La cocina estaba bañada por una luz cálida y suave, nuestro santuario para esa noche de lunes. Antonia, mi esposa de 72 años, y yo, con 73, seguíamos alimentando la chispa que nos unió hace cincuenta años. Nuestros cuerpos, esculpidos por el tiempo, no eran los de nuestra juventud, pero la pasión entre nosotros ardía con una intensidad que desafiaba las arrugas y los años. Los lunes por la noche eran nuestro ritual sagrado, un momento para entregarnos al deseo, y anoche la cocina fue nuestro escenario.
Estábamos completamente desnudos, salvo por el sujetador de Antonia, que apenas contenía su esencia. Sus tetas, aún redondas, se desbordaban por encima de la tela, dejando ver su pasión y deseo en cada curva expuesta, un espectáculo que encendía mi sangre. Se recostó contra la pared, subiendo a la mesa de la cocina con una agilidad que desmentía su edad. Sus piernas se abrieron, exponiendo su coño peludo, ese rincón de placer que me obsesiona. Me acerqué, mi respiración entrecortada, y hundí mi rostro entre sus muslos. El aroma de su excitación me envolvió mientras mi lengua recorría sus labios húmedos, lamiendo y succionando su clítoris.
Antonia gemía, sus manos enredadas en mi pelo canoso, y pronto su cuerpo tembló, un grito ahogado anunciando su primer orgasmo, su sabor inundando mi boca.
Con una mirada traviesa, Antonia se bajó de la mesa. Se agachó, sus rodillas firmes, y tomó mi polla con su boca. ¡Qué destreza! Su lengua danzaba sobre mi glande, sus labios me envolvían con una maestría afinada por los años. Mientras me chupaba, murmuró algo sobre imaginar que era la polla de algún actor famoso, una fantasía que siempre me saca una sonrisa y me pone aún más duro. Mi erección creció, pulsante, lista para ella.
Volvió a subirse a la mesa, sus tetas saliendo por encima del sujetador, mostrando su pasión y deseo, moviéndose con cada respiración, avivando mi fuego. Me posicioné entre sus piernas y la penetré lentamente, sintiendo cómo su coño húmedo me acogía. La metí hasta el fondo, rozando sus paredes, y luego la saqué, provocándola. Sus gemidos llenaban la cocina, un coro de placer que me encendía. Saqué mi polla y, juguetón, golpeé su clítoris con ella, rozándola por su raja. Antonia se volvió loca, sus caderas moviéndose al ritmo de mis caricias, hasta que un segundo orgasmo la atravesó, sus gritos resonando en la habitación.
No habíamos terminado. Ella, con esa energía que siempre me sorprende, se bajó de la mesa y se arrodilló en una banqueta, apoyando su torso sobre la madera. Sus tetas, aún redondas, se apretaban contra la superficie, el sujetador apenas conteniéndolas, dejando ver su pasión y deseo en cada movimiento. Abrí sus nalgas con cuidado, admirando su coño brillante por los orgasmos anteriores, y la penetré desde atrás. Su humedad facilitaba cada embestida, mi polla deslizándose con facilidad.
Agarré sus caderas, moviéndome con un ritmo que mezclaba urgencia y ternura. Nuestros gemidos se entrelazaban, y cuando sentí su cuerpo tensarse, sus jadeos convirtiéndose en gritos, supe que estaba al borde de otro clímax. “¡Me corro!” gritó, y en ese instante no pude contenerme más. Exploté dentro de ella, mi semen llenándola mientras nuestros cuerpos temblaban en un éxtasis compartido.
Nos quedamos allí, jadeando, riendo entre susurros, la cocina impregnada del aroma de nuestra pasión. Antonia, con su sujetador dejando ver sus tetas redondas, seguía siendo mi musa, y cada lunes reafirmábamos que el deseo no conoce edad.
por: © Mary Love

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