Soy Marisa, tengo 19 años, vivo en Torrevieja, Alicante, y bajo todos los días en mi coche a la universidad de San Vicente. Soy una chica muy sensual y siempre tengo ganas de sexo; se ve que es la edad. Aún no he encontrado a nadie que tenga la madurez suficiente para satisfacer a una mujer, en este caso a mi. Los chicos con los que he estado son muy inexpertos, nada más rozarme el coño con su polla se van enseguida, y me dejan a dos velas, así que me masturbo y me satisfago yo sola.
Mi vida cambió por completo desde que descubrí el secreto de mi madre. Todo empezó un día que volví antes de la uni y la pillé en plena acción follando con Anthony (Antonio), un vecino viudo de 70 años que vive en el piso de abajo, él es inglés y le cuesta hablar en español, así que yo le hablo en ingles. Mi madre, Cristina, tiene 41 años y está tremenda: un cuerpo esculpido por horas en el gimnasio, tetas grandes y firmes que desafían su edad, un culo redondo que parece de una veinteañera. La vi montada encima de Antonio, gimiendo con una intensidad que me dejó helada, sus caderas moviéndose con desesperación. Pero lo que me quemó por dentro, lo que me puso a mil, fue ver la polla del ingles: gruesa, venosa, dura como una roca, entrando y saliendo de mi madre con una fuerza que no esperaba de un hombre de su edad. Me quedé escondida tras la puerta entreabierta, incapaz de apartar los ojos, mi cuerpo temblando de excitación. Desde ese momento, no pude sacármelo de la cabeza. Quería esa polla para mí.
Entiendo por qué mi madre se tira a Antonio. Hace tiempo, escuché a escondidas una conversación con mi tía en la que ella se quejaba de que mi padre es impotente, que no la toca desde hace tres años. No me sorprende que busque fuera lo que le falta en casa. Muchas noches, cuando mis padres creen que estoy dormida, veo a mi madre en su habitación, con la puerta entreabierta, follándose sola con una polla de silicona, una replica exacta de la del actor 'Brent Corrigan', super realista, que guarda en su mesita de noche. Se tumba en la cama, abre las piernas y se la mete despacio, gimiendo bajito, sus dedos acariciando su clítoris mientras se retuerce de placer. Me quedo mirando, fascinada por lo mucho que disfruta, por la forma en que su cuerpo se arquea. Y estoy segura de que no solo esta follando con Antonio. Hay un compañero de la oficina, un tío de unos 35 años, de un metro ochenta, moreno y con pinta de saber lo que hace, que muchas veces la veo que la trae a casa. La forma en que la mira, cómo se queda más de la cuenta en la puerta, me hace pensar: "estos dos están follando". Mi madre es una zorra, pero no la culpo: está en su prime y lo sabe.
Yo, sin embargo, no me quedo atrás. Desde que vi a Antonio en acción, lo quiero para mí. Cada vez que me pongo cachonda, y eso pasa casi a diario, bajo a su piso. Vivo con mis padres, así que tengo que ser sigilosa, esperando a que estén ocupados o fuera de casa. Antonio siempre está dispuesto, con esa energía que parece no acabarse nunca. Además, grabo todo con mi móvil para subirlo a mi plataforma, el lo sabe y tengo su consentimiento, donde mis suscriptores pagan por verme follar con este hombre que podría ser mi abuelo, o videos que tengo de otro tipo. Les encanta el contraste: mi piel suave, mis tetas firmes, mi culo redondo y prieto, contra el cuerpo maduro de Antonio, sus manos expertas, su polla que parece no cansarse nunca. Cada vídeo es un éxito, y los comentarios me suben el ego: “Marisa, eres una reina”, “Ese viejo sabe cómo darte”.
Ayer fue una de esas tardes en las que no podía más. Estaba en mi cuarto, tumbada en la cama, tocándome mientras pensaba en Antonio, en cómo se folló a mi madre, en esa polla que me obsesiona. Mi coño ya estaba húmedo, mis dedos resbalaban mientras imaginaba sus manos en mí. No aguanté más. Me puse un vestido corto, de florecita, sin sujetador ni bragas, dejando que el tejido se pegara a mis curvas. Cogí mi móvil, ajusté la cámara para grabar en alta calidad, y bajé a su piso. Toqué el timbre con el corazón a mil. Antonio abrió la puerta con un jersey blanco con rayas negras que marcaba su pecho aún firme y un pantalón vaquero que no disimulaba nada. Su sonrisa pícara me recorrió como un escalofrío. Sin decir una palabra, me hizo pasar, cerró la puerta y me llevó al salón.
Allí, en el centro de su piso, con la luz de la tarde filtrándose por las cortinas, Antonio empezó a desnudarme. Sus manos, trabajadas pero precisas, subieron por mis muslos, levantando el vestido lentamente, como si quisiera saborear cada centímetro de mi piel. Me lo quitó por encima de la cabeza, dejándome desnuda frente a él. Sus ojos recorrieron mi cuerpo, deteniéndose en mis-tetitas firmes, mis pezones ya duros de la excitación. Se acercó y me besó, su lengua invadiendo mi boca con una intensidad que me hizo gemir. Mientras me besaba, sus manos exploraban mi cuerpo: primero mis tetas, apretándolas con fuerza, pellizcando mis pezones hasta que solté un jadeo. Luego bajó por mi cintura, acariciando mis curvas, hasta llegar a mis glúteos. Los apretó con ambas manos, sus dedos hundiéndose en mi carne, levantándome ligeramente para pegarme más a él. Sentí su erección contra mi vientre, dura bajo el pantalón, y mi coño palpitó de deseo. Grabé todo, sosteniendo el móvil con una mano, enfocando sus manos en mis tetas, mi culo, la forma en que me devoraba con la mirada.
Sin darme tiempo a reaccionar, me empujó con suavidad pero con firmeza hacia el chaise longue, ese sofá largo y cómodo donde siempre me hace de todo. Me tumbé, abriendo las piernas sin pudor, ofreciéndole mi coño, que ya brillaba de lo mojada que estaba. Antonio se arrodilló frente a mí, su mirada fija en mi sexo, y acercó su boca. Primero besó mis muslos, lento, torturándome, hasta que su lengua finalmente rozó mis labios. Lamía con experiencia, abriendo mi coño con los dedos para chupar mi clítoris con una precisión que me hacía arquear la espalda. Sus manos sujetaban mis caderas, manteniéndome en el sitio mientras yo gemía sin control, el placer creciendo como una ola. La cámara capturaba cada detalle: su lengua moviéndose, mis manos enredadas en su pelo canoso, mi cuerpo temblando. Me corrí en su boca, un orgasmo intenso que me hizo gritar, mis piernas temblando mientras él seguía lamiendo, bebiéndose cada gota de mi placer.
No me dio tregua. Me puse de rodillas en el chaise longue, con el culo en alto, mi cuerpo aún vibrando por el orgasmo. Me giré hacia él, que estaba de pie frente a mí, y le bajé el pantalón vaquero con un movimiento rápido. Su polla, medio dura, salió libre, gruesa y venosa, justo como la recordaba. La cogí con ambas manos, sintiendo su calor, y me la metí en la boca. La chupé despacio al principio, lamiendo desde la base hasta la punta, recorriendo cada vena con la lengua, saboreando su piel salada. Antonio gruñó, sus manos en mi pelo, guiándome mientras yo aceleraba, apretando los labios, succionando con fuerza. La cámara grababa todo: mi boca alrededor de su polla, mis ojos mirándolo con deseo, su cara de placer puro. En minutos, la tenía dura como una piedra, lista para mí.
Antonio se recostó en el sofá, su polla erecta apuntando al techo. Me subí encima de él, dándole la cara, mis rodillas a ambos lados de sus caderas. Ajusté la cámara para capturar el momento exacto en que me senté sobre él, dejando que su polla se deslizara dentro de mi coño, centímetro a centímetro, llenándome por completo. Gemí al sentirlo tan profundo, mi cuerpo adaptándose a su grosor. Empecé a cabalgarlo, moviendo las caderas en círculos, luego arriba y abajo, mis tetas rebotando frente a su cara. Sus manos las atraparon, apretándolas, pellizcando mis pezones mientras yo me movía más rápido, el placer creciendo en mi interior. La cámara lo grababa todo: mi cara de éxtasis, sus manos en mis tetas, el sonido húmedo de mi coño contra su polla. Me corrí otra vez, un orgasmo que me hizo arquear la espalda, mi coño apretándose alrededor de él mientras gemía su nombre.
Con mi coño aún palpitando, Antonio me levantó y me puso a cuatro patas en el chaise longue, mi culo en alto, mis manos apoyadas en el respaldo. Se colocó detrás de mí, y sin aviso, me la metió por detrás, su polla entrando en mi coño con una estocada profunda que me arrancó un grito. Empezó a follarme con fuerza, sus manos en mis caderas, tirando de mí para que cada embestida fuera más intensa. El sonido de su piel contra la mía, el calor de su polla llenándome, era demasiado. Grabé desde un ángulo bajo, capturando cómo su polla entraba y salía, mi culo temblando con cada golpe. Me corrí de nuevo, esta vez con tanta intensidad que mi cuerpo tembló, mis piernas cedieron y sentí convulsiones de placer que me dejaron jadeando, casi sin aliento. Antonio no paró, embistiendo hasta que pensé que no podría más.
Para el final, Antonio se puso de pie frente al sofá, su polla aún dura, brillante de mis jugos. Me quedé de rodillas en el chaise longue, mi cuerpo agotado pero ansioso por más. Cogí su polla con una mano, la acerqué a mi boca y empecé a chuparla con ganas. Lamía la punta, succionaba con fuerza, moviendo la cabeza rápido mientras mi otra mano sostenía el móvil, grabando cada detalle: mis labios alrededor de su polla, mis mejillas hundidas, sus gruñidos cada vez más fuertes. Él me agarró el pelo, guiándome, y entonces se corrió en mi boca, un chorro caliente y espeso que tragué sin dudar, dejando que la cámara captara mi mirada traviesa y la satisfacción en su cara. Me limpié los labios con la lengua, le di un último beso en la punta de su polla y revisé la grabación. Era perfecta: cada gemido, cada movimiento, cada corrida.
Esa noche subí el vídeo a la plataforma, y los comentarios llegaron en avalancha: “Marisa, eres una maldita diosa”, “Joder, cómo chupas, qué corrida”. Me recosté en mi cama, satisfecha, sabiendo que volvería a bajar a por Antonio pronto. Mi madre puede tener su polla de silicona y al compañero de la oficina, pero yo tengo a Antonio, y cada postura, cada lamida, cada orgasmo que me da, me vuelve loca. Saber que hay gente pagando por verme disfrutar con él solo hace que todo sea más intenso.
por: © Mary Love

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