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Lucía y el profesor calvo de literatura


Soy Lucía, tengo 21 años y estoy en mi tercer año de universidad. Aunque soy Ávila estudio en la Universidad de Salamanca literatura.  Soy una chica muy caliente, desde mi desarrollo de niña a mujer, tengo  la necesidad de correrme siempre presente, así que me masturbo todos los días, cuando no tengo la oportunidad de que alguien me folle para calmar el fuego que llevo dentro. Pero hay algo que me pone especialmente cachonda: los hombres maduros calvos. No sé qué tienen, pero cuando veo uno, me sube un deseo enorme de correrme. Noto cómo me pica el coño, un cosquilleo insoportable que me pide a gritos que lo calme. En clase de Literatura, este deseo se dispara cada vez que miro a Don Rafael, mi profesor de Teoría Literaria. Tiene unos unos 60 años, es calvo, con gafas de montura fina que le dan un aire de autoridad intelectual que me derrite. Su voz grave y sus manos grandes -bueno, todo de el es grande-, gesticulando mientras explica, me hacen fantasear con cosas que no debería, o si.

Un día, después de clase, me acerqué a su mesa con el corazón a mil. “Don Rafael, tengo problemas con la asignatura. ¿Podría ayudarme con algunos conceptos?” Él me miró por encima de sus gafas, con una sonrisa que me hizo temblar. “Claro, Lucía. Pero tendrías que venir a mi casa, tengo una biblioteca perfecta para trabajar, si quieres podría ser este viernes por la tarde.” Acepté, intentando disimular el calor que me subía por las mejillas, aunque mi cuerpo ya estaba imaginando mucho más que un repaso académico.

Llegué a su piso el viernes, un lugar antiguo pero elegante, lleno de estanterías con libros que olían a papel viejo. Don Rafael me recibió con una camisa blanca remangada y unos vaqueros que le sentaban demasiado bien para su edad. Tomamos café y nos sentamos en el salón con los apuntes, pero la teoría literaria pronto quedó olvidada. Su mano se posó en mi hombro mientras explicaba algo, y ese simple contacto me encendió como una chispa en gasolina. Levanté la vista y lo pillé mirándome, no a los libros, sino a mí, con una intensidad que me desnudó en un segundo.

“Lucía, eres una chica muy… especial,” dijo con esa voz profunda que me estremecía. No sé de dónde saqué el valor, pero respondí: “Y usted, profesor, es mucho más de lo que parece en clase.” Fue suficiente. Sus labios se estrellaron contra los míos, firmes, expertos, con un deseo que me sorprendió. Nos levantamos, y en un frenesí de deseo, nos desnudamos quedándonos en cueros uno al frente del otro. Cuando liberé su polla, madre mía, era una bala de cañón, grande y gorda, tan imponente que me dejó sin aliento. Intenté abarcarla con la mano, pero era imposible. “Dios, Don Rafael…” murmuré, y él soltó una risa grave, casi presumida.

Me levantó como si no pesara nada y me tumbó sobre el respaldo del sofá, abierta con mi cuerpo desnudo y mi coño expuesto ante él. Sin decir una palabra, se arrodilló y comenzó a comerme el coño, su lengua experta explorando cada rincón de mi coño chiquito pero muy bonito, con un clítoris que sale desde mi monte de Venus, depilado con láser hasta quedar suave como la seda.
Soy sensible para que me venga el orgasmo, y en cuestión de minutos, me corrí con un gemido apagado, pues me suelo venir en silencio, mi cuerpo temblando mientras sus manos sujetaban mis caderas con firmeza.

Después de correrme, quise devolverle el placer. Sentada en el sofá incliné mi cabeza para lamer su polla, quise comérsela, pero no me cabía casi en la boca. Con esfuerzo, pude meter la mitad, saboreando su glande con deleite. Era una polla con un peso y una textura que se nota experimentada; seguro que ha follado muchos coños. Él gemía, jadeaba mientras yo lamía, mi lengua recorriendo cada centímetro que podía abarcar. Pero él quería más. Intentó ponerme en diferentes posiciones para follarme: primero de lado, con una pierna levantada, a cuatro, intentándome apoyar contra la pared del salón, buscando el ángulo perfecto para que mi coño se adaptará a ella. Cada vez que lo intentaba, sentía la presión de su punta, caliente, abriéndome, pero era demasiado grande para mi coño chiquito como el de una adolescente.

Entonces, él se tumbó en el sofá -es un hombre de estatura grande y algo delgado-, su polla erecta apuntando al techo como una columna. Me miró con esos ojos que me desarmaban y dijo: “Lucía, siéntate encima despacio y prueba si puedo penetrarte.” Me subí sobre él, temblando de anticipación, y comencé a descender lentamente. Solo consiguió meterme media polla, pero fue suficiente para que mi cuerpo se estremeciera.

Jadeaba, y me corría una y otra vez, pues mis corridas son silenciosas, solo jadeo, pero me corro con una sensación de gusto maravilloso que me recorría desde el clítoris hasta la nuca. Cada movimiento suyo, aunque cuidadoso, me llevaba a otro orgasmo, mi cuerpo respondiendo a esa presión intensa que llenaba mi coño chiquito.

“No… no entra más,” gemí, atrapada entre el placer y la incomodidad. Él asintió, moviéndose con cuidado, rozándome justo en el borde mientras sus dedos jugaban con mi clítoris, intensificando cada oleada de placer. El deseo seguía creciendo, imparable.

Cuando estaba a punto de correrme otra vez, agarré su enorme polla con las dos manos, sintiendo su grosor pulsante entre mis dedos. Me corrí con un jadeo profundo, temblando sobre él, y en ese momento, Don Rafael gruñó, incapaz de contenerse. Se corrió, derramándose en mis tetas, su semen caliente cubriéndome mientras yo seguía apretando su polla con fuerza. Sin pensarlo, me incliné hacia él, lamí su glande con suavidad, degustando el sabor salado y cálido de su líquido, mientras él jadeaba y seguía gimiendo, lo gozaba sintiendo que lo tenia rendido a mi voluntad.

Nos quedamos en el sofá, respirando agitadamente, rodeados de libros y el eco de lo que acabábamos de hacer. El aire olía a sexo y a papel antiguo, una mezcla que me resultó extrañamente embriagadora. “Esto no estaba en el temario,” bromeó él, acariciándome el pelo con una mano mientras se recostaba, aún recuperando el aliento. Reí, aún saboreándolo, mi cuerpo todavía vibrando por los orgasmos. Sabía que volvería a su casa, con o sin excusa de la asignatura, porque lo que había pasado en ese sofá era mucho más que una lección.


por: © Mary Love


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