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Los domingos mañaneros, sexo y pasión

El sol de la mañana se cuela por las rendijas de la persiana, bañando la habitación con una luz suave y dorada. Es domingo, nuestro día. A mis 68 años, me despierto con esa chispa que solo ella sabe encender. A mi lado, Clara, mi esposa de 62 años, duerme todavía, con la sábana apenas cubriendo su cuerpo desnudo. Su piel, aún tersa en algunos lugares, lleva las marcas de una vida vivida con intensidad. Me encanta mirarla así, vulnerable pero poderosa, con esa aura de mujer que sabe lo que quiere. Está desnuda, apenas cubierta por la sábana, su cuerpo maduro y lleno de curvas exhalando una sensualidad que me atrapa. Clara no es la misma mujer que conocí hace años. Cuando quedo viuda de Pepe, un hombre 34 años mayor que ella, no se quedó en un rincón llorando tras su muerte. Al contrario, se lanzó al mundo, follándose a quien quiso, cuando quiso. “Follé como si el mundo se fuera a acabar”, me confesó una vez, con esa sonrisa pícara que me pone duro al instante. Pero durante los seis meses que Pepe estuvo enfermo, ella lo respetó. A sus 36 años, con su marido de 70 enfermo un año, Clara lo respetó, no tocó a nadie aunque tuvo oportunidades. Cuando le picaba el coño se desahogaba en soledad, masturbándose en la penumbra de su habitación, sus dedos explorando su coño mientras imaginaba todo lo que no podía tener. Me lo cuenta a veces, cómo se corría en silencio, mordiéndose los labios para no despertar a Pepe, y eso me enciende aún más, sabe que me gusta.

Me acerco a ella, rozando su cadera, meto mi mano entre sus glúteos y con la punta de los dedos rozo su ano. Su piel cálida y sensible responde al tacto, y ella abre los ojos, oscuros, brillantes, con esa mezcla de ternura y lujuria que me enloquece. “Buenos días, viejo”, susurra, y su mano ya está buscando entre mi entrepierna mi polla.

Mi polla no es muy grande, pero a Clara le encanta. Ella tiene un coño chiquito y más bien estrecho, y dice que es lo justo para el huequito. Dice que es perfecta, que la puede meter entera en la boca hasta casi los huevos, y joder, cómo lo hace. Teniéndola toda dentro de su boca con su lengua lame mis huevos y me los pone duros.

Sin decir nada más, se desliza bajo las sábanas, su aliento caliente rozándome antes de que sus labios se cierren alrededor de mi polla. La chupa con deleite, saboreándola como si fuera un manjar. Su lengua recorre cada centímetro, lenta al principio, luego más rápido, hambrienta. La devora, gimiendo bajito mientras me mira a los ojos, con esa expresión de zorra que sabe lo que hace.

“Joder, Clara, cómo chupas, nadie lo hace como tu”, gruño, enredando los dedos en su pelo. Ella no para, es una posesa, succiona con fuerza, su boca caliente y húmeda volviéndome loco. A veces, se la saco de la boca solo para verla reaccionar: se pone como una gata en celo, gimiendo, casi suplicando con la mirada. “Dámela, cabrón es mia”, murmura, lamiéndose los labios, y yo me río antes de volver a metérsela, dejando que siga con su vicio. La pone muy cachonda. Podría pasarse horas así, chupándome, saboreándome, pero hoy no tengo paciencia para tanto. La quiero, la necesito.

La empujo suavemente hacia atrás, y ella se recuesta, abriendo las piernas con esa naturalidad que me enloquece. Su cuerpo ya no es delgado como en su juventud, pero esas curvas, esas nalgas generosas, me vuelven loco. En medio, su coño, experto, curtido por un montón de pollas que han pasado por él, brilla húmedo, invitándome. “Cómeme”, me ordena, y yo no me hago de rogar. Me hundo entre sus muslos, mi lengua explorando sus pliegues, lamiendo su clítoris con hambre. Ella gime, sus manos apretando mi cabeza, empujándome contra ella. “Sí, joder, así…”, jadea, mientras su cuerpo tiembla. Se corre una primera vez, rápido, intenso, su coño palpitando contra mi boca, pero no es suficiente. Clara nunca tiene suficiente.

Entonces, ella se mueve con esa determinación suya que me enciende. Se arrima al filo de la cama, sus nalgas generosas al borde del colchón, y levanta las piernas, apoyándolas contra la pared de la habitación. Coge una almohada y la coloca bajo sus glúteos, elevando su pelvis para que su coño quede más expuesto, abierto, listo para mí. “Fóllame así, viejo”, dice, su voz ronca de deseo, y yo me coloco frente a ella, mi polla dura como piedra. Su coño está empapado, brillante, y en esta postura, con su pelvis elevada, el hueco de su coño parece pedir a gritos que lo penetre. Mi polla, que no es muy grande, encaja perfectamente, entrando hasta el fondo con facilidad. Ella gime al sentirme, sus piernas temblando contra la pared. “Joder, sí, justo ahí…”, murmura, y yo empiezo a moverme, embistiéndola con fuerza, el ángulo perfecto para que cada empujón la haga gritar. Al mismo tiempo que la estoy follando, mi polla saliendo y entrando con mi mano encima de su monte de venus con mi dedo pulgar le refiero su clítoris aumentando su deseo de placer. Ella mientras se toca sus tetas pellizcando sus pezones. Está posición es súper placentera para los dos, pero en especial para ella que se corre las veces que quiera.

“Dime cosas, cabrón”, me pide, su voz temblando de deseo. A ella, en ese estado de éxtasis le gusta que le diga guarradas, y le recuerde los polvos más sonados y con los tíos que ha follado.
Sabe lo que quiere, y yo sé cómo dárselo. “Eres mi puta, golfa cómo te gusta que te follen, ¿verdad? Igual que cuando te fallaste a aquel cliente en la casa que le enseñabas para comprarla, ¿te acuerdas? Me contaste cómo te desnudo te abrió de piernas en la cama de matrimonio y te corriste y gritabas  como una  perra”.

Clara gime más fuerte, su coño apretándome con cada palabra. “Sí, joder… me folló el coño primero con su lengua y como si polla era mediana y finita hice que me penetrara con condón, pues siempre los llevaba en el bolso, y al correrse le quité el condón y me rocíe mis tetas con su corrida, seguidamente se acercó a mi boca, cogí su polla y saboreaba el resto que aún le salió. Su polla seguía dura, no se le bajaba, seguía lamiéndola y moviéndola con mi mano, y con un grito estruendoso el tío se volvía a correr, está vez en mi boca…”, responde, sus uñas clavándose en mi espalda.

Sigo hablándole, porque sé que le encanta. “Y tu marido, Pepe, ¿eh? Dime cómo te follaba ese cabrán, cómo te ponía a cuatro patas y te hacía gritar”. Ella se ríe, una risa gutural, y sus ojos brillan de excitación. “Lo que mejor hacía era follarme con su boca y su lengua -tenia una lengua larga- que la metía dentro y tocaba un sitio sensible que me corría al momento, me comía el coño de maravilla, lento, con calma, me hacía temblar… pero su polla casi nunca la metía hasta dentro, joder, era muy gorda, demasiado. Era violento, me hacía daño cuando quería metérmela entera. A veces solo me rozaba el coño con ella, golpeaba mi clítoris y me metía solo el glande, y con eso me corría como loca… Y otras veces, ¿sabes? Traía a una chica que había conocido, y follábamos los tres. Él sabía que me gustaba que una mujer follara con nosotros, así que sin decirme nada, las traía de vez en cuando. Me volvía loca sentir una lengua de mujer mientras él miraba…”.

Sus palabras me encienden aún más, y acelero, la meto y la sacó con más ritmo. “Y cuando estabas sola, Clara, tocándote en la oscuridad mientras Pepe dormía, ¿en quién pensabas? ¿Pensabas en el médico que llevaba la enfermedad de Pepe, que te quería follar?”. Ella gime, su cuerpo temblando.

“Sí… joder, el médico, tenia mi misma edad y estaba buenísimo… un día que fue horrible me propuso pasar esa noche en su casa -estaba separado-, me miraba como si ya me estuviera desnudando. Pero no lo hice y no por no tener ganas, por respeto a Pepe… 
Cuando me tocaba me masturbaba pensando en él, en cómo me follaría…”.
“Pero después, cuando Pepe murió, te lo follaste, ¿verdad? Cuéntame cómo te abrió de piernas ese médico”. Clara gime más alto, su coño palpitando y tocándose ella el clítoris. 
“Me folló como un poseso, en su consulta, en su casa… me hacía gritar, me llenaba…”. 
Sigo penetrándola sin sacarla del huequito, como ella dice, mi polla entrando y saliendo de su coño empapado. 

“Y el cubano negro, Clara, el cantante de Jazz, el que solo te metía la punta porque no podías con todo”. Ella grita, al borde del orgasmo. “Joder, sí… lo conocí en un concierto en Madrid, al año de morir Pepe, le atrajo mi buen culo, como les gusta a los cubanos. Lo seduje con un vestido ajustado que marcaba pezones, tomando una copa con el después de una de sus actuaciones, cerca de él rozándolo. Me miró como si quisiera devorarme, y esa misma noche subí con el a la habitación de su hotel. Su polla era gigante, negra como el carbón, su capullo rosado, solo la punta ya me llenaba, no podía con más, pero cómo me comía el coño, nadie me lo ha chupado así, bueno, Pepe era un maestro también. Me hacía correrme una y otra vez con su lengua, creo que aún más larga que la de Pepe, mi marido, me volvía loca. Follamos tres o cuatro veces mientras estuvo en Madrid, en su hotel, en un callejón una noche después de tomar unas copas… Una de esas veces vino con su hermana, una chica de 25 años, lesbiana, que me había visto en el concierto y quería follar conmigo. Me comía el coño de maravilla, tenía un clítoris grande, parecía un pequeño pene con su glande chiquito, y cuando me lo metí en la boca, joder, fue increíble. Me corrí tres veces con ella: dos comiéndome el coño, su lengua haciéndome temblar, y la tercera cuando me hizo la tijera, su clítoris rozando el mío, vaciándonos las dos con nuestros coños pegados. Fue impresionante, maravilloso. Luego se fueron a Valencia, y no supe más de ellos…”.

Le encanta recordar al cubano. Sus recuerdos y sus palabras me encienden, y acelero, embistiéndola con más ritmo, el sonido de nuestros cuerpos chocando resonando en la habitación. Ella se corre otra vez, su segundo orgasmo sacudiéndola, sus piernas apretándome contra ella. “¡Sí, joder, siii...no pares amor!”, grita, pero no para, sigue moviendo las caderas, pidiéndome más. “Sigue, no pares, fóllame como ellos”. Su coño me aprieta tan fuerte que me pone al límite, y entonces, mientras su cuerpo tiembla en su tercer orgasmo, no puedo contenerme. “Joder, Clara, me pone tan cachondo verte así… me encantaría verte follar con otro tío, ver cómo te abren y te hacen gritar delante de mí”. Ella gime más fuerte, sus ojos encendidos de lujuria. “Sí, cabrón, me gustaría que lo vieras… y lo verás algún día. Traeremos a casa un chico joven, con una polla dura, y me follará delante de ti para que veas cómo me corro como perra…”.

Sus palabras me llevan al borde. “Zorra, joder, eres una zorra insaciable”, gruño, moviéndome sin parar con todo lo que tengo. Ella se corre otra vez, su cuarto orgasmo sacudiéndola como una ola, su coño apretándome tan fuerte que no puedo más. “Me corro, joder”, gruño, y ella me aprieta contra ella, sus piernas envolviéndome. “Dámelo todo, cabrón”, susurra, y me corro dentro de ella correándola toda, un orgasmo que me deja temblando, gruñendo como animal. Nos quedamos allí, jadeando, sudorosos, riendo como dos locos. Clara me mira, con esa chispa en los ojos que promete más. “Eres un cabrón”, dice, dándome un beso rápido. “Y tú una zorra golfa, pero mía”, respondo, y nos reímos otra vez. Los domingos por la mañana son nuestros, y Clara, con su cuerpo lleno de curvas, algunas estrías, su coño experto y su hambre insaciable, siempre se asegura de que valga la pena.

por: © Mary Love


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