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La aventura del capitán en la mansión de Pafos, Chipre

Mi nombre es Noah, tengo 71 años recién cumplidos, curtido por el mar y los vientos de mil travesías. Durante cuarenta años fui capitán de barcos mercantes, navegando por todos los continentes, dejando amores fugaces en cada puerto, sin atarme nunca al matrimonio. Soy americano de nacimiento, y chipriota de adopción. Mi residencia radica en Pafos, Chipre, allí vivía los tres meses al año que tenía de descanso cuando navegaba, en una mansión que refleja los frutos de mi vida aventurera.
Sin embargo, esta casa, con sus amplios salones y habitaciones con vistas al Mediterráneo, se ha vuelto una carga para esta nueva etapa de mi vida. Decidí ponerla en venta, y así fue como conocí a Eleni.

Eleni, una agente inmobiliaria de unos 35 años, llegó a mi puerta con una sonrisa profesional y un aire que no podía ocultar su sensualidad. Su pelo largo y azabache que caía como una cascada hasta donde la cintura pierde su nombre, su piel morena brillaba bajo el sol chipriota, y sus pechos pequeños, coronados por pezones prominentes como garbanzos, un piercing en su ombligo se insinuaban bajo su blusa ajustada. Desde el primer momento, supe que mi experiencia como seductor, que aún conservo a pesar de mis años, iba a jugar un papel importante.

La llevé a recorrer la mansión, mostrándole cada rincón con orgullo: los ventanales con vistas al mar, los suelos de mármol, el jardín frondoso. Hablábamos con facilidad, y noté cómo sus ojos se detenían en mí más de lo estrictamente necesario. A mis 71 años, mi físico sigue siendo atractivo: el cabello plateado, los músculos aún firmes por años de trabajo físico, y una energía que no pasa desapercibida. Terminé el recorrido invitándola a una copa en mi bar privado, en el sótano, un lugar donde he organizado tantas fiestas con amigos y amigas, impregnado de recuerdos de noches intensas.

Nos sentamos en los taburetes del bar, con una botella de ouzo y dos vasos. La conversación fluyó, primero sobre mis viajes, las tormentas que enfrenté en alta mar, los puertos exóticos que me acogieron. Pero pronto, el ambiente se cargó de una tensión distinta. Sus ojos brillaban, y sus labios se curvaban en una sonrisa traviesa. Hablamos de deseos, de pasiones, y el tono subió hasta que, sin previo aviso, se inclinó hacia mí y me besó. Su lengua rozó mis labios, húmeda, cálida, invitándome a más. Respondí con hambre, dejando que mis manos recorrieran su espalda.

La desnudé con calma, dejando que su ropa cayera al suelo del sótano. Su cuerpo era una obra de arte: curvas suaves, piel cálida, y esos pezones endurecidos que pedían ser tocados. Mis manos exploraron cada centímetro, acariciando, apretando suavemente, mientras ella suspiraba. Me agaché frente a ella, y Eleni, con una mezcla de timidez y deseo, se abrió para mí, apoyando su trasero en una silla alta, reclinándose hacia atrás para exponer su sexo. Me arrodillé y me perdí en ella, lamiendo su coño con devoción. Mi lengua recorría sus pliegues, saboreando su humedad, mientras ella gemía y jadeaba, sus manos aferrándose a mi cabello. “Sigue, Noah… no pares”, susurraba, su voz rota por el placer.

La llevé a una mesa cercana, tumbándola con cuidado. Seguí devorándola, succionando su clítoris con precisión, sintiendo cómo su cuerpo se tensaba y temblaba. Sus gemidos se volvieron gritos ahogados, y supe que estaba al borde de la locura. De repente, se incorporó, sus ojos encendidos de deseo. “Dámela, la necesito”, susurró, su voz cargada de urgencia. Me bajé los pantalones, dejando mi polla erecta a su vista. A mis 71 años, mis 14 centímetros son pequeños pero firmes, una herramienta potente gracias a las técnicas tántricas que he perfeccionado durante décadas. “Umm, pequeña pero dura y bonita, me gusta”, dijo Eleni, acariciándola con dedos expertos, sus ojos brillando de excitación.

Me senté en una silla, y ella se arrodilló frente a mí, tomando mi polla en su boca. Era una maestra: su lengua danzaba alrededor de mi glande, succionaba con ritmo, mientras sus manos jugaban con mis huevos. Yo jadeaba, gruñía, perdido en el placer que me provocaba. “Eleni… joder, cómo lo haces”, lograba articular entre gemidos. Ella disfrutaba tanto como yo, su mirada fija en la mía, saboreándome como si fuera un manjar.

Me levanté, quitándome la camiseta. Apoyé mi pierna derecha en la silla, dándole mejor acceso. Eleni continuó, ahora más salvaje, masturbándome con sus labios, lamiendo mi glande con una intensidad que me hacía temblar. La llevé de nuevo a la mesa, tumbándola boca arriba. Se subió encima de mí, abriendo su coño y guiando mi polla dentro de ella. Subía y bajaba, rozando su punto G con cada movimiento, nuestros gemidos resonando en el sótano. Gracias a mis técnicas tántricas, me corría sin eyacular, controlando cada oleada de placer, mientras ella se vaciaba en orgasmos silenciosos, su cuerpo temblando sobre el mío.

Cambiamos de postura. Eleni se incorporó sobre la mesa, su vientre apoyado en la superficie, su pierna izquierda levantada, ofreciéndome su coño desde atrás. La penetré con fuerza, cada embestida arrancándole un jadeo. Me corría una y otra vez sin llenarla, prolongando el éxtasis para ambos. Finalmente, se tumbó boca arriba en la mesa, sus piernas abiertas, su coño húmedo y expuesto a la altura perfecta. Me hundí en ella, moviéndome con ritmo, metiéndola y sacándola mientras ella se frotaba el clítoris con frenesí. Sus tetitas temblaban con cada embestida, y el aire se llenó de nuestro éxtasis compartido.

El clímax llegó como una explosión. Nos corrimos juntos, mi semen inundando su coño y salpicando su cuerpo, mientras ella gritaba mi nombre, su cuerpo convulsionando bajo el mío. Nos quedamos allí, jadeando, sudorosos, envueltos en el calor del momento, sabiendo que este encuentro en mi mansión de Pafos quedaría grabado en nuestras memorias para siempre.


por: © Mary Love


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