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Historias eróticas de África y Víctor


Víctor llegaba de trabajar, cerró la puerta de la casa, el cansancio del día evaporándose al instante cuando un gemido gutural y familiar resonó desde el salón. Dejó el maletín en el suelo y avanzó hacia el salón, guiado por los sonidos que conocía de memoria. Su complicidad era total, forjada en veinte años de matrimonio donde el sexo era una necesidad fisiológica, sobre todo para ella, cuya pasión y deseo eclipsaba la suya. Desde a los pocos años de casarse habían acordado mutuamente con una complicidad mutua practicar sexo con otras personas, hombres o mujeres, siempre con respetando a los límites que los unía como pareja. Con los móviles inteligentes, añadieron un ritual: grabarían sus encuentros, juntos o con otros, un juego que los encendía aún más. África era más bien pasiva, le encantaba ser dominada, entregarse por completo, abrirse y dejar que la tomaran mientras se tocaba, persiguiendo orgasmos intensos.

Al entrar en el salón, la vio. África estaba recostada en el sofá, con una camiseta holgada de algodón blanco que le cubría hasta el monte de Venus, insinuando la curva de su piel donde comenzaba su coño.

La camiseta, levantada por sus movimientos, apenas ocultaba su cuerpo espectacular: pechos firmes que se marcaban bajo la tela, pezones endurecidos empujando el algodón, abdomen plano y caderas que invitaban al pecado. Sus dedos se movían con furia entre sus muslos, hundidos en su coño empapado, brillante de jugos, mientras con la otra mano sostenía su móvil, grabándose para él. Sus gemidos eran casi animales, y al verlo, sus ojos entrecerrados destellaron con sumisión y desafío.

—Llegas tarde —susurró, su voz ronca, sin detener sus dedos ni la grabación, que capturaba cada detalle de su coño hinchado y reluciente—. Esto es para ti, cabrón.

Víctor sintió su polla endurecerse al instante, palpitando bajo los pantalones. Se acercó, quitándose la chaqueta sin apartar la mirada. África era una diosa multiorgásmica, y su deseo de ser dominada avivaba su conexión.

—Tócate más, zorra —le ordenó con voz grave, sentándose a su lado. Sus manos abrieron los muslos de África, levantando la camiseta para exponer su coño, que chorreaba de deseo. Ella ajustó el móvil, asegurándose de capturar cada ángulo mientras obedecía, sus dedos hundidos hasta los nudillos, la otra mano frotando su clítoris en círculos frenéticos. Su cuerpo se arqueó, los pechos empujando contra la camiseta mientras gritaba, un orgasmo sacudiéndola. —¡Me corro! —aulló, su voz resonando mientras su coño se contraía, empapando sus dedos.

—Víctor… —gimió, dejando el móvil a un lado, enfocado para grabar lo que vendría—. Fóllame, por favor. Haz conmigo lo que quieras.

Sus palabras, cargadas de entrega, encendieron un fuego primal en él. La levantó en brazos, llevándola al dormitorio con una urgencia feroz. Al llegar, le arrancó la camiseta con un tirón, dejándola completamente desnuda. Sus tetas hermosas, con los pezones duros como piedras, temblaban de excitación. La recostó al borde de la cama, su culo en el extremo, piernas abiertas y su coño expuesto a la altura perfecta, hinchado y goteando. África, sumisa pero exigente, se abrió aún más, sus manos separando los labios de su coño, mostrando su interior rosado y húmedo mientras colocaba el móvil para grabar cada segundo.

Víctor se desabrochó los pantalones, liberando su polla de 22 centímetros, gorda, dura y venosa, palpitando por ella. África dejó escapar un gemido al verla, sus ojos brillando mientras se tocaba, sus dedos frotando su clítoris con desesperación. Su coño, adaptable a cualquier tamaño, parecía suplicar por él. Sin preámbulos, Víctor se posicionó entre sus piernas, la punta de su polla rozando su entrada antes de hundirse en ella con una embestida profunda. África gritó, su cuerpo arqueándose mientras lo acogía entero, su coño ajustándose como un guante, apretándolo con una presión cálida y resbaladiza.

—¡Fóllame, joder! —gritó, sus manos trabajando su clítoris sin descanso mientras Víctor comenzaba a embestirla con fuerza, dominándola como a ella le gustaba. Durante los siguientes treinta minutos, la poseyó sin piedad, su polla entrando y saliendo con fluidez, el sonido húmedo de sus cuerpos chocando llenando la habitación. África se corrió entre ocho y diez veces, cada orgasmo más potente y duradero que el anterior. Cada vez que el placer la atravesaba, gritaba "¡Me corro!" con un alarido que resonaba en las paredes, su coño contrayéndose alrededor de la polla de Víctor, empapándola de sus jugos. —¡No pares, cabrón, fóllame más! —suplicaba, sus dedos frotando su clítoris con frenesí, persiguiendo el siguiente clímax.

Entre jadeos, su mente se llenaba de guarradas, recuerdos de otras folladas que la excitaban aún más. —Ayer me follé a esa chica del bar… —gimió, sus ojos vidriosos mientras otro orgasmo la sacudía—. Me comió el coño hasta que me corrí en su cara… Joder, Víctor, ¡fóllame como ella! —Sus palabras, cargadas de lujuria, hacían que sus orgasmos fueran aún más intensos, su cuerpo temblando incontrolablemente mientras la cámara capturaba cada detalle: sus tetas rebotando, sus pezones duros, su coño chorreando y su rostro perdido en el éxtasis.

Víctor embistió con más fuerza, su polla llenándola por completo, el coño de África adaptándose a cada centímetro, apretándolo hasta casi hacerlo estallar. —¡Sigue, no pares! —gritaba ella, sus piernas enganchándose a su cintura, atrayéndolo más profundo mientras otro orgasmo la hacía convulsionar. —¡Me corro otra vez! —aulló, su cuerpo arqueándose, sus tetas temblando mientras su mano seguía trabajando su clítoris, exprimiendo cada gota de placer.

Cuando finalmente colapsaron, exhaustos y sudorosos, el cuerpo desnudo de África brillaba bajo la luz tenue, sus tetas aún temblando, sus pezones endurecidos. Detuvo la grabación con una sonrisa satisfecha, sabiendo que ese vídeo sería uno de sus favoritos. Se acurrucaron en la cama, aún jadeando, y encendieron el móvil para ver la grabación que acababan de hacer. Las imágenes eran pura dinamita: África abriéndose, Víctor embistiéndola, sus gritos y orgasmos capturados en cada detalle. Mientras lo veían, África se mordió el labio, una chispa de picardía en los ojos.

—Víctor —dijo, su voz baja y cargada de intención, acariciando su pecho—. Mañana viene el chico de Movilin a instalar el nuevo internet. Si me apetece follármelo… ¿te importaría que se lo enseñe?
Víctor rió, su polla dando un pequeño respingo ante la idea. —Enséñaselo, zorra —respondió, besándola con fuerza—. Pero grábalo todo.

Víctor sonrió, su excitación renovada al imaginar a África con el técnico, grabándolo todo para compartirlo. Su pacto, su complicidad, era lo que los hacía únicos. Y él no quería que terminara nunca.


Al día siguiente...
...Víctor pasó el día con la mente en llamas, imaginando lo que África habría hecho con el técnico de Movilin. Cada hora en la oficina, su deseo crecía, ansioso por escuchar los detalles y ver el vídeo. Cuando abrió la puerta, y dejó el paquete que llevaba en la entradita, el aroma de la cena lo recibió, junto con esa energía que indicaba que África estaba lista para compartir. La encontró en el salón, con una bata transparente que apenas contenía sus curvas, su sonrisa traviesa prometiendo una historia jugosa.

—¿Qué tal, amor? —preguntó Víctor, su voz cargada de expectación mientras dejaba el maletín y se acercaba—. ¿Cómo te fue con el chico de internet? ¿Lo grabaste?.

África rió, guiándolo al sofá. —No era un chico, resultó ser una chica —dijo, su voz sensual, mientras sacaba su móvil—. Se llamaba Lucía, una morena con unas manos… Dios, Víctor, un torbellino. Conversamos mientras instalaba el router, ya sabes, cosas de mujeres. Hablamos de sexo, de lo que nos gusta, y nos pusimos cachondas. Le enseñé nuestro vídeo de anoche, y… joder, me folló el coño como si no hubiera un mañana.

Víctor sintió su polla endurecerse. —Cuéntame todo —susurró, mientras ella pulsaba "play".
La pantalla cobró vida. Lucía, una morena de piel bronceada y curvas definidas, ajustaba cables junto al router. África, con una falda corta y una blusa ajustada, charlaba con ella, sus risas subiendo de tono. Mostró el vídeo de la noche anterior, y los ojos de Lucía se oscurecieron de deseo. Sin mediar palabra, empujó a África contra la pared, levantando su falda para revelar su coño, ya húmedo. —Joder, qué coño tan bonito —dijo Lucía, arrodillándose. Su lengua atacó con avidez, lamiendo cada pliegue, succionando el clítoris con una intensidad que hizo a África gritar. —¡Sí, cómemelo, joder! —aulló, sus manos enredándose en el pelo de Lucía, empujándola más cerca mientras se tocaba los pechos.

Lucía devoraba su coño, sus dedos deslizándose dentro, bombeando rápido. África se corrió en minutos, gritando "¡Me corro!" mientras sus jugos empapaban la cara de Lucía. La morena no paró, llevándola al sofá, arrancándole la ropa para dejar sus tetas hermosas al aire. Se quitó los vaqueros, revelando su lindo cuerpo. Sacó de su mochila un dildo grueso, colocándole un preservativo y tras lubricarlo con los jugos de África, lo hundió en su coño. —¡Fóllame, no pares! —gritó África, sus dedos frotando su clítoris mientras Lucía la embestía con furia, el dildo entrando y saliendo con un ritmo salvaje. África se corrió tres veces, cada orgasmo acompañado de un "¡Me corro!" y recuerdos guarreros. —¡Joder, como esa vez que me follé a dos tíos en el club! —gimió, sus clímax intensos y duraderos.

Víctor, sentado junto a África, apenas podía contenerse. —Joder, amor, esto es increíble —murmuró, su mano en su polla. África sonrió, besándolo con hambre. —Te amo —susurró, sus ojos brillando con promesas de más—. Esta noche quiero que me folles pensando en esto.

—Hizo una pausa, mirando hacia el recibidor—. Por cierto, dijo:  —Que es ese paquete que has dejado al llegar?. Víctor sonrió, levantándose para buscarlo. —Ah, eso. Es un regalo para ti, ábrelo!

África lo siguió, curiosa, y abrió la caja con entusiasmo. Dentro había una máquina de sexo, un dispositivo elegante con un dildo ajustable y controles de velocidad. Sus ojos se iluminaron. —¡Qué maravilla! — exclamó, acariciando el juguete con dedos ansiosos—. Vamos a probarla esta noche.
Víctor sintió su polla endurecerse de nuevo ante la idea. —Te amo —murmuró, besándola con hambre—. Vamos a ello.

Esa noche...
...Tras la cena, África y Víctor llevaron la máquina al dormitorio, la excitación palpable en el aire. África, aún desnuda, se recostó en la cama, sus tetas hermosas y sus pezones endurecidos brillando bajo la luz tenue. Colocaron la máquina al borde de la cama, ajustando el dildo, grueso y ligeramente curvado, a la altura de su coño. África, con esa mezcla de sumisión y deseo, se abrió de piernas, sus manos separando los labios de su coño, ya húmedo de anticipación. Víctor lubricó el dildo con los jugos de África, asegurándose de que estuviera listo, mientras ella colocaba el móvil para grabar, sabiendo que este sería otro vídeo para su colección.

Víctor encendió la máquina, comenzando con una velocidad lenta. El dildo se deslizó dentro del coño de África, llenándola con una presión firme y constante. Ella gimió, sus manos volando a su clítoris, frotándolo en círculos rápidos mientras la máquina la penetraba. —¡Joder, qué rico! —gritó, su cuerpo arqueándose mientras el dildo entraba y salía, el ritmo mecánico pero implacable. Víctor aumentó la velocidad, y los gemidos de África se convirtieron en alaridos. —¡Me corro! —aulló, su coño contrayéndose alrededor del dildo mientras un orgasmo la sacudía, sus tetas temblando, sus jugos goteando por sus muslos.

—¡Sigue, no pares! —suplicó, sus dedos trabajando su clítoris con frenesí mientras la máquina la follaba sin descanso. Víctor, hipnotizado, ajustó la máquina a una velocidad más alta, el dildo moviéndose con una precisión que la llevaba al límite. África se corrió una y otra vez, cada orgasmo acompañado de un grito de "¡Me corro!" y palabras guarras que salían de su boca sin control. —¡Joder, esto es como cuando ese tío me folló en el coche! —gimió, recordando un encuentro pasado, su mente llena de imágenes lujuriosas que intensificaban sus clímax. En total, la máquina la llevó a siete orgasmos en veinte minutos, cada uno más potente, su cuerpo convulsionando, su coño chorreando mientras sus dedos no dejaban de frotar.

Víctor, incapaz de contenerse, se unió al juego, arrodillándose para lamer sus pezones mientras la máquina seguía follándola. África gritó más fuerte, su cuerpo temblando entre el dildo y la boca de Víctor. —¡Fóllame tú también! —suplicó, y él obedeció, apagando la máquina y reemplazándola con su polla de 22 centímetros, embistiéndola con fuerza mientras ella seguía tocándose, arrancándose dos orgasmos más.

Cuando colapsaron, exhaustos, África rió, su cuerpo aún temblando. —Esto es increíble —jadeó, acariciando la máquina—. Vamos a usarla mucho.


A las dos semanas más o menos, África comenzó a trabajar en una empresa de limpieza, encargándose de varias urbanizaciones en la ciudad y la playa con una jornada de siete de la mañana a tres de la tarde. Se desplazaba en su propio coche, un Seat Ibiza. Su carisma y su cuerpo espectacular no pasaban desapercibidos. Rápidamente se gana la confianza de los vecinos, especialmente de los hombres mayores de las urbanizaciones, que no podían evitar mirarla, cautivados por sus curvas y su sonrisa pícara. También algunos solteros y divorciados de las urbanizaciones no disimulaban su interés, atraídos por su energía sensual y su actitud desinhibida. Pero para África, el trabajo era solo un telón de fondo; su mente siempre estaba abierta a nuevas experiencias, y su deseo insaciable la llevaba a buscar placer en cada oportunidad.

El encuentro con Lucía, la instaladora de internet, había sido una experiencia insuperable, un torbellino de pasión que no podía sacarse de la cabeza. Aquel día, mientras limpiaba en la urbanización "Rocas Blancas", vio a Lucía llegando a una vivienda con su equipo de instalación. Sus ojos se encontraron, y un calor inmediato recorrió el cuerpo de África. Corrió hacia ella, y se fundieron en un abrazo cálido, sus cuerpos apretándose con una familiaridad cargada de deseo.

—Sabes, Lucía, no me quito de la cabeza el día que estuvimos juntas —susurró África, su voz baja y sensual, rozando el lóbulo de su oreja—. Eres muy ardiente. Víctor vio el vídeo que grabé, y esa noche me folló pensando en ti. Me gustaría que lo conocieras. Tiene una polla bonita, grande y dura como una estaca. Disfrutarías de ella.

Lucía rió, sus ojos brillando con lujuria. —Ummm, ya me estás poniendo mojada —respondió, su mano rozando sutilmente la cadera de África—. Me encantaría. Organízalo, y ahí estaré.

África sonrió, su coño ya húmedo solo de imaginarlo. —Ya nos llamamos y planeamos un encuentro —dijo, pero su urgencia no podía esperar—. Ven, un momento.

La llevó al cuartito donde guardaba los útiles de limpieza, un espacio pequeño y privado con apenas una mesa y estanterías llenas de productos. Cerró la puerta tras ellas, y sin mediar palabra, se acercó a Lucía, sus manos temblando de deseo. —Tócame, Lucía, necesito correrme —suplicó, su voz cargada de urgencia.

Lucía no se hizo de rogar. Sus manos se deslizaron bajo la falda de trabajo de África, encontrando su coño empapado por encima de las bragas. África hizo lo mismo, sus dedos presionando el sexo de Lucía a través de sus vaqueros ajustados. Se miraron a los ojos, jadeando, mientras se masturbaban mutuamente, sus manos moviéndose con rapidez, frotando con fuerza. Los gemidos de ambas llenaron el pequeño espacio, sus cuerpos temblando de placer. África alcanzó el clímax primero, gritando "¡Me corro!" mientras su coño se contraía, empapando sus bragas. Lucía la siguió segundos después, su cuerpo estremeciéndose mientras un orgasmo la atravesaba, sus dedos apretando el coño de África con más fuerza.

Se separaron jadeando, sus rostros encendidos. —Te llamo pronto —dijo África, ajustándose la falda con una sonrisa traviesa—. Esto hay que repetirlo, los tres.

Lucía asintió, sus ojos aún llenos de deseo. —Cuenta conmigo —respondió, antes de salir del cuartito, dejando a África con la promesa de un encuentro aún más ardiente.


La semana siguiente...
... Durante la semana, África no podía dejar de pensar en Lucía y en la promesa de un encuentro a tres. Su trabajo en las urbanizaciones de la playa seguía siendo un éxito; su cuerpo espectacular y su actitud desinhibida atraían miradas constantes, especialmente de los hombres mayores, que la seguían con ojos hambrientos, y de algunos solteros y divorciados que coqueteaban sin disimulo. Pero su mente estaba en el fin de semana. El martes, mientras limpiaba en "Rocas Blancas", llamó a Lucía desde el cuartito de los útiles, su voz cargada de deseo. —Lucía, ¿te vienes este fin de semana a casa? —preguntó, mordiéndose el labio—. Víctor está deseando conocerte, y yo no puedo esperar a que nos follemos los tres.

Lucía rió al otro lado de la línea, su voz grave y prometedora. —Joder, África, ya me tienes empapada. Allí estaré. Prepárate para pasarlo en grande.

El fin de semana...
... Llegó el sábado, y la casa de Víctor y África vibraba con anticipación. Habían preparado todo: velas aromáticas, una botella de vino, y la cámara lista para grabar cada momento. Pero también tenían una sorpresa para Lucía. Víctor había invitado a un compañero de trabajo, Marcos, un hombre atlético de unos 35 años, con una mirada intensa y un cuerpo que prometía resistencia. Marcos sabía del pacto de Víctor y África y estaba más que dispuesto a unirse a la fiesta.

Cuando Lucía llegó, con una camiseta ajustada y unos vaqueros que marcaban sus curvas, el ambiente se cargó de electricidad. África la recibió con un beso profundo, sus lenguas entrelazándose mientras Víctor y Marcos observaban, sus pollas ya endureciéndose. —Lucía, te presento a Víctor —dijo África, guiñándole un ojo—. Y este es Marcos, un amigo que se une hoy.

Lucía sonrió, sus ojos recorriendo a ambos hombres con deseo. —Joder, África, no me decepcionas —susurró, acercándose a besar a Víctor, sus manos explorando su pecho antes de girarse hacia Marcos, rozando su entrepierna con descaro.

Sin perder tiempo, África se quitó la ropa, quedando desnuda, sus tetas hermosas y sus pezones endurecidos brillando bajo la luz. Lucía siguió su ejemplo, revelando su cuerpo bronceado, sus pechos firmes y su coño ya húmedo. Víctor y Marcos se desvistieron, mostrando sus pollas duras: la de Víctor, de 22 centímetros, gorda y venosa; la de Marcos, algo más corta pero igualmente gruesa, lista para la acción.

África, ansiosa por ser dominada, se recostó en el sofá, abriendo las piernas y separando los labios de su coño con las manos. —Folladme, joder —suplicó, mientras colocaba el móvil para grabar. Lucía se arrodilló entre sus piernas, lamiendo su coño con avidez, su lengua danzando sobre el clítoris mientras sus dedos se hundían en su interior. África gritó, sus manos frotando su clítoris con frenesí. —¡Sí, cómemelo, zorra! —aulló, su cuerpo temblando mientras un orgasmo la atravesaba. —¡Me corro!
Víctor se acercó, su polla dura frente al rostro de Lucía, quien no dudó en tomarla en su boca, chupándola con hambre mientras seguía devorando el coño de África. Marcos, por su parte, se posicionó detrás de Lucía, levantando sus caderas y hundiendo su polla en su coño empapado. El sonido de los gemidos llenó la habitación, un coro de placer mientras los cuatro se entregaban al deseo. África, en el centro, se corría una y otra vez, sus gritos de "¡Me corro!" resonando mientras recordaba guarradas. —¡Joder, como cuando me follé a ese camarero en la playa! —gimió, su coño contrayéndose alrededor de los dedos de Lucía.

Víctor reemplazó a Lucía entre las piernas de África, embistiéndola con su polla de 22 centímetros, mientras Lucía se sentaba en el rostro de África, quien lamía su coño con desesperación. Marcos, ahora detrás de Lucía, lamía sus pechos, pellizcando sus pezones mientras ella gemía. África se corrió cuatro veces más, cada orgasmo más intenso, su cuerpo temblando mientras gritaba "¡Fóllame, no pares!" y sus dedos trabajaban su clítoris sin descanso. Lucía, montada en su cara, alcanzó dos orgasmos, sus jugos empapando el rostro de África. Víctor y Marcos, al borde, se turnaron para follar a ambas, sus pollas entrando y saliendo de coños empapados, hasta que finalmente se corrieron, salpicando los cuerpos de las dos mujeres.

Exhaustos, colapsaron en el sofá, los cuerpos sudados y entrelazados. África detuvo la grabación, sonriendo. —Esto hay que repetirlo —jadeó, mirando a Lucía y Marcos—. Y la próxima vez, usamos la máquina también.

Víctor rió, besándola con fuerza. —Te amo, zorra —susurró, sabiendo que su pacto, su complicidad, era lo que los hacía únicos.


Los cuatro se vistieron, aún con la piel encendida y las risas flotando en el aire. Se sirvieron unas copas de vino, relajándose en el salón mientras esperaban la cena que había pedido África a un restaurante de la ciudad . La atmósfera cargada de complicidad, las miradas cruzándose con promesas de más. Cuando sonó el timbre, África se levantó para abrir, su bata de seda ligeramente desajustada, dejando entrever el contorno de sus curvas.

La chica que traía la cena, una joven de cabello corto y ojos vivaces, entregó las bolsas con una sonrisa. Lucía, al verla, se quedó paralizada, su rostro iluminándose con sorpresa. —¡Clara! — exclamó, reconociendo a su amiga. Clara, al ver a Lucía con su blusa medio abrochar en esa casa y en compañía de esas personas, todos algo desarreglados, con el pelo revuelto y las mejillas encendidas, arqueó una ceja. Con una voz pícara, dijo: —Vaya, Lucía, qué sorpresa, que reunión más… interesante. Llámame, ya me contarás.

Lucía acercándose a ella, guiñándole un ojo. —Te llamo seguro —respondió, mientras Clara se despedía con una sonrisa cómplice, cerrando la puerta tras ella.

África, de vuelta en el sofá, se acurrucó junto a Víctor, sus dedos jugueteando con el borde de su camisa. —Esto se pone cada vez mejor —susurró, sus ojos brillando con la promesa de nuevas aventuras. —Te amo!

Víctor sonrió, besándola con deseo. —Y yo a ti. La próxima vez, invitamos a Clara también.
Su pacto, su complicidad, era lo que los hacía únicos. Y él no quería que terminara nunca.


El lunes por la mañana, mi teléfono vibró sobre la mesita de noche. Era Clara, mi amiga repartidora, con su voz cargada de curiosidad y esa chispa pícara que siempre me saca una sonrisa. —¡Lucía, tía, qué fue eso de anoche! —joder cuéntame dijo, apenas conteniendo la risa—. Estabas en esa casa con dos tíos y una mujer, medio vestir y despeinada, con pinta de haberte dado un buen revolcón. ¡Cuéntamelo todo, zorra, que no me aguanto!

Me reí, recostándome en la cama, el recuerdo de la noche anterior todavía se reflejaba en mi piel. —Joder, Clara, si hubieras visto lo que pasó… —empecé, mi voz baja, saboreando cada palabra mientras revivía la escena—. Estaba en casa de África y Víctor, una pareja de amigos que conocí unos meses atrás, es una pareja muy liberal con su relacion afectiva. Me invitaron a cenar a su casa y a una velada, ya sabes... pero cuando llegué, sorpresa, no solo estaban ellos, también había un chico, un tal Marcos, guapísimo, con un cuerpo de escandalo, un amigo del marido de África, Víctor. Y joder, Clara ya te puedes imaginar...

África nos sirvió unas copas de cava bien frio, pero el ambiente ya estaba caliente desde que crucé la puerta de entrada. África, que es una diosa con unas tetas bien puestas que quitan el aliento. No esperó a terminar su copa de cava, comenzó a desnudarse lentamente excitándonos a los demás, en segundos, quedándose desnuda completamente, vientre plano, con sus tetas expuestas, duras pero suaves al tacto, los pezones duros y el coño recién depilado ya brillando de lo mojada que estaba.  Al ver su decisión, me anime y me deshice de la camiseta, de los vaqueros y la lencería que llevaba puesta, y ahí estaba yo, con mi coño palpitando solo de verla a ella abrirse de piernas en el sofá, y con sus manos acariciando el triangulo de su coño, demandando ser follado.

Víctor y Marcos también siguieron el ejemplo y se desnudaron, y madre mía, Clara, qué pollas. La de Víctor, de 22 centímetros, gorda y venosa, como una estaca, con un glande dibujado y rosadito; la de Marcos, un poco más corta, gruesa y levemente curvada con su glande hacia arriba, perfecta para rozarte el punto G y hacerte gritar.

Cogí un cojín del sofá, me puse e rodillas entre las piernas de África, no pude resistirme. Su coño estaba empapado, rosado, abierto como una invitación. Le lamí cada pliegue, chupé su clítoris como si fuera mi última misión en la tierra, mientras ella gritaba "¡Cómemelo, putita!" tocándoselo con una mano, arrancándose orgasmos como si nada. Sus corridas me empaparon la cara, y joder, qué sabor, dulce y salado, puro vicio. Mientras, Víctor se acercaba, me puso su polla en la boca, y yo la chupé con ganas, sintiendo cómo se endurecía aún más, llenándome la garganta.

Marcos, detrás de mí, me levantó las caderas y me metió la suya hasta el fondo. Mi coño estaba tan mojado que entró como si nada adaptándose a su tamaño, y cada mete y saca me hacía gemir contra la polla de Víctor que la tenia en la boca

África no paraba, Clara, era una máquina. Ella es multiorgásmica. Se corrió unas cuatro veces mientras le comía el coño, gritando "¡Me corro!" cada vez, con esa voz que te pone la piel de gallina. Luego cambió de sitio, se subió a mi cara, y joder, lamí su coño mientras ella me montaba, sus jugos chorreando por mi barbilla. Víctor la folló al mismo tiempo, su polla entrando y saliendo de su coño como si quisiera partirla en dos, y ella seguía tocándose, gritando guarradas: "¡Como cuando me follé a ese camarero en la playa!" Marcos me follaba a mí, y yo me corrí dos veces, mi coño apretándolo mientras él gruñía como animal.

Nos turnamos, Clara, fue una locura. En un momento, África estaba de rodillas, chupando la polla de Marcos mientras yo abría sus glúteos y le comía el culo, mi lengua explorando cada rincón, haciéndola gemir como loca. Luego Víctor me folló a mí, y África, sentada en el brazo del sofá, se masturbaba mirando, sus dedos hundidos en su coño, corriéndose otra vez mientras nos veía. No te conté antes, pero en un momento usamos un juguete potente, un succionador del clitoris que África puso acoplándolo al mío salido y duro, yo a cuatro mientras Marcos la follaba por detrás mi coño. El placer eran tan intenso que casi me desmayo, gritando "¡Me corro!" con un alarido que seguro se oyó en toda la urbanización.

Al final, Víctor y Marcos no aguantaron más. Se corrieron sobre nosotras, salpicándonos las tetas y la cara, y África y yo nos besamos, lamiendo los restos, nuestras lenguas enredándose mientras seguíamos tocándonos. Fue puro fuego, Clara, una hora de sexo sin frenos, todos sudados, temblando, con el sofá empapado de jugos. Cuando terminamos, apenas podíamos movernos, pero África grabó todo, como siempre. Ese vídeo va a ser nuestra joya.

—Y tú llegaste justo después, pillándonos con el pelo revuelto y las caras de haber follado como posesos —reí, imaginando su cara al vernos—. África quiere repetir, y yo también. Y, oye, ¿te animas la próxima vez? Porque con lo que te gusta el cachondeo, sé que disfrutarías.

Clara soltó una carcajada al otro lado del teléfono. —Joder, Lucía, qué tía. Déjame pensarlo, pero pinta demasiado bien. Llámame cuando organicéis la próxima, y ya veremos si me uno al lío.

Colgué con una sonrisa, mi coño todavía palpitando al recordar cada momento. África y Víctor habían abierto una puerta, y yo no podía esperar a cruzarla de nuevo. 


Seducción en Rocas Blancas...
Ya llevaba siete meses trabajando en la empresa de limpieza, recorriendo las urbanizaciones que atendía de siete de la mañana a dos de la tarde. Mi cuerpo espectacular y mi actitud desinhibida seguían atrayendo miradas, especialmente de los hombres mayores, solteros y divorciados de las urbanizaciones. Pero había uno en particular en "Rocas Blancas" que era mas lanzando: Javier, un medico jubilado de 60 años, divorciado, con un cuerpo esculpido en el gimnasio, pelo cano que le daba un aire distinguido y una estatura imponente de un metro ochenta. Sus ojos grises me seguían con deseo, y en varias ocasiones me había tirado los tejos con un encanto que mezclaba galantería y descaro. “África, con esa sonrisa podrías iluminar toda la playa,” me decía, o me guiñaba un ojo mientras me ofrecía un café en su terraza. Yo le seguía el juego, porque, joder, me ponía cachonda su seguridad y ese cuerpo que no parecía de su edad.

Víctor iba a estar fuera el fin de semana por un viaje de empresa, y se lo mencioné a Javier hace unos días mientras charlábamos. Le conté a Víctor lo de la invitación a cenar, y él, con esa complicidad que nos define, sonrió y me dijo: “Disfruta, amor, pásatelo de puta madre. Yo también me lo pasaré bien; hay una compañera de la empresa, viuda, que vive en otra ciudad. Vamos a follar como locos.” Su respuesta me encendió aún más, imaginarlo con otra mujer mientras yo me dejaba llevar con Javier era el combustible perfecto para nuestra dinámica. “Grábalo todo,” añadió, guiñándome un ojo, y yo le prometí que lo haría.

Cuando llegó la noche, me puse un vestido negro ajustado, con un escote que dejaba poco a la imaginación y una falda que rozaba mis muslos, insinuando todo. Javier estaba impecable en el restaurante del hotel de lujo: camisa blanca, chaqueta oscura, su pelo cano perfectamente peinado. Cenamos entre risas y copas de vino, sus cumplidos subiendo de tono, su mano rozando la mía, luego mi muslo bajo la mesa. Cada roce era una chispa, y mi coño se humedecía más con cada mirada suya. “Eres un peligro, África,” susurró, y yo solo sonreí, dejando que mi pierna se apretara contra la suya.

Después de la cena, me invitó a subir a una suite que había reservado. Mi corazón latía fuerte, pero antes de aceptar, lo miré a los ojos y le dije: “Javier, te aviso, yo grabo todo lo que hago. Es mi condición.” Él frunció el ceño, reticente, su expresión endureciéndose por un momento. “¿Grabar? No sé, África, eso es delicado…” empezó, pero lo corté con una sonrisa pícara. “No hay nada que temer. Edito los vídeos, nadie sabrá que eres tú. Si quieres follarme, esa es mi condición.” Mi voz era firme, pero cargada de deseo, y vi cómo sus ojos se oscurecieron, su resistencia derrumbándose. “Joder, está bien,” gruñó, su mano apretando mi cintura. “Graba lo que quieras, pero fóllame ya.”

En el ascensor, sus manos ya estaban en mi cintura, y yo me dejé llevar, mi cuerpo ardiendo. Cuando entramos en la suite, la vista de la ciudad desde el ventanal era espectacular, pero no tanto como la forma en que Javier me empujó contra la pared, sus labios devorando los míos con una urgencia que me hizo gemir. Coloqué mi móvil en una mesa, asegurándome de que capturara cada ángulo, y le guiñé un ojo antes de que me arrancara el vestido con un tirón. Quedé desnuda, mis tetas hermosas al aire, los pezones duros como piedras, mi coño empapado y listo. “Joder, África, eres una diosa,” murmuró, sus manos explorando cada curva.

Me llevó a la cama, sus manos fuertes abriendo mis piernas mientras me miraba con esos ojos grises que prometían todo. “Qué coño tan perfecto,” gruñó antes de hundir su lengua en mí. Joder, cómo lamía. Su lengua trazaba círculos en mi clítoris, succionaba con una precisión que me hacía arquearme, mientras sus dedos se deslizaban dentro, bombeando con un ritmo que me llevó al borde en minutos. “¡Me corro!” grité, mi cuerpo convulsionando mientras un orgasmo me atravesaba, mis jugos empapando su barbilla perfectamente afeitada. Él no paró, su lengua seguía trabajando, llevándome a un segundo clímax mientras yo me tocaba las tetas, pellizcando mis pezones, gimiendo sin control.

Javier se desvistió, revelando un cuerpo musculoso que desafiaba sus 60 años, su polla dura, no tan grande como la de Víctor, pero gruesa, venosa, palpitante. Me giró, poniéndome a cuatro patas, mi culo en alto, mi coño abierto y chorreando. “Fóllame, joder,” supliqué, y él obedeció, hundiendo su polla en mí con una embestida profunda que me hizo gritar. Mis manos aferraron las sábanas, mis dedos volaron a mi clítoris, frotándolo con frenesí mientras él me follaba con fuerza, sus manos en mis caderas, cada estocada haciéndome temblar. “¡Me corro otra vez!” aullé, mi coño apretándolo mientras otro orgasmo me sacudía, mis tetas rebotando con cada embestida.

Entre jadeos, mi mente se llenó de guarradas. “¡Joder, como cuando me follé a Lucía con el dildo!” gemí, recordando nuestro encuentro, y eso me puso aún más cachonda. Javier gruñó, acelerando, sus manos apretando mi culo. “Eres una zorra increíble,” dijo, y sus palabras me encendieron más. Cambiamos de posición, yo encima, montándolo como si fuera mi última follada, mi coño tragándose su polla mientras me tocaba, arrancándome tres orgasmos más, cada uno acompañado de un “¡Me corro!” que resonaba en la suite. En un momento, le pedí que me follara el culo, algo que no había planeado pero que me salió en el calor del momento. Lubricó mi entrada con mis propios jugos, y lentamente, su polla se deslizó dentro, llenándome con una presión que me hizo gritar de placer y dolor. “¡Sigue, joder!” supliqué, mi mano trabajando mi clítoris mientras él me follaba el culo, llevándome a un orgasmo brutal que me dejó temblando.

Javier no aguantó más. Se corrió dentro de mi culo, su calor llenándome mientras yo alcanzaba un último clímax, mis jugos chorreando por mis muslos. Colapsamos en la cama, sudados, jadeando. “Esto no se queda aquí, África,” murmuró, besándome el cuello. Detuve la grabación, sonriendo, sabiendo que el vídeo sería un regalo para Víctor cuando volviera. “Ya veremos, Javier,” respondí, mi mente ya planeando cómo compartir cada detalle con mi marido, porque nuestra complicidad era lo primero. Y joder, qué ganas tenía de que viera esto.


Víctor y sus escarceos con una taxista...
Mi vida con Víctor transcurre tranquila y feliz, un equilibrio perfecto donde el amor y el deseo se entrelazan sin conflictos. Para nosotros, el sexo es algo intrínseco, una necesidad tan natural como respirar. Cuando lo hacemos juntos, es con un amor profundo que nos une, un sentimiento que hace que cada caricia, cada embestida, sea más que placer físico. Pero el sexo que practicamos con otros es diferente: puro placer carnal, sin ataduras emocionales, solo follar y gozar. Hemos entendido muy bien esos conceptos, y por eso no hay celos ni malos rollos entre nosotros. Nuestra confianza es absoluta, y cada aventura con terceros solo aviva más el fuego de nuestra relación. Cuando Víctor me llama para decirme que llegará tarde porque ha quedado con otra mujer —una clienta, una amiga del pasado, quien sea—, me enciendo solo de imaginarlo, sabiendo que luego me lo contará todo y, con suerte, me enseñará el vídeo.

Por ejemplo, recuerdo el año pasado, cuando Víctor se folló a una taxista viuda en un viaje de trabajo. Sucedió em Madrid. Carmen, pelo castaño de unos 45 años con un cuerpo voluptuoso, llevaba el taxi para sacar adelante a sus dos hijos tras la muerte repentina de su esposo. Había algo en su historia, en su fuerza, que lo atrajo, y en una de sus carreras, la química estalló. Terminaron en el hotel donde Víctor se alojaba, y cuando me enseñó el vídeo, joder, casi me corro solo de verlo. Carmen tenía unas tetas grandes, pesadas, firmes, con pezones oscuros que se endurecían como piedras, y un coño que era puro espectáculo: labios carnosos, un clítoris grande que sobresalía como un pequeño pene, hinchado y sensible, brillando de deseo. La forma en que se corría, con gritos guturales y su cuerpo temblando, era hipnótica. Y cuando Víctor le comía el coño, centrándose en ese clítoris prominente, parecía que estaba chupando algo más, llevándola a orgasmos que la hacían arquearse y suplicar.

El encuentro con Carmen...
...Víctor me contó que todo empezó en el trayecto al hotel. Carmen conducía con una seguridad que contrastaba con las miradas furtivas que le lanzaba por el retrovisor. Su blusa ajustada marcaba unas tetas que apenas contenía, y cuando Víctor le preguntó por su vida, ella habló con franqueza: su marido había muerto hacía tres años, y el taxi era su forma de mantener a sus hijos. Pero en sus ojos había un brillo, una chispa de deseo reprimido que Víctor captó al instante. “Eres una mujer increíble,” le dijo, y ella sonrió, sus mejillas sonrojándose. “Tú tampoco estás mal,” respondió, y la tensión sexual llenó el coche como una corriente eléctrica.

Cuando llegaron al hotel, Víctor la invitó a tomar una copa en el bar. Una cosa llevó a la otra, y pronto estaban en su habitación, la cámara del móvil ya grabando, porque sabía que yo querría ver cada segundo. Carmen se quitó la blusa con una mezcla de timidez y descaro, dejando al descubierto esas tetas enormes, los pezones oscuros ya duros, pidiendo atención. Víctor las tomó en sus manos, amasándolas, pellizcando los pezones mientras ella gemía, su respiración acelerándose. “Joder, qué tetas,” murmuró él, antes de bajar su boca a ellas, lamiendo y succionando, haciendo que Carmen arqueara la espalda y soltara un gemido profundo.

Ella se desabrochó los vaqueros, revelando un coño que era puro pecado: labios carnosos, húmedos, y ese clítoris grande, hinchado, que parecía palpitar bajo la luz tenue de la habitación. Víctor no perdió tiempo. La recostó en la cama, abrió sus piernas y hundió su rostro en su coño, su lengua explorando cada pliegue antes de centrarse en ese clítoris prominente. Lo chupó como si fuera un pequeño pene, succionando con firmeza, alternando con lamidas rápidas que hacían que Carmen gritara: “¡Sí, joder, no pares!” Sus manos se enredaron en el pelo de Víctor, empujándolo más cerca mientras su cuerpo temblaba. Se corrió en minutos, su coño contrayéndose, sus jugos empapando la cara de Víctor mientras ella aullaba, “¡Me corro!” con una voz que era puro éxtasis.

Pero Víctor no se detuvo. Se desvistió, su polla de 22 centímetros dura como una estaca, venosa y lista. Carmen, aún jadeando, lo miró con hambre. “Fóllame, por favor,” suplicó, y él la complació, hundiéndose en su coño con una embestida profunda. Ella gritó, sus tetas rebotando con cada estocada, sus manos aferrando las sábanas mientras se tocaba ese clítoris grande, frotándolo con frenesí. “¡Joder, qué polla!” gemía, su cuerpo arqueándose mientras se corría otra vez, su coño apretando la polla de Víctor como si quisiera ordeñarla. Él la folló en varias posiciones: a cuatro patas, con su culo redondo en alto, sus embestidas haciendo que sus tetas se balancearan; luego ella encima, montándolo con una furia que hacía temblar la cama, sus dedos trabajando su clítoris mientras gritaba, “¡Me corro otra vez!” Al menos cuatro orgasmos la atravesaron, cada uno más intenso, sus jugos chorreando por los muslos, su voz rota de tanto gritar.

En un momento, Carmen le pidió algo más. “Fóllame el culo,” susurró, sus ojos brillando con deseo. Víctor lubricó su entrada con los jugos de su coño, y lentamente, se deslizó dentro de su culo apretado. Ella gimió, una mezcla de dolor y placer, mientras él la penetraba con cuidado al principio, luego con más fuerza. “¡Sí, joder, más!” gritaba, su mano frotando su clítoris mientras su cuerpo se sacudía con otro orgasmo. Víctor no aguantó mucho más; se corrió dentro de su culo, su calor llenándola mientras ella alcanzaba un clímax final, sus tetas temblando, su coño goteando.

Cuando me enseñó el vídeo, joder, Clara, casi me corro sin tocarme. Ver a Carmen, con esas tetas espectaculares y ese clítoris que parecía un pequeño pene, gritando mientras Víctor la follaba, fue puro fuego. Y saber que él disfrutó tanto como yo con Javier o con Lucía me pone aún más cachonda. Nuestra vida es así: amor profundo entre nosotros, y puro placer con los demás. Sin celos, sin malos rollos, solo gozar. Y con el próximo fin de semana acercándose, ya estoy pensando en cómo incluir a Javier, a Lucía, o tal vez a alguien nuevo en nuestra próxima grabación.


Mis novios...
Muchos me preguntáis cuántos novios he tenido. Solo uno, Víctor, mi gran amor desde los 15 años, cuando él tenía 17. Éramos puro fuego, como cualquiera a esa edad, llenos de deseo y hormonas desbocadas. Aunque nos moríamos por estar juntos, nos besábamos con una pasión que nos dejaba sin aliento y nos tocábamos con manos ansiosas, no cruzamos la línea del sexo de penetración hasta que fuéramos mas maduros. Nos queríamos demasiado como para apresurar las cosas, y ese respeto mutuo hizo que nuestra conexión fuera más fuerte.

Éramos adolescentes, puro fuego, unos volcanes en erupción, nuestra curiosidad y ardor nos llevaron a explorar más. Nos masturbábamos en cualquier lugar donde pudiéramos estar a solas, siempre cuidando que nadie nos viera. En mi casa o en la suya, cuando los padres no estaban, nos perdíamos en caricias furtivas, nuestras manos explorando bajo la ropa, jadeando en voz baja mientras nos llevábamos al límite. En el cine, en la penumbra de la última fila, nos tocábamos por encima de la ropa, mis dedos rozando su dureza mientras él deslizaba su mano bajo mi falda, haciéndome temblar con sus roces. En el campo, entre los árboles, nos escondíamos y nos entregábamos al placer de tocarnos, riendo y susurrando guarradas que nos ponían aún más calientes.

Pero el lugar que marcó un antes y un después fue una pequeña sala de cine en un sex shop al que empezamos a ir siendo mayores de edad. Era un sitio íntimo, con pocas butacas, donde ponían películas para adultos. Entrábamos cogidos de la mano, nerviosos pero excitados, y nos sentábamos al fondo, donde la luz apenas llegaba. Las imágenes en la pantalla —cuerpos desnudos, gemidos, escenas de deseo puro— nos ponían a mil. Al principio, solo nos tocábamos nosotros. Yo deslizaba mi mano dentro de los pantalones de Víctor, acariciando su polla dura mientras él gemía bajito, sus dedos encontrando mi coño húmedo bajo mi falda. Nos movíamos con cuidado, el corazón latiéndonos fuerte, sabiendo que el riesgo de estar en un lugar así nos encendía aún más. Yo me corría rápido, mordiéndome el labio para no gritar, mientras él se deshacía en mi mano, los dos temblando de placer en la oscuridad.

Una noche, todo cambió. Estábamos en nuestra butaca habitual, perdidos en nuestro juego. Yo tenía la mano en su polla, acariciándola lentamente, mientras él metía sus dedos bajo mi ropa interior, frotando mi clítoris con esa precisión que ya conocía tan bien. La película resonaba con gemidos, y nosotros estábamos tan metidos en lo nuestro que no notamos a la pareja que se sentó detrás. Eran algo mayores, quizás en sus treinta, y al principio solo los escuchamos murmurar. Pero entonces, sentí una mano suave, femenina, rozar mi hombro. Me giré, sorprendida, y vi a la mujer de la pareja, una morena con una sonrisa traviesa, mirándome con deseo. “No pares,” susurró, y antes de que pudiera reaccionar, se cambió de butaca y se sentó a mi lado, deslizando su mano por mi muslo con una confianza que me dejó sin aliento.

Víctor me miró, sus ojos brillando con una mezcla de sorpresa y excitación. “¿Estás bien con esto?” me susurró, y yo, con el corazón a mil y el coño palpitando, asentí. La mujer, que luego supe que se llamaba Marta, dejó que su mano subiera más, sus dedos rozando la piel sensible de mi muslo, acercándose peligrosamente a mi ropa interior. Su toque era eléctrico, diferente al de Víctor, más suave pero igual de decidido. “Qué piel tan suave,” murmuró, su voz baja, mientras sus dedos se colaban bajo mi falda, rozando mi coño por encima de la tela húmeda. Yo gemí bajito, mi mano apretando la polla de Víctor con más fuerza mientras él seguía tocándome, sus dedos trabajando mi clítoris con movimientos rápidos.

Marta no se detuvo. Deslizó sus dedos bajo mi ropa interior, encontrando mi humedad, y empezó a frotarme con una maestría que me hizo arquearme en la butaca. “Joder, estás empapada,” susurró, su aliento caliente contra mi oído, mientras metía un dedo dentro de mí, moviéndolo con un ritmo que complementaba los roces de Víctor. Yo estaba en una nube, el placer subiendo por mi cuerpo como una ola. El hombre de la pareja, sentado detrás, se masturbaba mirando, su respiración pesada sumándose al ambiente. Yo seguía acariciando a Víctor, mi mano moviéndose más rápido mientras Marta me tocaba, sus dedos entrando y saliendo de mi coño, su pulgar rozando mi clítoris. “¡Me corro!” susurré, intentando no gritar, mientras un orgasmo me atravesaba, mi coño contrayéndose alrededor de sus dedos, mi cuerpo temblando en la butaca. Víctor no tardó en seguirme, su polla palpitando en mi mano mientras se corría, su calor derramándose entre mis dedos.

Marta sonrió, lamiéndose los dedos con una mirada que prometía más, pero no dijimos nada en ese momento. Nos recompusimos en silencio, el corazón aún acelerado, mientras la película llegaba a su fin.

Cuando las luces se encendieron tenuemente y salimos a la calle, el aire fresco nos golpeó, pero la adrenalina seguía corriendo por nuestras venas. Antes de despedirnos, nos detuvimos en la acera. “Soy Marta,” dijo ella, con esa misma sonrisa traviesa, mientras el hombre a su lado se presentó como Carlos.
Nosotros les dimos nuestros nombres, África y Víctor, y, con una chispa de complicidad, intercambiamos números de teléfono. “Por si queréis repetir algún día,” dijo Marta, guiñándome un ojo. Asentí, sabiendo que ese momento en el sex shop había abierto una puerta nueva en nuestra vida.

Esa noche marcó el inicio de nuestra apertura a incluir a otros en nuestro juego. Fue el primer paso hacia lo que ahora vivimos, donde el sexo con terceros es puro placer carnal, sin sentimientos, solo gozar.
Pero con Víctor, siempre hay amor, una conexión que hace que cada experiencia, por salvaje que sea, nos una más. Y pensar en esos días, en esa sala oscura con Marta tocándome mientras Víctor me miraba, todavía me pone cachonda, lista para grabar la próxima aventura y compartirla con él.

Continuará...

Orgia en el chill-out...
Habían pasado dos semanas desde aquella noche en la sala de cine del sex shop, donde Marta y Carlos, la pareja que conocimos, encendieron una chispa nueva en Víctor y en mí. Sus nombres y números de teléfono se quedaron grabados en mi mente, junto con el recuerdo de Marta deslizando sus dedos por mi muslo, llevándome al borde del éxtasis en la penumbra. Cuando sonó el teléfono y reconocí la voz de Marta, invitándonos a cenar en su apartamento en primera línea de playa, mi cuerpo vibró de anticipación. “Venid, va a ser una noche especial,” dijo con ese tono suyo, travieso y prometedor. Víctor y yo aceptamos sin dudarlo, sabiendo que con ellos no sería solo una cena.

El apartamento era un sueño: amplio, moderno, con una terraza que daba al mar, donde las olas rompían suavemente bajo la luz de la luna. Cuando llegamos, Marta nos recibió con un vestido ajustado que marcaba sus curvas, y Carlos, con una camisa que dejaba entrever su pecho definido, nos dio un abrazo cálido. Pero la sorpresa vino al entrar en el salón: además de ellos, había dos chicas más. Una era Sofía, una rubia de unos 25 años con un cuerpo esbelto y unos ojos que destilaban picardía. La otra, Valeria, era una chica trans, alta, con una melena oscura que caía en cascada y una presencia magnética. Su sonrisa tenía un toque de misterio, y cuando nos presentaron, sentí un cosquilleo que me recorrió entera.

La cena fue una delicia, con vino que fluía sin parar, risas y conversaciones que subían de tono con cada copa. Hablamos de nuestras fantasías, de lo que nos ponía cachondos, y el ambiente se cargó de una tensión eléctrica. Marta, sentada a mi lado, rozaba mi pierna con la suya, mientras Víctor intercambiaba miradas con Sofía, que no paraba de morderse el labio. Valeria, con una voz suave pero cargada de intención, contó cómo disfrutaba rompiendo tabúes, y sus palabras me hicieron imaginar cosas que me humedecieron al instante.

Con unas copas de más, Marta propuso movernos al chill-out de la terraza, un espacio con cojines, luces tenues y una vista al mar que invitaba al desenfreno. “Hagamos que esta noche sea inolvidable,” dijo, empezando a quitarse el vestido. Antes de que siguiéramos, levanté la mano, mi móvil ya en la otra. “Espero que no os importe, pero me gustaría grabar esto,” dije, mi voz firme pero cargada de excitación. “Víctor y yo siempre grabamos, y lo editamos para que sea privado.” Miré a cada uno, esperando su reacción. Marta sonrió, sus ojos brillando. “Joder, me encanta la idea. Quiero una copia,” dijo. Carlos asintió, su polla ya marcándose bajo los pantalones. Sofía rió, encogiéndose de hombros. “Graba, pero que se vea bien mi culo,” bromeó. Valeria, con una mirada intensa, añadió: “Quiero verme en acción. Adelante.” Todos dieron su consentimiento, y la idea de que todos quisiéramos guardar ese momento me puso aún más cachonda.

Ya en la terraza, coloqué el móvil en un trípode improvisado, asegurándome de capturar cada ángulo, y nos desnudamos sin reservas. Marta quedó desnuda, sus tetas firmes y su coño depilado brillando bajo la luz de la luna. Carlos mostró su polla medio dura, y Víctor, mi amor, dejó al descubierto su polla de 22 centímetros, palpitando. Sofía y Valeria se unieron, y cuando Valeria se quitó la ropa, joder, casi se me corta la respiración. Su polla era gruesa, dura, venosa, sobresaliendo de su cuerpo esculpido, y la mezcla de su feminidad y esa virilidad me puso a mil.

Nos sentamos en los cojines, el aire cálido de la noche acariciando nuestra piel desnuda. Empezamos a tocarnos, las manos explorando sin restricciones. Valeria se acercó a mí, sus ojos clavados en los míos, y deslizó sus dedos por mi muslo, subiendo hasta mi coño empapado. “Estás ardiendo,” susurró, y yo gemí, abriendo las piernas para dejarla explorar. Sus dedos encontraron mi clítoris, frotándolo con una precisión que me hizo arquearme, mientras yo acariciaba su polla, dura como una roca, sintiendo su calor en mi mano. “Fóllame, joder,” le supliqué, y ella no se hizo de rogar. Me puso a cuatro patas en los cojines, el sonido del mar de fondo, y hundió su polla en mi coño con una embestida que me hizo gritar. “¡Sí, joder!” gemí, mi mano volando a mi clítoris, frotándolo con frenesí mientras ella me follaba con fuerza, su polla llenándome por completo. La cámara lo captaba todo, y saber que ese momento quedaría grabado me excitaba aún más.

A mi lado, Víctor tenía a Marta de rodillas, chupándole la polla con una hambre que me volvía loca. Sus tetas rebotaban mientras ella lo devoraba, y él gemía, sus manos enredadas en su pelo. Carlos, por su parte, estaba con Sofía, follándola en misionero, sus embestidas haciendo que ella gritara de placer, sus piernas temblando mientras se tocaba. El aire se llenó de gemidos, de cuerpos chocando, de puro deseo. Valeria me follaba sin piedad, cambiando de ritmo, a veces lento y profundo, otras rápido y salvaje, llevándome a un orgasmo tras otro. “¡Me corro!” aullé, mi coño contrayéndose alrededor de su polla, mis jugos chorreando por mis muslos mientras ella gruñía, sus manos apretando mi culo.

Nos intercambiamos, como si siguiéramos un baile instintivo. Víctor me tomó, su polla de 22 centímetros deslizándose en mi coño empapado mientras Marta lamía mis tetas, su lengua jugando con mis pezones. Valeria ahora follaba a Sofía, que gemía como loca, y Carlos se masturbaba mirando, su polla dura en la mano. Luego probamos todas las posturas imaginables: yo montando a Carlos mientras Valeria me lamía el clítoris, Víctor follándose a Marta por detrás mientras ella chupaba la polla de Valeria. Sofía, en un momento, se corrió con tanta fuerza que, entre gemidos, dejó escapar un chorro caliente, meándose de puro placer, lo que nos encendió aún más. “¡Joder, qué guarra!” grité, riendo, mientras seguía montando a Carlos, mi coño apretándolo hasta hacerlo gemir.

Los orgasmos se sucedían sin parar. Me corrí al menos seis veces, cada una más intensa, gritando “¡Me corro!” mientras mi cuerpo temblaba, mis tetas rebotando, mi coño chorreando. Marta y Sofía no se quedaban atrás, sus gritos mezclándose con los nuestros, mientras Valeria y los chicos nos llevaban al límite. En un momento, Valeria me folló el culo, su polla lubricada con mis propios jugos, entrando lentamente hasta que pedí más, “¡Fóllame fuerte!” y ella obedeció, haciéndome gritar de placer. Víctor y Carlos se corrieron al final, salpicándonos a todas, mientras Sofía, aún temblando, se meaba otra vez, riendo entre jadeos.

Colapsamos en los cojines, sudorosos, riendo, con el mar como testigo. Detuve la grabación, sabiendo que ese vídeo sería una obra maestra. Marta me besó, sus labios sabiendo a vino y deseo, y Valeria me guiñó un ojo, pidiéndome una copia. “Esto hay que repetirlo,” dijo Sofía, aún jadeando. Víctor me abrazó, susurrándome al oído: “Te amo, zorra.” Y yo, con el cuerpo aún vibrando, supe que nuestra vida, nuestro amor, y nuestro placer sin límites nos hacían invencibles.

Continuará...

Encuentro con Nina y Laura...
El jueves por la mañana, mientras limpiaba en la urbanización "Rocas Blancas", mi móvil vibró con un mensaje de Marta. Su voz, cuando la llamé, tenía ese tono travieso que me ponía la piel de gallina. “África, tienes que escuchar esto,” dijo, riendo. “Mis vecinas, Nina y Laura, dos lesbianas de unos treinta y tantos que viven juntas, me abordaron ayer. Me contaron que nos vieron en la terraza la otra noche, ya sabes, cuando follamos como locos con Valeria, Sofía y Carlos. ‘Nos pusisteis cardíacas,’ me dijo Nina, con esa cara de pillina. Quieren conocerte, y les dije que te llamaría para quedar este sábado por la tarde, que Carlos está de guardia en el hospital. ¿Qué te parece?”

Mi coño dio un respingo solo de imaginarlo. “Joder, Marta, perfecto,” respondí, mi voz ya cargada de anticipación. “Cuenta conmigo.” Colgamos, y cuando Víctor llegó a casa esa noche, se lo conté todo mientras cenábamos. Sus ojos brillaron, y con esa sonrisa suya que me derrite, dijo: “Esas quieren follar, amor. Ve, disfruta, y grábalo todo. Quiero verlo cuando vuelva.” Me besó con fuerza, su mano deslizándose por mi muslo, y supe que esta nueva aventura nos iba a encender aún más.

Llegó el sábado, y me puse un vestido rojo ceñido que apenas contenía mis tetas y dejaba mis muslos al descubierto, sabiendo que iba a provocar. Cuando llegué al apartamento de Marta, en primera línea de playa, el ambiente ya estaba cargado de electricidad. Marta me recibió con una camiseta ajustada sin sujetador, sus pezones marcados, y unos shorts que dejaban ver su culo firme. Nina y Laura estaban en el salón, y joder, qué visión. Nina era una morena de piel bronceada, con curvas generosas, tetas grandes y una mirada que prometía problemas. Laura, más delgada, con el pelo corto teñido de platino y unos ojos verdes que te atravesaban, tenía un aire dominante que me puso cachonda al instante.

La tarde empezó con risas, copas de vino y algo de música suave, pero la tensión sexual era palpable. Nina no paraba de mirarme, sus ojos recorriendo mi cuerpo, mientras Laura le susurraba cosas al oído que la hacían reír con picardía. “Nos encantó lo que vimos en la terraza,” dijo Nina, su voz grave, mientras se acercaba a mí en el sofá. “Fue… inspirador.” Marta rió, sentándose a mi otro lado. “África es puro fuego,” dijo, su mano rozando mi rodilla. “Y graba todo, ¿os importa?” Saqué mi móvil, y Laura, con una ceja arqueada, asintió. “Graba, pero queremos una copia,” dijo, su tono autoritario haciéndome temblar de deseo.

No hicieron falta más palabras. Nos levantamos y fuimos al chill-out de la terraza, ese mismo rincón donde días antes había follado sin frenos. Puse el móvil en una mesa, asegurándome de capturar cada ángulo, y nos desnudamos con una urgencia que hablaba por sí sola. Mi vestido cayó al suelo, dejando mis tetas hermosas al aire, los pezones duros, mi coño ya húmedo. Marta se quitó la camiseta, sus tetas firmes rebotando, y Nina y Laura se desnudaron, revelando cuerpos que eran puro pecado. Nina tenía un coño depilado que brillaba de deseo, y Laura, con un piercing en el clítoris que me dejó hipnotizada, parecía lista para tomar el control.

Nos sentamos en los cojines, el aire cálido de la noche acariciando nuestra piel desnuda. Nina fue la primera en moverse, arrodillándose frente a mí, sus manos abriendo mis piernas. “Joder, qué coño tan bonito,” murmuró, antes de hundir su lengua en mí. Su boca era experta, lamiendo mis pliegues, chupando mi clítoris con una intensidad que me hizo gemir al instante. “¡Sí, joder, cómeme!” grité, mi mano enredándose en su pelo mientras ella me devoraba, sus dedos deslizándose dentro, bombeando con un ritmo que me llevó al borde en minutos. Marta, a mi lado, lamía mis tetas, su lengua jugando con mis pezones, mientras Laura la follaba con los dedos, haciéndola gemir contra mi piel.

El placer era abrumador. Nina me llevó a un orgasmo rápido, mi coño contrayéndose mientras gritaba “¡Me corro!” y mis jugos empapaban su cara. Pero no paró; siguió lamiendo, sus dedos ahora en mi culo, explorando con suavidad pero sin piedad. Laura tomó el control, empujándome para que me pusiera a cuatro patas, y me folló con un strap-on que sacó de una bolsa. El dildo, grueso y curvado, se deslizó en mi coño empapado, y cada embestida me hacía gritar, mi mano frotando mi clítoris con frenesí. “¡Fóllame, joder!” supliqué, mientras Marta se sentaba frente a mí, abriendo las piernas para que le comiera el coño. Lamí su clítoris, saboreando su dulzura, mientras Nina se masturbaba mirando, sus dedos hundidos en su coño, gimiendo con cada movimiento.

Nos intercambiamos sin reglas, un torbellino de cuerpos y deseo. Laura me folló el culo con el strap-on, su piercing rozando mi piel mientras yo chupaba las tetas de Nina, que se corría una y otra vez, sus gritos resonando en la terraza. Marta, ahora con otro dildo, follaba a Nina, que gemía “¡Me corro!” mientras sus jugos chorreaban por los cojines. Yo me corrí al menos cinco veces, cada orgasmo más intenso, mi cuerpo temblando, mis tetas rebotando, mi coño y mi culo llenos de placer. En un momento, Laura me lamió el coño mientras Nina me follaba con sus dedos, y el orgasmo que me arrancaron fue tan brutal que grité hasta quedarme sin voz, mis jugos empapando todo.

Colapsamos en los cojines, sudorosas, jadeando, riendo entre el sonido de las olas. Detuve la grabación, sabiendo que ese vídeo sería una joya para Víctor y para todas nosotras. Marta me besó, sus labios sabiendo a vino y a mi propio coño, mientras Nina y Laura se acurrucaban, sus manos aún acariciándose. “Esto hay que repetirlo,” dijo Laura, su voz autoritaria pero cálida. “Y la próxima vez, que venga Víctor,” añadió Nina, guiñándome un ojo.

Cuando volví a casa, Víctor me esperaba con esa mirada suya. Le conté todo, y al ver el vídeo, su polla se puso dura al instante. “Te amo, zorra,” susurró, antes de follarme pensando en lo que había vivido. Nuestra vida, nuestro amor y nuestro placer sin límites nos hacían invencibles, y saber que Nina y Laura serían parte de nuestras próximas aventuras solo me hacía desear más.

Continuara...

La tarde de los sentidos desatados llegaba a su fin...
La tarde del sábado en el apartamento de Marta, en primera línea de playa, había sido una locura de placer desenfrenado. Habíamos follado las cuatro —Marta, Nina, Laura y yo— en el chill-out de la terraza, con el mar susurrando de fondo y nuestros cuerpos sudorosos entrelazados en un torbellino de gemidos y orgasmos. Después de colapsar en los cojines, exhaustas pero todavía vibrando, nos quedamos allí, desnudas, riendo entre copas de vino, el aire cálido de la noche acariciando nuestra piel. Mi móvil seguía grabando, capturando cada jadeo, cada mirada cómplice, porque todas habíamos acordado guardar una copia de esa joya.

Mientras recuperábamos el aliento, con mis tetas aún palpitando y mi coño húmedo, les conté sobre Víctor y nuestra manera de ver el sexo: cómo el amor entre nosotros era el núcleo, pero el sexo con otros era puro placer carnal, sin ataduras emocionales, solo gozar. Les expliqué cómo nos ponía compartir esas experiencias, grabarlas y revivirlas juntos. Marta, con sus tetas firmes brillando de sudor, asintió, sus ojos brillando de picardía. “Eso es lo que nos gusta a nosotras también,” dijo Nina, su voz grave, mientras acariciaba su coño depilado, aún sensible. “El sexo es libertad, placer puro, sin complicaciones.” Laura, con su pelo corto platino y ese piercing en el clítoris que me tenía hipnotizada, se inclinó hacia mí, sus ojos verdes clavándose en los míos. “Yo soy bisexual,” confesó, su tono cargado de deseo. “Y no me importaría follar con Víctor mientras Nina te folla a ti, África. ¿Qué te parece?”

Joder, Laura, sus palabras fueron como una chispa en mi entrepierna. “Me estás poniendo cachonda otra vez,” murmuré, mi mano deslizándose instintivamente hacia mi coño, mis dedos encontrando mi clítoris hinchado. Empecé a frotarme, lento al principio, pero con una urgencia que crecía con cada segundo, mi respiración acelerándose. Marta, sin pensarlo, se arrodilló frente a mí, sus manos abriendo mis piernas con una autoridad que me hizo gemir. “Zorra, no puedes parar, ¿verdad?” dijo, antes de hundir su lengua en mi coño, lamiendo mis pliegues con una avidez que me hizo arquearme. Su lengua era experta, succionando mi clítoris mientras sus dedos se deslizaban dentro, bombeando con un ritmo que me llevó al borde en segundos.

Nina y Laura, sentadas frente a nosotras, se miraron con una sonrisa traviesa y se unieron al juego. Nina tomó un dildo grueso, curvado, de un rojo brillante, y lo deslizó en su coño empapado, gimiendo mientras se follaba con movimientos profundos, sus tetas grandes rebotando con cada embestida. “¡Joder, qué rico!” gruñó, sus ojos fijos en mí mientras yo me retorcía bajo la lengua de Marta. Laura, con un dildo negro y largo, se lo metió hasta el fondo, su piercing brillando bajo la luz de la luna mientras se follaba con una intensidad que hacía temblar sus piernas delgadas. “Mírate, África, eres puro fuego,” dijo, su voz autoritaria, mientras sus dedos trabajaban su clítoris, llevándola a un orgasmo rápido que la hizo gritar, sus jugos chorreando por los cojines.

El aire estaba cargado de gemidos, del sonido húmedo de los dildos entrando y saliendo, del mar rompiendo contra las rocas. Marta, no contenta con lamerme, sacó un strap-on un arnés con un dildo realista de su bolsa, uno grueso y texturizado que me hizo salivar.
Se lo puso con una sonrisa perversa, le colocó un preservativo lubricándolo con mis propios jugos antes de hundirlo en mi coño. “¡Fóllame, joder!” supliqué, y ella obedeció, embistiéndome con fuerza, cada golpe haciéndome gritar, mis tetas rebotando, mi mano frotando mi clítoris con frenesí. “¡Me corro!” aullé, mi coño contrayéndose alrededor del dildo, un orgasmo brutal atravesándome mientras mis jugos empapaban los cojines. Pero Marta no paró, siguió follándome, cambiando el ángulo para golpear justo ese punto que me hacía ver estrellas.

Nina, aún follándose con el dildo, se acercó y empezó a lamer mis tetas, su lengua jugando con mis pezones duros mientras gemía contra mi piel. Laura, que ya se había corrido dos veces, se puso a mi lado, ofreciéndome su coño para que lo lamiera. Me lancé a él, mi lengua explorando su clítoris perforado, saboreando su dulzura salada mientras ella gritaba, “¡Cómeme, zorra!” Su coño palpitaba bajo mi boca, y cuando se corrió, sus jugos me empaparon la barbilla, su cuerpo temblando mientras seguía follándose con el dildo.
Nos movimos como en un trance, intercambiándonos sin reglas. Laura me folló el culo con el strap-on de Marta, su piercing rozando mi piel mientras Nina me lamía el coño, sus dedos hundiéndose en mí al ritmo de sus propios gemidos. Yo me corrí al menos cinco veces, cada orgasmo más intenso, gritando “¡Me corro!” hasta quedarme sin voz, mi cuerpo temblando, mis tetas y mi coño en llamas. Nina y Laura no se quedaban atrás, sus coños chorreando mientras se follaban con los dildos, sus gritos mezclándose con los míos. En un momento, Marta y Nina se turnaron para lamerme, sus lenguas trabajando juntas en mi clítoris, una sensación que me llevó a un orgasmo tan brutal que casi me desmayo, mis jugos derramándose como un río.

Colapsamos en los cojines, sudorosas, jadeando, riendo entre el sonido de las olas. Detuve la grabación, sabiendo que ese vídeo sería una obra maestra para Víctor y para todas nosotras. Marta me besó, sus labios sabiendo a mi coño y a vino, mientras Nina y Laura se acurrucaban, sus manos aún acariciándose. “Esto hay que repetirlo con Víctor,” dijo Laura, su tono dominante pero cálido. “Quiero que Nina te folle mientras yo me follo a tu marido.” Nina rió, guiñándome un ojo. “Prepárate, África, porque la próxima será aún más loca.”

Cuando volví a casa, Víctor me esperaba con esa mirada suya, su polla ya dura solo de imaginar lo que había pasado. Le conté cada detalle, y cuando vio el vídeo, no pudo contenerse. “Te amo, zorra,” susurró, antes de follarme con una pasión que mezclaba amor y deseo puro, pensando en lo que habíamos vivido y en lo que vendría con Nina y Laura. Nuestra vida, nuestro amor y nuestro placer sin límites nos hacían invencibles, y saber que ellas serían parte de nuestras próximas aventuras solo me hacía desear más.

Continuará....

La atracción sexual en la playa nudista 

Hola, mis queridos y queridas seguidores, soy África. Hoy es sábado, 2 de agosto de 2025, y el día está radiante en Alicante, con un sol que acaricia la piel y una brisa cálida que susurra promesas de libertad. Víctor y yo vivimos en un barrio del Campello, un rincón tranquilo cerca del mar. Como sabéis Víctor es médico, y trabajo limpiando varias urbanizaciones, entre ellas "Rocas Blancas", un lugar de lujo donde las historias se tejen entre las paredes de los apartamentos. Para nosotros, el sexo es más que un acto físico: es una explosión de bienestar físico y emocional, liberar el placer de nuestro cuerpo, una danza de cuerpos y almas que nos conecta profundamente y nos impulsa a vivir nuestra relación de forma abierta, explorando sin límites pero siempre anclados en nuestro amor. Hoy hemos decidido ir con una pareja de amigos, Marta y Carlos, a los que conocimos en aquella noche inolvidable en la sala de cine del sex shop, a una playa nudista a unos kilómetros de aquí, con dunas de arena y rincones íntimos formados por rocas. Me apetece muchísimo: la idea de sentir el sol lamiendo cada rincón de mi piel, el mar rozando mis pies, y esa libertad única de un lugar donde los cuerpos se muestran sin pudor, me tiene con un cosquilleo que recorre mi cuerpo entero. ¿Follaremos con alguien? ¿Follará Víctor con alguien, o yo? En fin, no tenemos nada planeado, pero con nosotros, todo puede pasar.

Llegamos a la playa sobre las once de la mañana, con el sol ya alto, bañando la arena dorada en un resplandor que hacía brillar las aguas cristalinas como un espejo líquido. Marta, con su melena morena cayendo en ondas sensuales y curvas que parecían esculpidas para el deseo, y Carlos, con su cuerpo definido y una sonrisa que prometía travesuras, llevaban una nevera con cervezas frías y una toalla de playa grande, suave al tacto. Yo me puse un bikini diminuto, apenas un susurro de tela que cubría mis tetas hermosas y mi coño, solo para el trayecto, porque en cuanto llegamos, me deshice de él, dejando mi cuerpo desnudo al aire, mis pezones endureciéndose bajo la caricia de la brisa marina. Víctor, con su polla de 22 centímetros ya medio dura solo de verme, también se desnudó, al igual que Marta y Carlos, cuyos cuerpos brillaban bajo el sol como esculturas vivientes. Nos instalamos en un rincón tranquilo, cerca de unas rocas que ofrecían un refugio íntimo pero abierto a las miradas curiosas, un equilibrio perfecto entre privacidad y exposición.

La playa nudista era un mosaico humano, un lienzo de cuerpos diversos que celebraban su naturalidad bajo el sol. Había jóvenes con cuerpos esculturales, sus músculos definidos y sus curvas sensuales atrayendo miradas, sus movimientos llenos de una energía que parecía desafiar la gravedad. Mujeres de todas las formas, algunas rellenitas con caderas generosas y tetas que se mecían al caminar, otras más delgadas con contornos delicados, todas radiantes en su confianza. Matrimonios de mediana edad paseaban de la mano, sus cuerpos contando historias de años vividos, con tetas y pollas de todos los tamaños, algunas grandes y orgullosas, otras más discretas pero igualmente magnéticas. Había mayores también, con la piel marcada por el tiempo, moviéndose con una elegancia serena, sus cuerpos un testimonio de vidas plenas. A medida que el día avanzaba, la caída de la tarde pintaba el cielo de tonos dorados y rosados, y el ambiente se volvía aún más sensual: algunas parejas, desinhibidas por el entorno, hacían el amor en la arena, sus cuerpos entrelazados en movimientos lentos y apasionados, sus gemidos suaves mezclándose con el rumor del mar. Ese espectáculo de deseo puro, sin vergüenza, hacía que el aire vibrara con una electricidad excitante, y yo sentía mi coño palpitar ante tanta libertad desenfadada.

Nos tumbamos en la toalla de playa grande, untándonos protector solar, y las manos de Víctor en mi espalda, deslizando la crema por mis caderas y rozando mi culo, me encendían, llenándome de esa euforia física y emocional que solo el sexo nos da. Marta, riendo, me guiñó un ojo mientras Carlos le masajeaba las tetas, sus pezones duros bajo sus dedos, una visión que me transportó a aquella noche en el sex shop cuando sus manos me tocaron por primera vez. “Joder, África, este sitio es un paraíso,” dijo Marta, su voz cargada de picardía, y yo asentí, mi coño palpitando con cada mirada que intercambiábamos, cada roce un preludio de lo que vendría, amplificado por las parejas que follaban a nuestro alrededor, sus cuerpos moviéndose como una danza erótica bajo la luz del atardecer.

Después de un par de cervezas frías y unas risas, nos metimos al agua. El mar estaba fresco, un contraste delicioso con el calor de mi piel. Nadamos, jugamos, y en un momento, Marta se acercó a mí, sus tetas rozando las mías bajo el agua, sus pezones duros contra mi piel. “Estás buenísima, África,” susurró, y antes de que respondiera, sus labios encontraron los míos, un beso lento, salado, que me hizo gemir, evocando aquella primera chispa en la sala de cine. Víctor y Carlos nos miraban desde la orilla, sus pollas endureciéndose mientras nos veían, sus ojos brillando con la misma complicidad que nos unía. Regresamos a la toalla, y la tensión sexual era ya un fuego que ardía entre nosotros, esa sensación de bienestar creciendo en mi interior, avivada por el ambiente sensual de la playa.

A la caída de la tarde, cuando el cielo se teñía de tonos ardientes, una pareja se acercó, moviéndose con la gracia de quienes saben que son observados. Eran Elena y Rubén, de unos 40 años, con cuerpos bronceados que parecían absorber la luz del ocaso. Elena era una visión: tetas grandes, naturales, con piercings en forma de corazón en sus pezones, brillando como joyas bajo el sol menguante, y un coño con un pequeño triángulo de vello que dejaba ver su clítoris pronunciado, adornado con otro piercing en forma de corazón que destellaba con cada movimiento. Por encima de her pubis, un tatuaje de una escena griega de sexo oral, encontrada en una excavación arqueológica, dibujaba figuras entrelazadas en un acto de placer eterno, una obra de arte que invitaba a tocarla. Rubén, con una polla normal, de unos 16 centímetros, no muy grande ni excesivamente gruesa, but perfectamente formada, como esculpida por un artista, con una curva suave y unos testículos proporcionados que colgaban simétricos, completando su atractivo. “Os hemos visto desde allá,” dijo Elena, señalando unas rocas cercanas, su lengua mostrando un piercing en forma de bola mientras hablaba, su voz un ronroneo seductor. “Parecéis divertidos. ¿Os importa si nos unimos?” Miré a Víctor, que sonrió, su mirada confirmando que esto era parte de nuestro placer compartido. Marta y Carlos asintieron con entusiasmo, sus ojos brillando con la misma complicidad que aquella noche en el sex shop. “Claro, pero grabamos todo,” dije, sacando mi móvil y colocándolo en un trípode pequeño. “Queremos una copia,” respondió Rubén, su voz cargada de deseo, y todos estuvieron de acuerdo.

Nos sentamos en la toalla de playa grande, los seis desnudos, la brisa marina acariciando nuestra piel como un amante invisible, el ambiente cargado por las parejas que seguían follando a nuestro alrededor, sus gemidos como una música sensual que nos envolvía. Elena fue la primera en moverse, arrodillándose frente a mí y besándome con una pasión que me dejó sin aliento. Su lengua, con ese piercing en forma de bola, exploró mi boca, el metal frío contrastando con su calor, mientras sus manos bajaron a mis tetas, pellizcando mis pezones con una delicadeza que era puro fuego. “Joder, qué buena estás,” murmuró, antes de bajar su boca a mi coño. Su lengua, con el piercing rozando mi clítoris, lamió mis pliegues, chupando con una maestría que me hizo gemir alto, llenándome de esa plenitud emocional y física que tanto amamos. “¡Sí, joder, cómeme!” grité, mi mano enredándose en su pelo mientras su clítoris pronunciado, con ese piercing en forma de corazón, rozaba mi pierna, haciéndome aún más cachonda, el tatuaje de la escena griega moviéndose con cada uno de sus movimientos como un eco de placer antiguo.

Víctor, a mi lado, tenía a Marta montándolo, su polla de 22 centímetros deslizándose en su coño húmedo mientras ella gemía, sus tetas firmes rebotando con cada movimiento, como aquella noche en el cine cuando se unió a nuestro juego. Carlos follaba a Elena por detrás, su polla entrando y saliendo de su coño, el tatuaje de la escena griega danzando con cada embestida, mientras ella me lamía, sus gemidos vibrando contra mi clítoris. Rubén, masturbándose al vernos, se acercó a mí, su polla perfectamente formada frente a mi cara, sus testículos proporcionados balanceándose ligeramente. “Chúpamela, zorra,” gruñó, y yo obedecí, tomando su polla en mi boca, saboreando su sabor salado mientras Elena seguía devorándome, su piercing en forma de bola añadiendo una textura que me volvía loca.

El aire se llenó de gemidos, del sonido de los cuerpos chocando, del mar rompiendo contra la orilla, un coro sensual amplificado por las parejas que follaban a nuestro alrededor, sus cuerpos moviéndose con una libertad que hacía el ambiente aún más excitante.

Cambiamos posiciones como en un baile frenético. Elena me folló con un dildo que sacó de su bolsa, grueso y curvado, mientras yo chupaba la polla de Rubén, mi lengua jugando con su punta perfectamente esculpida. “¡Me corro!” aullé, mi coño contrayéndose alrededor del dildo, mis jugos chorreando por mis muslos, esa sensación de bienestar físico y emocional explotando en mí. Marta, ahora a cuatro patas, era follada por Víctor, que gruñía mientras ella gritaba, “¡Fóllame más!” Carlos se turnaba con Elena, follándole el culo mientras ella lamía el coño de Marta, su clítoris perforado palpitando bajo sus propios dedos.

Nos intercambiamos sin reglas, cada movimiento guiado por el deseo puro. Rubén me folló el coño, su polla de 16 centímetros encajando perfectamente, sus testículos proporcionados rozando mi piel con cada embestida, mientras yo lamía las tetas de Elena, sus piercings en forma de corazón fríos contra mi lengua. Víctor se folló a Elena, su polla entrando y saliendo de su coño mientras ella gritaba, “¡Me corro!” su clítoris hinchado temblando con cada orgasmo, el tatuaje de la escena griega brillando bajo la luz del atardecer. Marta y Carlos se unieron, ella montándolo mientras él le chupaba las tetas, sus gemidos mezclándose con los nuestros y con los de las otras parejas en la playa. Yo me corrí al menos seis veces, cada orgasmo más intenso, gritando “¡Me corro!” hasta quedarme sin voz, mi cuerpo temblando, mis tetas rebotando, mi coño y mi culo llenos de placer, esa conexión emocional con Víctor siempre presente, reforzada por compartir esta experiencia en la playa. En un momento, Elena y Marta se lamieron mutuamente, sus coños chorreando mientras Rubén y Carlos se masturbaban, corriéndose sobre sus tetas, el semen brillando bajo el sol menguante como perlas líquidas.

Colapsamos en la toalla de playa grande, sudorosos, jadeando, riendo entre el sonido de las olas, nuestros cuerpos vibrando con esa plenitud que solo el sexo nos da. Detuve la grabación, sabiendo que ese vídeo sería una obra maestra para todos nosotros, un testimonio de nuestro amor y nuestro placer sin límites. Elena me besó, su lengua con el piercing en forma de bola sabiendo a mi coño y a sal marina, mientras Marta y Carlos se acurrucaban, sus manos aún acariciándose, recordándome nuestra primera noche juntos. “Tenemos que repetir,” dijo Rubén, su voz ronca, sus testículos aún visibles, perfectamente proporcionados. “Y la próxima vez, en nuestra casa,” añadió Elena, guiñándome un ojo, su clítoris perforado brillando de deseo, el tatuaje de la escena griega como una promesa de más placer.

Cuando volvimos a casa en el Campello, Víctor y yo estábamos aún encendidos por lo vivido. Nos sentamos juntos en el sofá, compartiendo una cerveza, y vimos el vídeo, reviviendo cada momento, cada gemido, cada roce, lo que nos llevó a hablar de cómo esa experiencia en la playa nudista había reforzado nuestro vínculo, nuestro amor y nuestra libertad. “Te amo, zorra,” susurró Víctor, antes de follarme con una pasión que mezclaba amor y deseo puro, nuestros cuerpos celebrando lo que habíamos compartido.
Nuestra vida, nuestro amor y nuestro placer sin límites, esa sensación de bienestar físico y emocional que el sexo nos regala, nos hacían invencibles, y saber que Marta, Carlos, Elena y Rubén podrían ser parte de nuestras próximas aventuras solo me hacía desear más.

Continuará...

por: © Mary Love


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