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Me excite con el estudiante de erasmus


Había acogido a Matteo, un italiano de 23 años del programa Erasmus Mundus, en la habitación de invitados. Era un chico de piel bronceada, cabello negro revuelto, ojos verdes con un brillo pícaro y un cuerpo que parecía tallado por un escultor: músculos definidos, culo firme, y una energía que me hacía hervir la sangre. A mis 66 años, mi cuerpo no era el de una veinteañera, pero mis curvas seguían siendo generosas, mi piel suave, y mi deseo, un fuego insaciable que me quemaba por dentro. El vestido blanco que llevaba, ligero y ceñido, se pegaba a mis tetas grandes y a mis caderas, dejando poco a la imaginación. Cada paso que daba sentía el roce de la tela contra mis pezones, que se marcaban duros, y un cosquilleo constante en mi coño, siempre listo para el placer.

Esa tarde, mientras cargaba un montón de sábanas limpias hacia el cuarto de Matteo, la puerta entreabierta me detuvo en seco. Allí estaba él, tumbado en la cama, con las piernas abiertas y los ojos cerrados, perdido en su propio mundo. Su mano derecha apretaba su polla, una verga gruesa, larga, con venas hinchadas que palpitaban bajo la piel tensa. La punta, roja y brillante, goteaba líquido preseminal que resbalaba por su glande. Se la meneaba con un ritmo lento, casi hipnótico, sus bolas apretadas moviéndose con cada caricia. Mi cuerpo reaccionó al instante: un calor líquido se encendió en mi entrepierna, mi coño se empapó bajo las bragas negras de encaje, y mis pezones se endurecieron tanto que dolían contra el vestido. Dejé caer las sábanas al suelo con un golpe sordo, y Matteo abrió los ojos, sobresaltado.—¡Joder! — exclamó, tirando de la sábana para cubrirse, su cara enrojecida de vergüenza.

Sonreí, con una mezcla de lujuria y autoridad, mis ojos clavados en la sábana que apenas escondía su erección. Me acerqué despacio, mis caderas balanceándose, el vestido subiendo un poco con cada paso, dejando ver el borde de mis muslos. —No te tapes, Matteo —dije, mi voz baja, cargada de deseo crudo—. Tienes una polla de infarto, no la escondas. Quiero hacerla mía, quiero hacerte gemir.
Pero... —me incliné, mi aliento rozando su mejilla, mis tetas casi tocando su pecho— esto queda entre nosotros. Nuestro secreto sucio.

Sus ojos se abrieron de par en par, pero el brillo en ellos no era de rechazo. Había hambre, curiosidad. Me arrodillé junto a la cama, aparté la sábana con un movimiento lento, y tomé su polla en mi mano. Estaba caliente, dura como una barra de acero, y pulsaba bajo mis dedos. La acaricié, sintiendo cada vena, cada centímetro de su piel suave y tensa. Me incliné y lamí desde la base, saboreando el sabor salado de sus huevos, apretados y pesados, subiendo con la lengua por toda su longitud hasta la punta. Allí, chupé la gota de líquido preseminal, dejando que mi lengua jugueteara con su glande, lamiendo cada rincón. Me la metí en la boca, llenándola hasta el fondo, mis labios apretándose alrededor mientras la succionaba con fuerza. Movía la cabeza arriba y abajo, mi lengua girando en círculos, chupando, lamiendo, mientras mi mano lo masturbaba con un ritmo firme. Matteo gruñó, sus manos aferrando las sábanas, sus caderas empujando contra mi boca.

—Joder... —gimió, su voz rota, mientras yo lo devoraba, saliva goteando por mi barbilla.

Me puse de pie, mi coño palpitando, empapado de deseo. Subí el vestido blanco hasta la cintura, dejando al descubierto mis bragas negras, tan mojadas que se pegaban a mis labios vaginales, marcando cada pliegue. Las aparté con dos dedos, mostrando mi coño hinchado, rosado, con los labios abiertos y brillando de humedad. Me subí a la cama, me senté sobre su cara, mi sexo justo encima de su boca, y lo miré a los ojos.—Chúpame, Matteo —ordené, mi voz temblando de lujuria—. Haz que me corra en tu boca.

Su lengua salió al instante, lamiendo mis labios vaginales con una mezcla de timidez y avidez. Los abrió con la punta, saboreando mi jugo, y luego atacó mi clítoris, chupándolo con fuerza. Grité, mis caderas moviéndose contra su rostro, mientras su lengua se hundía en mi coño, lamiendo cada rincón, succionando mi clítoris hasta hacerme temblar. Mis gemidos eran altos, descontrolados, y mis dedos se enredaron en su cabello, empujándolo más contra mí. Mientras él se masturbaba, su lengua me follaba, entrando y saliendo, chupando mis labios, haciendo que mi cuerpo se arqueara de puro placer.

No podía más. Me deslicé hacia abajo, mi coño ardiendo, necesitado. Tomé su polla, aún dura, tiesa como una estaca, y la guié hacia mi entrada. La sentí abrirme, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. Gemí, mis paredes internas apretándola, mientras empezaba a cabalgarlo con un ritmo lento pero profundo. Mis tetas, grandes, pesadas, rebotaban frente a su cara, los pezones duros como piedras. Matteo las atrapó con las manos, amasándolas con fuerza, mientras su boca se cerraba sobre un pezón, chupándolo, mordiéndolo suavemente. —Oh, sí, sigue, pequeño —jadeó, su lengua lamiendo mis pezones, enviando descargas de placer directo a mi coño.

Quise más, mucho más. Me puse a cuatro patas, mi culo en alto, redondo, firme, brillando bajo la luz. Escupí en mi mano y lubriqué mi ano, invitándolo. Matteo escupió también, su saliva resbalando por mi entrada trasera, y con cuidado empujó su polla dentro de mi culo. Grité, el placer y el dolor mezclándose mientras me abría, su grosor estirándome hasta adaptarse. Cada embestida era un estallido, su polla entrando y saliendo, follándome el culo con un ritmo que me hacía perder la cabeza. Me giré, quedando de espaldas, con las piernas abiertas, y mientras él seguía penetrándome por detrás, mis dedos encontraron mi coño. Me masturbé con frenesí, frotando mi clítoris hinchado, metiendo dos dedos dentro de mis labios vaginales, empapados y resbaladizos. —Joder, sí, tócate —gruñó Matteo, sus ojos brillando de lujuria mientras me veía masturbarme, mi coño chorreando jugos.

De repente, su cuerpo se tensó, y con un rugido profundo se corrió, llenándome el culo con chorros calientes de semen. Sentí cada pulsación, cada gota inundándome, y eso desató mi propio orgasmo. —¡Me corro, joder! —grité, mi coño contrayéndose, mi clítoris palpitando mientras el placer me rompía en mil pedazos. Su polla seguía dentro, y él, sin parar, se corrió otra vez, jadeando, su cara contorsionada por el éxtasis, su semen desbordando de mi culo.

Nos desplomamos en la cama, sudorosos, temblando, el aire denso con el olor a sexo, sudor y semen. Mi cuerpo aún vibraba, mi coño y mi culo palpitando por la intensidad. Le miré, con una sonrisa cargada de complicidad, mientras me acomodaba el vestido, mis bragas empapadas pegándose a mi piel.

—Recuerda, Matteo —susurré, mi voz ronca, todavía temblando—. Esto es nuestro secreto. Nadie puede saber lo sucio que hemos sido.

Él me devolvió una sonrisa, su pecho subiendo y bajando, su polla aún medio dura brillando con restos de semen. Y supe, sin duda, que este era solo el comienzo de nuestros encuentros en mi casa.


por: © Mary Love

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