Era primavera en Fargo, Dakota del Norte y el salón de mi casa era un santuario de deseo, impregnado de luz que emanaba del dios Ra nos envolvía como una caricia invisible. La luz del sol que entraba por las ventanas arrojando sombras danzantes sobre nuestros cuerpos desnudos, que brillaban con un leve sudor bajo la claridad del astro. La moqueta, mullida y cálida, acogía nuestra piel como un lecho de placer. Yo, María, de 40 años, sentía mi melena castaña con mechas doradas rozar mis hombros y caer sobre mis pechos voluptuosos, cuyos pezones ya estaban duros, anticipando lo que vendría. Frente a mí, Ana, con su cabello rubio largo como un río de oro, se arrodillaba a cuatro patas, su culo redondeado alzado en el aire, sus labios entreabiertos exhalando un aliento cálido que podía sentir desde donde estaba. Y entre nosotras, Cintia, la joven de 23 años, con su melena negra como la noche desparramada sobre mi regazo, su cuerpo delgado y tembloroso completamente expuesto, rendido a nuestra voluntad.
Cintia estaba recostada sobre mi pecho, su espalda pegada a mis tetas, que se apretaban contra ella con cada movimiento. Sujeté sus muslos con firmeza, abriendo sus piernas hacia arriba, dejando su coño rosado y brillante completamente a la vista, vulnerable, palpitante. Los labios de su sexo se abrían ligeramente, revelando la humedad que ya goteaba, invitando a Ana. Ella no perdió tiempo. Se acercó como un felino hambriento, su lengua trazando un camino lento y deliberado desde la cara interna del muslo de Cintia hasta el borde de su coño. Con un dedo, Ana separó los labios vaginales, exponiendo el clítoris hinchado, y lo lamió con una precisión que arrancó un gemido gutural de Cintia. La joven ladeó la cabeza, buscando mi pezón derecho con su boca. Cuando sus labios se cerraron sobre él, chupando con fuerza, un relámpago de placer me atravesó, haciendo que mi propio coño se contrajera, empapándose.
Ana trabajaba con una destreza casi cruel. Sus dedos índice y corazón se deslizaron dentro del coño de Cintia, entrando y saliendo con un ritmo húmedo y constante, el sonido de su sexo chorreante llenando el aire. Cada embestida rozaba su punto G, haciendo que Cintia se arqueara contra mí, sus gemidos convirtiéndose en jadeos desesperados. Extendí mi mano desde atrás, mis dedos encontrando el monte de Venus de Cintia, suave y cálido. Con movimientos circulares, masajeé su clítoris, sintiendo cómo se endurecía bajo mi toque, cómo palpitaba con cada roce. “Joder, María, no pares”, susurró Cintia entre gemidos, su voz rota por el placer. Ana aceleró, follándola con los dedos más rápido, más profundo, mientras yo retorcía uno de sus pezones pequeños y rosados, pellizcándolo justo lo suficiente para hacerla gritar.
El cuerpo de Cintia temblaba, atrapado entre mis manos y las de Ana. Su coño se contraía alrededor de los dedos de Ana, y yo podía sentir cada espasmo a través de su piel. Entonces, el orgasmo la golpeó como un maremoto. Sus piernas, aún sujetas por mí, se tensaron, su espalda se arqueó violentamente, y un grito agudo escapó de su garganta mientras su coño explotaba, empapando los dedos de Ana con una corrida caliente y abundante. Ana sacó los dedos lentamente, cubiertos de un brillo viscoso, y los llevó a su boca, lamiéndolos con un gemido de puro deleite, saboreando cada gota. Me incliné hacia ella, mi lengua encontrando la suya en un beso voraz, nuestras bocas mezclando el sabor salado y dulce de Cintia, nuestras lenguas enredándose con hambre.
No había tiempo para recuperar el aliento. Cintia, aún temblando, se deslizó hasta tumbarse completamente en la moqueta, su pecho subiendo y bajando con respiraciones entrecortadas. Me puse en cuclillas sobre su rostro, mi coño empapado rozando sus labios. “Lámeme”, le ordené, y ella obedeció al instante. Su lengua se hundió en mí, lamiendo mis labios vaginales, chupando mi clítoris con una avidez que me hizo jadear. Mis caderas se movían solas, frotándome contra su boca, mientras mis manos apretaban mis propias tetas, pellizcando mis pezones para intensificar el fuego que crecía en mi interior. Ana, insaciable, volvió a Cintia, sus dedos abriendo de nuevo su coño, ahora más sensible, y su lengua lamiendo con furia, arrancándole gemidos que vibraban contra mi propio sexo.
El salón era un caos de sonidos: gemidos, jadeos, el roce húmedo de lenguas y dedos, la moqueta crujiendo bajo nuestros movimientos. Mi coño palpitaba contra la boca de Cintia, que lamía con una desesperación que me llevaba al borde. Ana, con sus dedos dentro de Cintia y su lengua danzando sobre su clítoris, empujaba a la joven a otro orgasmo. Las tres nos sincronizamos en un instante perfecto, un clímax que nos arrancó gritos al unísono. Mi corrida inundó la boca de Cintia, su lengua bebiendo cada gota, mientras su propio coño se contraía bajo los labios de Ana, y los gemidos de las tres llenaban el aire como una sinfonía de lujuria.
A un lado, Azucena, con la cámara temblando ligeramente en sus manos, grababa cada detalle: los cuerpos sudados, los coños palpitantes, las bocas abiertas en éxtasis. Su respiración agitada delataba que ella también ardía, que su propio deseo se desbordaba mientras capturaba nuestra entrega total.
Esta noche me dejó temblando, con el cuerpo aún vibrando de placer. Espero que estas palabras te hayan encendido tanto como a mí revivirlo. Ahora, ve, busca a esa persona que te hace arder, y déjate consumir. No te arrepentirás.
por: © Mary Love

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