Me llamo Clara, tengo 56 años y, aunque el tiempo ha dejado su huella, me siento más deseable que nunca. Mi cuerpo, cuidado con esmero, sigue atrayendo miradas. Siempre visto con un toque provocativo pero elegante: faldas ajustadas que marcan mis caderas, blusas que insinúan el escote sin ser vulgares, y tacones que alargan mis piernas. Trabajo en el sector inmobiliario en Madrid, un mundo donde la seducción y la confianza van de la mano. Mi esposo, Diego, es un ejecutivo del sector energético, un hombre atractivo y seguro que siempre ha sabido alimentar mis fantasías.
Hace un par de años, Diego me confesó algo que me encendió: quería verme follar con un hombre más joven. No me sorprendió del todo; yo misma había fantaseado con ello, pero también con verlo a él perdiéndose en el cuerpo de otra mujer, arrancándole gemidos y orgasmos. Desde que nuestros hijos se independizaron, decidimos abrir nuestra relación. Las reglas eran claras: solo sexo, nada de enamoramientos. Si a él le apetecía estar con otra, podía hacerlo. Si yo quería un chico o incluso una chica, también. A mis 56, sin la preocupación del embarazo, mi sexualidad se sentía más libre que nunca. Me atraen los hombres jóvenes, de 25 a 35 años, con esa energía cruda y cuerpos firmes que me hacen perder el control.
Un día, mientras trabajaba, conocí a una pareja que me dejó sin aliento. Se llamaban Adrián y Lucía. Él tenía 31 años, alto, con músculos definidos bajo una camiseta ajustada, y unos ojos oscuros que parecían desnudarme con cada mirada. Ella, de 29, era una belleza: cabello largo y oscuro, pechos generosos que se adivinaban bajo su vestido, y una sonrisa pícara que prometía problemas. Habían contactado conmigo para visitar una casa en las afueras de Madrid, una villa moderna con espacios amplios y mucha luz.
Mientras les enseñaba la propiedad, la conversación fluyó con naturalidad. Les mostré el dormitorio principal, con su cama king-size y ventanales que daban a un jardín privado. Fue entonces cuando Adrián mencionó, casi de pasada, que buscaban una casa con una habitación especial. “Para nuestros… encuentros,” dijo con una sonrisa, mientras Lucía asentía, mordiéndose el labio. Intrigada, pregunté más, y ellos, sin ningún pudor, me contaron que practicaban intercambios de parejas. “Es solo diversión, ¿sabes? Nos gusta experimentar,” dijo Lucía, mientras sacaba su móvil y me mostraba un vídeo.
En la pantalla, vi a Adrián desnudo, su polla dura y gruesa moviéndose con ritmo mientras follaba a una mujer que gemía sin control. Luego, la cámara cambió y mostró a Lucía, sus tetas perfectas rebotando mientras cabalgaba a otro hombre, su coño brillante de deseo. Mi cuerpo reaccionó al instante: sentí un calor subiendo por mi entrepierna, mis pezones se endurecieron bajo la blusa. No pude evitar apretar los muslos, intentando controlar la humedad que ya empapaba mi ropa interior.
“Vaya, eso es… intenso,” murmuré, mi voz más ronca de lo habitual. Lucía se acercó, rozando mi brazo con sus dedos. “¿Te gusta lo que ves, Clara?” preguntó, y su tono era una invitación clara. Adrián se acercó por detrás, su aliento cálido en mi nuca. “Esta casa parece perfecta para estrenarla, ¿no crees?” dijo, y su mano se posó en mi cintura.
No lo pensé dos veces. “Folladme,” dije, sorprendida por mi propia audacia. “Aquí, ahora.” Lucía sonrió y, sin decir nada, me empujó suavemente hacia la cama. Me desabroché la blusa, dejando que mis pechos, aún firmes, quedaran expuestos. Adrián se acercó, sus manos fuertes recorriendo mi piel mientras me quitaba la falda. Lucía se desnudó con rapidez, su cuerpo joven y perfecto brillando bajo la luz que entraba por los ventanales. Se arrodilló frente a mí, y antes de que pudiera procesarlo, su lengua encontró mi clítoris, lamiendo con una mezcla de suavidad y urgencia que me hizo jadear.
Adrián se quitó los pantalones, y su polla, tal como la había visto en el vídeo, era aún más impresionante en persona. Gruesa, dura, palpitante. Me acerqué y la tomé en mi boca, saboreando su calor mientras Lucía seguía lamiéndome, sus dedos deslizándose dentro de mí, explorando mi humedad. Gemí con la polla de Adrián en la boca, mi lengua recorriendo cada vena, mientras él gruñía de placer.
Lucía se levantó y me besó, sus labios sabían a mí. “Quiero verte con él,” susurró. Adrián me giró, poniéndome a cuatro patas sobre la cama. Sentí su polla rozando mi entrada, y cuando se hundió en mí, grité. Era grande, me llenaba por completo, y cada embestida era un golpe de placer que me hacía temblar. Lucía se acostó frente a mí, abriendo las piernas para que pudiera lamerla. Su coño era suave, húmedo, y olía a deseo puro. Mi lengua se perdió en sus pliegues mientras Adrián me follaba con fuerza, sus manos apretando mis caderas.
El ritmo se volvió frenético. Los gemidos de Lucía se mezclaban con los míos, y Adrián gruñía mientras me embestía, su polla golpeando justo donde más lo necesitaba. Sentí el orgasmo creciendo, una ola que me rompió en mil pedazos. Grité, mi cuerpo convulsionando mientras Lucía se corría bajo mi lengua, sus jugos inundando mi boca. Adrián no se detuvo, y cuando sentí que se tensaba, supe que estaba cerca. “Dentro,” le pedí, y con un rugido, se corrió, llenándome con su calor.
Nos quedamos allí, jadeando, sudorosos, enredados en la cama de una casa que aún no era suya. Lucía me besó de nuevo, y Adrián acarició mi espalda. “Creo que esta casa nos gusta,” dijo él, riendo. Yo solo sonreí, sabiendo que esta no sería la última vez que nos encontraríamos.
Mientras me vestía, pensé en Diego. Sabía que le encantaría escuchar cada detalle. Y quién sabe, tal vez la próxima vez lo invitaría a unirse.
por: © Mary Love

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