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Nuria, escort y estudiante universitaria

Me llamo Nuria, tengo 21 años, soy delgada, de estatura media, con una melena castaña que cae en ondas suaves por mis hombros. Vivo en Alicante, de familia acomodada y mentalidad progresista, me ayudan en lo que pueden mientras curso mi segundo año de carrera. Siempre he sido una mujer libre, desinhibida, con una pasión desbordante por mi sexualidad. Desde mi primera vez a los 15 años, con un compañero de instituto en un encuentro torpe pero consentido, supe que el placer sería una parte esencial de mi vida. Como mi deseo es...  me masturbo todos los días, a veces más de una vez, explorando mi cuerpo con dedos curiosos que conocen cada rincón de mi piel.

Tengo una amiga intima, Nati. Hace unas semanas, me confesó algo que me dejó intrigada: trabajaba como escort, acompañando a hombres mayores, hombres con experiencia que pagaban generosamente por su compañía y por sexo. “Gano un dineral, Nuria, y encima disfruto,” me dijo con una sonrisa pícara. Sus palabras resonaron en mi cabeza. “Nuria,” me dije a mí misma, “si el sexo es tu pasión, ¿por qué no usar tu cuerpo para dar y recibir placer, y encima ganar dinero con ello?” La idea me encendió. No lo dudé más y me anuncié en una plataforma para chicas de compañía (escort), con fotos sugerentes que resaltaban mi figura estilizada, mis pechos pequeños pero firmes, y esa mirada traviesa que siempre me ha caracterizado.

Las llamadas no tardaron en llegar. Lo mejor de ser escort es que puedes elegir con quién compartir tu cama, y yo tenía claro que solo aceptaría a quienes me despertaran algo, un cosquilleo, una chispa. Entre todas las propuestas, una voz me llamó la atención. Era grave, algo temblorosa, con un acento que apenas dejaba entender su español. “Hola, soy Charlie,” dijo. “Soy de Canadá, vivo en Jávea.” Su tono, cálido y pausado, me intrigó. Como le costaba hablar le hablé en inglés. Pregunté su edad. “Setenta y seis,” respondió sin titubear. Me reí para mis adentros. Un hombre mayor, pensé, podría ser interesante. Quedamos en un hotel discreto en Alicante, uno de esos sitios que alquilan habitaciones por horas, con luces tenues y sábanas limpias que invitan al pecado.

Cuando lo vi, Charlie me inspiró una mezcla de ternura y curiosidad. Era alto, muy delgado, con el pelo blanco abundante, barba blanca, y una sonrisa tímida que escondía una chispa de picardía. Sus manos, marcadas por los años, parecían fuertes aún. Nos presentamos con un apretón de manos que se prolongó más de lo necesario, sus dedos rozando mi palma con una suavidad que me erizó la piel. Subimos a la habitación en silencio, pero el aire ya estaba cargado de electricidad.

Una vez dentro, no perdimos el tiempo. Me quité el vestido ajustado que llevaba, dejando al descubierto mi cuerpo desnudo, sin ropa interior, porque sabía que eso lo volvería loco. Charlie se desvistió con calma, revelando un cuerpo flaco pero firme para su edad. Su polla, no muy grande, estaba ya medio erecta, y me gustó lo que vi. Mi coño, estrecho pero siempre dispuesto, palpitaba de anticipación. Había tenido pollas de 22 centímetros antes, pero solo con una buena lubricación y estimulación, y algo me decía que Charlie sabía cómo manejar eso.

Se acercó a mí con una seguridad que me sorprendió. “Eres preciosa, Nuria,” murmuró, y sus manos comenzaron a recorrer mi cuerpo. Me puso a cuatro patas sobre la cama, mis rodillas hundiéndose en el colchón, mi espalda arqueada y el culo en alto, expuesto. Sentí su aliento cálido antes que su lengua, que se deslizó por mi ano con una delicadeza que me hizo gemir. Me comía el culo con una maestría que me desarmó, abriendo mis nalgas con sus manos mientras su lengua exploraba cada rincón de los pliegues de mi coño. Sus manos recorrían mi espalda, acariciando mi piel, deteniéndose en mis tetas para pellizcar mis pezones con justo la presión adecuada. Yo, incapaz de contenerme, llevé una mano a mi clítoris por encima del monte de venus, frotándolo en círculos rápidos mientras él seguía devorándome.

De pronto, sentí dos de sus dedos introduciéndolos dentro de mi coño, húmedo y ansioso. Los movía con una precisión que me volvía loca, entrando y saliendo mientras su lengua seguía jugando con mi culo. Mi respiración se aceleró, mi cuerpo temblaba. “Joder, Charlie,” gemí, y entonces exploté. Un orgasmo brutal me atravesó, mi coño se contrajo alrededor de sus dedos, y di un grito que resonó en la habitación. Me corrí con una intensidad que me dejó mareada, pero él no paró. Siguió tocándome, lamiéndome, haciéndome sentir que mi cuerpo era suyo para jugar.

Me giró con suavidad y me puso boca arriba, subiendo mis piernas hasta que mis rodillas casi tocaban mis hombros. Mi coño quedó expuesto, vulnerable, y él lo miró con una mezcla de hambre y reverencia. Se inclinó y comenzó a comérmelo, su lengua trazando círculos alrededor de mi clítoris antes de hundirse en mi entrada. Me penetró con dos dedos otra vez, mientras yo seguía frotándome el clítoris, perdida en el placer. Luego, sin avisar, sentí su polla entrando en mí, dura a pesar de su edad, llenándome con un ritmo lento pero firme. La posición era extraña, casi acrobática, pero él sabía exactamente cómo mover sus caderas para que cada embestida me rozara en el punto exacto.

“Más rápido,” le supliqué, y él obedeció. El ritmo aumentó, sus dedos y su polla trabajando en sincronía mientras yo me masturbaba con frenesí. Otro orgasmo se acercaba, y cuando llegó, fue aún más intenso que el primero. Grité su nombre, mi cuerpo arqueándose mientras oleadas de placer me recorrían. Charlie sonreía, satisfecho, pero aún no había terminado.

Se sentó en el borde de la cama, su polla erecta frente a mí. Me puse de rodillas abriéndole las piernas, mi boca cerca de su polla, y tomé su miembro con una mano. Era cálido, pulsante, y lo acaricié con movimientos lentos al principio, disfrutando de su textura. Luego me incliné y la lamí, desde la base hasta la punta, saboreando el leve gusto salado de su piel. La metí en mi boca, chupándola con ganas, mientras mi mano seguía masturbándolo. Él gemía, sus manos enredándose en mi pelo, y yo aceleré el ritmo, ansiosa por darle el mismo placer que él me había dado.

De repente, dio un grito ronco, y sentí su polla palpitar en mi boca. Su corrida me llenó, caliente y espesa, y la saboreé con deleite, lamiendo cada gota mientras mis dedos se manchaban con su semen. Me relamí, limpiando su polla con mi lengua, disfrutando de cada instante de aquel momento. Charlie me miró, jadeante, con una sonrisa de satisfacción que me hizo sentir poderosa.

Nos quedamos un momento en silencio, recuperando el aliento. Luego, me pagó lo acordado, con un billete extra que deslizó en mi mano con un guiño. “Eres increíble, Nuria,” dijo antes de irse. Y yo, aún con el sabor de su corrida en mi boca, sonreí. Esto de ser escort no estaba nada mal.


por: © Mary Love


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