Soy Asunción, una mujer de 59 años, viuda desde hace más de cinco. Soy una mujer madura, con mis michelines y estrías marcando mi cuerpo, pero eso no me apaga. Al contrario, soy ardiente, y cuando se trata de follar, sé cómo hacer que un hombre tiemble de placer. Hace tiempo que no siento el roce de otra piel, ni hombre ni mujer, y cuando el deseo me quema, mis manos saben cómo calmarlo. Pero esta vez, quería más. Quería a Diego.
Diego es el chico de 22 años que alojo en mi casa. Trabaja en el supermercado, tiene un cuerpo joven y firme, y una mirada que, aunque tímida, esconde un fuego que me intrigaba. Era domingo, y él estaba en su cuarto, inmerso en sus videojuegos. Decidí que era el momento. Subí al baño de la planta de arriba con una idea clara: provocarlo. Dejé la puerta de la ducha abierta a propósito, sabiendo que él podría subir en cualquier momento. El agua caliente comenzó a caer sobre mi piel, resbalando por mis curvas, mis pechos pesados, mis caderas marcadas por los años. Me sentía poderosa, sensual, y mientras me enjabonaba, mis manos se deslizaban lentamente por mi cuerpo, tocándome con intención, imaginando sus ojos en mí.
No tardé en verlo. Diego estaba en la puerta, paralizado, con la mano en su polla, masturbándose. Madre mía, qué pedazo de miembro, tiesa y erecta, mucho más grande de lo que había imaginado. Nuestras miradas se cruzaron, y en lugar de detenerme, me toqué con más descaro, dejando que mis dedos rozaran mi coño mientras el agua caía. Lo estaba excitando, y su respiración acelerada me lo confirmaba. No pude resistirme más. Salí de la ducha, el agua goteando por mi cuerpo, y me acerqué a él. Sin decir una palabra, tomé su polla con firmeza, sintiendo su calor y su dureza en mi mano. Me arrodillé, lamí lentamente desde la base hasta la punta, saboreando cada centímetro. Mis dedos jugaban con sus huevos, apretándolos suavemente para estimularlo. Él gemía, su cuerpo temblando bajo mis caricias.
“Ven,” le dije, levantándome y llevándolo de la mano a mi cuarto. Me tumbé en la cama, abriendo las piernas para mostrarle mi coño, húmedo y listo para él. “Fóllame, Diego,” murmuré, y él no necesitó más. Se acercó, su polla rozando mi entrada antes de metérmela de una sola embestida. Grité de placer, sintiendo cómo me llenaba por completo. Él la sacaba y metía, rozando justo donde me producía un placer que me hacía arquear la espalda. Mi clítoris, excitado, salía de su escondite, palpitando con cada movimiento. Diego no solo me follaba, sino que sus manos encontraron mis tetas, apretando mis pezones endurecidos mientras me penetraba con fuerza. El placer era abrumador, y me corría como una perra, mi cuerpo convulsionándose con su polla aún dentro, apretándolo con cada espasmo.
Él estaba al borde, su respiración entrecortada. “Asunción… voy a…” jadeó. “Sácala,” le dije, y cuando lo hizo, me arrodillé frente a él, chupándosela de nuevo, saboreando mi propio sabor mezclado con el suyo. Luego me senté en el borde de la cama, mirándolo con deseo mientras él se masturbaba frente a mi cara. “Dámelo todo,” le susurré. Diego jadeó, gritó, y su semen caliente salió disparado, llenándome la boca. Tragué cada gota, relamiéndome mientras él temblaba, agotado.
Nos quedamos en silencio, mi cuerpo aún vibrando, su mirada fija en mí. Sabíamos que esto no sería la última vez. La puerta abierta había sido solo el comienzo.
por: © Mary Love

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