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Las aventuras de Clara un sábado por la mañana

Era sábado, un día caluroso de julio, y acabábamos de desayunar. Mi mujer, Clara, se fue a ducharse, pues esa mañana había quedado para verse con su amiga Lola, tomar algo y hacer algunas compras con ella. Yo me acomodé en mi sillón de lectura, con El Quijote en la mano, listo para seguir con su lectura. Clara salió de la ducha y se vistió frente al espejo, ajustándose unos vaqueros ceñidos que marcaban su hermoso culo y esas caderas que volvían loco a cualquiera. Un top negro que dejaba al descubierto su ombligo y la silueta perfecta de sus tetas, que se movían con cada paso.

—Voy bien... ¿Qué te parezco? —, me dijo con una mirada sensual.  —Estas estupenda —, le dije, para desnudarte y pegarte un polvo. Me guiñó un ojo, y yo sonreí, acercándome para susurrarle antes de que cerrara la puerta: —Pásatelo bien, cariño. Si te pones cachonda con algún tío, o si Lola se insinúa, no lo dudes, dale gusto a tu coño, folla si te apetece, pero ya sabes grábalo si puedes. Luego me lo cuentas todo. Ya sabes que no soy celoso.

No sentía celos. Al contrario, la fantasía de ver a Clara en acción, gimiendo y corriéndose, me encendía como nada.

Clara llegó a casa de Lola sobre las once y media de la mañana. El sol entraba por las ventanas del pequeño piso de su amiga, y el aroma a café recién hecho llenaba el aire, mezclado con un toque de perfume que desprendía algo... provocador. Lola, con un top ajustado que apenas contenía sus pechos generosos y unos shorts que dejaban ver sus piernas bronceadas, la recibió con un abrazo que se sintió como una caricia deliberada. Sus manos rozaron la cintura de Clara, y ella notó un cosquilleo que la hizo apretar los muslos.

—¡Joder, Clara, menuda pinta! Ese culo en esos vaqueros es para comérselo —dijo Lola, con esa voz ronca que siempre sonaba a provocación—. Pasa, que tengo el café listo. Luego nos vamos de compras.
Se sentaron en el sofá, y entre sorbos de café y risas, la tensión creció. Lola no paraba de tocarla: un roce en el brazo, una mano que se deslizaba por su muslo mientras le contaba alguna anécdota subidita de tono. Clara, con la cafeína avivándole los sentidos y la blusa dejando ver sus pezones endurecidos bajo el sujetador, notaba cómo la mirada de Lola se detenía en sus tetas.

Recordó las palabras de su marido y, sin querer, se imaginó a Lola entre sus piernas, grabándolo todo para él. La idea la hizo mojarse.

—Oye, Clara —dijo Lola, acercándose tanto que sus labios casi se rozaban—, siempre pienso en la conversación que tuvimos con tu marido en la cena del año pasado en mi casa de campo. ¿Te acuerdas? Después de unas copas de más, él dijo que le encantaría vernos a las dos comiéndonos el coño. Yo le dije que por mí lo haría, y no he parado de pensar en ello. Ahora que te veo tan sexi, joder, me gustaría comértelo.

Clara tragó saliva, pero no se apartó. El recuerdo de aquella cena, con mi comentario provocador y la risa cómplice de Lola, la encendió aún más. —¿Y si lo grabo para él? —preguntó, con una sonrisa nerviosa, sacando su móvil del bolso.

Lola soltó una risita traviesa y asintió. Clara colocó su móvil en una mesa para que captara el sofá. —Perfecto, guapa. Vamos a darle un espectáculo que no olvide.

Sin decir más, Lola la besó. Fue un beso profundo, húmedo, con lengua, que hizo que Clara jadeara. Las manos de Lola se colaron bajo la blusa, desabrochando el sujetador para liberar sus tetas. Sus dedos pellizcaron los pezones de Clara, que gimió, abriendo las piernas casi por instinto. Lola deslizó una mano por dentro de los vaqueros, rozando su coño por encima de las bragas.

—Estás empapada, joder —susurró Lola, metiendo un dedo bajo la tela. Clara arqueó la espalda, gimiendo, mientras Lola le lamía el cuello y le decía—: Voy a comerte el coño hasta que grites, y tu marido lo va a ver todo.

Lola le bajó los vaqueros, dejando a la vista sus bragas húmedas. Se arrodilló, le arrancó la ropa interior y hundió la cara entre sus muslos. Clara gritó al sentir la lengua de Lola en su clítoris, lamiendo con una maestría que la volvía loca. Lola chupaba, lamía y metía dos dedos dentro de ella, bombeando con ritmo, mientras el móvil de Clara grababa cada gemido. En un momento, entre lametones, Lola levantó la cabeza y, con una voz cargada de lujuria, le dijo: —Dime, Clara, mientras te lamo y te como el coño, cómo te folla tu marido y si te folla bien.

Clara, perdida en el placer, jadeó: —Joder, Lola, me folla de maravilla, me lo mete hasta el fondo y me hace gritar. ¡Me folla de puta madre!

—Fóllame, Lola, no pares —jadeó, mirando de reojo la cámara, sabiendo que yo vería cada detalle.

Lola intensificó el ritmo, lamiendo con más fuerza, hasta que Clara explotó en un orgasmo que la hizo temblar y gritar. Se quedó jadeando, con el cuerpo aún tembloroso, mientras Lola se limpiaba los labios con una sonrisa satisfecha y Clara comprobaba que el vídeo seguía grabando.

Pero la mañana no terminó ahí. Mientras Clara intentaba recuperar el aliento, alguien llamó a la puerta. Lola, con una risita traviesa y un brillo pícaro en los ojos, fue a abrir. Era un tío que Clara no conocía, un hombre negro, alto, con músculos marcados bajo una camiseta ajustada. Sus ojos se clavaron en Clara, todavía despeinada, con los vaqueros a medio bajar y la blusa abierta, dejando sus tetas a la vista. El bulto en sus pantalones era evidente.

—Este es Marcus, un amigo de Antonio —dijo Lola, con una sonrisa cómplice—. Vino a buscarlo para ir a la casa de campo, donde mi marido cría perros. Quiere comprar uno. Pero Antonio está de viaje en una exposición canina. —Bajó la voz, guiñándole un ojo a Clara—. Entre tú y yo, Marcus y yo ya nos hemos enrollado un par de veces: una en su casa y otra en la casa de campo, cuando fui a buscar a Antonio y no estaba. ¿Seguimos grabando, Clara?

Clara, todavía encendida, sintió una oleada de calor al notar la mirada de Marcus. La revelación de Lola sobre sus encuentros secretos con Marcus la excitó aún más. Recordó lo que le había dicho su marido y, con una audacia que no sabía que tenía, asintió. —Sigo grabando —dijo, ajustando el móvil para captar todo y mirando a Marcus directamente—. Y ven aquí.

Marcus no necesitó más. Se acercó, desabrochándose los pantalones con una sonrisa que delataba que no era su primera vez en un juego como este. Sacó su polla, grande y dura, y Clara, sin dudarlo, se inclinó para chuparla. La sintió llenarle la boca, mientras Marcus gruñía y le acariciaba el pelo. Lola, excitada, se acercó y empezó a lamerle los pezones a Clara, mordiéndolos con suavidad mientras ella gemía con la polla de Marcus en la boca.

—Fóllatela, Marcus —dijo Lola, con voz cargada de deseo—. Vamos a darle a su marido un vídeo que no olvidará.

Clara se tumbó en el sofá, abriendo las piernas. Marcus se colocó entre ellas, frotando su polla contra su coño húmedo antes de penetrarla de una embestida. Clara gritó, sintiéndolo llenarla por completo. Marcus empezó a moverse, primero despacio, luego con embestidas profundas y rápidas que la hacían gemir sin control. Lola, a su lado, se masturbaba mientras los miraba, susurrándole a Clara lo guarra que era, mientras el móvil de Clara captaba cada ángulo.

—Dime que te gusta —gruñó Marcus, acelerando el ritmo.

—¡Me encanta! ¡Fóllame más! —gimió Clara, sintiendo otro orgasmo acercarse, consciente de que todo quedaba grabado.

Lola no se quedó atrás. Se inclinó y empezó a lamerle el clítoris a Clara mientras Marcus la follaba con fuerza. La combinación de la lengua de Lola y la polla de Marcus fue demasiado. Clara se corrió otra vez, gritando, con el cuerpo convulsionándose. Marcus, con un gemido grave, se salió justo a tiempo, eyaculando sobre su vientre, mientras Clara detenía la grabación con una sonrisa.
—Esto va a volver loco a tu marido —dijo Lola, guiñándole un ojo.

Marcus se vistió y se despidió de las dos con una sonrisa cómplice. —Ya se ha hecho tarde, me voy —dijo, antes de salir por la puerta.

Lola miró a Clara y, con una risita, dijo: —Venga, ya no vamos a comprar. Subamos a la casa de campo y nos damos un bañito en la piscina.

Clara, aún con el cuerpo vibrando, asintió. Se subieron al coche de Lola y llegaron a la casa de campo, donde el sol brillaba con fuerza. Sin pensarlo mucho, se quitaron la ropa y se metieron desnudas en la piscina, riendo y salpicándose como si nada hubiera pasado. El agua fresca acariciaba sus cuerpos, pero la tensión seguía en el aire. Mientras flotaban, Lola, con una sonrisa que era medio en broma pero cargada de intención, se acercó a Clara y le dijo: —Oye, ¿y si llamas a tu marido y nos lo follamos las dos aquí? ¿No te gustaría ver cómo me lo follo? Te daría mucho morbo, ¿verdad?

Clara soltó una carcajada, pero la idea se le quedó rondando en la cabeza, encendiendo un nuevo fuego. No respondió, solo le devolvió una mirada traviesa, y la cosa quedó así, flotando en el aire como una promesa.
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Cuando Clara llegó a casa eran poco más de las cuatro de la tarde, y entró con los vaqueros arrugados, la blusa desabrochada y una sonrisa que lo decía todo. Se sentó a mi lado, me besó y sacó su móvil. —Tengo algo para ti —dijo, con voz baja, y me pasó el vídeo.

Mientras lo veía, mi polla se puso dura al instante. Ahí estaba Clara, gimiendo mientras Lola le comía el coño, recordando aquella cena en la casa de campo, y luego siendo follada por Marcus, el amigo de Antonio con quien Lola ya se había acostado dos veces, gritando de placer. Cada detalle me ponía más cachondo.

Cuando terminó, Clara me miró, mordiéndose el labio, y empezó a contármelo todo: cómo Lola la había hecho correrse con su lengua, cómo Marcus la había follado mientras Lola la lamía, cómo ella lo había grabado todo para mí, olvidándose de las compras, y cómo habían terminado en la piscina de la casa de campo, donde Lola le propuso en broma, pero no tanto, que las dos me follaran. No pude contenerme.
Cerré el libro, la tumbé en el sofá y la follé con una intensidad brutal, todavía con las imágenes del vídeo y la idea de Lola y Clara juntas en la cabeza.

—Eres increíble —le susurré, mientras ella gemía bajo mi cuerpo.
Y supe que no sería la última vez.

por: © Mary Love


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