La noche anterior, cuando llegó a casa tras tres largos meses en alta mar, su rostro reflejaba el cansancio del océano. Lo dejé dormir plácidamente, aunque mi cuerpo ardía de deseo. La soledad me había consumido, y en la penumbra del baño, mis dedos buscaron alivio con urgencia, imaginando su tacto. Me corrí, pero no era suficiente. Mi mente vagó hacia el joven vendedor de telefonía que me follé durante su ausencia. Lo conocí porque iba por las casas ofreciendo contratos de telefonía e internet. Era un chico de unos veinticinco años, delgado pero atlético, con el pelo castaño desordenado y unos ojos verdes que desprendían una mezcla de timidez y picardía. Su piel bronceada y su sonrisa confiada me encendieron al instante. No fue él quien me sedujo; fui yo quien, excitada por su juventud y su cuerpo firme, lo invité a pasar más allá de la puerta, llevándolo a un terreno mucho más íntimo.
A la mañana siguiente, estaba en el salón, sentada en el sofá de piel blanca con una taza de café humeante. Llevaba solo una bata fina que apenas cubría mi cuerpo, insinuando mis curvas bajo la luz del sol que se colaba por la ventana. Él apareció, despeinado, con esa mirada que aún me desarma. Se acercó, cariñoso, y sus labios encontraron los míos en un beso lento, profundo, que encendió cada fibra de mi ser. Entre besos, susurré: “Amor, permite que grabe con la cámara de mi iPhone nuestro reencuentro, así cuando no estés podré verlo y correrme yo sola.” Él sonrió, con un brillo travieso en los ojos, y asintió. Solté la taza en la mesa, tomé mi iPhone y lo apoyé en un ángulo perfecto sobre la mesa, asegurándome de captar cada momento. Luego dejé caer la bata, quedándome desnuda ante él.
Sin preámbulos, me levantó con suavidad pero con firmeza y me sentó en el brazo del sofá. Sus manos, endurecidas por el mar, abrieron mis muslos. Sus dedos se deslizaron dentro de mi coño húmedo, mientras su lengua encontraba mi clítoris, lamiéndolo con una mezcla de ternura y voracidad. Jadeé, gemí, mi cuerpo temblando, consciente de que la cámara captaba cada movimiento. “Cuéntame”, susurró entre lamidas, su voz cargada de excitación. “¿Quién te folló esta vez?” Entre gemidos, confesé: “Durante estos tres meses de tu ausencia, me follé al vendedor de telefonía cuatro veces. Lo conocí porque vino a casa ofreciendo internet y telefonía. Era joven, unos veinticinco, delgado, con ojos verdes y una sonrisa que me puso cachonda al instante. No tenía la experiencia que tú tienes, pero una cosa sí tenía: me comía el coño muy profesionalmente, con una lengua ágil y unos dedos que sabían dónde tocar. Fui yo quien se lo folló, amor, porque no pude resistirme a su cuerpo firme.” Sus ojos brillaron, sus dedos se movieron más rápido, su lengua más intensa, como si mis palabras y la cámara lo encendieran. Me corrí con un grito ahogado, sabiendo que ese momento quedaría grabado, pero mi cuerpo pedía más.
Se tumbó en el sofá, su polla erecta y palpitante, perfectamente enmarcada por la cámara. Me acerqué, ansiosa, y comencé a masturbarlo, sintiendo su dureza en mi mano. La tomé en mi boca, saboreándola con hambre, mientras él me acariciaba el pelo y la espalda. “¿Y tú?”, pregunté, mi lengua rozando su polla, consciente de que cada palabra sería inmortalizada. Entre jadeos, me habló de una camarera en un puerto lejano, de ojos oscuros y manos expertas. Sus palabras me encendieron, y chupé con más ansia, dejando que moviera sus caderas, follándome la boca como si fuera mi coño, todo bajo la mirada del iPhone. Sus manos apretaban mis tetas, pellizcando mis pezones, haciéndome gemir.
No pude más. Me senté a horcajadas sobre él, de lado, guiando su polla hacia mi coño peludo. La penetración fue abrumadora, llenándome por completo. Me movía con un ritmo desesperado, mis dedos en mi clítoris, intensificando el placer, sabiendo que la cámara captaba cada gemido, cada movimiento. “¿Te comió el coño mejor que yo?”, gruñó, y reí, jadeando. “No, amor, tú eres el maestro.” Me corrí en silencio, el orgasmo recorriendo mis entrañas.
Me giró, tumbándome de lado en el sofá, y se colocó detrás de mí. Su polla me penetró de nuevo, profunda, mientras sus manos recorrían mi cuerpo. “Dime más del chico”, pidió, acelerando. Le conté cómo el vendedor me llamó “puta” mientras me follaba contra la pared del salón, justo donde estábamos ahora, su polla joven y dura moviéndose con ímpetu. Él sonrió, sus embestidas más fuertes. “Puta, me corro en tu coño”, gruñó, y esas palabras, junto al recuerdo de mi aventura y la idea de la grabación, me llevaron al borde. Cuando se vació dentro de mí, un orgasmo explosivo me arrancó un grito. Pero él seguía duro. Me puso a cuatro patas en el sofá, y nos corrimos otra vez, nuestros cuerpos temblando, exhaustos pero saciados, todo capturado por la cámara.
Nos desplomamos en el sofá, sudorosos, riendo entre jadeos. La bata seguía en el suelo, la taza de café olvidada. Apagué la grabación y revisé el vídeo, sonriendo al pensar en las noches solitarias que vendrían, cuando lo reproduciría para correrme sola. “Cuatro veces con el chico de la telefonía, ¿eh? ¿Y fuiste tú quien lo sedujo?”, dijo, mirándome con picardía. Sonreí, asintiendo. “La próxima, quiero más detalles… y tal vez grabemos más.” Sabía que nuestro pacto, nuestro ritual, y ahora este vídeo, solo hacían que nuestro deseo creciera más.
por: © Mary Love

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