitó la blusa y los shorts con una lentitud deliberada, dejando al descubierto su piel morena y sus curvas generosas. Subió sobre mí, sus muslos fuertes a ambos lados de mis caderas, y con un movimiento fluido, se acomodó, dirigiendo mi polla dentro de ella. Un gemido escapó de sus labios, cuando comenzó a notar la penetración dentro de su coño comenzó a moverse, cabalgándome con un ritmo que era a la vez lento y salvaje.
Desde el sofá, Laura nos miraba, su respiración volviéndose más pesada de nuevo. Una de sus manos se deslizó entre sus piernas, sus dedos comenzando a moverse mientras veía a Carmen montarme. Los movimientos de Carmen eran hipnóticos, sus caderas girando, su cuerpo apretándose contra mí, sus pechos balanceándose con cada embestida. Sus gemidos llenaban el salón, mezclándose con los sonidos suaves de Laura tocándose. La escena era puro fuego: Carmen cabalgándome con una intensidad creciente, sus uñas clavándose ligeramente en mi pecho, y Laura, tumbada en el sofá, masturbándose mientras sus ojos no se apartaban de nosotros.
Carmen aceleró, sus movimientos más urgentes, su respiración entrecortada. Sentí cómo su cuerpo se tensaba, acercándose al borde, y sus gemidos se volvieron más agudos. Al mismo tiempo, Laura, con los dedos trabajando furiosamente entre sus piernas, alcanzó otro orgasmo, su cuerpo arqueándose en el sofá mientras un grito ahogado escapaba de su garganta. La visión de Laura corriéndose de nuevo, combinada con el calor y la presión de Carmen, me llevó al límite una vez más. Carmen, sintiéndome cerca, se movió con más fuerza, y cuando su propio clímax la atravesó, sus paredes se apretaron contra mi polla, desencadenando mi liberación vaciándome dentro de su coño. Los tres nos perdimos en ese instante, un torbellino de placer que nos dejó jadeando, sudorosos, conectados en una danza de deseo.
Carmen se desplomó sobre mí, su respiración caliente contra mi pecho, mientras Laura, desde el sofá, nos miraba con una sonrisa satisfecha, su cuerpo relajado tras su segundo orgasmo. El silencio que siguió estaba cargado de complicidad, de promesas tácitas de que esa noche no sería la última.
por: © Mary Love

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