El campus universitario vibraba con el frescor del otoño, las hojas secas crujiendo bajo las zapatillas de Lucía mientras paseaba por los senderos. Su mente, desde hacía semanas, estaba atrapada en Adrián, un chico que había conocido en la biblioteca. Él era puro magnetismo: ojos oscuros que la desnudaban con una mirada, una sonrisa traviesa que prometía un peligro delicioso, y un cuerpo atlético que ella imaginaba tocando, lamiendo, devorando. En la soledad de su habitación, cada noche, sus fantasías se volvían salvajes. Se veía seduciéndolo con descaro, chupando su polla hasta hacerlo gemir, lamiendo sus testículos con hambre, deslizando su lengua en su culo con una audacia que la hacía estremecerse. Quería masturbarlo hasta que se corriera sobre sus tetas, sentir su calor resbalando por su piel. La idea la empapaba de deseo, su cuerpo ardiendo solo de pensarlo.
Esa tarde, lo vio en el patio común, sentado en un banco con un libro, su camiseta gris ajustada marcando los contornos de sus hombros anchos y su pecho firme. Lucía sintió un calor subirle por el cuerpo. Se había vestido para provocarlo: una camiseta negra ceñida que moldeaba sus pechos generosos, con los pezones apenas visibles bajo la tela, y una falda corta que dejaba sus muslos al descubierto, insinuando la curva de su culo. Se acercó, su corazón latiendo como un tambor, y se sentó a su lado, rozando su pierna con la suya.—Hola, Adrián —dijo, su voz baja, cargada de intención, mientras le dedicaba una sonrisa coqueta—. ¿Qué lees?
Él levantó la vista, y sus ojos la recorrieron con un hambre que no disimuló. Charlaron, pero la conversación era solo un pretexto. Cada roce de sus dedos al pasar una página, cada mirada que se sostenía un segundo de más, hacía que el aire entre ellos creciera espeso, eléctrico. Lucía sentía su sexo pulsando, húmedo bajo su ropa interior, y decidió no esperar más.—¿Vienes a mi habitación? Tengo una playlist que te va a gustar, y... podemos ponernos cómodos —propuso, mordiéndose el labio inferior, sus ojos brillando con una invitación descarada.
Adrián sonrió, esa sonrisa que la volvía loca, y asintió. En pocos minutos, estaban en su pequeño cuarto de la residencia, la puerta cerrada con pestillo, una lámpara de mesa bañando la habitación en una luz cálida y una playlist de R&B suave llenando el silencio. Lucía se acercó, sus dedos rozando el brazo de Adrián, sintiendo la firmeza de su piel. —Llevo días imaginándote —susurró, su voz temblando de deseo, su aliento cálido contra la mejilla de él—. Imaginando cómo sería tocarte... saborearte.
Antes de que él respondiera, ella lo besó, sus labios chocando con una urgencia desesperada. Su lengua se enredó con la de él, explorando su boca con un hambre que los dejó sin aliento. Sus manos subieron por su pecho, arrancándole la camiseta con un tirón impaciente. El torso de Adrián era un espectáculo: músculos definidos, piel bronceada, una línea de vello oscuro que descendía desde su ombligo. Lucía lo empujó hacia la cama, y él se sentó en el borde, sus ojos brillando con una mezcla de sorpresa y excitación.
Ella se arrodilló frente a él, sus manos trabajando con agilidad en el cinturón de sus vaqueros. Desabrochó el botón, bajó la cremallera y tiró de la tela, liberando su polla. Estaba dura, gruesa, con venas marcadas y una punta brillante por la excitación. Lucía lo miró a los ojos, una chispa de desafío en su mirada, antes de acercar su boca. Su lengua trazó un camino lento desde la base, lamiendo cada centímetro, saboreando el leve sabor salado de su piel. Adrián soltó un gemido ronco, sus manos apretando las sábanas. Ella envolvió la punta con sus labios, succionando suavemente, luego lo tomó más profundo, su boca caliente y húmeda deslizándose con un ritmo deliberado. Su lengua jugaba con la cabeza, girando en círculos, mientras una mano acariciaba sus testículos, pesados y cálidos. Los lamió con devoción, succionándolos uno por uno, dejando que su lengua explorara cada pliegue, cada rincón, mientras Adrián gemía, su cuerpo temblando bajo su control.
Quería más, quería todo de él. Con un movimiento audaz, lo guio para que se girara, apoyándose en la cama a cuatro patas. Sus manos separaron sus nalgas firmes, y su lengua encontró su entrada más íntima. Adrián jadeó, un sonido gutural que la encendió aún más. Su lengua lamió con audacia, explorando el anillo apretado, entrando apenas, saboreando lo prohibido. Él se estremeció, entregándose al placer inesperado, sus gemidos resonando en la habitación. Lucía se sentía poderosa, cada reacción de él avivando el fuego que ardía entre sus piernas.
Volvió a su polla, ahora más dura que nunca, brillante por su saliva. La chupó con avidez, su boca trabajando en sincronía con una mano que lo masturbaba desde la base. Su otra mano jugaba con sus testículos, apretándolos ligeramente, sintiendo cómo se tensaban. Quería verlo deshacerse, quería sentirlo estallar.—Quiero que te corras en mis tetas —dijo, su voz ronca, casi suplicante, mientras se quitaba la camiseta y el sujetador, dejando sus pechos desnudos, los pezones duros y rosados, su piel brillando bajo la luz.
Adrián, perdido en el éxtasis, obedeció. Lucía lo masturbó con firmeza, su mano moviéndose rápido, apretando justo como él necesitaba. Pronto, sintió el calor de su liberación: chorros cálidos y espesos que cayeron sobre sus tetas, resbalando por sus curvas, goteando hasta su estómago. Ella sonrió, satisfecha, frotando su semen en su piel como un trofeo, mientras él la miraba con ojos nublados por el placer, su pecho subiendo y bajando con respiraciones agitadas.
Se tumbaron juntos en la cama, sus cuerpos sudorosos y aún vibrando. Lucía apoyó la cabeza en el pecho de Adrián, escuchando los latidos rápidos de su corazón, mientras sus dedos trazaban círculos perezosos sobre su abdomen. El aire olía a sexo, a deseo consumado, y la música seguía sonando suavemente de fondo. Pero justo cuando el silencio los envolvía, un golpe seco en la puerta rompió el hechizo. Lucía dio un respingo, su corazón saltando en el pecho. Miró a Adrián, sus ojos reflejando una mezcla de sorpresa y preocupación, el rastro de su semen aún brillando en su piel.—¿Quién será? —susurró, su voz teñida de nerviosismo, mientras se levantaba, desnuda y vulnerable, con el calor de su encuentro todavía palpitando en su cuerpo.
Caminó hacia la puerta, sus pasos ligeros, el suelo frío bajo sus pies descalzos. Se inclinó hacia la mirilla, su respiración contenida, el corazón latiendo con fuerza. La escena quedó suspendida, el aire cargado de incertidumbre, dejando al lector preguntándose quién estaría al otro lado y qué sucedería a continuación.
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