Estaba sentada en un banco, con El infinito en un junco de Irene Vallejo entre las manos, las palabras danzando ante mis ojos sin lograr atraparme. El sol besaba mi piel, y mi faldita corta blanca a cuadros grandes se deslizaba por mis muslos, insinuante. Mi jersey de hilo fresquito, con las mangas recogidas por las axilas, se aferraba a mis curvas como una caricia. Sabía que mi presencia atraía miradas, y lo disfrutaba. Entonces, ella apareció. Una mujer de unos cuarenta, radiante, con un vestido veraniego que moldeaba sus formas con una elegancia sensual. Su cabello oscuro caía en ondas suaves, y sus ojos, profundos como un secreto, me atraparon al instante. Se sentó a mi lado, sin pedir permiso, y su sonrisa fue un destello que encendió mi pulso.—Magnífico libro —murmuró, señalando mi ejemplar de Irene Vallejo, su voz aterciopelada deslizándose por mi piel—. Irene narra con tanta maestría la historia del libro… A mí me ha hechizado.
Su inteligencia me cautivó, pero fue su aura, esa mezcla de sofisticación y deseo contenido, lo que me hizo estremecer. Asentí, mordiéndome el labio, mientras ella se inclinaba un poco, su perfume cálido envolviéndome como un abrazo.—Eres una visión —susurró, sus ojos recorriendo mi cuerpo con una lentitud que me erizó la piel—. Esa faldita… deja entrever justo lo necesario para despertar fantasías. Y tu piel, tan suave, parece suplicar que la acaricien.
Cada palabra era una caricia invisible, un roce que avivaba el calor entre mis piernas. Intenté volver al libro, pero su voz, ahora más grave, me atrapó.—Tus labios, tan llenos, deben saber a néctar —continuó, mirándome la boca con un hambre que me hizo temblar—. Y ese jersey… se ciñe a ti como si quisiera fundirse con tu cuerpo. Eres puro deseo, ¿lo sabes?
Mi coño palpitaba bajo la falda, y ella lo sabía. Lo veía en el rubor de mis mejillas, en cómo mis muslos se apretaban buscando alivio. Me preguntó si vivía cerca, su voz un susurro cargado de promesas. Dejé el libro a un lado y, con el corazón galopando, la invité a mi apartamento.
En el ascensor, sus dedos rozaron mi cintura en “accidentes” que encendieron mi piel. Cuando cerré la puerta de mi piso, el aire se volvió denso, eléctrico. Nos miramos, y sin una palabra, nuestras ropas cayeron como pétalos. Su vestido reveló un cuerpo de curvas perfectas, piel suave que invitaba a pecar. Pero cuando se quitó las bragas, mi aliento se detuvo. Una polla grande, gruesa, exquisitamente formada, emergió como un secreto imposible. No supe cómo la ocultaba, pero mi deseo se disparó, mi cuerpo ya húmedo y ansioso.
La llevé al dormitorio, casi en trance. Me tumbé, abrí las piernas, ofreciéndome sin reservas. Ella se arrodilló, y cuando su lengua rozó mi clítoris, un gemido escapó de mi garganta. Nadie me había devorado así, con una danza de suavidad y voracidad, lamiendo, succionando, mordisqueando hasta que un orgasmo me atravesó, haciéndome temblar y gritar sin saber su nombre.
No se detuvo. Sus labios subieron por mi cuerpo, dejando un rastro de fuego, hasta que su polla rozó mi coño. La miré, y allí estaba: una mujer hermosa, femenina, con ojos que me desnudaban el alma. Pero cuando cerró los ojos y me penetró, lenta, profunda, llenándome hasta el borde, mi mente se nubló. Cerré los ojos, y en la oscuridad, era un hombre quien follaba mi coño, con una fuerza que me hacía jadear. Abrí los ojos, y su belleza femenina me envolvía, su polla moviéndose dentro de mí. Ese contraste entre lo que veía y lo que imaginaba me enloqueció, cada embestida un latigazo de placer.
Su ritmo era un poema, profundo, pausado, perfecto. Cambiamos de posición: yo encima, cabalgándola mientras sus manos moldeaban mis caderas; luego de lado, su cuerpo fundido al mío, sus susurros sucios en mi oído; y al final, a cuatro patas, donde me folló con una intensidad que me deshizo. Los primeros dos orgasmos me dejaron temblando, pero el último fue un cataclismo. Sus embestidas se volvieron feroces, y una presión salvaje creció en mí. Grité, mi cuerpo se arqueó, y una eyaculación femenina me arrancó de este mundo, empapando las sábanas mientras mi mente se disolvía en éxtasis.
Ella, consumida por su propia lujuria, no resistió más. Gruñó, su cuerpo se tensó, y sentí su calor derramándose dentro de mi coño, un río cálido que me hizo estremecer. Pero no acabó ahí. Se deslizó entre mis piernas, y con una mirada que ardía, su lengua volvió a mi sexo. Lamió su propia corrida mezclada con mis fluidos, saboreándola con una avidez que me hizo gemir de nuevo, cada lamida un eco de nuestro placer compartido.
Nos quedamos jadeando, enredadas en las sábanas húmedas. Me besó la nuca, su aliento cálido contra mi piel, y mientras recuperábamos el aliento, me preguntó con una sonrisa suave:—¿Tienes pareja?Sonreí, lánguida, aún flotando en el placer. —Estoy libre como los pájaros —susurré, estirándome en la cama—. No la necesito.
Ella rió, un sonido cálido, y sus dedos trazaron círculos perezosos en mi muslo. —Yo vivo con una mujer, seis años mayor que yo —dijo, su voz cargada de un brillo travieso—. Es una periodista muy conocida, presentadora del informativo de las noches en un canal de televisión privado. Practicamos el poliamor, nuestra relación es abierta. Nos deleitamos explorando, compartiendo, viviendo sin cadenas.
Sus palabras, tan libres, tan vivas, resonaron en mí, avivando una chispa nueva. La besé, saboreando la promesa de más, y supe que esto era solo el comienzo.
Si esto te enciende, no lo pienses. Busca a esa persona que despierta tu fuego y déjate consumir. Yo lo hice, y mira cómo acabé: temblando, llena de ella, perdida en el placer.
por: © Mary Love

Comentarios
Publicar un comentario